Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
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Capítulo 21: La ruta del contrabando y el espía del Norte
El eco de los arrestos en el salón del trono aún resonaba en los pasillos del palacio, pero la verdadera batalla se había trasladado a un plano mucho más discreto. En el despacho privado del príncipe, bajo la titilante luz de un candelabro, Christopher y Sophia revisaban minuciosamente los documentos y mapas incautados a los nobles traidores. Fue Sophia quien, con su agudeza habitual, señaló un patrón extraño en las rutas de suministro de los conspiradores. La base principal de los mercenarios extranjeros no se ocultaba en los suburbios de la capital, como la guardia imperial sospechaba, sino en los escarpados e inhóspitos límites de la frontera norte, sospechosamente cerca de los dominios del ducado de Cédric.
—Se están reabasteciendo a través de los pasos de montaña —determinó Christopher, con la máscara de cuervo descansando sobre la mesa—. Es una operación de contrabando a gran escala. Voy a partir esta misma noche con un destacamento de las *Black Shadows*. Debo decapitar esa organización antes de que se reagrupen.
—Voy contigo —soltó Sophia de inmediato, cruzándose de brazos con una determinación que congeló los movimientos del príncipe.
—Ni hablar. Es una misión de infiltración en territorio hostil, Sophia. Te quedarás en la capital, donde es seguro.
—No soy una dama indefensa que se va a quedar bordando mientras tú arriesgas el cuello —lo interrumpió ella, dando un paso al frente y clavándole la mirada—. Conozco ese terreno mejor que cualquiera de tus espías. Sé qué desfiladeros usan los contrabandistas para evadir las patrullas invernales y qué cuevas utilizan como puestos de avanzada. —Sophia no podía revelarle que lo sabía porque había leído detalladamente esa subtrama en las páginas de la novela original, pero su seguridad era aplastante—. Si vas solo con tus sombras, tardarás días en encontrarlos. Conmigo, será cuestión de horas. No tienes opción, principito.
Christopher la escudriñó en silencio, debatiéndose entre su arraigado instinto de protegerla y la fascinación que le provocaba su mente táctica. Sabía que, cuando a la duquesa se le metía una idea en la cabeza, era más peligrosa que un ejército entero.
Sin embargo, el plan secreto de la pareja no tardó en llegar a oídos del "comité de vigilancia familiar". Cédric y Alissa entraron al despacho sin llamar, enterados de la inminente partida hacia los feudos norteños.
Cédric se apoyó contra el marco de la puerta, dedicándole a su primo una sonrisa de muy pocos amigos, de esas que hacían que los soldados rasos quisieran pedir la baja.
—Escuché que planeas una excursión secreta a mis tierras, Christopher —soltó el Duque de Valerius, cruzándose de brazos con pesadez—. Déjame dejarte algo muy claro, de general a príncipe. El norte es mi territorio. Si dejas que un solo cabello de Sophia sea tocado por esos mercenarios en mis dominios, o si la pones en peligro por uno de tus planes de sombra, no me importará tu corona; tendrás que enfrentarte a todo el ejército del Norte en persona.
Alissa, a su lado, asintió con una calma casi más aterradora que las amenazas de su esposo, dedicándole a Sophia una mirada de absoluto apoyo.
Para empeorar la situación del príncipe, una pequeña pero rígida figura se abrió paso entre los adultos. Theo, con sus doce años y su habitual ceño fruncido, se plantó frente a Christopher con una solemnidad cómica pero inquebrantable.
—Yo me autoproclamo el guardián de la retaguardia para esta misión —declaró el niño, sosteniendo su espada de madera como si fuera un estandarte de guerra—. Exijo que viajen bajo la estricta supervisión de una escolta de los caballeros de Valerius. Alguien tiene que vigilar que mi tío no cometa ninguna tontería o intente dárselas de héroe descuidado. Además, la capital está llena de ojos, y si viajan solos, será sospechoso.
Christopher se llevó una mano a la sien, conteniendo un bufido de exasperación ante los celos y la testarudez heredada de su sobrino.
—No necesito una niñera de doce años, Theo —replicó el príncipe.
—No soy una niñera, soy el relevo del norte —retrucó el muchacho, sin bajar la guardia ni un milímetro.
En mitad de la disputa masculina, la pequeña Lucero apareció corriendo por el pasillo. Ignorando las tensiones militares y las discusiones sobre contrabando, la niña esquivó las piernas de Theo y se abalanzó directamente sobre Sophia, rodeándole las piernas con un fuerte y efusivo abrazo de despedida.
—¡Tienes que volver pronto, Sophia! —pidió la pequeña, mirando hacia arriba con esos ojos brillantes que desarmaban a cualquiera—. Trae un poco de nieve del norte para jugar.
Sophia se agachó instantáneamente, respondiendo al abrazo con esa dulzura genuina que tanto descolocaba a Christopher, prometiéndole a la niña que regresaría a salvo. Theo observó la escena con los brazos cruzados, manteniendo sus ojos celosos fijos en su tío, como advirtiéndole que la vida de la nueva tía favorita de la familia estaba bajo su directa responsabilidad. La ruta hacia las tierras heladas estaba trazada, y la extraña comitiva partió bajo el amparo de la noche, listos para adentrarse en la boca del lobo.