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Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Amor prohibido
Popularitas:833
Nilai: 5
nombre de autor: Jszkina

¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.

NovelToon tiene autorización de Jszkina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 10.2

—Leyla… —dijo al fin.

—No —dije interrumpiendolo—. Antes de que diga lo que va a decir. No es un impulso. No es el susto de lo que pasó. Lo pensé durante tres días y la respuesta es la misma que tuve la noche que pasó: quiero aprender. Y usted es la única persona a quien le voy a pedir esto.

—¿Y si al final le digo que no? —dijo.

—Le diré que buscaré a alguien más.

—¿Y si le digo que su madre no va a estar de acuerdo?

—Mi madre dijo *lo hablaremos*, que en su lenguaje significa que ya está de acuerdo pero necesita procesar los detalles. —Hice una pausa—. Usted lo sabe tan bien como yo.

Beto exhaló por la nariz. No era un suspiro exactamente. Era el sonido de alguien que había perdido un argumento y lo estaba reconociendo sin dramatismo.

—Está bien —dijo

Empezamos, eran las cuatro y media de la mañana, en el jardín trasero de la casa.

Yo había esperado que Beto trajera algo: una colchoneta, un manual, algún tipo de equipo que indicara que esto iba a tener una forma reconocible. No trajo nada. Solo apareció en el jardín con ropa cómoda y me indicó con un gesto que me pusiera frente a él.

—Primero —dijo— vamos a ver qué hace usted cuando alguien le agarra el brazo.

—Ya sé lo que hago. Lo hice.

—Lo que hizo fue reaccionar. Reaccionar y actuar no son lo mismo. —Se colocó a mi lado. Su mano se cerró sobre mi muñeca con una firmeza que no era brusca pero que tampoco pedía permiso—. Ahora.

Tiré. Como lo había hecho con Santaella, girando el cuerpo, poniendo el peso.

Beto no cedió. No porque fuera más fuerte, sino porque anticipó el movimiento con una fracción de segundo de ventaja que fue suficiente para neutralizarlo completamente.

—¿Ve? —dijo, sin soltar—. Usted hizo lo correcto. El error es que lo hizo en la dirección equivocada. Cuando alguien la agarra así, no tira hacia afuera. Tira hacia adentro primero, hacia el codo de ellos, donde la articulación no puede seguirle. —Me soltó. Volvió a tomar mi muñeca—. Otra vez.

Lo hice. Esta vez diferente.

Cedió.

No completamente, no con elegancia, pero cedió lo suficiente para que yo sintiera el punto exacto donde el agarre pierde su lógica. Fue un segundo. Beto asintió.

—Bien —dijo.

Era la primera vez que lo decía sin el tono de quien está siendo condescendiente con alguien que lo está intentando. Lo dijo como lo decía cuando algo efectivamente estaba bien, sin más adjetivo.

Seguimos durante una hora y cuarenta minutos. Beto me enseñó tres cosas: cómo romper un agarre por la muñeca, cómo crear distancia cuando alguien invade el espacio desde el frente, y cómo usar el peso del cuerpo en lugar de la fuerza de los brazos. No era defensa marcial. Era algo más pragmático, más sucio, más orientado a crear una ventana y no a ganar una pelea.

Lo que me llamó la atención no fue lo que enseñó sino cómo lo enseñó.

Beto se movía diferente cuando entrenaba. No era el Beto del volante ni el Beto de la cocina: era alguien más contenido, más deliberado, con una economía de movimientos que no se aprende manejando un coche. Cuando me corregía la postura lo hacía con una precisión anatómica que no correspondía a ninguna versión del trabajo que él decía tener. Cuando me indicaba dónde colocar el peso lo hacía con la terminología de alguien que ha pensado mucho en cómo funciona el cuerpo bajo presión.

No dije nada durante el entrenamiento.

Lo guardé.

Después, sentados en los escalones del jardín con agua y con el último tramo de sol cayendo de lado sobre las plantas que mi madre regaba religiosamente todos los miércoles, le pregunté.

No lo planeé. Salió con la naturalidad de las preguntas que llevan tiempo esperando el momento correcto.

—¿Cuánto tiempo trabajó para mi padre antes que él falleciera?

Beto no se movió. Tenía el vaso entre las manos y los codos sobre las rodillas, y ninguna de esas cosas cambió cuando hice la pregunta. Pero hubo algo, una fracción de quietud que era ligeramente distinta a su quietud habitual, como la diferencia entre el silencio de alguien que está pensando y el silencio de alguien que está decidiendo.

—Un pardo e años —dijo.

—¿Desde antes de que yo naciera?

—Sí.

—¿Lo conocía bien?

Beto giró el vaso entre los dedos. Una vez. Dos.

—Diría que si, el tanto que pide conocer a una persona después de estar cubriéndole la espalda durante años. Era un hombre complicado del tipo que uno termina conociendo bien precisamente porque es complicado. Las personas simples no dejan mucha huella.

Lo dije despacio, porque era la pregunta que en realidad quería hacer desde el principio y que había estado rodeando desde que empecé.

—¿Cómo era?

Beto me miró. No con sorpresa. Con algo más parecido a la evaluación.

Beto soltó un bufido, un sonido que mezclaba el cariño y una pizca de ironía.

—¿Manuel? —rio por lo bajo, negando con la cabeza—. Era un hombre que se tomaba demasiado en serio a sí mismo, pero que sabía reconocer cuando una mujer, en este caso tu madre, tenía la última palabra. Siempre. Era un jefe implacable, sí, pero si le pedías una opinión sobre su corbata, prefería desactivar una bomba antes que decirte la verdad. Tenía sus prioridades claras.

Se puso serio de repente, aunque su tono seguía siendo suave.

—Fue una pérdida —dijo. Y la frase fue tan cuidadosamente neutral que fue exactamente eso: cuidadosa. No sentida. Calculada para no decir más de lo que decía.

Lo noté.

No dije nada. Pero lo noté, y Beto lo supo, porque Beto siempre sabía cuando yo notaba algo, de la misma manera en que yo sabía cuándo él estaba siendo más cauteloso de lo habitual.

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