México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del
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Capítulo 19:Caminos opuestos
—No voy a casarme con Gustavo.
Esta vez Amalia no gritó.
No golpeó una puerta.
No discutió con los ojos llenos de rabia como la muchacha que, semanas atrás, habría convertido cualquier negativa en una batalla de orgullo.
Estaba sentada frente a sus padres en el despacho de Don Ignacio, con la espalda recta y las manos quietas sobre el regazo.
Doña Elena fue la primera en reaccionar.
—Amalia...
—Lo he pensado.
—Estás alterada por todo lo ocurrido —dijo su padre.
—No.
Amalia levantó los ojos.
—Precisamente ahora estoy pensando con más claridad que antes.
Don Ignacio se recostó en la silla.
—El compromiso está acordado.
—Sin mí.
—Ya hablamos de esto.
—Ustedes hablaron. Gustavo habló. Todos parecen haber hablado de mi matrimonio menos yo.
Su voz seguía siendo tranquila.
Eso inquietó a su madre más que cualquier berrinche.
—Hija, nadie quiere hacerte infeliz.
Amalia sintió algo doloroso detrás de las costillas.
Pensó en unos ojos ámbar.
En un hombre que, según todos, estaba muerto en algún lugar al fondo de un barranco.
Bajó la mirada apenas un instante.
—Entonces no lo hagan.
Don Ignacio se levantó.
—No puedes decidir de un día para otro romper un compromiso de esta importancia.
—Puedo decidir con quién no quiero pasar el resto de mi vida.
—Amalia...
—No amo a Gustavo.
Silencio.
La frase quedó suspendida en el despacho.
Don Ignacio endureció la mandíbula.
—El amor no es lo único que sostiene un matrimonio.
—Quizá.
Amalia se puso de pie.
—Pero la voluntad de quienes van a casarse debería importar un poco.
Doña Elena se acercó.
—¿Hay alguien más?
Amalia quedó inmóvil.
Por un instante sintió que la habitación desaparecía.
Había.
Ni siquiera podía responder sí.
No sabía qué había sido Sombra para ella.
No habían hecho promesas.
No habían hablado de un futuro.
Él nunca le había pedido que esperara.
Y ahora estaba muerto.
—No —respondió finalmente.
La palabra le dolió.
—No hay nadie.
Su madre pareció relajarse.
Amalia no.
—Simplemente no quiero casarme con Gustavo.
La puerta del despacho estaba entreabierta.
Ninguno de los tres había notado la presencia del hombre al otro lado hasta que una voz habló.
—Entonces quizá deberíamos conversar.
Gustavo.
---
Amalia no quiso quedarse a solas con él.
Lo hizo de todos modos.
No porque Gustavo se lo exigiera.
Precisamente porque no lo hizo.
Esperó hasta que Don Ignacio y Doña Elena abandonaron el despacho. Después cerró la puerta con tranquilidad.
—Supongo que escuchó.
—Lo suficiente.
Amalia permaneció de pie.
—Entonces nos ahorramos explicaciones.
Gustavo la observó.
No parecía enfadado.
Aquello la puso más nerviosa.
—¿Por qué no quiere casarse conmigo?
—Porque no lo quiero.
—Apenas me conoce.
—Eso tampoco ayuda.
Gustavo sonrió apenas.
—Es franca.
—Prefiero serlo.
—Bien.
Caminó hacia una ventana.
—Entonces yo también lo seré.
Amalia esperó.
—Puede negarse, Amalia. Naturalmente. Nadie puede obligarla a pronunciar un sí.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No exactamente.
Gustavo volvió el rostro.
—Porque las decisiones tienen consecuencias.
Amalia sintió un escalofrío.
No por las palabras.
Por la serenidad con la que fueron pronunciadas.
—¿Qué quiere decir?
—Su familia atraviesa una situación delicada.
—Mi familia está perfectamente bien.
—¿Lo está?
Gustavo caminó lentamente por el despacho.
—Usted pasó días viviendo entre revolucionarios.
Amalia no se movió.
—Contra mi voluntad.
—Eso sabemos nosotros.
—Fui secuestrada.
—Por supuesto.
Se detuvo frente a ella.
—Pero vivimos tiempos difíciles. Los militares hacen preguntas. Las autoridades también. Basta una sospecha para que comiencen a revisar tierras, cuentas, trabajadores, correspondencia...
Amalia sintió que empezaba a comprender.
—¿Me está amenazando?
—No.
Demasiado rápido.
Demasiado tranquilo.
—Le estoy explicando la situación.
—Parece una amenaza.
Gustavo sostuvo su mirada.
—Su padre tiene tierras. Negocios. Hombres que dependen de él. Su madre tiene una posición que proteger. Y usted ha regresado después de convivir durante semanas con rebeldes.
Amalia apretó las manos.
—Mi padre no tiene nada que ver con ellos.
—Lo sé.
—Entonces...
—Las autoridades no siempre necesitan certezas para hacer preguntas.
Silencio.
—Y las preguntas —continuó Gustavo— pueden destruir reputaciones incluso cuando las respuestas son inocentes.
Amalia lo miró con incredulidad.
Ahora lo veía.
No completamente.
Pero algo había cambiado.
El hombre correcto de la cena.
El caballero educado.
El prometido paciente.
Seguía allí.
Solo que ahora podía distinguir el filo debajo de los buenos modales.
—¿Qué quiere?
—Que no tomemos decisiones precipitadas.
—Quiere que me case con usted.
—Quiero que venga a Ciudad de México.
Amalia negó.
—Es lo mismo.
—No.
Gustavo dio un paso atrás.
—Venga con sus padres. Conozca la vida que podría tener. Permita que los preparativos continúen. Después podremos hablar de lo demás.
—¿Y si sigo diciendo que no?
Gustavo guardó silencio unos segundos.
—Esperemos no tener que averiguar cuántas consecuencias puede soportar una familia por una decisión tomada en un momento de dolor.
Amalia palideció.
Él lo había notado.
Su dolor.
No sabía por quién.
Pero lo había visto.
—Sería una lástima —añadió Gustavo— que sus padres tuvieran que pagar por algo que no hicieron.
Amalia sintió deseos de abofetearlo.
No lo hizo.
—Iré a Ciudad de México.
Gustavo inclinó ligeramente la cabeza.
—Me alegra escucharlo.
—No he terminado.
Él esperó.
—Viajar no significa que haya aceptado casarme con usted.
—Lo comprendo.
—Ni significa que algún día vaya a quererlo.
Por primera vez, algo se endureció en los ojos de Gustavo.
Duró apenas un instante.
—Tenemos tiempo.
Amalia abrió la puerta.
—No tanto como cree.
Y salió.
---
El muchacho llegó al campamento con el caballo cubierto de espuma.
Casi cayó al desmontar.
—¡Sombra!
Rafael salió inmediatamente.
—¿Qué ocurrió?
—Los están buscando.
Sombra, que se encontraba sentado fuera de su carpa porque ya había conseguido convencer a todos de que permanecer acostado era una tortura peor que sus heridas, levantó la cabeza.
—¿Quiénes?
El muchacho respiraba con dificultad.
—Militares. Y otros hombres. Preguntan en los pueblos. Por ustedes. Por el campamento.
Rafael miró a Sombra.
—¿Cuántos?
—No sé. Muchos.
—¿Qué preguntan?
—Caminos. Nombres. Quién vende comida en cantidad. Quién ha visto grupos armados. Están cerrando las salidas.
Sombra intentó ponerse de pie.
Rafael llegó antes.
—No.
—Ayúdame.
—Tú no vas a ninguna parte.
Sombra lo miró.
—Entonces quédate y explícales a los federales por qué estoy acostado.
Rafael abrió la boca.
La cerró.
—Te odio.
—Después.
Sombra consiguió incorporarse apoyándose parcialmente en él.
El dolor atravesó sus costillas.
Su rostro lo delató.
Mariel apareció.
—¡Siéntate!
—No.
—Sombra...
—Reúne a todos.
La voz cambió.
Ya no era el herido.
Era el comandante.
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El campamento comenzó a desaparecer.
No a levantar sus cosas.
A desaparecer.
Sombra no permitió que todos tomaran el mismo camino.
—Las familias primero.
Señaló sobre un mapa.
—Grupos pequeños.
Unos hacia el este.
Otros rodearían las colinas antes de bajar.
Los hombres que podían combatir se repartirían entre ellos.
Los caballos no viajarían juntos.
Las fogatas fueron apagadas y cubiertas.
Parte de las provisiones que no podían transportar quedaron enterradas.
Otras se distribuyeron.
Desmontaron carpas.
Borraron huellas.
Arrastraron ramas sobre los caminos.
Prepararon rastros falsos hacia una dirección distinta.
Sombra daba órdenes sentado porque después de varios minutos de pie había comenzado a sudar por el dolor.
Nadie comentó nada.
Aquello era quizá lo que más lo irritaba.
Todos lo habían visto caer.
Todos sabían que seguía malherido.
Y ninguno se atrevía a fingir que no.
—Tú vas en carreta —dijo Rafael.
—No.
—No era pregunta.
—Nos hará lentos.
—Tú nos harás más lentos si te caes muerto del caballo.
Sombra lo miró.
—Puedo montar.
—Puedes ser terco. No es lo mismo.
—Rafael.
—Sombra.
Mariel apareció con unas mantas.
—La carreta.
Sombra la miró.
—Tú tampoco.
—La carreta.
—Puedo montar algunos tramos.
Rafael suspiró.
—Algunos.
—La mayoría.
—Algunos.
—La mitad.
Mariel dejó las mantas en la carreta.
—Una cuarta parte.
Sombra la señaló.
—Nadie te preguntó.
—Por eso la respuesta fue buena.
Rafael soltó una carcajada.
Sombra murmuró algo que ninguno quiso repetir.
---
Dos partidas comenzaron casi a la misma hora.
En la Hacienda De la Vega, el equipaje era colocado sobre carruajes.
Baúles.
Vestidos.
Sombrereras.
Documentos.
Todo cuidadosamente ordenado.
Amalia apareció en la entrada.
Llevaba un vestido de viaje oscuro y el cabello recogido.
Doña Elena se acercó.
—¿Estás bien?
Amalia miró el carruaje.
Después las tierras de su casa.
Pensó en que, en algún lugar de ellas, había un barranco.
Pensó en un cuerpo que nunca encontraron.
—Sí.
Mintió.
Subió.
---
A kilómetros de distancia, Rafael ayudaba a Sombra a subir a un caballo.
—Despacio.
—Suéltame.
—En cuanto dejes de parecer un muerto que olvidó acostarse.
Sombra logró acomodarse.
El dolor le hizo cerrar los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó Rafael.
Sombra respiró.
—Sí.
Mintió.
Mariel los miró a ambos.
—No va a durar mucho ahí arriba.
—Voy a durar.
—Claro.
Sombra tomó las riendas.
Su cruz negra volvía a estar en su oreja.
No llevaba el sombrero de palma.
Sombra había regresado.
Aunque su cuerpo todavía no estuviera de acuerdo.
---
El carruaje de Amalia comenzó a avanzar.
Don Ignacio y Doña Elena viajaban con ella.
Gustavo iba cerca, a caballo durante el primer tramo.
Amalia miró por la ventanilla.
La hacienda comenzó a alejarse.
No sabía cuándo volvería.
Tampoco sabía qué encontraría en Ciudad de México.
Solo sabía que no iba voluntariamente.
Había aceptado el viaje.
No el matrimonio.
Eso se repitió mientras los campos quedaban atrás.
Acepté viajar.
No acepté pertenecerle.
Llevó una mano discretamente hacia su bolso.
Dentro estaba el pañuelo.
Lo había traído.
Por supuesto que lo había traído.
Era lo único que le quedaba de un muerto.
---
El campamento quedó vacío.
Rafael fue uno de los últimos en abandonarlo.
Miró hacia atrás.
Durante semanas aquel lugar había sido hogar.
Ahora apenas quedaban rastros.
Sombra esperaba más adelante.
—¿Listo?
Rafael montó.
—No.
Sombra arqueó una ceja.
—Pero vámonos.
Mariel cabalgaba cerca.
El grupo comenzó a avanzar.
No hacia la hacienda.
No hacia Amalia.
Hacia el sur.
El caballo de Sombra dio apenas unos cientos de pasos antes de que Rafael notara cómo tensaba la mandíbula.
—Bájate.
—No.
—Te estás poniendo blanco.
—Siempre he sido pálido.
—Ahora pareces sábana.
Mariel se volvió desde adelante.
—¡A la carreta!
Sombra cerró los ojos.
—Los dos son insoportables.
—Y tú estás herido —respondió Rafael—. Nosotros ganamos.
Media hora después, Sombra viajaba recostado entre mantas, furioso, mientras Rafael montaba al lado con una satisfacción que no intentaba ocultar.
—Si sonríes una vez más...
—¿Qué vas a hacer? ¿Perseguirme?
Sombra lo miró con odio.
Rafael rio.
Después la sonrisa desapareció.
Miró hacia atrás.
Una columna de humo se elevaba muy lejos.
No provenía del campamento.
Pero era suficiente recordatorio.
Los estaban buscando.
—Tenemos que avanzar.
Sombra también la vio.
—Lo sé.
---
Los caminos comenzaron a separarse.
Al norte, los rastros del antiguo campamento desaparecían poco a poco.
Hacia el sur avanzaban hombres y mujeres divididos en pequeños grupos, llevando consigo lo indispensable.
Entre ellos viajaban Rafael y Mariel.
Y Sombra.
Vivo.
Herido.
Buscado.
Alejándose de Coahuila.
Mientras, por otro camino, una familia de hacendados avanzaba hacia una estación desde donde continuarían un viaje mucho más largo.
Don Ignacio llevaba documentos.
Doña Elena llevaba vestidos.
Gustavo llevaba planes.
Y Amalia llevaba un pañuelo.
Ella no sabía que Sombra había abandonado el campamento.
Sombra no sabía que ella viajaba hacia Ciudad de México.
Amalia pensaba que él estaba bajo tierra, perdido en un barranco sin tumba.
Sombra pensaba que ella seguía segura en la hacienda.
Ninguno sabía que, en aquel mismo día, ambos estaban dejando atrás el único territorio que hasta entonces los había unido.
---
Horas después, Amalia apoyó la cabeza contra la pared del carruaje.
Doña Elena dormía.
Don Ignacio observaba el camino.
Gustavo cabalgaba fuera.
Amalia cerró los ojos.
No sabía cuánto tiempo tardaría en llegar a Ciudad de México.
No sabía cuánto durarían aquellos preparativos.
Semanas.
Meses.
Quizá más.
Por primera vez no intentó imaginarlo.
---
Muy lejos, Sombra volvió a abrir los ojos cuando una rueda golpeó una piedra.
—Maldita carreta.
Rafael cabalgaba al lado.
—Pensé que dormías.
—Intentaba.
—Pues intenta mejor.
Sombra miró el cielo.
—¿Cuánto falta?
—Mucho.
—Eso no es una distancia.
—Con tus costillas, sí.
Sombra soltó una respiración que estuvo cerca de convertirse en risa.
Dolió.
Se llevó una mano al costado.
Rafael lo vio.
—Te dije.
—Cállate.
—Eso también te lo dije yo hace años y nunca funcionó.
Mariel rio desde adelante.
Durante unos segundos, a pesar de todo, parecieron simplemente ellos.
Después Sombra volvió la mirada hacia el camino.
Hacia el sur.
No sabía qué encontrarían.
Eso no le preocupaba.
Había pasado gran parte de su vida avanzando hacia lugares inciertos.
Lo que no sabía era que, mientras él desaparecía hacia el sur, Amalia se dirigía exactamente hacia la clase de mundo que él había procurado mantener lejos de ella.
Dos caminos.
Dos huidas distintas.
Una elegida por necesidad.
La otra aceptada bajo amenaza.
Amalia se alejaba creyendo que no quedaba nadie a quien regresar.
Sombra se alejaba convencido de que dejarla atrás era la única manera de no arrastrarla con él.
Ninguno miró al otro partir.
Ninguno supo qué camino tomó el otro.
Y durante los meses que vendrían, esa ignorancia sería suficiente para hacerles creer que sus vidas, finalmente, habían tomado direcciones opuestas.