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El Circuito De Ceniza

El Circuito De Ceniza

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Terror / Mitos y leyendas
Popularitas:310
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.

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El muro y la tos

Fray Alonso de Calatayud no regresó a su celda después de tapiar el ala este. Se quedó en el locutorio, con el paño aún cubriéndole la mitad inferior de la cara, mirando los dedos a la luz de una vela. La línea negra del índice no se había borrado. Al contrario: había avanzado hasta la primera falange y un calor leve empezaba a subir hacia la palma. Cada vez que tosía, el paño se manchaba un poco más.

Mandó llamar al hermano enfermero y a dos frailes de confianza. Les ordenó que nadie se acercara al muro nuevo. Que las misas se celebraran solo en la iglesia mayor. Que cualquier tos seca se informara de inmediato. Los tres hombres asintieron, pero él vio el miedo en sus ojos. Uno de ellos, el más joven, se llevó la mano a la boca al salir, como si ya notara algo. Esa misma noche el hermano enfermero regresó con noticias. Tres frailes del dormitorio contiguo al ala este presentaban el mismo síntoma: sabor metálico, hormigueo bajo la lengua, una tos que no producía flegma sino un polvillo fino. Uno de ellos había empezado a dibujar signos extraños en la pared de su celda con el dedo. Cuando le preguntaron qué significaban, no supo responder. Solo dijo que el nombre se los dictaba.

Fray Alonso ordenó que los tres fueran aislados en celdas separadas del ala oeste, lo más lejos posible del muro tapiado. Dio instrucciones de que se les tapara la boca con paños empapados en vinagre y que se quemara cualquier cosa que tocaran. Después se quedó solo en el locutorio y escupió en un pañuelo limpio. El polvo negro formó un círculo del tamaño de una moneda. Lo tiró al brasero. El polvo no se consumió. Solo se calentó y desprendió el olor que ya conocía demasiado bien. Al día siguiente llegó un mensajero de la ciudad. El regidor mayor quería explicaciones. Había rumores de peste en el convento. Varias casas cercanas a la calera habían reportado la misma tos seca. Un niño de siete años había muerto durante la noche. Cuando lo prepararon para la mortaja, de su boca salió un hilo de polvo negro que manchó la sábana. La madre había enloquecido y gritaba que el niño todavía tosía desde dentro del ataúd.

Fray Alonso recibió al mensajero en la puerta del convento, sin dejarlo entrar. Le dijo que se trataba de una calentura pasajera. Que el Santo Oficio ya había tomado medidas. Que la ciudad debía evitar el pánico. El mensajero no pareció convencido. Antes de irse miró el paño que cubría la cara del prior y se santiguó.

Esa tarde Fray Alonso bajó en persona a la calera, acompañado de dos guardias de la ciudad que el regidor había insistido en enviar. El muro que habían levantado alrededor del horno estaba agrietado de arriba abajo. Por las fisuras salía un calor visible, como el que tiembla sobre las piedras en pleno verano. El olor era tan denso que los guardias se taparon la nariz. Uno de ellos escupió y después miró el suelo con expresión de asco: el escupitajo era oscuro.

Fray Alonso se acercó lo más que pudo. La tapa de hierro del horno estaba deformada por el calor. Por debajo se filtraba un resplandor negro, no rojo. Como si dentro hubiera una brasa que no era de este mundo. Dio media vuelta sin decir nada y regresó al convento. En el camino sintió que el hormigueo de su mano se convertía en un latido claro. Se miró el índice. La línea negra había alcanzado el centro de la palma.

Al anochecer reunió a los frailes que aún no presentaban síntomas en el capítulo. Eran menos de los que esperaba. Les habló con la voz más firme que pudo reunir:

—El ala este queda cerrada para siempre. Los hermanos que muestran la tos serán aislados. Nadie pronunciará en voz alta lo que haya oído o visto. El Tribunal de Zaragoza enviará visitadores. Hasta entonces, este convento se rige como si estuviera bajo interdicto. Oración. Silencio. Obediencia.

Uno de los frailes más ancianos levantó la mano.

—Prior… algunos de nosotros ya sentimos el sabor. ¿Qué debemos hacer?

Fray Alonso lo miró durante un segundo demasiado largo. Después respondió:

—Callar. Y rezar. Si el nombre intenta salir, morderse la lengua hasta que sangre. La sangre todavía es nuestra. El polvo no.

La reunión se disolvió en silencio. Fray Alonso regresó a su celda. Se arremangó. La mancha negra le cubría ya casi toda la mano derecha. Cuando cerró el puño, el polvo cayó sobre la manta y formó el círculo de siempre. Esta vez no lo limpio. Se sentó a contemplarlo.

A la hora de completas las campanas sonaron, pero el canto de los frailes fue más débil que de costumbre. Varias voces se interrumpían para toser. Alguien, en el coro, murmuró una sílaba que no pertenecía a ningún salmo. El maestro de coro lo silenció de inmediato, pero el eco de aquella sílaba quedó flotando un momento entre las bóvedas.

Fray Alonso se tapó los oídos. El latido de su palma respondió desde dentro. Y por primera vez desde que el sabor apareció, sintió una pequeña elevación debajo de la lengua. Dura. Caliente. Latiendo al mismo ritmo que la raíz que empezaba a trepar por su antebrazo.

Fuera, en las calles cercanas a la calera, el regidor mayor había ordenado quemar la casa donde murió el niño. El humo que salió no era el de la madera. Era más denso, más negro, y se elevó en línea recta hacia el cielo sin dispersarse. Varias personas que miraban el fuego empezaron a toser. Una mujer se llevó la mano a la boca y la retiró manchada.

El círculo ya no estaba solo debajo del convento. Había empezado a dibujarse también bajo las casas de Teruel. Y el latido, lento y paciente, buscaba nuevas bocas que aún no sabían que lo llevaban dentro.

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GENESIS YEPES
.BUSANDO HISTORIA
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