Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...
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Capítulo 21
Y una especie de locura debió impulsarlos a conducir en esa blanca y traicionera noche. Les tomó dos horas llegar a la carretera y ninguno pronuncio ni una palabra mientras Jay se concentraba en luchar contra los elementos Rebecca, sentada a su lado, demasiado temerosa para hablar, mientras los ojos le dolían por el esfuerzo de mantenerlos pegados al camino, con el corazón en la boca, observaba, escuchaba, sintiendo el menor movimiento del coche, que significaría que se volcarían o, peor, que no podrían avanzar.
Cuando llegaron a la carretera estaba exhausta, pero al menos la nieve parecía haber desaparecido y la línea del asfalto se extendía ante ellos en la distancia. Entonces se relajó, bajó un poco la guardia y se sumió en sus confusos pensamientos
La negativa persistente de Jay respecto a la carta que según él no había recibido, la desconcertaba porque ahora no merecía la pena mentir, a menos que lo hiciera por orgullo. Pero no lo creía. En el pasado, Jay siempre aceptó la responsabilidad de sus errores, grandes y pequeños, sufriendo los castigos que le imponía su padre como hombre. Así que la carta, si la recibió, debió traerlo a su casa, en el siguiente vuelo disponible. Reacio o no, el Jay que ella conoció hubiera vuelto a su lado.
¿Acaso se mostró injusta al no tratar de ponerse en contacto con él una segunda vez? Recordó que se sintió tentada, cuando las dificultades la agobiaban y el futuro se veía más incierto que nunca.
Pero el orgullo se lo impidió. El mismo orgullo que la apartó del padre de Jay, apretando el cheque en la mano, decidida a usar cada centavo para construir un hogar para el nieto que rechazaba.
Siempre la intimido ese aristócrata. Era la única persona que podía aplastarla con su presencia. Como pertenecía a la vieja escuela, reglas sociales, siempre desaprobó la amistad que Jay y ella sostenía, le alentó a que se comprometiera con Olivia Esa chica era aceptable en el plano social y económico y Rebecca no. Tan simple como eso.
-Mi hijo me llamó hoy. Parecía indignado por la carta que le envió, haciéndole ciertas reclamaciones. Niega la responsabilidad que usted le achaca, desde luego.
-Pero digo la verdad, señor -siempre lo llamó señor. Su madre se lo inculcó desde que era una niña de brazos “Es el amo y debemos tratarlo con respeto”. Y lo respetó aun cuando él la pisoteaba.
-Se sabe que la mitad de los jóvenes de esta área la han usado.
Alelada por la bajen de esa acusación se quedó inmóvil, intentando comprender en medio de su terror, quién pudo decir tan horrible mentira.
Despacio, con cautela para que Jay no se percatara de su movimiento, se volvió para estudiarlo. Tenía la cara pálida y las facciones tensas. Pero su atractivo seguía allí emanando sin cesar. Hacía diez años ese rostro solía quebrarse en sonrisas impulsivas, sin razón, sólo por que estaban juntos.
“Soy muy feliz. Me encanta tenerte a mi lado”. No lo había visto sonreír con frecuencia desde que regresó y si acaso sonreía, no lo hacía con la espontaneidad de antaño.
La vida cambia al joven para convertirlo en hombre, supuso. Ahora, reflexionaba, ella tampoco sonreía mucho. Pero antes, con Jay, jamás cesaba de reír, bromear, jugar y amarse. El dolor del recuerdo le recorrió el cuerpo, reconociendo el amor que compartían.
¿Ese Jay que conoció... o el de ahora... le volvería la espalda a sus responsabilidades? Sólo tenía que verlo a la cabecera de su madre para saber que no. ¿Fue una tonta al creerle a un despótico aristócrata?, Una ciega, estúpida, asustada, tonta, que creyó que Jay la había abandonado.
Tembló y se acomodó el cuello del abrigo alrededor de la garganta. De qué otra manera su padre descubrió que estaba embarazada si Jay no se lo dijo. Porque ella no se lo confió a nadie, esperando ansiosa la respuesta de su carta o, acaso, el regreso de Jay a la mansión, para que la apresara en sus brazos y le pidiera que no se preocupara, que él estaba allí ahora y que todo saldría bien.
No, le ordeno a su mente que dejara de fabricar excusas para Jay No existía ninguna.
El auto se detuvo en una estación de servicio y Jay le llevó una taza de café. La aceptó agradecida, pues no había comido ni bebido nada desde que salió del hospital.
Le hubiera gustado llamar para indagar por la salud de su madre Pero ese telefonema tendría que esperar. El silencio volvió a invadir el vehículo cuando reanudaron la marcha.
Se adormiló, consciente todavía de Jay, del vaivén del coche, hasta que un sexto sentido le advirtió que estaban en las afueras de Londres.
- ¿A donde vamos? -pregunto Jay, sin mirarla, con los ojos fijos en la carretera.
Se lo indicó en un tono sin modulaciones y volvió a guardar silencio. Al llegar a su casa, Rebecca abrió la puerta del coche y se puso de pie, sobre piernas acalambradas por la inmovilidad.
-Kit no está aquí-le informó, apenas Jay estuvo a su lado-. Se lo encargué a unos amigos.
Jay asintió, quizá ya lo había imaginado. La joven encendió las luces del vestíbulo y le indicó que pasara, para después cerrar y asegurar la puerta.
-Apreciaría que me dieras algo de beber antes de tratar de dormir, Rebecca -le pidió, como si le costara un enorme esfuerzo.
-La cocina está en el primer piso -le explicó-. Estos cuartos los dedicamos al taller de costura.
Arqueó las cejas, pero no dijo nada y ella presintió que criticaba las condiciones poco satisfactorias en que Kit se había criado. Fueron felices allí, ella y Kit, pero estaba demasiado cansada para aclararle ese punto, así que subió las escaleras sin agregar ni una palabra.
Ya en la cocina, llenó la tetera y la colocó sobre la estufa.
El acercó otra silla a la mesa de la cocina y se sentó, agotado. Se frotó la mejilla con una mano. -
Adivinó que durante todo el viaje Jay sólo pensó en Kit y esa pregunta lo confirmaba o hubiera usado el nombre de su hijo.
-No muy lejos -metió las bolsitas de té en el recipiente, esperando a que hirviera el agua-. A diez minutos de aquí, cuando mucho.
-Iré a recogerlo mañana -afirmó cansado.
- ¡No! - Rebecca saltó, sofocada de miedo- No tienes que hacerlo. Cristina lo traerá por la mañana -le aseguró-. Llegarán antes de las nueve. Así que perderías el tiempo yendo a recogerlo.
Jay asintió de nuevo y ella se alegró al ver que aceptaba su consejo. No permitiría que Jay anunciara su presencia en la vida de Kit de ese modo. Era demasiado brutal.
-Ten -le dijo-, toma tu té -colocó el tarro frente a él-. Después trataremos de dormir.
- ¿Qué hora es? -hablaba como un ebrio con los ojos perdidos en el vacío.
-La una y media -respondió, viendo el reloj de la cocina. Se sentó frente a él, bebiendo poco a poco, mientras el silencio latía entre ambos.
- ¿Qué nos pasó, Becky? -Murmuró de pronto, mirándola con sus pupilas rojas de sangre-. ¿Qué error cometimos?
-No sé, Jay -las lágrimas llenaron sus ojos-. Realmente nunca lo supe.
-Dios -gimió, apretando el tarro caliente-. El problema gira y gira en mi cabeza hasta que casi me vuelve loco.
-No pienses más en ello -le sugirió, exhausta, comprendiéndolo porque ese asunto también le parecía insoluble. Le tocó la mano, compadecida-. Descansa y mañana, con la mente fresca, encontrarás una respuesta.
Jay volvió la mano e inclinó la cabeza morena para observar sus largos dedos midiendo los de ella y Rebecca se mordió el labio, con los ojos arrasados de lágrimas ardientes mientras una ola de compasión la ahogaba. No importaba lo que hubiera sucedido diez años antes, Jay perdió la más satisfactoria experiencia de su vida al rechazar a su hijo. Y quizá, concluyó, al igual que su madre, Jay vivió con una culpa extenuante y sólo sobrevivió enterrándola, negándose a admitir que no actuó a la altura de las circunstancias. Después de todo, ¿no era lo que ella misma hizo? Apartó a todos los que amaba de su mente porque no soportaba pensar en que la traicionaron a ella y a Kit.
-Anda -suspiró, soltándole la mano-, vamos a dormir. Puedes usar el cuarto de Kit -le ofreció, torpe.
-No -negó, con firmeza- Dormiremos en la misa cama durante resto de esta noche.
Esa decisión la obligó a volver a sentarse, contemplándolo como si le fuera a cortar la garganta
- ¡No voy a dormir contigo! -exclamó, preguntándose si había enloquecido por completo.
-Vas a hacerlo, -insistió, inconmovible-, o no dormirás. No te daré la oportunidad de escapar para robarte a mi hijo por segunda vez.
-Pero... ¿cómo se te ocurre algo tan descabellado, Jay? -Lo miró azorada-. ¿A dónde iría? Esta es mi casa... aquí trabajo. No piensas con lógica -disculpó esa momentánea aberración y se puso de pie, para salir de la cocina- Usa el cuarto de Kit y yo te despertare a tiempo para…
- Sabes que dormiremos juntos. -reiteró, seco-. Dios sabe que...-suspiró-. Necesito un poco de ternura esta noche y no entiendo por qué tú no puedes regalármela, puesto que me has llenado con la maldita amargura que estoy sintiendo en ese momento -otra vez sus ojos la taladraron y ella se encogió por las acusaciones que le lanzaba-. Duerme -le aclaró tajante- es lo único que te exijo, en caso de que tu mente torcida mal interprete mis motivos. Duerme con la seguridad de que estoy a tu lado y que no veré a mi hijo antes de la mañana.
-Dormiré -concedió Rebecca con pesadez, demasiado cansada para luchar contra él. Después, sin pensar en lo que había aceptado, salió, del cuarto. Jay no podía saberlo, pero a ella también le hacía una falta desesperada un poco de ternura. Una ternura que no sintió en muchos años y que consideraba Un derecho que él se la diera... aunque fuera de una manera oblicua.
-El baño está allá -le señaló la puerta de la izquierda-. Me cambiaré, mientras tú te lavas.
Sólo le tomó unos minutos desvestirse y ponerse la bata, para esperar a que Jay saliera del baño. Se cruzaron en la puerta, evitando tocarse. Cuando ella volvió al dormitorio, él se había metido en la cama y tenía los ojos cerrados...