NovelToon NovelToon
De Sirvienta Low-Rank a Luna

De Sirvienta Low-Rank a Luna

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Centrado emocionalmente / Hombre lobo / Romance paranormal / Casada Con Mi Ex's Familiar
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.

NovelToon tiene autorización de elmira brazil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Cap 14: La segunda Luna no se arrodilla

La anciana Amalia esperó dos días antes de intentar educar a Camila.

Camila consideró eso casi generoso.

La citación llegó después del desayuno: «Reunión privada de protocolo para la candidata a luna». La palabra privada estaba subrayada, lo que en el idioma de los ancianos significaba sin alfa mirando y sin testigos incómodos.

Camila llevó a Nico.

La anciana Amalia miró al muchacho como si hubiera aparecido una cabra en el salón.

—La reunión era privada.

—Él es mi testigo joven.

—No existe tal figura en el protocolo.

—Todavía no.

Nico se enderezó con una solemnidad heroica.

Camila le había prometido pan relleno si no hablaba a menos que ella se lo pidiera. Era, hasta el momento, su mejor contrato.

El salón de protocolo estaba en el ala antigua de Casa Serrano. Paredes cubiertas con retratos de lunas de la manada anteriores, todas hermosas, todas erguidas, todas con joyas en el cuello y una expresión que decía que nunca habían tenido harina bajo las uñas.

La anciana Amalia señaló una silla.

—Siéntese.

Camila se sentó.

—Gracias.

La anciana tomó un cuaderno.

—Una luna de la manada de Sierra Clara representa la dignidad de la manada. Su forma de hablar, vestir, comer, caminar y responder afecta la autoridad del alfa.

—¡Qué frágil sería la autoridad de un alfa si dependiera de cómo mastico!

Nico hizo un ruido.

Camila lo miró.

El chico se tapó la boca.

La anciana Amalia no estaba divertida.

—Su tendencia a responder con sarcasmo debe moderarse.

—Mi tendencia a responder con sarcasmo suele aparecer cuando alguien intenta volver amable una falta de respeto.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, esta reunión.

La pluma de la anciana se detuvo.

Camila cruzó las manos sobre el regazo.

No había venido a pelear por placer. De verdad no. Había dormido bien por primera vez en días, había desayunado pan limpio comprado por Gabriel, y Pilar le había dado permiso de usar un cuchillo mediano. Era casi una mañana feliz.

Pero la felicidad no era razón para entregar el cuello.

—Anciana Amalia, si quiere enseñarme reglas, las escucharé. Si quiere convertirme en una luna de la manada que no incomode a quienes ya decidieron despreciarme, ambas perderemos el tiempo.

La mujer mayor la estudió.

Su aroma a lavanda seca se hizo más frío.

—Usted cree que la desprecio por haber sido de bajo rango.

—No necesito creerlo. Lo olí.

Nico abrió los ojos.

Amalia dejó el cuaderno sobre la mesa.

—¿La desprecio? No. La temo.

Eso sí sorprendió a Camila.

—¡Qué conveniente!

—No lo digo para ganarme su simpatía.

—Bien, porque va mal.

La anciana ignoró la frase.

—Sierra Clara ha sobrevivido porque sus alfas entienden los límites. Gabriel mejor que nadie. Juzga a otras manadas, contiene conflictos, pesa las pruebas antes de actuar. Desde que usted llegó, recibió una herida de plata, desafió a la manada Vega tres veces y contradijo a sus ancianos en público.

—Yo no lancé el cuchillo.

—No. Pero el alfa se puso delante.

Camila sintió el golpe bajo las costillas.

Amalia lo vio.

—Eso es lo que temo. No que usted haya limpiado pisos. No que venga de una familia pobre. Temo que Gabriel deje de medir consecuencias cuando usted sangra.

La sala quedó callada.

Nico miró a Camila, menos seguro.

Camila se obligó a respirar despacio.

—Entonces eduque a Gabriel.

Por primera vez, la anciana Amalia casi sonrió.

—Lo he intentado treinta años.

—Mis condolencias.

—No está ayudando.

—No vine a ayudarla a tenerme miedo.

Amalia se levantó y caminó hacia los retratos.

—Las lunas de la manada de esta pared no fueron perfectas. Algunas fueron crueles. Algunas cobardes. Algunas salvaron a la manada cuando sus alfas se equivocaron. Todas aprendieron algo: si una luna se arrodilla ante todos para evitar conflictos, al final la manada entera aprende a empujarla al suelo.

Camila miró los retratos otra vez.

Tal vez sí habían tenido harina bajo las uñas.

Solo que nadie las había pintado así.

—Entonces, ¿por qué insiste en mi postura, mi ropa y mi forma de hablar?

—Porque los enemigos usan lo visible primero. Si no les da armas pequeñas, tardarán más en sacar las grandes.

Camila consideró eso.

No era mentira.

Tampoco era suficiente.

—Puedo aprender a entrar a un salón sin regalarles un cuchillo. Pero no voy a fingir que no tengo dientes.

La anciana Amalia asintió lentamente.

—Eso es aceptable.

Nico susurró:

—¿Ganamos?

—No era una pelea —dijo Camila.

Amalia lo miró.

—En el protocolo, joven, casi todo es una pelea que aprendió a usar cubiertos.

Nico pareció fascinado.

Camila decidió que la anciana era peligrosa para su hermano.

La clase empezó de verdad entonces.

Amalia le enseñó cómo recibir a un enviado sin quedar atrapada en promesas implícitas. Cómo aceptar regalos sin aceptar una deuda. Cómo rechazar una invitación con palabras que no pudieran usarse como un insulto formal. Cómo distinguir una reverencia de respeto de una exigencia de sumisión.

Camila aprendió más en dos horas de lo que esperaba.

También discutió más de lo que Amalia deseaba.

Al final, la anciana sacó una caja estrecha.

—Esto perteneció a una luna de la manada de Sierra Clara que también llegó sin una familia poderosa.

Dentro había un broche de plata vieja con forma de laurel.

Camila no lo tocó.

—¿Por qué me lo muestra?

—Porque mañana, en la comida familiar, algunas personas esperarán que use joyas de Gabriel para probar que él la respalda.

—No quiero joyas de Gabriel.

—Lo sé. Use esto. No es de él. Es de la casa. Hay diferencia.

Camila miró el broche.

No era ostentoso. Tenía marcas de uso, una hoja un poco torcida, plata limpia sin veneno.

—¿Tengo que arrodillarme para recibirlo?

Amalia la miró con ofensa sincera.

—Por supuesto que no.

—Bien.

Camila tomó el broche.

La plata estaba fría, pero no dolía. No era un arma. No era una cadena. Solo historia.

—Gracias.

La anciana Amalia inclinó la cabeza.

—No me haga arrepentirme antes de la cena.

—No prometo imposibles.

Cuando Camila salió del salón, Gabriel estaba en el corredor.

No junto a la puerta.

A varios pasos.

Esperando como quien sabe que no debe parecer que espía, aunque claramente estaba cerca de espiar.

Nico corrió hacia él.

—La anciana Amalia dice que el protocolo es una pelea con cubiertos.

Gabriel miró a Camila.

—Eso explica mucho de mi infancia.

Camila le mostró el broche.

—Me dio esto.

Gabriel se quedó quieto.

—Ése era de la luna Inés.

—¿La conoció?

—Era mi abuela.

Camila bajó la mirada al broche.

De pronto pesaba más.

—No me dijo.

—Amalia rara vez explica antes de entregar una responsabilidad.

—¿Quiere que se lo devuelva?

Gabriel pareció sorprendido.

—No. Si se lo dio, es suyo mientras quiera usarlo.

«Mientras quiera».

Camila cerró los dedos alrededor del broche.

—Su familia tiene una forma muy rara de prestar cosas.

—Usted también tiene una forma rara de aceptar cosas.

—No las acepto si huelen a deuda.

Gabriel bajó la voz.

—¿Y esto?

Camila olió el broche. Plata vieja, laurel seco, una nota apenas perceptible de café y papel antiguo.

—Huele a advertencia.

—Eso suena a Amalia.

Nico miró entre ambos.

—¿Puedo ir al patio de entrenamiento ahora?

—No —dijo Camila.

—But ¡fui buen testigo!

—Fuiste buen testigo callado. No arruines tu récord.

Gabriel dijo:

—Puede observar veinte minutos desde la galería.

Nico lo miró como si le hubiera regalado una espada de oro.

Camila miró a Gabriel como si le hubiera regalado una jaqueca.

—Está comprando su lealtad.

—Con observación supervisada. Muy barato.

—No ayude a mi hermano a volverse insoportable.

—Creo que ya había base.

Nico, traicionado, abrió la boca.

Camila se rio.

El sonido salió sin permiso.

Gabriel la miró.

No con hambre. No con reclamo. Con algo más quieto. Como si aquella risa fuera un dato que quisiera guardar lejos de los expedientes.

El hilo del lazo de la pareja destinada se calentó entre ellos.

Camila dejó de reír.

Gabriel apartó la mirada primero, dándole espacio.

—La comida familiar será complicada —dijo.

—¿Más que una clase con la anciana Amalia?

—Diferente. Mi tío, dos primos, algunos betas, Amalia, Teresa, Pilar si decide que la comida corre peligro.

—Pilar siempre decide que la comida corre peligro.

—Entonces Pilar.

Camila miró el broche.

—¿Esperan que me siente a su lado?

—Sí.

—¿Esperan que me quede callada?

—Algunos.

—¿Y usted?

Gabriel la miró de nuevo.

—Yo espero que coma.

Camila no quiso que eso la tocara.

La tocó.

—Eso sí puedo hacerlo.

—Lo imaginé.

—Alfa Gabriel.

—Camila.

—Si alguien me dice que debo arrodillarme por ser la segunda luna de la manada...

—No ocurrirá.

—Si ocurre.

El oro asomó apenas en sus ojos.

—Entonces lamentaré no haberlo impedido antes de que usted responda.

Camila sonrió.

—Buen esposo provisional.

Gabriel bajó la mirada al broche en su mano.

—Estoy aprendiendo.

Y Camila, que había llegado a Sierra Clara esperando defender cada pulgada de suelo, descubrió con fastidio que algunas personas no intentaban quitarle espacio.

Algunas, peor aún, le dejaban sitio en la mesa.

1
JZulay
miserable !!!! 😤
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play