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El Cálido Abrazo Del Hielo

El Cálido Abrazo Del Hielo

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Amor eterno
Popularitas:414
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Sinopsis
​Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
​A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
​Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
​Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.

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CAPÍTULO 11: Amor Furtivo y la Sombra de la Corona

Las dos semanas posteriores a la coronación transcurrieron para Aria en una bruma donde el deber de estado y la pasión desgarradora se entrelazaban cada noche.

​Aunque oficialmente el Rey Erik Voronov de Vaeloria debía residir en la majestuosa suite del ala oeste reservada para los monarcas extranjeros, el palacio real de Arendor pronto se convirtió en un laberinto de complicidades furtivas. Durante el día, ambos debían mantener una distancia protocolaria aplastante: firmar tratados comerciales rodeados de ancianos cancilleres, cruzar miradas contenidas sobre banquetes de estado e intercambiar inclinaciones de cabeza formales que hacían arder la sangre de Aria.

​Pero cuando la medianoche cubría el castillo con sus sombras y el patrullaje de los guardias disminuía en los pasillos de la torre real, el mundo volvía a pertenecerles a ellos dos.

​Una de aquellas noches, cuando la brisa marina traía el presagio del otoño, Erik guio a Aria a través de las escaleras de caracol desuso hasta el antiguo observatorio abandonado en la cumbre del bastión oriental. Era una estancia circular de piedra desgastada, con una gran cúpula de hierro forjado y ventanales abiertos hacia la inmensidad del océano embravecido.

​Aria tiritó levemente, no por el viento de la noche, sino por el cosquilleo eléctrico que recorría su piel al sentir los brazos de Erik rodearla por detrás. El monarca del norte pegó su torso amplio contra la espalda de la reina, enterrando su rostro en el arco de su cuello.

​—No he podido dejar de mirarte en todo el día —susurró Erik con una voz áspera y grave que hizo temblar las rodillas de Aria—. Ver cómo esos lores intentan acorralarte con sus leyes ridículas mientras tú los dominas con esa elegancia helada... Casi me hace perder la cordura en mitad de la mesa de audiencias.

​Aria inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola sobre el hombro de él, entregándole el cuello desprotegido. Los labios cálidos de Erik comenzaron a recorrer su piel con besos lentos y húmedos, ascendiendo hasta la línea de la mandíbula.

​—Tuve que esforzarme para que mi magia no congelara el tintero del primer ministro cuando alzaste la voz para defenderme —confesó Aria, ahogando un gemido suave cuando las manos de Erik bajaron firmemente por sus caderas, ajustándola contra el calor de su cuerpo—. Me siento viva a tu lado, Erik. Es como si durante años hubiera respirado humo, y solo cuando estoy contigo el aire vuelve a ser puro.

​Erik la giró entre sus brazos con la fuerza dócil de quien sostiene la joya más valiosa de la tierra. La miró a los ojos bajo la luz plateada de la luna llena.

​—En Vaeloria, cuando dos personas sienten que sus almas han sido forjadas en la misma llama invernal, crean un sello antes de que el mundo pueda intervenir —dijo él, tomando la mano derecha de la reina.

​Con una lentitud hipnótica, Erik cerró los ojos y canalizó la magia de sus venas. De la palma de su mano no brotó un bloque de hielo tosco, sino una neblina azulada que comenzó a cristalizarse en el aire. Aria observó maravillada cómo el frío se moldeaba como cera derretida bajo la voluntad del rey, dando forma a un pequeño dije transparente: un dragón del norte con las alas desplegadas, protegiendo entre sus garras una delicada flor de loto.

​—Esta es mi magia, Aria. Pero le falta la tuya —dijo él, acercando el cristal a los labios de la joven.

​Aria exhaló un aliento cálido teñido de su propia esencia helada. Al contacto con su soplo, la escultura comenzó a brillar desde el interior con una radiancia plateada, un fuego frío que no emitía calor físico pero iluminaba la penumbra con destellos celestiales.

​—Ahora es eterno —susurró Aria, tocando el dije con la yema de sus dedos. Una lágrima de conmoción rodó por su mejilla—. Nada en este mundo podrá destruirlo.

​—Como lo que siento por ti, mi reina —respondió Erik.

​Se inclinó y la besó con una pasión renovada, apoderándose de sus labios en una danza voraz. Sus manos desataron los cordones del corsé de seda de Aria, dejando caer la prenda al suelo de piedra. Esa noche, en el frío suelo del observatorio protegido por sus propias capas de terciopelo y la luz de las estrellas, volvieron a entregarse el uno al otro. Cada caricia de Erik era un incendio que consumía las dudas de Aria; cada gemido de la reina era una plegaria que afianzaba el dominio del rey sobre su alma.

​Sin embargo, al despuntar el alba sobre el mar, la cruda realidad de la política volvió a proyectar su sombra. Se separaron antes de que los sirvientes despertaran, sabiendo que el tiempo que les quedaba para mantener su secreto se reducía a cada hora.

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