Kaelen llega a la mansión más poderosa de la ciudad con un solo propósito: venganza. Su hermana murió a manos de la hija favorita del dueño, y él está dispuesto a destruirlo todo desde adentro. Pero entre lujos, secretos y noches prohibidas, lo que comenzó como odio se transforma en un amor imposible ..
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La música seguía llenando el salón, pero Liora sentía que todo se había vuelto un murmullo lejano. Agarró la mano de Dante con dedos temblorosos y lo condujo, sin decir una palabra, hacia el balcón más alejado, el que daba al jardín iluminado por faroles dorados, lejos de las miradas, de todo el ruido que no dejaba pensar. Cerró las puertas de cristal tras de sí, y el silencio los envolvió como un abrigo suave.
El aire de la noche era fresco, llevaba el aroma de las rosas y la lluvia recién caída. Dante la miró, con esa sonrisa tierna y paciente que siempre tenía cuando la veía, y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Estás temblando, mi princesa—le dijo suavemente—. ¿Te sientes mal? ¿Quieres que llame a alguien?
Liora negó con la cabeza, y las lágrimas que había estado conteniendo todo el rato empezaron a brillar en sus ojos como gotas de rocío. Bajó la mirada, jugó nerviosa con el borde de su vestido, y luego lo miró a los ojos con toda la valentía que pudo reunir.
—Dante… eres lo más hermoso que me ha pasado —empezó, con la voz quebrada pero firme—. Me haces reír cuando todo me duele. Me miras como si yo fuera algo valioso, como si fuera luz, incluso cuando yo no puedo verme así. Te quiero. De verdad. Y eres el que me hace más feliz en todo el mundo.
Los ojos de Dante se iluminaron, pero solo por un instante, porque vio cómo una lágrima rodó por su mejilla y supo, antes de que ella siguiera hablando, que venía el "Pero .."
—Pero… —susurró ella, tragando con dificultad— mi corazón no es mío para darte. No del todo. Aún le pertenece a Nathael. No sé cómo, no sé por qué… pero cada vez que respiro, él está ahí. Y no es justo para ti. No es justo que tú me des todo y yo te dé solo la mitad de lo que soy.
Se quedó callada, esperando su furia, sus reproches, su rechazo. Pero Dante no gritó. No se enfadó. Solo cerró los ojos un momento, y cuando los abrió, estaban llenos de una tristeza tan profunda que le dolió a ella verlo.
—¿Lo amas? —preguntó con voz suave, sin rastro de celos, solo de dolor sincero.
—Si —respondió Liora, llorando ahora sin contenerse—. Y lo odio por hacerme esperar. Y me odio a mí por no poder dejar de amarlo. Te quiero a ti, Dante. Pero no te amo como a él. Y no quiero hacerte daño. Quiero que tengas todo. Y yo ahora mismo no puedo dártelo.
Dante asintió lentamente. Le tomó ambas manos entre las suyas, las besó con una ternura que la destrozó por dentro, y una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.
—Te perdono, Liora —dijo con calma, aunque se le quebraba la voz—. Te perdono porque te quiero lo suficiente para querer verte feliz, aunque no sea conmigo. Y si algún día… algún día tu corazón se libera de él… si alguna vez me miras y me ves a mí de verdad… aquí estaré. Esperando. Sin prisa. Sin reclamos.
—¿Podemos… podemos seguir siendo amigos? —susurró ella, con miedo a que le dijera que no—. Porque no quiero perderte. No quiero que te vayas de mi vida. Eres lo mejor que tengo.
Dante asintió de nuevo, y esta vez una lágrima se le escapó a él también, rodando por su mejilla hasta caer sobre las manos de ella.
—Seremos amigos —prometió—. Los mejores del mundo. Y te cuidaré igual. Y te miraré como siempre te he mirado. Solo… desde un poco más lejos.
La abrazó entonces, fuerte, como si quisiera guardar ese momento para siempre, la apretó contra su pecho y respiró su aroma una última vez como algo más que un amigo. Luego la soltó, le acarició el cabello con suavidad, le sonrió una última vez, y se giró para entrar al salón, caminando solo, con la cabeza alta y el corazón roto, mientras la música seguía sonando como si nada hubiera pasado.
Liora se quedó sola en el balcón, apoyada contra la barandilla, llorando en silencio,
Y dentro, entre las sombras, dos pares de ojos no se apartaban de Kaelen ni un segundo.
Seraphina, desde la escalera de mármol, con una copa de champaña en la mano y una sonrisa afilada como una navaja, no perdía detalle. Cada vez que Kaelen se movía, cada vez que hablaba con alguien, cada vez que sus ojos buscaban a Liora entre la multitud, Seraphina lo registraba todo, lo guardaba, lo analizaba como una pieza más en su tablero. «Eres débil por ella», pensaba con frialdad. «Y esa debilidad será tu ruina».
Y al otro lado del salón, cerca de las cortinas pesadas, Elara lo observaba también. No con odio, no con planeada maldad… sino con una mezcla de tristeza y desesperación que la consumía por dentro. Seguía cada movimiento de él con la mirada, cada expresión, cada forma de caminar. Sabía que cada vez que Kaelen respiraba en esa casa, Draven lo sentía. Sabía que él era el fantasma que ella jamás podría expulsar. Y lo veía ahora, de pie, alto y hermoso y lleno de una luz que no pertenecía a este mundo, y sentía que se le partía el corazón otra vez. «Lo amas», pensaba Elara, mirando cómo Kaelen reía con un invitado, cómo sus ojos azules brillaban bajo las luces. «Y yo soy la que está aquí, la que comparte su cama, la que le dio su hija perfecta … y aun así, soy invisible para ti ».
Kaelen, sin saberlo, era el centro de todas las miradas. El deseo, el odio, la envidia, el amor imposible… todo convergía en él, en cada paso que daba, en cada sonrisa que regalaba, en cada vez que levantaba la vista y buscaba, sin saberlo, la única persona que deseaba.
Y cuando sus ojos se cruzaron con los de Liora, allá en el balcón, vio sus lágrimas. Corrió a consolarla.