Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.
Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.
Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 20: Sin máscaras, por primera vez
El miércoles por la mañana, Min‑jun salió de casa con una mezcla de miedo y de paz que nunca había sentido. Durante casi un año había salido cada mañana con un guion en la cabeza: qué mentira tocaría hoy, qué excusa inventaría, cómo fingir ser el chico débil y despistado que todos esperaban. Pero esa mañana no tenía nada que fingir. Ya no había secretos. Ya no había antifaces que esconder.
Al llegar a la puerta del instituto se detuvo en seco.
Seo‑jun estaba allí apoyado en la verja, con la mochila al hombro, una botella de leche de plátano en una mano y un paquete de las galletas que a Min‑jun le gustaban en la otra. Llevaba la manga izquierda subida, dejando ver la cicatriz de media luna que ahora ya no tenía que ocultar de nadie. En cuanto lo vio, sonrió —esa sonrisa que Min‑jun creía haber perdido para siempre— y le hizo un gesto para que se acercara.
—Te estaba esperando —le dijo cuando estuvo a su lado, y le pasó el desayuno sin que nadie más lo viera demasiado—. Dormiste bien?
Min‑jun agarró las galletas con la mano todavía un poco temblorosa.
—Casi nada. No podía creer que todo lo de ayer hubiera sido de verdad. Que no tuviera que volver a mentirte nunca más.
Seo‑jun se rió bajo, mirando hacia delante mientras entraban juntos por el pasillo principal.
—Yo tampoco. Todavía me cuesta creer que todo este tiempo el chico que me salvaba la vida cada noche eras tú. El mismo que se cae por las escaleras tres veces por semana.
Antes de que Min‑jun pudiera responder, se encontraron de frente con todo el grupo de amigos: Tae‑ho, Ji‑eun, Ha‑neul y los otros dos compañeros que habían estado en el mercado. Todos se quedaron quietos un segundo, mirándolos a los dos, sin saber muy bien qué decir. Nadie los insultó. Nadie los juzgó. Solo había sorpresa, mucha sorpresa, y un respeto nuevo que antes no existía.
Ji‑eun fue la primera en acercarse, con los ojos todavía un poco grandes como platos.
—Oye… de verdad… vosotros dos sois… —no terminó la frase, como si temiera que decirlo en voz alta lo rompiera todo.
Seo‑jun asintió con calma, la misma seriedad que usaba antes de un partido importante.
—Sí. Es la verdad. Pero por favor, lo que visteis ayer no sale de este grupo. Si se entera demasiada gente… el Tejedor irá a por todos los que nos rodean para hacernos daño. No solo a nosotros.
Tae‑ho se rascó la nuca, avergonzado, y miró a Min‑jun directamente a los ojos.
—Oye… lo que te dije el otro día… sobre que eras un mal novio y todo eso… perdón. No sabía nada. Si hubiera sabido que lo hacías para… bueno, para todo esto… no te habría dicho ni la mitad de las cosas.
Min‑jun sintió que se le aligeraba un peso enorme que llevaba encima durante meses.
—No tienes que pedir perdón —le dijo con una sonrisa suave—. Tenías toda la razón del mundo para pensar eso. Yo mismo me he odiado muchas veces por las mentiras que te decía a ti, a todos.
Nadie volvió a mencionar la ruptura, ni el partido, ni las promesas rotas. A partir de ese momento, todo el grupo empezó a actuar como un equipo pequeño, disimulando ante los demás alumnos y los profesores que nada había cambiado, pero cubriéndose las espaldas entre ellos cuando alguno tenía que salir de clase de repente por una alerta del brazalete.
Todo iba demasiado bien. Y Min‑jun lo sabía. El Tejedor de Han nunca se quedaba quieto mucho tiempo después de un fracaso.
Justo cuando terminaron las clases, los dos brazaletes vibraron al mismo tiempo, con una fuerza que les dolió los huesos. No hacía falta decirse nada. Se miraron, asintieron, dijeron a los amigos que se quedaran juntos y no salieran solos del instituto, y salieron corriendo hacia el callejón de siempre. Por primera vez, no se transformaron separados el uno del otro. Se pusieron de espaldas, pronunciaron las palabras de activación al unísono y aparecieron con los trajes puestos al mismo tiempo: Jade Blanco de verde claro, Ámbar Negro de dorado oscuro. Ya no había sorpresas. Ya no había secretos.
Saltaron juntos por los tejados hacia el lugar de la alerta: el antiguo hospital abandonado del distrito de Jung, el edificio más grande y más oscuro de toda la zona. Al entrar, encontraron una niebla espesa, negra y gris, que llenaba todos los pasillos y no dejaba ver ni a un metro de distancia. En cuanto la niebla les rozó la piel, empezaron a oír voces.
Las voces de sus peores recuerdos.
Oyeron la voz de Min‑jun diciendo *“me he cansado de ti, déjame en paz”*. Oyeron la voz de Seo‑jun diciendo *“ya no sé quién eres realmente”*. Oyeron todas las mentiras, todas las peleas, todas las palabras duras que se habían dicho los últimos meses, una detrás de otra, como si las volvieran a decir en ese mismo instante.
—¡Se alimenta de los recuerdos de cuando nos mentíamos! —gritó Jade, agarrándose la cabeza con una mano mientras la voz de su propio yo del pasado le martilleaba los oídos—. ¡Cuanto más pensamos en todo el daño que nos hicimos, más fuerte se hace!
Ámbar llegó hasta él a tientas entre la niebla y le agarró de la mano con fuerza, entrelazando sus dedos igual que habían hecho el día anterior en el mercado.
—¡Entonces no pensemos en eso! —le gritó de vuelta, mirándolo fijamente a los ojos a través del antifaz que aún llevaban puesto por costumbre—. ¡Digamos en voz alta lo que sentimos AHORA! ¡La verdad! ¡Sin mentiras!
Y lo hizo primero. Apretó la mano de Min‑jun con todas sus fuerzas y dijo alto y claro, para que toda la niebla lo oyera:
—**Te quiero. Te he querido siempre. Incluso cuando te odiaba por las mentiras, incluso cuando creía que me habías dejado de querer… nunca dejé de quererte. Y ahora que ya no hay secretos, te quiero cien veces más.**
La niebla retrocedió un metro a su alrededor, como si le quemara solo con oír esas palabras.
Min‑jun sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Apretó la mano de Seo‑jun con la misma fuerza y respondió, también a gritos, con toda la verdad que llevaba callada durante meses:
—**Yo también te quiero. Cada noche, cuando luchábamos juntos sin saber quién éramos, te elegía a ti antes que a nadie. Cada día, cuando te veía en clase y no podía hablarte, me moría por dentro. Perdón por todo el daño que te hice intentando protegerte. Nunca más volveré a mentirte. Nunca más.**
La niebla chilló. Se retorció. Y al no poder alimentarse más de recuerdos falsos y de rencores antiguos, empezó a desvanecerse poco a poco, dejando los pasillos limpios y llenos de luz otra vez. Cuando desapareció por completo, Yeo‑wol apareció en la entrada del hospital, con el bastón en la mano y una expresión de orgullo contenida en la cara.
—Lo habéis hecho mejor de lo que esperaba —les dijo acercándose—. El vínculo entre vosotros ya no se puede romper con mentiras ni con trucos. Eso os hará invencibles cuando despertéis el resto de los Sellos.
Se quitaron los antifaces al mismo tiempo, ya sin miedo a nada, y escucharon atentos lo que la chamana tenía que decirles.
—A partir de ahora, el Tejedor no intentará ya engañaros con identidades ocultas. Sabéis quién sois el uno del otro. Sabéis quién es él. Su próximo movimiento será ir a por lo que más queréis: vuestra familia, vuestros amigos, la abuela de Min‑jun, los padres de Seo‑jun, los chicos del instituto. No podrá ganaros en fuerza si estáis juntos. Así que intentará ganaros hiriendo a los demás.
Min‑jun y Seo‑jun se miraron, serios. Lo habían pensado ya los dos por separado.
—Los protegeremos —dijo Seo‑jun con firmeza—. Todos. No dejaremos que le haga daño a nadie.
—Y seguiremos despertando los Sellos —añadió Min‑jun—. Ya llevamos tres: Jade, Zafiro y Rubí. Faltan cuatro. Cuando estén todos despiertos y acepten mi poder… podremos acabar con él para siempre.
Yeo‑wol asintió.
—Mañana mismo vendré a buscaros al Santuario. Probaréis con la Esmeralda de la Protección. Si reacciona como las otras… estaremos un paso más cerca del final.
Se despidió y desapareció entre los árboles del patio del hospital. Se quedaron los dos solos otra vez, con los trajes todavía puestos, de la mano, mirando cómo el sol se ponía detrás de los tejados de Seúl.
—¿Estás asustado? —le preguntó Seo‑jun en voz baja, pasando un dedo por la cicatriz que tenía Min‑jun en el hombro, la de la batalla del instituto.
—Mucho —respondió él con sinceridad—. Pero contigo… mucho menos.
Se acercaron lentamente el uno al otro. Fue el primer beso que se daban desde antes de todas las mentiras, desde antes de la ruptura, desde antes de todo. Un beso lento, suave, sin prisas, sin miedos, sin nada que los separara ya. No eran Jade y Ámbar en ese momento. No eran el Sucesor y el guardián. Eran solo Min‑jun y Seo‑jun. Dos chicos que habían recorrido el camino más difícil del mundo para volver a encontrarse.
Volvieron caminando a casa despacio, sin transformarse, sin prisa, de la mano todo el rato. No hablaron mucho. No hacía falta. Solo se alegraban de que, por fin, ya no tuvieran que mirarse a escondidas. Ya no eran dos extraños de día y dos héroes de noche. Ahora eran simplemente Min‑jun y Seo‑jun. Juntos. En todas partes.
Al llegar a la esquina donde se separaban, Seo‑jun se detuvo y metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta. Sacó una carta doblada en cuatro, amarillenta por el tiempo: la carta de San Valentín que Min‑jun le había escrito casi un año atrás, la que le había dicho que guardaba todas las noches.
—Nunca me he atrevido a devolvértela —le dijo entregándosela—. Ahora puedes leerla tú otra vez. Y luego escribir una nueva. Sin mentiras. Sin excusas. Solo la verdad.
Min‑jun agarró la carta con ambas manos, como si fuera el tesoro más grande del mundo.
—La escribiré —prometió—. Todas las que quieras. Todas las que hagan falta.
Se despidieron con otro beso corto, y cada uno entró en su casa. Min‑jun subió a su habitación con la carta todavía en la mano, la sonrisa aún en los labios, y sacó el cuaderno de debajo del colchón sin dudar ni un segundo.
---
📔 CUADERNO DE CHOI MIN‑JUN
Miércoles por la noche, por fin tranquilo
Querido cuaderno:
Creo que hoy ha sido el primer día de mi nueva vida.
Hoy he salido de casa sin tener que pensar qué mentira tocaría decir. Hoy Seo‑jun me esperaba en la puerta del instituto con mi desayuno, como hacía antes de que todo se rompiera. Hoy nuestros amigos se han enterado de toda la verdad y no nos han odiado por ella. Al contrario: Tae‑ho me ha pedido perdón por las cosas que me dijo, Ji‑eun me ha abrazado sin decir nada, y todos han prometido guardar el secreto y ayudarnos en lo que haga falta. Después de tanto tiempo sintiéndome solo… de repente me he dado cuenta de que nunca lo he estado del todo.
Luego hemos tenido otra misión. Una niebla horrible que nos hacía oír todas las palabras malas que nos dijimos cuando nos mentíamos. Cuanto más pensábamos en todo el daño que nos hicimos sin querer, más fuerte se hacía. Hasta que Seo‑jun me ha agarrado de la mano y me ha dicho que gritáramos la verdad de ahora, en voz alta. Y lo hemos hecho. Le he dicho que le quiero, que siempre le he querido, que perdono todo y que pido perdón por todo. Él me ha dicho lo mismo. Y la niebla se ha ido. Sola. No ha hecho falta dar ni un golpe. Solo la verdad.
Yeo‑wol ha venido después. Nos ha dicho que el Tejedor ya no intentará engañarnos con máscaras ni identidades. Ahora irá a por la gente que queremos: mi abuela, su familia, los chicos del instituto. Tiene razón. Él sabe que ya no puede ganarnos a nosotros dos directamente. Así que intentará herirnos por los lados. Pero esta vez no estamos solos. Esta vez tenemos un equipo. Esta vez nos cuidaremos entre todos.
Mañana iremos al Santuario para despertar el cuarto Sello: la Esmeralda de la Protección. Si me acepta como a los otros tres… estaremos cada vez más cerca del final. Más cerca de poder acabar con el Tejedor de una vez por todas, para que nadie más tenga que pasar por lo que hemos pasado nosotros.
Antes de entrar a casa Seo‑jun me ha devuelto la carta que le escribí por San Valentín, hace casi un año. La que creía que había tirado a la basura después de la ruptura. Me ha dicho que la lee todas las noches. Me ha pedido que escriba otra, nueva, esta vez sin mentiras, sin miedos, solo con la verdad.
La voy a escribir mañana. Le voy a contar todo. Todo lo que sentí cada noche que luchábamos juntos sin saber quién éramos. Todo lo que sufrí cada día que tenía que fingir que le odiaba para protegerlo. Todo lo feliz que soy ahora de poder llamarlo mío sin tener que esconderlo de nadie.
Por fin, por fin, no tengo que ser dos personas distintas. No tengo que ser Min‑jun de día y Jade de noche. Ahora soy los dos a la vez, y a Seo‑jun le gustan los dos. Ahora somos un equipo en todas partes. En el instituto, en las batallas, en la calle. Juntos. Sin máscaras. Sin secretos. Sin nada que nos separe.
Sé que quedan batallas muy duras. Sé que el Tejedor va a volver con algo mucho peor. Sé que tenemos que despertar los otros cuatro Sellos que aún duermen en el cofre. Sé que correremos peligro todos, y que la gente que queremos también. Pero por primera vez en mucho, mucho tiempo… no tengo miedo. Porque pase lo que pase, no lo pasaré solo.
Tengo a Seo‑jun. Tengo a mis amigos. Tengo a los Sellos. Y tenemos la verdad de nuestro lado. Y con eso… creo que podemos con todo.
Mañana será un día muy importante. Mañana despertaremos otro Sello. Mañana empezaremos a prepararnos para la batalla final.
Pero hoy… hoy solo quiero ser feliz. Y lo soy. Mucho.
Buenas noches.
Min‑jun.
---
Cerró el cuaderno con cuidado, lo escondió bajo el colchón y dejó la carta vieja encima de la mesa de noche, a la vista. El brazalete de jade brillaba suave en su muñeca, en perfecta sincronía con el de ámbar que llevaba Seo‑jun a solo dos calles de allí.
Muy lejos, en su escondite oscuro entre las montañas, el Tejedor de Han —el antiguo Dae‑ho, el guardián roto veinte años atrás— observaba una bola de cristal donde se veían los dos chicos caminando de la mano. No sonrió. No se rió. Solo suspiró, con una tristeza infinita en los ojos vacíos.
—Ojalá lo consigáis —susurró a solas, mientras su propia sombra se retorcía a sus pies—. Ojalá terminéis lo que yo no fui capaz de acabar. Ojalá no terminéis como yo.
Pero aun sabiendo que podía perder, movió la mano sobre la bola y empezó a tejer su siguiente plan. Iba a por la abuela de Min‑jun al día siguiente. Iba a por el corazón del Sucesor.
Y la batalla final, la que decidiría el destino de todos, estaba ya más cerca de lo que ninguno de los dos imaginaba.
FIN DEL CAPÍTULO 20