Ana Karénina murió bajo las ruedas de un tren, destruida por un amor que nunca estuvo dispuesto a luchar por ella.
Pero el destino le concede una segunda oportunidad.
Ana despierta en el pasado con todos sus recuerdos intactos. Esta vez no será la esposa obediente de Karénin ni la mujer que cae rendida ante Vronsky. Conoce el final de su historia y está decidida a cambiarlo.
También conoce un secreto.
Alejandro II, el poderoso Zar de Rusia, algún día se enamorará perdidamente de Ekaterina Dolgorúkova.
Ana no piensa permitir que esa historia se repita.
Ella no busca un amante. Busca un hombre capaz de amarla con la misma intensidad con la que ella sabe entregarse.
Así comienza su juego más peligroso: conquistar al Zar, proteger a su hijo Seriozha y arrebatarle al destino el lugar que considera suyo.
Esta vez, Ana no morirá por amor. Será ella quien escriba el final.
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La nueva amante del zar
La memoria de Ana no falló en absoluto.
En su vida anterior, durante una mañana cualquiera mientras compró verduras frescas en un mercado transitado de San Petersburgo, escuchó a un grupo de aristócratas venidas a menos murmurar con indignación sobre el escándalo social del momento.
—¿Escuchaste sobre esa mujercita, Ekaterina? —dijo una de ellas con abierto reproche—. Dicen que era la prometida de un oficial militar, ¡algunas afirman que incluso ya estaban casados! Estuvo borracha en una fiesta del Palacio Imperial y, sin guardar ninguna clase de reverencia ni recato, se le rompió el vestido frente al mismísimo Zar. ¿Y sabes qué hizo el monarca? Lejos de disgustarse o expulsarla de la corte, la persiguió esa misma noche y la hizo su amante oficial. ¡Qué desfachatez! ¡Hacerse la amante del Zar sin sentir la menor vergüenza!
Aquella historia, que para el resto del mundo no pasó de ser un chisme vulgar entre comadres de la nobleza, fue para Ana la clave maestra de su nueva estrategia. Supo exactamente qué tipo de debilidad despertaba los instintos más primarios y caprichosos del monarca de Rusia. Por esa razón orquestó cada movimiento desde el inicio del baile, al usar la figura de Ekaterina como un molde psicológico, pero aceleró el ritmo de posesión para atraparlo en su propia red sin darle la menor oportunidad de escapatoria.
En la penumbra silenciosa de la habitación del segundo piso, la estratagema dio sus frutos más dulces y peligrosos.
Al Zar le fascinó desde el primer segundo la idea de tomar a la esposa de uno de sus altos ministros y funcionarios más respetados del gobierno. Tuvo a su entera disposición a duquesas, condesas y a las damas más codiciadas de la alta sociedad rusa, pero jamás se acostó ni hizo su amante a la mujer de un miembro directo de su propio gabinete. La prohibición implícita, el riesgo de un escándalo político y el peligro intrínseco de la cacería lo mantuvieron sumergido en un estado de excitación pura y desbordante.
Añadido a eso, la finura natural de Ana, la tersura de su piel suave y su rendición calculadamente dócil elevaron el placer del monarca a niveles que jamás experimentó con ninguna otra mujer.
El Zar la besó con una avidez devoradora y Ana le correspondió con la medida exacta de entrega, dejando escapar pequeños gemidos ahogados ante la fuerza de su posesión, lo que alimentó el ego colosal del soberano y lo hizo sentir un conquistador absoluto en el terreno amoroso.
Cuando la tormenta de pasión finalmente cesó en el lecho privado, el Zar se reclinó a su lado, profundamente satisfecho y respirando con pesadez sobre la almohada de plumas. Se inclinó sobre ella con gesto posesivo y le susurró al oído con una voz ronca y complacida:
—Fue delicioso y maravilloso, señora Karénina.
Ana, al sostener la sábana blanca de lino contra su pecho desnudo para resguardar su figura, lo observó fijamente desde la almohada. En sus ojos oscuros no hubo el menor rastro de audacia ni de cálculo; solo mostró una mirada cuidadosamente tejida con hilos de inocencia, fragilidad, temor y profundo desconcierto.
—¿Usted... usted es el Zar? —murmuró con la voz temblorosa, pestañeando despacio—. Yo... yo no lo sabía, Majestad.
El monarca dejó escapar una risita de autosuficiencia, complacido por la reacción de la dama, y extendió sus dedos para acariciar suavemente la mejilla caliente de Ana.
—Pues ahora lo sabes —respondió con un tono dominantemente afectuoso.
Se levantó de la cama de terciopelo sin ninguna prisa y comenzó a vestirse suavemente en la penumbra de la estancia. Ajustó su camisa de seda, se abrochó los botones dorados de la casaca militar frente al espejo de marco recargado y se acomodó los hombros con soltura. Antes de cruzar la puerta de la habitación, giró la cabeza para mirar una última vez a Ana, quien continuó sobre la cama cubierta únicamente por las sábanas de lino, exhibiendo el rostro desencajado por una fingida confusión moral. El monarca le dirigió una amplia sonrisa cargada de complicidad y triunfalismo, y se retiró del aposento a paso firme.
En el pasillo en penumbra del segundo piso, su asistente personal lo esperó de pie junto a la pared, tenso y rígido como una cuerda de arpa a punto de romperse por los nervios.
—¿Pasó algo mientras estuve adentro? —preguntó el Zar con su frialdad y autoridad habituales.
—No, Majestad —respondió el asistente de inmediato, al bajar la cabeza en un gesto de absoluta sumisión—. Solo el joven oficial militar, el conde Vronsky, el mismo que acompañó en el baile a la señora Karénina... estuvo buscando a la dama por todos los pasillos de la planta baja. Pero me encargué personalmente de mandar a decirle que la señora se sintió indispuesta y que ya regresó a su residencia privada.
El Zar se detuvo bruscamente a mitad del pasillo solitario y se pasó los dedos lentamente por el espeso bigote, al saborear con deleite el recuerdo de los últimos minutos vividos en la recámara.
—Quiero que la sigan —ordenó con una voz grave y determinante—. Averigua exactamente sus rutinas diarias, las horas en que sale de su casa y mantenme informado de dónde se encuentra en cada momento del día. Debo decir que es una mujer con una piel increíblemente suave... y una fragancia sumamente atrayente.
El asistente parpadeó, al medir cuidadosamente sus palabras antes de atreverse a formular la pregunta que lo inquietaba:
—Señor... ¿está pensando usted en... hacerla su amante oficial?
El Zar dejó escapar una leve carcajada llena de arrogancia imperial, al acomodarse los galones deslumbrantes de su uniforme de gala.
—Claro que sí. La señora Ana Karénina va a ser mi amante. Soy el Zar de todo el Imperio Ruso, ¿quién se atrevería a decirme que no?
Mientras los pasos pesados del monarca se alejaron por el largo corredor del palacio hacia la fiesta, dentro de la habitación a oscuras, Ana se incorporó lentamente en la cama. Apartó las sábanas de lino, se limpió el rostro con frialdad y dibujó en la penumbra una sonrisa afilada como una navaja.
El peón del mercado, el arrogante oficial Vronsky y el soberano todopoderoso del Imperio creyeron estar jugando sus propios juegos de dominación. Pero la trampa mortal acabó de cerrarse sobre el mismísimo trono de Rusia.
Vaya decisión de la prota, siempre fue un lobo al acecho vestida con piel de oveja calculando todo y saliéndose con la suya, haciendole ver al Zar que era el cazador y a la final siempre fue la presa