Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.
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Capítulo 21: Sin máscaras
Punto de vista: Alexander
Tener la frente apoyada contra la suya, sentir las lágrimas de Alana humedeciendo la piel de mis pulgares y escuchar su respiración entrecortada en la vida real me devolvió el alma al cuerpo.
El secreto que me había carcomido durante seis meses, la duda agónica de si me estaba volviendo loco o si ella realmente compartía ese refugio nocturno conmigo, finalmente había saltado por los aires.
No era una ilusión de mi mente exhausta. No era un fantasma generado por el estrés de mi vida corporativa. La mujer que temblaba entre mis manos, la arquitecta de ojos color ámbar que me desafiaba en las reuniones y la mujer a la que había amado en la penumbra de la terraza eran exactamente la misma persona.
—Alexander... —susurró ella, pronunciando mi nombre con una mezcla de conmoción y reverencia que jamás le había escuchado en la oficina.
—Mírame, Alana —le pedí con la voz rasposa, obligándome a no soltarla, temiendo que si la liberaba se convirtiera en humo como al amanecer.
Ella alzó la vista. Sus ojos brillaban como dos gemas bajo la luz fría del despacho. Ya no había la frialdad distante de la pasante, ni la máscara profesional con la que se defendía de mí en los pasillos. Había una vulnerabilidad pura, la misma que me entregaba cada noche cuando se acostaba a mi lado.
—Esto es una locura... —murmuró ella, tratando de asimilar el golpe, rozando con timidez el borde de mi saco con la punta de sus dedos—. Durante meses pensé que estaba perdiendo la cabeza. Pensé que mi mente se había obsesionado contigo y que te había creado como una vía de escape.
—Yo pensaba lo mismo —confesé, dejando escapar una risa amarga y corta, cargada de alivio—. Pensé que el peso de las decisiones corporativas y el compromiso con los Sterling me habían fracturado la mente. Hasta que te vi entrar por esa puerta el primer día de la pasantía... y el mundo entero se me vino abajo.
Alana tragó saliva con dificultad, fijando la mirada en mis labios antes de volver a chocar con mis ojos.
—¿Por qué no me dijiste nada antes? —me reclamó en un susurro cargado de reproche dulce—. Me dejaste sufrir, me viste luchar entre el respeto profesional y la frustración...
—Porque tenía pánico, Alana —admití sin filtros, sin el orgullo del CEO, mostrándole por primera vez al hombre acorralado que llevaba dentro—. Tenía pánico de acorralarte, de que me creyeras un depravado o un loco que intentaba aprovecharse de su posición. Y sobre todo... porque mi vida allá afuera es un campo minado.
Al mencionar "allá afuera", el aire entre los dos se volvió denso nuevamente. La sombra de Victoria Sterling, de los contratos firmados y del imperio que mi familia había construido sobre mis hombros volvió a colarse por las rendijas de la oficina.
Alana dio un pequeño paso atrás, zafándose despacio de mi agarre. Se pasó la mano por el rostro, secándose las lágrimas con la manga de su chaqueta.
—¿Y ahora qué se supone que hagamos, Alexander? —preguntó con la voz temblorosa, mirando a nuestro alrededor, como si de pronto los muros de cristal de la presidencia volvieran a cobrar vida—. Ya no hay misterio. Sabes quién soy, yo sé quién eres. Ya no podemos fingir que somos dos extraños que solo se cruzan en un sueño.
Me acerqué a ella, tomándola con firmeza por la cintura y pegándola de nuevo a mi cuerpo, negándome a dejar que la distancia se instalara otra vez entre nosotros.
—No voy a fingir nada más —dije con una determinación de hierro en la mirada—. Durante meses me conformé con tenerte solo cuando cerraba los ojos, pero ya no me basta. No después de haber sentido el calor de tus lágrimas y la realidad de tu presencia.
—Tienes una prometida, Alexander —recordó ella, con la voz quebrada por el dolor de la realidad—. Tienes una boda en puerta. Victoria no es una mujer implacable solo en sus palabras; va a destruir a cualquiera que se interponga en su camino, y yo solo soy una pasante.
—Te protegeré de ella y de cualquiera que intente tocarte —sentencié, apretando la mandíbula—. El acuerdo con los Sterling se está volviendo insostenible. No voy a vender mi vida por un contrato más, no cuando sé que la mujer que reina en mis noches está aquí, a mi alcance.
Alana me miró con una mezcla de temor y esperanza. Se puso de puntillas y, por primera vez en el plano consciente, por iniciativa propia, presionó sus labios contra los míos.
Fue un beso breve, suave pero cargado de una promesa implícita.
—Ten cuidado, Alexander —susurró contra mi boca—. Porque si este sueño se rompe en la vida real... ninguno de los dos va a salir ileso.