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Sombras De Dragón

Sombras De Dragón

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Superpoder / Época / Dragones
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.

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Capítulo 9: Curiosidad nacida del rechazo.

La gran fiesta imperial había terminado hacía horas. Las luces se habían apagado, los músicos se habían marchado y el silencio había vuelto a llenar los enormes pasillos y salones del palacio. Pero en los aposentos privados del Emperador Li Longjun, la calma estaba muy lejos de llegar.

Él caminaba despacio de un lado a otro de la habitación, con las manos entrelazadas a la espalda, el ceño ligeramente fruncido y la mente llena de pensamientos que no lograba ordenar. A su alrededor, los sirvientes se movían con pasos silenciosos, sin atreverse a hacer el menor ruido, sabiendo que cuando el Emperador tenía esa expresión en el rostro, nada ni nadie debía interrumpirlo.

Desde que había visto por última vez a Roxana Wén, cuando se había marchado con su familia, inclinando la cabeza con educación pero sin volver la mirada hacia él ni un solo instante, algo se había quedado clavado en su mente. Y lo más extraño, lo que más lo confundía y lo molestaba a la vez, era que no podía dejar de pensar en ella.

Durante toda su vida, desde que era un niño, había estado acostumbrado a ser el centro de todo. Era el heredero al trono, el Dragón Dorado, el dueño de la vida y la muerte de millones de personas. Todos a su alrededor —nobles, funcionarios, soldados, sirvientes, mujeres— vivían con un solo objetivo: llamar su atención, ganarse su favor, recibir una sola mirada suya.

Las mujeres, especialmente, hacían lo imposible por acercarse a él. Le sonreían, le ofrecían regalos, aprendían a cantar, a bailar o a tocar instrumentos solo para agradarle, se vestían con las sedas más caras y se ponían los perfumes más dulces, se sonrojaban cuando él las miraba y se desvivían por estar cerca de él. Para todas ellas, ser notada por el Emperador era el mayor sueño, el mayor honor, la mayor suerte que podían tener.

Pero ella… ella era diferente.

Li Longjun se detuvo frente a una ventana, mirando hacia los jardines oscuros del palacio, y recordó cada detalle de esa noche. Recordó el primer momento, cuando él la había mirado y le había parecido “una más”, hermosa pero igual a todas. Recordó cómo ella le había devuelto la mirada sin miedo, sin timidez, sin admiración, y luego se había encogido de hombros y había dicho, con total desinterés, que él era “aburrido y predecible”.

Recordó luego cómo había corregido al ministro, cómo había hablado de agricultura y geografía con una sabiduría que nadie tenía, cómo había explicado cosas que él mismo desconocía, con una claridad y una inteligencia que lo habían dejado asombrado. Y recordó, sobre todo, que después de eso, cuando él le había prestado toda su atención, cuando le había hablado, cuando le había dicho que admiraba sus conocimientos… ella no había hecho nada.

No había sonreído con alegría exagerada. No había intentado seguir hablando con él. No le había pedido nada, ni un favor, ni un puesto para su padre, ni protección. Y, lo más importante: cuando se fue, se fue. Se marchó con su familia, atravesó las puertas del palacio y no volvió la cabeza ni una sola vez, como si estar cerca del Emperador no fuera más importante que estar cerca de cualquier otra persona.

—¿Por qué? —murmuró para sí mismo, con voz baja, llena de confusión y algo parecido a la molestia—. ¿Por qué ella no es como las demás?

Le molestaba. Le molestaba muchísimo. Por primera vez en su vida, había encontrado a una mujer que no lo adoraba, que no lo temía, que no lo necesitaba. Una mujer que parecía tener todo lo que quería, que era feliz con su familia, que tenía una mente brillante y unas ideas propias, y que no veía en él al Emperador, al ser poderoso, sino simplemente a un hombre. Y esa indiferencia, esa falta de interés, era lo que más lo atraía, lo que más lo llamaba, lo que más le hacía querer saber más.

Se giró bruscamente y llamó con voz firme:

—¡Liu!

Al instante, apareció un hombre de mediana edad, delgado, de aspecto discreto y mirada aguda, vestido con ropas sencillas pero limpias. Era Liu Wei, su consejero más fiel y su hombre de confianza, el encargado de investigar todo lo que el Emperador necesitaba saber, de recopilar información de todos los rincones del imperio. Se inclinó profundamente, esperando órdenes.

—Majestad, ¿en qué puedo servirle?

Li Longjun caminó hacia él, con los ojos oscuros y serios, y habló despacio, marcando cada palabra:

—Necesito que averigües todo sobre alguien. Todo, ¿me entiendes? No quiero que me dejes ni el más mínimo detalle sin saber.

—Por supuesto, Majestad. ¿De quién se trata?

—De la señorita Roxana Wén —respondió él, y solo decir su nombre hizo que su corazón latiera un poco más rápido, aunque no lo demostró—. Hija de Wén Chen, el funcionario del ministerio de Obras Públicas. Quiero saber dónde nació, cómo vive, qué hace todos los días, qué estudia, quiénes son sus amigos, qué le gusta, qué no le gusta, cómo es su familia, qué se dice de ella en la ciudad… todo. Y quiero saberlo ahora mismo.

Liu Wei asintió, aunque en sus ojos brilló una pequeña sorpresa. Nunca antes el Emperador le había pedido investigar a una joven, y mucho menos con tanta urgencia y seriedad. Pero no preguntó, solo hizo una reverencia y respondió:

—Será hecho, Majestad. Para mañana al amanecer tendré toda la información escrita y lista para usted.

Cuando el consejero se marchó, Li Longjun volvió a quedarse solo, caminando de nuevo, con la mente llena de imágenes de ella. Pensaba en sus ojos, claros y brillantes, que parecían verlo todo, que no se escondían, que no fingían. Pensaba en su voz, firme y tranquila, que decía la verdad sin miedo. Pensaba en su forma de ser, libre, fuerte, inteligente, tan distinta a todo lo que conocía.

Y sentía esa atracción extraña, confusa, que crecía más y más cada segundo. Porque para él, que estaba acostumbrado a tenerlo todo, a que todo el mundo corriera hacia él, a que todo el mundo le diera la razón, encontrar a alguien que no lo buscaba, que no lo necesitaba, que incluso parecía preferir estar lejos de él… era el reto más grande, el misterio más fascinante que había tenido en su vida.

—¿Quién eres realmente, Roxana Wén? —susurró, mirando hacia la puerta cerrada, como si ella pudiera escucharlo—. ¿Qué es lo que te hace tan diferente? ¿Por qué no te importo?

Y aunque no quería admitirlo, aunque le molestaba sentirse así, ya lo sabía en el fondo de su corazón: esa mujer que no lo adoraba, esa mujer que lo trataba como a un igual, esa mujer que tenía una mente más brillante que la de cualquier sabio… se había convertido, sin quererlo ni buscarlo, en lo único que él quería conocer, lo único que él quería tener, lo único que él necesitaba.

A la mañana siguiente, cuando el sol apenas empezaba a iluminar los tejados del palacio, Liu Wei regresó, llevando consigo un grueso cuaderno de hojas finas, lleno de escritura pequeña y ordenada. Se lo entregó al Emperador en silencio, y Li Longjun lo tomó con manos impacientes, se sentó y empezó a leer, devorando cada palabra, cada línea, cada detalle.

Y cuanto más leía, más crecía su asombro, más crecía su curiosidad, y más fuerte se hacía esa atracción que ya no podía controlar.

Leía cómo había crecido: cómo desde niña había preguntado cosas que nadie sabía responder, cómo había exigido aprender todo lo que aprendían los hombres, cómo su padre le había dado total libertad porque había entendido que su hija tenía un don especial. Leía cómo ayudaba en la mansión, cómo enseñaba a los sirvientes a limpiar mejor, a guardar la comida para que no se estropeara, cómo iba a los campos y enseñaba a los campesinos nuevas formas de cultivar que hacían que las cosechas fueran mucho mejores.

Leía que todo el mundo la conocía: unos la llamaban sabia, otros la llamaban extraña, otros la llamaban atrevida. Leía que tenía tres hermanos que la adoraban y la defendían contra cualquiera. Leía que sus padres la amaban más que a nada en el mundo y que la dejaban ser libre, rompiendo todas las normas de la época. Leía que ella no se juntaba con las otras jóvenes nobles, que no le gustaban las fiestas, que prefería pasar el tiempo leyendo, caminando, observando la naturaleza o hablando con gente sencilla.

Y lo que más llamó su atención, lo que hizo que apretara el cuaderno con fuerza en sus manos, fue lo último que escribió su consejero:

“Dicen todos que ella no busca marido, ni riqueza, ni poder. Dice que quiere ser libre y que no se casará con nadie que no sea capaz de entenderla y de estar a su altura. Y lo más curioso: nunca, en toda su vida, ha hablado de Su Majestad, ni ha mostrado el menor interés por la corte o por el palacio. Para ella, el Emperador es solo una persona más, ni mejor ni peor que las demás.”

Li Longjun cerró el cuaderno despacio, y una sonrisa extraña, mezcla de molestia, fascinación y un deseo que empezaba a ser inmenso, se dibujó en sus labios.

—¿Solo una persona más? —repitió en voz baja, con ojos brillantes de determinación—. ¿Crees que no soy nadie especial para ti, Roxana? ¿Crees que puedes verme y seguir tu camino como si nada hubiera pasado?

Se puso de pie, caminó de nuevo hacia la ventana, mirando hacia la ciudad, hacia la mansión Wén que se veía a lo lejos entre los árboles.

—Pues te equivocas —dijo con voz firme, llena de esa seguridad que siempre lo caracterizaba, pero ahora con algo nuevo, algo que nunca antes había sentido—. Porque tú ya eres lo más importante para mí. Y si no te acercas a mí… si no me buscas… entonces seré yo quien vaya a buscarte. Seré yo quien haga que me veas, que me admires, que me necesites. Porque yo no estoy acostumbrado a ser ignorado. Y mucho menos por ti.

En su corazón, la indiferencia total de antes había desaparecido por completo. Ya no era curiosidad, ni interés, ni simple atracción. Era el principio de esa obsesión de la que él mismo no era consciente todavía, pero que ya lo tenía atado a ella con cadenas invisibles, fuertes y eternas.

Porque Li Longjun, el Dragón Dorado, el hombre más poderoso del mundo, que tenía todo lo que podía desear… ahora solo quería una cosa: conquistar el corazón de la única mujer que no le tenía miedo, que no lo adoraba y que, por encima de todo, no lo quería perseguir.

Y estaba decidido a que, tarde o temprano, ella fuera suya. Completamente suya.

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Marisela Morales
los hijos son el tesoro más grande ❤️❤️❤️ de la vida 🤩❤️🤩❤️🤩❤️🧬🤩
Marisela Morales
❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️. felicidades 🥳🥳🥳🥳
Marisela Morales
omg esto está de comerce las uñas/Grimace//Grimace//Grimace//Grimace//Grimace//Grimace/
Marisela Morales
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/ te perdimos emperador te enamoraste obsesiva mente
Marisela Morales
corre,corre y alcanzala si puedes🤣🤣🤣🤣
Penelope
Excelente, trama. Gracias
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