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Cámara Encendida

Cámara Encendida

Status: Terminada
Genre:Romance / Malentendidos / Yaoi / Completas
Popularitas:892
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.

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CAPÍTULO 9 LA VERDAD EN ALTA VOZ

El amanecer llegó gris y ventoso, como si el cielo mismo supiera que ese día todo se decidiría. Damián y Gael salieron del refugio sin dejar rastro de su paso, caminando en dirección al pueblo más cercano al valle donde se encontraban las tierras. Llevaban consigo el diario, el mapa dibujado a mano y las hojas con la explicación que habían preparado. No llevaban mucho más que eso: lo que tenían que decir pesaba más que cualquier pertenencia.

Durante el camino, Damián repasó en su mente cada palabra que diría. Pensó en su padre, en su madre, en Elena, en todos los que habían callado durante treinta años. Pensó en las personas que vivían en el valle y que no sabían que corrían peligro. Y pensó en Gael, que caminaba a su lado, tranquilo y firme, sin soltarle la mano ni un instante.

—Cuando lleguemos —dijo Gael despacio—, yo hablaré primero. Si algo sale mal, si intentan separarnos, tú corres y buscas a alguien de confianza. No te quedes esperándome.

—No —respondió Damián sin dudar—. Hablaremos los dos. Y si tenemos que irnos, nos iremos juntos. Tal como prometimos.

Llegaron al pueblo cuando el sol ya estaba alto. Era un lugar pequeño, con calles de tierra y casas bajas, donde todos se conocían. Al entrar, notaron que algunas personas los miraban con desconfianza: ya habían oído los rumores que habían difundido sobre ellos. Pero no se detuvieron. Caminaron directo hacia la plaza principal, donde había un grupo de vecinos reunidos, y también vieron a varios hombres que trabajaban para la empresa de su padre, hablando con la gente y repartiendo papeles.

Damián subió a los escalones de la pequeña iglesia que estaba en el centro de la plaza y alzó la voz para que todos pudieran escucharlo:

—Por favor, escúchenme solo unos minutos. No les voy a mentir ni a ocultarles nada. Soy Damián Vera, y sé que han oído muchas cosas malas sobre mí y sobre la persona que está conmigo. Por eso estoy aquí: para contarles la verdad.

La gente se detuvo. Algunos se acercaron con curiosidad, otros con desconfianza, pero todos guardaron silencio. Damián habló claro y fuerte, sin tartamudear, sin bajar la vista: contó cómo su abuelo y el abuelo de Gael habían sido socios, cómo habían descubierto que el terreno era inestable y peligroso, cómo su abuelo había mentido, acusado al otro de robo y se había quedado con todo para ocultar el riesgo. Contó que ahora su padre quería hacer exactamente lo mismo: empezar la construcción sin decirles nada, sin tomar ninguna medida de seguridad, poniendo en peligro sus casas, sus familias y sus vidas. Mostró el diario del abuelo de Gael, el mapa con las zonas marcadas, y explicó todo con palabras sencillas que cualquiera pudiera entender.

Cuando terminó, hubo un silencio largo y pesado. Entonces uno de los hombres que trabajaba para su padre se adelantó gritando:

—¡Está mintiendo! ¡Su propia familia dice que está enfermo y que este muchacho lo manipula! ¡No crean nada de lo que dicen!

—¿Por qué mentiría? —preguntó Damián mirándolo fijamente—. ¿Qué ganaría yo con mentirles? Si lo que digo es falso, que mi padre venga aquí y les muestre los estudios reales del terreno. Que se los deje ver a todos. ¿Por qué no lo ha hecho?

Nadie pudo responder eso. Algunos vecinos empezaron a hablar entre ellos, preocupados. Pero en ese momento llegaron dos autos grandes a toda velocidad y se detuvieron con un frenazo fuerte frente a la plaza. Bajaron varios hombres, y detrás de ellos apareció su padre, con la cara desencajada de furia.

—¡Basta de mentiras! —gritó señalándolos—. ¡Llévenlos conmigo ahora mismo!

Los hombres avanzaron hacia ellos. Algunos vecinos se apartaron asustados, pero otros se quedaron en su lugar, bloqueando el paso.

—No se los lleve —dijo una mujer mayor que vivía en la parte más baja del valle—. Que nos enseñen los papeles primero. Si dicen que miente, que lo demuestren.

—¡Así es! —gritó otro hombre—. Que nos muestren los estudios del terreno. ¡Si no hay peligro, no tienen nada que ocultar!

Su padre se puso pálido. No esperaba que la gente se pusiera de su lado. Miró a Damián con una mezcla de rabia y sorpresa, como si recién ahora se diera cuenta de que su hijo ya no era el niño que podía callar con una mirada.

—Estás arruinando todo lo que construí —le dijo entre dientes al pasar cerca de él.

—Tú lo construiste sobre una mentira —le respondió Damián sin bajar la vista—. Y las mentiras siempre se caen solas.

Los hombres de su padre no se atrevieron a empujar a los vecinos. Subieron a los autos y se fueron, pero no sin antes mirarlos con una promesa clara de que no se rendirían tan fácil. Cuando el peligro se alejó, la gente rodeó a Damián y a Gael, haciéndoles preguntas, pidiendo ver los documentos, agradeciéndoles por haber hablado. Algunos prometieron ayudarlos, otros dijeron que avisarían a las autoridades ellos mismos.

Pero mientras todo eso pasaba, Damián vio entre la multitud a una mujer que se quedó atrás, sin acercarse, mirándolo con los ojos llenos de lágrimas. Era su madre. Se quedaron mirando durante un largo instante. Ella no dijo nada, solo bajó la cabeza y se fue. Damián sintió un dolor agudo en el pecho: no la odiaba, pero sabía que ya no podía confiar en ella nunca más. Y esa era la clase de libertad que más dolía.

Gael le puso una mano en el hombro y lo acercó a su lado.

—Lo hiciste —le dijo con voz suave—. Les dijiste la verdad a todos. Ahora ya no pueden ocultarla.

—Sí —respondió Damián mirando a la gente que los rodeaba—. Pero no creas que se acabó. Mi padre no va a aceptar una derrota así como así. Va a intentar algo más. Sé que lo hará.

Y tenía razón. Esa misma tarde, mientras repartían copias de los documentos por el pueblo, llegaron noticias de que su padre había presentado una denuncia formal acusando a Gael de robo y de manipulación, y ordenando que detuvieran a ambos. La guerra ya no era solo de palabras: ahora era legal, oficial y mucho más peligrosa.

Pero esta vez no estaban solos. Los vecinos del pueblo se organizaron: algunos los esconderían, otros llevarían los documentos a las autoridades superiores, otros vigilarían los caminos. Por primera vez, la verdad tenía aliados. Sin embargo, sabían que la pelea final estaba por llegar. Que su padre haría todo lo posible por destruirlos antes de que todo se hiciera público por completo.

Esa noche, escondidos en una casa pequeña en lo alto del pueblo, Damián y Gael supieron que no podían dormir tranquilos. El enemigo estaba cerca, y esta vez no se detendría ante nada. Pero también supieron que habían hecho lo correcto. Y que aunque el camino fuera difícil y peligroso, ya no tendrían que recorrerlo solos.

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