Una joven condenada como villana renace antes de su muerte y, al descubrir el legado oculto de las Espinas, deberá aliarse con el temido Duque Raven para enfrentar una antigua conspiración que amenaza al Imperio.
NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21. El Monstruo del Imperio
Blackstone despertó como si la fortaleza misma hubiera estado esperando la guerra.
Las campanas resonaron desde las torres con golpes profundos, extendiéndose por los patios nevados y los pasillos de piedra. Las antorchas se encendieron una a una, dibujando líneas de fuego sobre los muros oscuros. Soldados salieron de los barracones con una disciplina silenciosa que impresionó incluso a Aldric.
Aria observó el movimiento desde el centro del patio.
No había pánico.
No había desorden.
Solo obediencia rápida, miradas firmes y manos preparadas sobre armas.
Aquella no era una mansión noble.
Era una fortaleza viva.
Y Kael Raven era su corazón.
El duque avanzó entre sus hombres como una sombra de hierro.
No gritaba.
No desperdiciaba palabras.
Una orden breve bastaba para que los arqueros ocuparan las murallas.
Un gesto enviaba patrullas hacia los túneles inferiores.
Una mirada hacía que los soldados corrigieran posiciones antes incluso de que él hablara.
Aria había conocido nobles que exigían obediencia.
Kael no necesitaba exigirla.
Sus hombres lo seguían porque confiaban en que, si él estaba allí, Blackstone no caería.
Liam se acercó a Aria, con la capa mal acomodada y el cabello todavía desordenado por haber despertado de golpe.
—Ahora entiendo por qué lo llaman monstruo.
Aria no apartó la vista de Kael.
—Eso no es lo que veo.
—¿No?
—No.
Observó cómo el duque se detenía junto a un soldado joven que no lograba asegurar bien una correa de su armadura. Kael no lo reprendió. Simplemente corrigió la pieza con rapidez y siguió caminando.
—Veo a alguien que sabe exactamente cuánto depende de él.
Liam guardó silencio.
Por una vez, no hizo ningún comentario.
Aldric se acercó a ellos con la espada al cinto.
Su mirada estaba fija en Kael.
Aria notó la tensión en sus hombros.
—Él no confía en ti —dijo en voz baja.
Aldric no fingió no entender.
—No tiene motivos para hacerlo.
—Eso no es cierto.
El viejo Cuervo la miró.
—A veces, llegar tarde pesa tanto como no haber llegado nunca.
Aria entendió entonces que aquella herida entre Aldric y Kael no se cerraría con una conversación.
La muerte de la Casa Raven había dejado demasiados fantasmas.
Y ambos hombres caminaban entre ellos sin saber cómo nombrarlos.
Un capitán llegó corriendo.
—Mi señor.
Kael se volvió.
—Informe.
—Los exploradores confirman movimiento enemigo en el límite occidental. Al menos cincuenta hombres. Quizá más ocultos entre los árboles.
—¿Máquinas de asedio?
—Ninguna.
Kael entrecerró los ojos.
—Entonces no vienen por las puertas.
Aldric dio un paso adelante.
—Vienen por abajo.
El duque giró hacia él.
Durante un instante, la tensión personal entre ambos volvió a encenderse. Sin embargo, esta vez Kael no lo corrigió ni lo apartó.
—Eso parece.
Aria apretó los dedos alrededor del fragmento oculto bajo su capa.
El cristal palpitaba.
Cada vez más fuerte.
Como si reconociera el peligro.
—Buscan el segundo fragmento —dijo.
Kael la miró.
—Entonces tendrán que atravesar Blackstone para llegar a él.
Su voz era fría.
Controlada.
Pero había algo debajo.
Una promesa.
No permitiría que la Orden volviera a tomar nada de su familia.
El primer ataque no llegó contra las murallas.
Llegó desde dentro.
Un estallido sacudió la torre norte.
La piedra vibró bajo los pies de Aria.
Una columna de humo oscuro se elevó hacia el cielo nevado.
—¡Torre norte! —gritó alguien.
Kael ya corría antes de que terminaran la frase.
Aria lo siguió.
Aldric corrió detrás de ella.
Liam soltó una protesta ahogada, pero también avanzó.
Los pasillos de Blackstone se llenaron de ruido.
Botas contra piedra.
Órdenes cortas.
Acero desenvainándose.
Cuando llegaron a la torre, encontraron a los primeros infiltrados.
Vestían capas oscuras.
Máscaras de hierro cubrían parte de sus rostros.
Y sobre el pecho llevaban el símbolo de la rosa negra.
La Orden del Sol Escarlata había entrado en la fortaleza.
Kael desenvainó su espada.
No la espada del Juramento.
Todavía no.
La hoja común bastó para que el primer enemigo cayera antes de completar su ataque.
Aria había visto luchar a Aldric.
El viejo Cuervo se movía con precisión, paciencia y economía. Era un maestro que había aprendido a sobrevivir en un mundo lleno de sombras.
Kael era diferente.
Kael no parecía luchar contra hombres.
Parecía atravesar una tormenta que otros ni siquiera podían ver.
Cada golpe era directo.
Cada avance, inevitable.
No había crueldad en sus movimientos.
Solo decisión.
Y eso resultaba mucho más impresionante.
Uno de los enemigos logró esquivar a un soldado de Blackstone y se lanzó hacia Aria.
Aldric estaba demasiado lejos.
Kael giró, pero otro atacante se interpuso en su camino.
Aria tuvo un segundo.
Uno solo.
Recordó la voz de Aldric.
Observa.
El enemigo levantó la espada.
Demasiada fuerza en el hombro derecho.
Ataque descendente.
Aria giró a un lado.
La hoja golpeó la piedra, levantando chispas.
Ella respondió con un corte bajo, no lo bastante profundo para derribarlo, pero sí suficiente para romper su equilibrio.
El hombre retrocedió.
Aldric apareció entonces y lo dejó inconsciente con el pomo de su espada.
—Bien —dijo.
Aria jadeó.
—¿Solo bien?
—Seguías muy cerca de morir.
—Entonces aceptaré el bien.
Kael los observó apenas un instante.
Su mirada se detuvo en Aria con una mezcla extraña de evaluación y sorpresa.
Luego volvió a la batalla.
Los infiltrados no intentaban conquistar la torre.
Eso quedó claro rápidamente.
Se movían hacia abajo.
Siempre hacia abajo.
Kael lo notó al mismo tiempo que Aria.
—Buscan los niveles inferiores.
Aldric bloqueó un ataque y retrocedió junto a ellos.
—¿Qué hay bajo la torre norte?
Kael no respondió enseguida.
El silencio fue suficiente.
—Criptas antiguas —dijo finalmente—. Selladas desde hace años.
Aria sintió cómo el fragmento ardía contra su pecho.
—Entonces ahí está.
Liam, pálido, levantó una mano.
—Solo para confirmar: ¿vamos a bajar hacia las criptas mientras hay asesinos entrando en la fortaleza?
—Sí —respondieron Aldric y Kael al mismo tiempo.
Ambos se miraron.
Por un segundo, el pasado pareció quedar suspendido entre ellos.
Luego Kael apartó la mirada.
—Cúbrannos la retaguardia —ordenó a sus soldados.
Y descendió.
La escalera bajo la torre era estrecha.
El aire se volvió más frío con cada paso.
Las antorchas estaban apagadas, como si nadie hubiera bajado allí en mucho tiempo. Kael encendió una con rapidez. La luz reveló paredes antiguas, cubiertas de polvo y marcas casi borradas.
Aria caminaba detrás de él.
Liam iba en medio, murmurando algo sobre criptas, maldiciones y su creciente deseo de vivir una vida aburrida.
Aldric cerraba el grupo.
El silencio entre él y Kael era más pesado que la piedra.
Finalmente, Aldric habló.
—Tu padre me mostró esta entrada una vez.
Kael no se detuvo.
—No recuerdo haberte preguntado.
—No.
Aldric bajó otro escalón.
—Pero quizá necesitas saberlo.
El duque continuó caminando.
—Lo que necesitaba saber debió decirlo él.
Aria sintió el golpe de aquella frase.
Aldric también.
—Sí —admitió el viejo Cuervo—. Debió hacerlo.
Kael se detuvo al final de la escalera.
Frente a ellos había una puerta de hierro negro.
Sobre la superficie se distinguía el símbolo de un cuervo con las alas extendidas.
Debajo, casi oculta por el óxido, una espina.
Aria se acercó lentamente.
—Los Raven y los Espina Negra.
Kael miró el símbolo como si lo viera por primera vez.
—Siempre estuvo aquí.
Aldric habló con cuidado:
—Tu padre intentó proteger algo más que una fortaleza.
Kael apoyó una mano en la puerta.
—Y murió sin decírmelo.
Esta vez Aldric no respondió.
Porque no había respuesta capaz de sanar aquello.
El fragmento de Aria brilló.
La puerta respondió.
El hierro negro vibró bajo la mano de Kael.
Un mecanismo antiguo despertó en las profundidades de Blackstone.
La puerta se abrió con un sonido grave.
Como si algo sellado durante generaciones acabara de permitirles entrar.
Dentro no había una cripta común.
Era una sala circular.
Piedra negra.
Columnas bajas.
Símbolos de cuervos y espinas cubriendo el suelo.
Y en el centro, clavada en una base de piedra, descansaba una espada.
La hoja era negra.
La empuñadura, plateada.
Un cuervo tallado coronaba el pomo.
Kael permaneció inmóvil.
Aria sintió que la sala entera respiraba.
Aldric bajó la cabeza.
—La Espada del Juramento.
Kael lo miró.
—¿La conocías?
—Conocía la leyenda.
—Parece que conoces muchas cosas sobre mi familia que yo no sé.
El reproche fue directo.
Aldric lo aceptó sin defenderse.
—Sí.
Kael sostuvo su mirada.
—Entonces, después de esto hablaremos.
—Lo sé.
No fue una amenaza.
Fue una deuda.
Y Aldric la aceptó.
Los pasos llegaron desde la escalera.
La Orden había encontrado el camino.
Kael avanzó hacia la espada.
Cuando sus dedos tocaron la empuñadura, la sala tembló.
La hoja negra emitió una luz gris.
La insignia del cuervo sobre la puerta brilló.
Y el fragmento de Aria salió de debajo de su capa, flotando hacia el centro de la sala.
Una voz antigua resonó entre las piedras:
—El cuervo recuerda.
Kael cerró la mano alrededor de la espada.
La arrancó de la base.
El sonido fue como un trueno bajo tierra.
Los hombres de la Orden aparecieron en la entrada.
El líder enmascarado se detuvo al ver la espada en manos de Kael.
—Imposible.
Kael giró hacia él.
Su rostro estaba completamente sereno.
—Esa palabra se usa demasiado esta noche.
El combate comenzó.
Pero esta vez era distinto.
La Espada del Juramento no se movía como un arma común.
Respondía a Kael.
Cada golpe arrastraba una estela gris.
Cada choque contra el acero enemigo producía un destello plateado.
Los infiltrados retrocedieron.
Por primera vez, la Orden parecía insegura.
Aria comprendió por qué.
No habían esperado que Kael fuera reconocido por la reliquia.
Quizá creían que la Casa Raven estaba rota.
Quizá creían que el último heredero no sabría reclamar su legado.
Se equivocaron.
La base de piedra donde había estado la espada comenzó a abrirse.
Aria sintió que el primer fragmento tiraba de ella.
Una segunda pieza emergió desde el interior.
Otro cristal oscuro.
Más grande.
Atravesado por vetas plateadas.
Flotó entre Aria y Kael.
La voz antigua volvió a hablar:
—La sangre ha encontrado al cuervo.
La espada ha recordado su juramento.
El segundo fragmento despierta.
Aria extendió la mano.
Kael también.
El cristal no eligió solo a uno.
La luz los envolvió a ambos.
El fragmento descendió entre sus manos.
Por un instante, Aria sintió el dolor de Kael.
No todo.
Solo un eco.
Fuego.
Nieve.
Un niño escondido bajo piedra.
Una voz materna ordenándole vivir.
Kael sintió algo de ella también.
Eso lo vio en sus ojos.
Hoguera.
Cadenas.
Traición.
Muerte.
El vínculo duró apenas un segundo.
Pero bastó.
Ambos retiraron las manos al mismo tiempo.
Respirando con dificultad.
—¿Qué fue eso? —preguntó Kael.
Aria sostuvo el fragmento contra su pecho.
—No lo sé.
Pero sí lo sabía.
De algún modo, lo sabía.
El Trono no estaba reuniendo objetos.
Estaba reuniendo heridas.
Personas que habían sobrevivido a lo que debía haberlas destruido.
El líder de la Orden retrocedió hacia las sombras.
—Dos fragmentos no bastarán.
Kael levantó la Espada del Juramento.
—Entonces intentaremos conseguir el tercero.
El hombre enmascarado soltó una risa baja.
—La verdad siempre exige un precio.
Luego desapareció con los últimos infiltrados.
Kael hizo ademán de seguirlo, pero Aria lo detuvo.
—No.
El duque la miró.
—Escapará.
—Quiere que lo sigas.
Aldric apareció junto a ellos, respirando con dificultad.
—Tiene razón.
Kael apretó la empuñadura de la espada.
Durante un momento pareció que no obedecería.
Luego bajó el arma.
No porque aceptara órdenes.
Sino porque entendía una trampa cuando la veía.
Los dos fragmentos se unieron brevemente en el aire.
Una luz plateada llenó la cripta.
Aria vio una imagen.
Agua inmóvil.
Un lago perfecto como un espejo.
Una ciudad en ruinas cubierta por niebla.
Y un símbolo desconocido: una estrella dentro de un círculo.
La misma figura borrada de los murales.
Una voz susurró:
—La verdad duerme donde el agua refleja lo que el mundo olvidó.
La visión terminó.
Aria abrió los ojos.
Kael seguía junto a ella.
Aldric observaba los fragmentos.
Liam, desde la entrada, parecía más pálido que nunca.
—Por favor, dime que viste una posada cómoda.
Aria negó lentamente.
—Vi un lago.
Liam cerró los ojos.
—Por supuesto.
Aldric preguntó:
—¿Algo más?
—Una ciudad muerta. Y un símbolo.
Kael habló antes de que Aldric pudiera hacerlo:
—Lago Espejo.
Todos lo miraron.
—¿Lo conoces? —preguntó Aria.
—Sí.
—¿Qué hay allí?
Kael guardó silencio un instante.
—Ruinas que nadie visita.
Liam soltó una risa débil.
—Eso suena exactamente como el lugar donde acabaríamos.
El segundo fragmento descendió hasta la palma de Aria.
Kael observó la Espada del Juramento.
Luego a Aldric.
—Cuando esto termine, me contarás todo lo que sabes de mi padre.
Aldric sostuvo su mirada.
—Sí.
—No lo que creas que debo saber.
—Todo.
La palabra quedó entre ellos.
Pesada.
Necesaria.
No era reconciliación.
Todavía no.
Pero era el primer puente sobre una herida antigua.
Sobre sus cabezas, Blackstone seguía resistiendo.
La Orden había sido expulsada.
La fortaleza permanecía en pie.
Pero bajo la piedra, en la cripta donde los Raven guardaban su secreto, algo nuevo había nacido.
Una alianza.
Frágil.
Forjada entre sangre, espada y memoria.
Aria miró a Kael.
El Monstruo del Imperio sostenía la espada de sus antepasados.
Pero por primera vez no parecía solo un arma.
Parecía un hombre enfrentando el pasado que le robaron.
—¿Vendrás con nosotros? —preguntó ella.
Kael la miró como si la respuesta fuera evidente.
—La Orden atacó mi fortaleza.
Sus ojos grises brillaron bajo la luz de las antorchas.
—Ahora esta guerra también es mía.
Aria pensó que tal vez siempre lo había sido.
Solo que Kael Raven acababa de recordarlo.
Más bien parece apodo como: Roberto Gómez Bolaños "Chespirito",
Javier López "Chabelo", Yolanda Montes "Tongolele", Roberto Cobos "Calambres", Germán Valdés "Tin Tan", Gaspar Henaine "Capulina", Manuel "Loco" Valdez, Jorge "Burro" Vanrranqui, etc.🤷♀️🙎♀️
Si apenas estás viviendo la segunda "según".🤨 "🤷♀️"
A no ser que ya tuvieras vivido otra antes de la de la higuera. Y entonces está sería la tercera y ya tendría sentido la frase de " sus dos vidas". 🧐