Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?
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Capítulo 21
—También te buscará a ti.
La frase de Lilo no terminó de caer cuando la sombra del otro lado empujó la puerta.
Adrián Navarro no la dejó abrirse.
—La sala está ocupada —repitió.
Esta vez Serena Mora sí escuchó la respuesta.
—Orden del archivo. Se detectó vibración en un registro antiguo.
Tomás Calvo guardó el libro contra su pecho con una calma que no le llegó a los ojos. Alicia Nieves apagó la segunda lámpara y Rafael Vega dejó de fingir que entendía el mapa al revés. Miguel Vega se puso de pie, silencioso.
Serena sintió el fragmento golpear una vez más, como si reconociera la palabra vibración.
Adrián habló sin apartarse.
—Un registro viejo crujió al abrirse. Nada más.
—Debo revisarlo.
—Entonces llame a Tomás Calvo. Está autorizado como responsable del grupo.
Tomás respiró hondo y abrió la puerta desde adentro apenas lo suficiente para mostrar la cara. Del otro lado había un discípulo de archivo, joven, con una tablilla de madera en las manos y expresión de quien prefería estar contando pergaminos antes que discutiendo con alguien como Adrián.
—Yo me hago responsable —dijo Tomás—. El registro estaba mal colocado. Lo devolveré cerrado.
El discípulo dudó.
Adrián no se movió.
Al final, la tablilla recibió una marca con tinta azul.
—Si vuelve a vibrar, el Maestro Blanco pedirá informe directo.
—Entendido —dijo Tomás.
El discípulo se fue.
Nadie habló hasta que los pasos desaparecieron por el pasillo.
Rafael soltó el aire primero.
—Oficialmente odio las bibliotecas.
—Tú odias cualquier lugar donde no se pueda comer —dijo Miguel.
—También, pero esta vez tengo argumentos.
Tomás dejó el registro sobre la mesa y lo cerró con cuidado.
—Nos vamos ahora.
—¿Sin copiar nada? —preguntó Serena.
—Con haber leído la palabra portadores ya nos metimos en suficiente problema.
Lilo, todavía sobre su hombro, murmuró:
—Registro mental guardado. Con posible error de pánico.
—Después lo corregimos —susurró ella.
Adrián abrió paso hasta el corredor. Al pasar junto a Serena, bajó la voz.
—Eso no fue nada.
—¿La vibración?
—La reacción de la sala. Si alguien con más poder hubiera estado cerca, habría venido corriendo.
Serena apretó el borde de su manga.
—Qué gran noticia. Solo casi encendí una alarma de artefacto ancestral.
—No vuelvas a tocar registros sin avisarme.
—¿Ahora eres mi supervisor de lectura?
—Si leer te pone una marca de cacería, sí.
La respuesta le quitó el sarcasmo de la boca.
El resto del día cayó sobre ellos con una normalidad ofensiva. La Orden de la Libertad no se detuvo porque Serena tuviera un fragmento antiguo en el pecho. Hubo clase de teoría de Éter, reparto de herramientas, limpieza de patio y práctica física bajo un sol que no tenía consideración por nadie.
Serena descubrió que podía fallar en una postura básica de espada con una creatividad casi artística.
Valentina Rojas le corrigió los pies por tercera vez.
—No estás bailando en una fiesta, Serena. Si pones el peso así, te tiran.
—Mi cuerpo opina que caer también es una estrategia.
—Tu cuerpo se equivoca.
León Castellar, desde la fila de al lado, sonrió.
—Déjala. Tal vez invente el combate horizontal.
Valentina le lanzó una chispa pequeña que le quemó una punta del cabello.
—Tú practica.
León tocó el mechón chamuscado, ofendido.
—Agresión estética.
Serena soltó una risa breve. El fragmento no respondió. Por un rato, eso le permitió respirar.
Adrián practicaba al otro extremo del patio, en el grupo de los registrados sin Don declarado. Le habían dado ejercicios básicos: postura, desplazamiento, respiración, defensa con vara corta. Cualquier otro habría parecido principiante. Él no. Cada movimiento estaba reducido a lo mínimo, sin desperdicio, como si su cuerpo conociera cien formas de matar y estuviera fingiendo aprender a caminar.
El instructor no lo notó.
Serena sí.
Tomás también.
—Oculta más de lo que debería —murmuró él.
—No lo digas en voz alta.
—No pensaba hacerlo.
Un aspirante alto, de cabello rojizo, chocó su vara contra la de Adrián con demasiada fuerza.
—Si no tienes Don, al menos aprende a sostener eso —se burló.
Adrián pudo haberle roto la muñeca.
Serena lo supo por la forma en que sus dedos cambiaron de posición sobre la madera: un giro mínimo, limpio, perfecto. Después lo deshizo. Dejó que la vara ajena lo empujara medio paso atrás y bajó la mirada como si aceptara la corrección.
El instructor asintió, satisfecho.
—Así. Sin orgullo inútil.
Serena sintió un golpe de rabia en la boca del estómago.
Adrián no la miró, pero su hombro derecho se tensó. Había oído la risa. Había elegido tragársela.
Al noveno campanazo, el Pico del Bambú Solitario quedó bajo toque de queda. Miguel cerró la puerta principal. Alicia dejó ungüento y vendas en la mesa común. Rafael intentó convencer a todos de que una última tortilla no contaba como comida nocturna. Nadie le creyó.
Serena se encerró temprano, pero no durmió.
El pecho no latía. Eso debería haberla tranquilizado. En cambio, se quedó escuchando cada ruido del corredor: madera que crujía, viento contra el bambú, pasos que no estaban ahí.
Lilo bostezó desde el borde de la almohada.
—Recomendación: dormir reduce errores.
—¿Y si sueño con piedras antiguas que me quieren adoptar?
—Eso sería estadísticamente raro, aunque no imposible.
Un sonido leve cortó el cuarto.
No fue en su pecho.
Fue afuera.
Un golpe seco, contenido, como madera contra carne.
Serena se incorporó.
Lilo abrió los ojos.
—Toque de queda activo.
—Ya lo sé.
—Regla roja: discípulos sin Don declarado no pueden entrenar solos.
Serena se puso las botas.
—Entonces voy a confirmar que nadie está rompiendo reglas rojas.
—Eso suena como una forma elegante de romperlas tú.
—Estoy aprendiendo de los mejores.
Abrió la puerta sin hacer ruido. El corredor estaba oscuro. La habitación de Adrián quedaba tres puertas más allá. Serena avanzó pegada a la pared y se detuvo frente al umbral.
La puerta estaba entreabierta.
La cama, vacía.
Sobre el piso, junto a una venda limpia que nadie había usado, había tres gotas de sangre fresca.
Serena sintió que la garganta se le cerraba.
Del patio exterior llegó otro golpe.
Más fuerte.
La sangre marcaba un rastro delgado hacia la salida trasera.