la vida de Giovanna no era color de rosa, pero la noche en que todo cambió descubrió que aquella persona que debería haberla protegido, la había condenado.
¿que ocurre cuando el monstruo arrastra consigo a la persona que mas amas en este mundo? ¿puedes perdonar que alguien te arrebate a tu madre por error?
Aleksei creyó que estaba vengando a su hermana, pero descubrió su error y ahora debe pagar las consecuencias.
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si cierro los ojos
La luna continuaba suspendida sobre los bosques que rodeaban la mansión.
Todo estaba en silencio.
Un silencio profundo.
Doloroso.
El tipo de silencio que solo existe cuando alguien ha llorado tanto que ya no le quedan lágrimas.
Alekséi seguía inmóvil junto a la ventana.
Habían pasado varios minutos desde que la canción había terminado.
Y aun así ninguno de los dos había hablado.
Giovanna permanecía sentada sobre el amplio alféizar.
Abrazando sus piernas.
Mirando el cielo.
Como si estuviera buscando algo entre las estrellas.
Como si esperara encontrar allí a la persona que había perdido.
Por primera vez en cinco días, Alekséi decidió no marcharse.
Normalmente habría abandonado la habitación.
Habría cerrado la puerta.
Habría vuelto a refugiarse en el trabajo.
En los informes.
En la búsqueda obsesiva de respuestas.
Pero aquella noche no pudo hacerlo.
Porque la culpa seguía allí.
Clavada en su pecho.
Pesada.
Insoportable.
Y porque una parte de él no podía dejar de pensar en algo.
Su hermana.
Ella habría estado furiosa.
No decepcionada.
No triste.
Furiosa.
Recordaba perfectamente cómo era.
Siempre defendiendo a los demás.
Siempre enfrentándose a cualquiera que considerara injusto.
Incluso a él.
Especialmente a él.
Una vez, cuando tenían doce años, había regresado a casa después de una pelea.
Había golpeado a otro niño.
Estaba convencido de que tenía razón.
Convencido de que el otro lo merecía.
Su hermana ni siquiera lo había escuchado.
Lo había golpeado con una almohada.
Una y otra vez.
Hasta hacerlo caer al suelo.
Y luego le había dicho:
—El dolor no te da derecho a convertirte en alguien cruel.
En aquel momento se había enfadado.
Ahora aquellas palabras regresaban para perseguirlo.
Porque estaba empezando a comprender que ella tenía razón.
El dolor no justificaba todo.
Nunca lo había hecho.
Y mientras observaba la figura inmóvil de Giovanna, aquella verdad resultaba imposible de ignorar.
La muchacha parecía tan pequeña.
Tan frágil.
Que costaba creer que solo unos días antes hubiera estado viviendo una vida completamente distinta.
Alekséi abrió la boca.
Intentando encontrar algo que decir.
Pero nada parecía correcto.
Nada parecía suficiente.
Entonces ocurrió.
La voz de Giovanna rompió el silencio.
Tan suave que durante un instante creyó haberla imaginado.
—¿Si muero...
Alekséi levantó la cabeza.
—...podré volver a ver a mi mamá?
El tiempo pareció detenerse.
El ruso sintió que algo se rompía dentro de él.
Porque aquella no era la pregunta de una mujer.
No era la pregunta de una prisionera.
No era la pregunta de alguien que buscaba manipularlo.
Era la pregunta de una niña.
Una niña perdida.
Una niña que acababa de descubrir que el mundo no era seguro.
Que las madres podían morir.
Que los hogares podían desaparecer.
Que las personas que amas podían ser arrancadas de tu lado en un instante.
Y de repente ya no vio a Giovanna.
Vio a su hermana.
La recordó sentada junto a una ventana durante una tormenta cuando ambos eran pequeños.
Asustada.
Buscando respuestas imposibles.
Buscando seguridad.
Buscando un lugar donde sentirse protegida.
Durante unos segundos no supo qué responder.
Porque no existía una respuesta correcta.
No había palabras capaces de curar algo así.
Finalmente habló.
—No lo sé.
La sinceridad sorprendió incluso al propio Alekséi.
Giovanna permaneció mirando la luna.
—Yo tampoco.
Su voz sonó rota.
Lejana.
—Pero quiero creer que sí.
El ruso tragó saliva.
—¿Por qué?
La muchacha cerró los ojos.
Y cuando volvió a hablar, pareció todavía más joven.
—Porque si no...
Su voz tembló.
—Entonces nunca volveré a abrazarla.
Aquellas palabras atravesaron directamente el corazón de Alekséi.
Porque comprendió algo terrible.
Durante cinco días había creído que Giovanna estaba intentando morir.
Pero ahora entendía que no era exactamente eso.
No quería morir.
Solo quería volver con su madre.
Y para ella ambas cosas parecían lo mismo.
El silencio regresó.
La luna continuaba iluminando la habitación.
—Mi mamá siempre sabía qué decir.
La voz de Giovanna apareció nuevamente.
—Cuando tenía miedo.
Alekséi escuchó.
—Cuando estaba enferma.
Cuando lloraba.
Una pequeña sonrisa triste apareció en sus labios.
—Siempre decía que mientras estuviéramos juntas, todo iba a salir bien.
El ruso sintió un nudo en la garganta.
—Era una buena madre.
Giovanna asintió.
Y aquella simple reacción ya era más de lo que había hecho en días.
—La mejor.
El silencio volvió.
Pero esta vez era diferente.
Menos hostil.
Menos vacío.
La muchacha apoyó la cabeza contra la ventana.
—Ya no sé dónde está mi casa.
Aquella confesión fue incluso más dolorosa que la anterior.
Porque era verdad.
Su casa había desaparecido.
No el edificio.
No las paredes.
La sensación.
La seguridad.
La certeza de pertenecer a algún lugar.
Todo eso había muerto junto a su madre.
Alekséi observó las estrellas.
Pensó en Carlo.
Cinco días.
Ni una llamada.
Ni una pista.
Ni una sola respuesta.
Quizás estaba investigando.
Quizás estaba escondido.
Quizás estaba muerto.
No lo sabía.
Y por primera vez comprendió que tampoco deseaba que muriera.
Porque si Carlo desaparecía, Giovanna perdería a la última persona que todavía la unía a su vida anterior.
Y aquella muchacha ya había perdido demasiado.
—Tu padre sigue vivo.
Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas.
Giovanna no respondió inmediatamente.
—¿Lo sabes?
—No.
Ella bajó la mirada.
—Entonces no deberías decirlo.
La respuesta lo dejó sin palabras.
Porque tenía razón.
No era una promesa.
Era un deseo.
Y ella parecía demasiado cansada para aferrarse a deseos.
Alekséi permaneció inmóvil.
Pensando.
Observándola.
Comprendiendo poco a poco algo que jamás había considerado.
Quizás ella no necesitaba respuestas esa noche.
Quizás no necesitaba explicaciones.
Ni disculpas.
Ni promesas.
Quizás necesitaba algo mucho más simple.
Algo que cualquier niño necesita cuando el mundo se vuelve aterrador.
Seguridad.
Un lugar donde sentirse a salvo.
Un lugar donde poder respirar sin miedo.
Un lugar al que llamar hogar.
La palabra apareció en su mente y permaneció allí.
Hogar.
No recordaba la última vez que había pensado en ella.
Porque después de la muerte de su hermana, aquella sensación también había desaparecido para él.
Y de pronto comprendió que ambos estaban más rotos de lo que había imaginado.
La diferencia era que Giovanna no sabía cómo ocultarlo.
Alekséi se acercó despacio.
Con cuidado.
Como si cualquier movimiento brusco pudiera romperla.
Entonces tomó la manta que descansaba sobre la cama.
Y la colocó suavemente sobre sus hombros.
La muchacha no se apartó.
No se movió.
Pero tampoco la rechazó.
Y por primera vez desde que había llegado a Rusia, aquello pareció una pequeña victoria.
Una diminuta señal de vida.
Una grieta en el muro de dolor que la rodeaba.
Giovanna bajó la mirada hacia la manta.
Después volvió a observar la luna.
—Gracias.
La palabra fue apenas un susurro.
Pero fue suficiente.
Porque era la primera vez en cinco días que hablaba con él.
Y mientras permanecían allí, observando el mismo cielo desde extremos opuestos de una misma tragedia, Alekséi comprendió una verdad que llevaba demasiado tiempo evitando.
Si quería encontrar justicia para su hermana, primero tendría que impedir que otra persona siguiera destruyéndose delante de sus ojos.
Porque una vez ya había llegado demasiado tarde.
Y no estaba seguro de poder soportarlo una segunda vez.