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Pensamientos A Un Amor Prohibido

Pensamientos A Un Amor Prohibido

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Amor eterno
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Paula Nuñez

Esta es una intensa novela psicológica y dramática para adultos que explora la compleja y prohibida transición emocional entre dos hermanastros que, tras años de convivencia, deben enfrentarse a sus crecientes deseos en medio de una tensión familiar ineludible

NovelToon tiene autorización de Paula Nuñez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El incendio y la redención

​La chica desconocida, con el labial ligeramente corrido y una mirada de absoluta confusión, me escaneó de arriba abajo.

—¿Quién eres tú? —preguntó, con un tono que denotaba que no estaba acostumbrada a que le arruinaran sus planes.

​Sentí cómo el corazón me golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado. El pánico inicial se transformó en una oleada de posesividad pura. Me puse en medio, interponiéndome entre ellos como una barrera infranqueable, clavándole mis ojos.

—Soy... soy su hermana pequeña —dije, tratando de que mi voz sonara firme, aunque el nerviosismo me traicionaba—. Y ya es tarde.

​Ella soltó una risita burlona y miró su reloj.

—Son recién las diez, cariño. La noche apenas comienza.

​—Es tarde para mí —repliqué, manteniendo mi posición, bloqueando su acceso a él—. Y él, como hermano mayor, tiene la obligación de llevarme a casa.

​La chica, visiblemente molesta, se giró hacia Ji-hoon, esperando una reacción, una negación, cualquier cosa. Él, sin embargo, evitó su mirada, su rostro una máscara de contención.

—Lo siento... pero ella tiene razón —dijo él con una voz ronca—. Tengo que llevarla a casa ahora.

​La chica, terca, intentó rodearme, pero me moví con ella, manteniéndome como un escudo.

—Entonces... —insistió ella, ignorándome por completo mientras intentaba captar la atención de Ji-hoon— ¿al menos me das tu número?

​Antes de que él pudiera siquiera articular un sonido, me adelanté, escupiendo las palabras con una malicia que me sorprendió a mí misma.

—No tiene. Su teléfono está roto. Así que, lárgate. ¡Ahora!

​La chica, fulminándome con la mirada y profiriendo un insulto entre dientes, abandonó la habitación dando un pisotón. El silencio que quedó tras el cierre de la puerta se sintió denso, cargado de una electricidad que apenas podíamos soportar.

​Entonces, la voz de Ji-hoon rompió el vacío.

—Hana, ¿qué haces aquí?

​Me di la vuelta lentamente. Él me miraba desde la penumbra, sus ojos oscuros recorriendo mi figura.

—Pues... —mi voz tembló—, me dijiste que me cuidarías si estaba enferma... —fingí una tos seca y exagerada, una actuación patética pero necesaria—. Y estoy muy enferma.

​Una media sonrisa, una que no había visto en semanas, floreció en sus labios.

—Eres pésima actuando, Hana —dijo, acercándose a mí—. Ahora, dime la verdad: ¿a qué viniste realmente?

​Suspiré, dejando que mis hombros se desplomaran. La verdad era lo único que quedaba en el campo de batalla.

—Lo siento —susurré, buscando sus ojos—. Min-seo me lo contó todo. Sobre los boletos... sobre la sorpresa por mi cumpleaños. El malentendido... lo causé yo misma. Fui una estúpida.

​Él se detuvo frente a mí, su mirada se endureció por un segundo.

—No confiaste en mí. Ni en mis sentimientos.

​—Lo sé —murmuré, con la cabeza baja, sintiendo el peso de mi propia inseguridad.

​Sin decir una palabra más, Ji-hoon caminó hacia la puerta y giró la llave, cerrándola con un clic seco que hizo eco en mi alma. El ruido resonó como una sentencia de la que no quería escapar. Se acercó a mí lentamente, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

​—Sé que fui una... —intenté decir, pero antes de que pudiera completar la palabra, él selló mis labios con un beso.

​Fue un beso apasionado, desesperado, un reclamo que borraba todo los días de distanciamiento y odio fingido. Mis manos se enredaron en su cuello, atrayéndolo hacia mí, mientras sus brazos me rodeaban la cintura, levantándome en vilo y presionándome contra la pared. El mundo exterior dejó de existir; solo quedaba el choque de nuestros cuerpos y el ritmo frenético de nuestra respiración.

​—Niña tonta —susurró contra mi piel, con una mezcla de ternura y reproche—. ¿Cómo pudiste dudar de mí?

​Me besó con más pasión que nunca, sus manos descendiendo por mi espalda y marcándose con firmeza sobre mis muslos, un recordatorio físico de que, a pesar de todo, de todas las mentiras y el dolor, esa noche íbamos a reclamar todo lo que el miedo nos había quitado. No había más explicaciones, solo el fuego.

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