En este imperio de sombras, ella es la única que puede calmarlo… o el motivo por el que su mundo arderá.
¿El amor puede sobrevivir cuando tu vida es propiedad del enemigo?
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5°
...Alexei Morózov...
Había evitado conscientemente el piso veintiséis durante los últimos días. No por falta de interés en el desarrollo de nuestra infraestructura informática, sino porque para eso pagaba a Nikolai, su labor era supervisar el avance de las pasantes y entregarme un informe diario detallado. Sin embargo, para mi absoluta sorpresa, los reportes de esta semana eran una anomalía. En apenas siete días, esas dos universitarias habían avanzado más de lo que mi equipo de ingenieros senior lograba en un mes. Incluso habían sugerido modificaciones estructurales en el algoritmo central. Si las cosas continuaban a ese ritmo de ejecución, el Proyecto Zero vería la luz mucho antes de lo planeado.
—Habla, Nikolai —le ordené, apartando la vista de los monitores de la bodega cuando lo vi entrar. Llevaba una sonrisa de profunda satisfacción y las mangas de su camisa blanca remangadas, manchadas con salpicaduras de sangre fresca.
—El invitado de honor cantó rápido —me dijo, tendiendome la tableta electrónica con mano firme—. Nos dio la identidad exacta del infiltrado en el muelle y para que organización de Moscú trabaja.
Deslicé los dedos por la pantalla, evaluando los datos que Nikolai amablemente le había extraído a nuestro prisionero en la habitación VIP del subsuelo de la bodega. Los métodos de la Bratva nunca fallaban en agilizar la memoria de los traidores.
—Supongo que ya enviaste a los muchachos por él —comenté, devolviendole el dispositivo. Él asintió con una frialdad corporativa—. Perfecto. Cambiando de tema... ¿Cómo va el Proyecto Zero?
Conocía a Nikolai desde que éramos niños, nos habíamos criado entre el frío de San Petersburgo y el olor a pólvora. Por eso, noté el milimétrico segundo de vacilación en su rostro antes de responder. Iba a omitir algo.
—Todo marcha de forma excelente. A este ritmo de desarrollo, el software estará completamente encriptado y listo en dos meses. Isa es una maldita genio en su trabajo, su lógica de programación es impecable —soltó con una naturalidad tan aplastante que, por un segundo, sentí un vuelco violento en el estómago.
—¿Isa? —repetí, entornando los ojos y alzando una ceja en un gesto de pura advertencia.
Nikolai me sostuvo la mirada, mostrando una sonrisa que me pareció exasperante.
—Sí. Me pidió que la llamara así, prefiere saltarse las formalidades del "usted" cuando estamos trabajando en el código —me confesó, encogiendose de hombros.
Asentí en silencio, pero mis entrañas se retorcieron en una batalla salvaje. No entendía qué me estaba pasando, pero una parte de mí odió con todas sus fuerzas la familiaridad con la que Nikolai pronunciaba ese diminutivo. Conmigo, Isabella se comportaba como una criatura acorralada, me rehuía, me evitaba y mantenía una distancia gélida. Y aunque yo también había intentado mantenerme al margen —porque, como supe desde el instante en que vi su fotografía, esa mujer era una tentación destructiva que debía mantener lejos de mi realidad—, descubrir que con mi mejor amigo era diferente me encendió la sangre. ¿Sentía Nikolai algo por ella? ¿Acaso Isabella lo miraba con otros ojos? Mi mente se estaba comportando como una maldita desgraciada, jugando con mi paciencia. Lo peor de todo era la frustración de saber que yo no era nada en su vida para reclamar, ni podía prohibirle a mi mano derecha salir con quien quisiera.
Bloqueé la tableta con un golpe seco sobre la mesa de caoba.
—Vámonos al bar —sentencié, poniéndome de pie. Nikolai solo asintió, reconociendo el tono que dictaba que la conversación había terminado.
Salimos de la bodega portuaria bajo la llovizna nocturna. Nikolai se puso al volante de mi Audi R8 negro y nos incorporamos a la avenida principal. Me recliné contra el asiento de cuero, clavando la vista en la ventanilla oscura mientras las luces de la ciudad se difuminaban en líneas borrosas. No podía sacarme de la cabeza la voz de mi amigo diciendo «Isa». Me estaba volviendo loco la sola idea de que existiera una atracción entre ellos, una posibilidad que mi ego y mi orgullo de líder de la Bratva no pensaban tolerar. Sin embargo, mantuve la mandíbula cerrada, fingiendo una indiferencia absoluta que estaba lejos de sentir.
Nos estacionamos frente al club de lujo que frecuentábamos casi siempre tras una semana intensa de ejecuciones y papeleo legal. El lugar era exclusivo, un santuario de cristal y luces tenues para la élite de San Petersburgo. Al entrar, el personal nos dirigió de inmediato a nuestra mesa reservada en la zona VIP de la segunda planta. Nos sirvieron un par de whiskys premium. Desde nuestra posición privilegiada se dominaba todo el local, el pasillo de los palcos privados, la entrada principal y, justo abajo, la barra central.
—¿Y qué tal van las cosas con Sofía? —preguntó Nikolai de la nada, dándole un trago a su vaso.
—No tengo idea —respondí de mala gana, acomodándome el reloj—. Probablemente esté en un bar de Málaga, de compras en Madrid, aterrizando en París o metida en su mansión quejándose porque subió medio gramo de peso esta mañana.
—¿Y ahora qué te hizo la pobre? —rio Nikolai, divertido por mi hastío.
Estaba a punto de explicarle que mi prometida había armado un berrinche monumental por haber llegado dos horas tarde a una cena familiar obligatoria, pero mis ojos se fijaron en un punto específico del piso inferior. Una cabellera rubia, cayendo en ondas perfectas y brillantes bajo las luces de neón del club, congeló mis palabras. Reconocería esa silueta a kilómetros de distancia.
—Esa es Isabella —dije, y mi voz bajo tres octavas, tornándose peligrosa.
Vi cómo Nikolai se ponía de pie de inmediato, recargando ambas manos en el barandal de vidrio templado de la planta alta para confirmar mi sospecha. Copié su movimiento, pegando mi cuerpo al cristal. Ella estaba de espaldas, sirviendo un cóctel Stratus detrás de la barra, vistiendo el uniforme entallado de los empleados del club.
«¿Qué demonios hace ella en un lugar como este?», me pregunté, sintiendo que la cordura se me escapaba de las manos. Se suponía que Techno Tecnológik Morózov le pagaba una fortuna como pasante. No tenía sentido que estuviera doblando turno en la vida nocturna.
—Averigua inmediatamente qué hace aquí y por qué trabaja en este sitio —le ordené a Nikolai en un susurro cortante. Él asintió, perdiendo la sonrisa.
Abajo, un cliente se aproximó a la barra y le dijo algo al oído. Vi cómo Isabella le dedicaba una sonrisa genuina, una de esas que jamás me había mostrado a mí. Segundos después, un tipo —aparentemente otro empleado— se cruzó al interior de la barra. Ella le entregó un mandil negro mientras intercambiaban palabras, ella parecía darle indicaciones y él negaba con la cabeza en un gesto de confianza. El hombre tomó la coctelera de las manos de Isabella, rozando sus dedos en el proceso. Ella bajó la vista hacia el contacto un breve segundo antes de girarse para atender a otro cliente.
Apreté los puños contra el pasamanos de cristal con tanta fuerza que mis nudillos se tornaron blancos. Mi sangre comenzó a hervir en un estallido de posesividad salvaje. Quería bajar en ese maldito instante, tomarla del brazo y sacarla a rastras de ese club donde cientos de hombres podían contemplarla y rozar su piel bajo los efectos del alcohol.
Pasé la siguiente hora transformado en un depredador vigilante, observando desde las sombras cómo se movía con gracia detrás de la barra, riendo con sus compañeros y conversando con el dueño del local. Cada sonrisa suya a un extraño era un insulto directo a mi paciencia.
—Larguémonos de aquí —solté de golpe, apurando el whisky de mi vaso de un solo trago largo. El ambiente se me había vuelto sofocante.
Sin embargo, mi instinto territorial y mi maldito orgullo masculino me impidieron marcharme como un cobarde. Si iba a salir de ese lugar, ella tendría que registrar mi presencia. Bajé las escaleras con paso firme, cruzando la pista con la mirada clavada en su silueta. Esperé pacientemente junto a la barra hasta que ella se giró sobre su hombro y nuestras miradas colisionaron. Vi el destello de shock en sus ojos; me miró fijamente por un segundo antes de regresar la vista al frente de forma atropellada. Me acerqué un paso más, invadiendo su espacio.
—Un agua, por favor —pedí, modulando mi voz para que sonara lo más autoritaria posible.
Isabella se tensó por completo, sus hombros se elevaron y estuvo a punto de girarse para cumplir el pedido, pero el bartender que la había tocado antes se interpuso en mi camino, colocándome una botella de agua mineral sobre la barra.
—Aquí tiene, señor. Ella ya terminó su turno, está en su tiempo de descanso —intervino el tipo con un tono protector que me dieron ganas de arrancarle la cabeza.
—Gracias... —escuché susurrar a Isabella a espaldas del hombre. Su voz sonó apagada, carente de la energía con la que había estado atendiendo el resto de la noche.
Ella me miró una última vez por encima del hombro del empleado. Fueron apenas tres segundos, pero el tiempo suficiente para que yo pudiera leer la profunda e inmensa tristeza que arrastraban sus ojos verdes con destellos dorados. Ese descubrimiento fue como un balde de agua fría sobre una hoguera, toda la furia y los celos que me habían estado carcomiendo se disiparon en un instante, reemplazados por una extraña urgencia de ir tras ella, acorralarla contra la pared y obligarla a decirme qué carajos la tenía en ese estado de vulnerabilidad.
Dí un paso hacia el pasillo trasero por donde ella había desaparecido, pero la mano de Nikolai en mi hombro me detuvo.
—Está llamando tu prometida, Alexei. Otra vez. Dice que tiene un colapso nervioso por no sé qué tontería del banquete de bodas —me informó, extendiéndome mi teléfono celular que no paraba de vibrar.
Cerré los ojos, conteniendo una maldición que amenazaba con destruir el local entero. El contraste entre la futilidad de Sofía y la mirada rota de Isabella me produjo una náusea insoportable.
—Dile que me fui del país. Dile que estoy en otro planeta o que me cayó un avión encima —respondí con una voz cargada de un hastío absoluto, apartando el teléfono de un manotazo.
Giré el rostro una vez más hacia la penumbra del pasillo por donde mi pequeña rosa se había marchado, sabiendo que el lunes por la mañana el juego entre los dos cambiaría por completo.
su madre enferma es su mayor dolor
😁😁😁que tal encuentro