Atenea Moretti siempre ha sido la joya más protegida de la familia Moretti. Su heterocromía la hace imposible de olvidar, y para su padre, uno de los hombres más poderosos de la mafia, ella es lo único que queda de la mujer que amó. Ocho años después de la muerte de su madre, una nueva familia entra en sus vidas. Una madrastra, dos hermanastros que cambiarán su mundo para siempre. Mientras Atenea intenta adaptarse a su nueva realidad, descubre que la muerte de su madre no fue un accidente. Entre secretos, traiciones y luchas de poder, deberá encontrar la verdad antes de que esta la destruya. Porque en la mafia, la sangre es poder. Y algunos secretos están dispuestos a matar para permanecer enterrados.
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Un recorrido por la mansión
—Esto es ridículo.
—¿Qué cosa?
—Tu casa.
Atenea soltó una risa.
Habían pasado dos días desde la cena y Matteo seguía impresionado por absolutamente todo.
—Es una mansión, Matteo.
—Es un reino.
—Exagerado.
—Tienen una fuente más grande que mi habitación.
—Eso no es normal.
—¡Exacto!
Atenea negó con la cabeza mientras caminaban por uno de los jardines.
Elena estaba reunida con Alessandro.
Bianca había desaparecido para atender asuntos familiares.
Y Matteo prácticamente había secuestrado a Atenea para que le mostrara la propiedad.
Detrás de ellos caminaba Adrián.
Silencioso.
Como siempre.
Y detrás de Adrián…
Dos guardaespaldas.
Como siempre.
Matteo los señaló.
—¿Ellos también duermen en tu habitación?
—No.
—¿Estás segura?
—Matteo.
—Solo pregunto.
—Llevan siguiéndonos una hora.
—Porque son mis guardaespaldas.
—¿Y siempre tienes?
—Siempre.
Matteo abrió mucho los ojos.
—Eso debe ser horrible.
La sonrisa de Atenea se apagó un poco.
—A veces.
Adrián levantó la vista.
Por primera vez parecía prestar verdadera atención a la conversación.
—¿Nunca sales sola?
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Ni para caminar?
—No.
—¿Ir de compras?
—No.
—¿Con amigas?
—No.
Matteo se quedó horrorizado.
—Eso sí es una prisión.
—Gracias por el apoyo.
—Yo estaría escapando por las ventanas.
—Papá reforzó las ventanas cuando tenía quince años.
Matteo la miró.
—No puede ser.
—Puede.
Adrián soltó una pequeña risa.
Atenea se giró sorprendida.
Era extraño verlo reír.
Y más extraño aún que se viera bien haciéndolo.
⸻
Continuaron caminando.
Pasaron por la piscina.
Los jardines.
La galería principal.
Y finalmente llegaron a los establos.
Atenea abrió la puerta.
Y algo cambió inmediatamente.
Su postura.
Su expresión.
Su sonrisa.
Todo.
Adrián lo notó enseguida.
Los caballos relincharon al verla.
Uno de ellos incluso caminó directamente hacia ella.
—Hola, hermoso.
Atenea acarició su hocico.
El animal apoyó la cabeza contra ella.
Como un cachorro gigante.
—Te gustan mucho.
La voz de Adrián rompió el silencio.
Atenea sonrió.
—Los amo.
—Se nota.
—Aquí me siento libre.
Adrián observó cómo el caballo seguía buscando caricias.
—¿Libre?
—Aquí nadie me mira como la hija del Don.
Nadie piensa en alianzas.
Ni en matrimonios.
Ni en política.
Solo son caballos.
Por primera vez desde que la conoció, Adrián vio algo diferente.
No era la heredera protegida.
No era la princesa de la mafia.
Era simplemente una joven de veinte años.
Y parecía mucho más feliz.
—Aquí pareces otra persona.
Atenea lo miró.
—¿Eso es bueno o malo?
—Bueno.
Por alguna razón, aquella respuesta la hizo sonreír.
Más tarde, cuando regresaban a la mansión, escucharon voces elevadas provenientes del despacho de Alessandro.
La puerta estaba entreabierta.
Y alguien discutía.
—Mi hijo sería una excelente opción.
—Ya respondí.
—Está desperdiciando oportunidades.
—No me interesa.
Atenea cerró los ojos.
Otra propuesta de matrimonio.
Otra vez.
—¿Pasa seguido? —preguntó Matteo.
—Demasiado.
—¿Por qué?
—Porque muchas familias quieren unir sus apellidos al de los Moretti.
—Qué molesto.
—Lo es.
En ese momento la puerta se abrió.
Un hombre elegante salió furioso.
Ni siquiera se despidió.
Alessandro apareció detrás de él.
Su expresión era oscura.
Hasta que vio a Atenea.
Entonces cambió por completo.
—¿Todo bien?
—Sí, papá.
—¿Te divertiste?
—Sí.
—Perfecto.
Como si la discusión jamás hubiera existido.
Matteo observó aquello con fascinación.
Y cuando Alessandro se alejó, se inclinó hacia ella.
—Tu padre da miedo.
—Lo sé.
—Pero contigo parece un cachorro gigante.
Atenea soltó una carcajada.
—No le digas eso.
—¿Por qué?
—Porque te hará desaparecer.
Esa noche, mientras se preparaba para dormir, Atenea se quedó observando el techo.
Había sido un buen día.
Extrañamente bueno.
Matteo era divertido.
Elena era amable.
Y Adrián…
Bueno.
Seguía siendo un misterio.
Pero ya no parecía tan distante como el primer día.
Sin embargo, en otra habitación de la mansión, Adrián estaba sentado frente a una ventana.
Pensando.
Porque por más que intentara ignorarlo…
Los ojos de Atenea Moretti seguían apareciendo en su mente.
Azul.
Y dorado.
Como si fueran imposibles de olvidar.