Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.
Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.
Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.
Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".
Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.
Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.
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Capítulo 15 - La villana que ya no persigue
El último día del semestre llegué a la capital con nieve en las botas y con Tizón escondido en mi mochila. No lo podía llevar a clases, pero no lo quería dejar solo porque Bruno, el perro grande que ahora vive en el local, lo molesta cuando juega. Lo dejé en la casa de Clara, que me dijo que lo cuidaba si le llevaba pan de mi pueblo.
La profesora Vidal nos dio las notas en un papel chico. Me saqué un siete en vendaje, un seis en anatomía y un ocho en práctica con animales reales. No era la mejor de la clase, pero tampoco la peor. Clara me dijo que yo era la única que tenía un ocho en práctica y que eso era lo que importaba. La directora de la escuela me llamó a su oficina y me dijo que mi beca media se renovaba para el semestre que viene porque había mostrado constancia. Me dio un libro nuevo, con tapas duras, que decía medicina de animales pequeños, y me dijo que era prestado pero que lo podía tener todo el verano.
Volví al pueblo en el bus de las tres con el libro en las manos. Cuando llegué, la calle del fondo estaba llena de gente. No era fila para el refugio. Era una fiesta chica que había organizado Marta sin decirme. Había puesto mesas afuera del local con pan, sopa y jugo. Había un cartel nuevo, pintado por el primo de Leo, que decía un año de El Susurro Salvaje, con dibujos de Tizón, Viento, Canelo y Bruno.
Mi madre estaba ahí con su delantal nuevo y con una torta que había hecho con forma de gato. Me abrazó delante de todos y me dijo que estaba orgullosa y que no le importaba que no fuera abogada. Lloró un poco y se rió después. Leo estaba con una campera nueva y con una caja grande. Adentro había una estufa mejor, que le regaló su tío para el local para que no pasáramos frío en invierno. Me dijo que ahora sí íbamos a estar calientes.
Silas vino con los dos perros y con la yegua marrón que curamos en la tormenta, que ya estaba sana y que ahora tiraba un carrito con leña. Me trajo una carta vieja de su padre, escrita a mano, que decía que un refugio no es un edificio, es la gente que vuelve. Me dijo que su padre la escribió cuando abrió su primer refugio y que quería que yo la tuviera. La colgué al lado del permiso de don Ernesto.
Kian no vino a la fiesta porque seguía en la capital entrenando, pero mandó una carta con su madre. Decía que iba a volver en enero y que quería ayudar en el taller de la academia si yo lo dejaba. Decía que estaba contento por mí y que me extrañaba como amiga. Guardé la carta en mi cuaderno.
Don Ernesto se paró en una silla y dijo unas palabras. Dijo que hacía un año la calle del fondo estaba vacía y que ahora venía gente de otros pueblos a traer animales. Dijo que el municipio iba a poner plata para arreglar el techo del local y para comprar medicinas. Dijo que yo era un ejemplo para los chicos de la academia. Me dio vergüenza, pero me gustó.
Cuando se hizo de noche, la gente se fue yendo de a poco. Quedamos mi madre, Leo, Silas y yo adentro del local, con la estufa nueva prendida. Bruno dormía al lado de la estufa y Tizón, que Clara me había traído de vuelta en el bus, dormía arriba de Bruno, como siempre. Afuera nevaba despacio y la luz del cartel nuevo se veía amarilla y más grande que antes.
Leo me preguntó qué iba a hacer en verano. Le dije que iba a seguir estudiando con el libro nuevo y que iba a abrir el local todos los días porque en verano llegan más animales con calor. Le dije que si quería, podía seguir ayudándome y que le iba a enseñar lo que aprendí en la capital. Me dijo que sí, que quería aprender a escuchar el corazón con el estetoscopio.
Silas se fue a su casa y mi madre se fue a la suya. Me quedé sola un rato en el local, con la torta con forma de gato a medio comer y con el libro nuevo sobre la mesa. Abrí mi cuaderno en la última página. Tenía setenta y tres animales anotados, con fecha, nombre y lo que les hice. En la primera página decía plan para dejar de perseguir al príncipe. Lo miré y me reí sola. Ya no me acordaba bien por qué había escrito eso.
Escribí abajo, en la última página, día noventa, fin del primer semestre, beca renovada, fiesta de un año, techo nuevo, estufa nueva, carta del padre de Silas. Abajo escribí, ya no persigo al príncipe. No porque me olvidé, sino porque encontré algo que me gusta más que que me miren. Me gusta que un animal que no podía pararse se pare y se vaya caminando. Me gusta que Tizón duerma en mi hombro. Me gusta que mi madre me abrace sin que yo le pida.
Cerré el cuaderno y lo guardé en la caja de galletas donde guardo la plata y los papeles importantes. Apagué la estufa nueva y la luz del local. Salí con Tizón en mi bufanda y con Bruno siguiéndome hasta la esquina, como hace siempre. La calle estaba blanca por la nieve y se escuchaba el silencio del invierno.
Caminé a mi casa despacio. Desde atrás se veía el cartel de El Susurro Salvaje prendido, con nieve en el borde y con la luz amarilla que se veía desde lejos. Ya no era un local vacío. Era mi lugar. Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí que tenía que correr detrás de nadie para sentir que valía.