NovelToon NovelToon
Engañada Desde El Primer "Sí"

Engañada Desde El Primer "Sí"

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Posesivo / Autosuperación
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

"—Nos vamos a casar y punto. No tienes opción.
Esa fue su 'propuesta'. Sin anillo, sin flores, sin un 'te amo'. Solo un arrebato de control cuando intenté dejarlo."

Valeria siempre fue la esposa abnegada, la que esperaba en casa, la que justificaba cada desplante de Adrián pensando que el trabajo era su única prioridad. Nunca imaginó que el engaño no era otra mujer, sino la mentira sobre la que construyó toda su vida: él jamás la amo.
Atrapada en una jaula de cristal donde su voz no cuenta, aparece Dorian, un hombre cuya sola presencia impone respeto y temor. Él ve el dolor detrás de los ojos de Valeria y decide intervenir.

Dorian no pide permiso; destruye las defensas de Valeria con una devoción obsesiva y protectora que la hará dudar de todo lo que conoce.

Un matrimonio por manipulación. Un deseo peligroso. ¿Qué pasa cuando el hombre equivocado decide que eres suya?

NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Placeres de contrabando

En las tres semanas que siguieron, mi vida se convirtió en una doble realidad adictiva, marcada por el contraste absoluto entre la rutina muerta de mi casa y el vértigo incontrolable de Dorian Blackwood. La cautela inicial se disolvió bajo el peso de un deseo que amenazaba con devorarnos a ambos. Nos buscábamos a deshoras, en huecos imposibles entre mi trabajo de consultoría y sus reuniones ejecutivas, convirtiendo la ciudad en nuestro tablero secreto.

Mi independencia no era solo emocional; se había vuelto económica y profesional. Apenas unos días después de mudarme de habitación, decidí que no dependería de Adrián ni para un solo centavo más. Sin pedirle opinión a nadie, desempolvé mi currículum, llamé a mis viejos contactos de la facultad de economía y acepté una oferta como consultora senior en gestión de riesgos e inversiones estratégicas para una firma multinacional.

Cuando la notificación del contrato llegó a la casa, a Adrián no le hizo la más puta gracia.

Recuerdo perfectamente la noche en que vio los documentos sobre el desayunador. Puso el grito en el cielo, fuera de sí por el golpe que aquello asestaba a su frágil ego.

—¿Consultora senior? —bramó, arrojando las hojas sobre la barra de mármol con el rostro desencajado—. ¡Te volviste completamente loca, Valeria! ¿Qué va a pensar la gente? ¡Van a decir que no puedo mantener a mi propia esposa! ¡Mi reputación en el sector depende de que seamos una familia sólida, no de que salgas a buscarte un sueldito para jugar a la ejecutiva independiente!

Me serví un vaso de agua con una tranquilidad que pareció alimentarle el odio, mirándolo con una frialdad absoluta.

—Mi carrera existía antes de casarme contigo, Adrián, y seguirá existiendo después de ti —le respondí sin alzar la voz—. Tu reputación no es mi problema, y jamás te volví a pedir permiso para decidir sobre mi vida.

Acepté el trabajo al día siguiente, dejando a Adrián masticando su propia impotencia. Ese trabajo no solo me dio un pretexto perfecto para justificar mis salidas, sino también la cobertura ideal para encontrarme con Dorian a cualquier hora.

Aprendimos a consumirnos en espacios impredecibles. Ocurrió a puerta cerrada en el despacho de Dorian en el último piso de su edificio, bajo la excusa de coordinar una supuesta alianza de asesoría entre la firma para la que trabajo y la suya, mientras su secretaria creía que estábamos en una reunión, ocurrió en su finca a las afueras durante un fin de semana en que le dije a Adrián que asistía a un seminario de gestión de riesgos; pero, sobre todo, ocurrió en la parte trasera de su enorme camioneta blindada.

Aquel vehículo de cristales oscuros e insonorizado se convirtió en nuestro refugio más recurrente y salvaje.

Esa tarde en particular, la llovizna caía densa sobre la ciudad. Apenas subí al asiento de cuero de la camioneta a la salida de mi oficina, Dorian ni siquiera esperó a que cerrara bien la puerta para tirar de mi cintura y atrapar mi boca en un beso largo, exigente y sin preámbulos, que me dejó sin aliento.

—Buenas tardes para ti también —alcancé a jadear, riendo entre sus labios mientras sentía sus manos recorrer mis muslos con esa posesión acostumbrada.

—Llevo todo el día encerrado en juntas absurdas pensando en este momento, Valeria —murmuró con voz baja y áspera contra mi cuello—. No voy a esperar veinte minutos hasta la mansión.

Dorian alzó la vista hacia el espejo retrovisor. Mantenía una complicidad absoluta y sin palabras con su chofer, un hombre de mediana edad, serio e imperturbable que llevaba años a su servicio.

—Mendoza —ordenó Dorian con tono tranquilo pero autoritario—, detente en el mirador del parque. Apaga el motor y sal a tomar aire. Tómate cuarenta minutos.

—Entendido, señor Blackwood —respondió Mendoza sin mover un solo músculo del rostro, deteniendo el vehículo a un costado de la avenida arbolada y oscura.

El hombre tomó su abrigo, abrió la portezuela y bajó bajo la llovizna. Lo vi desde el cristal polarizado encender un cigarrillo y caminar con una paciencia estoica hacia la acera de enfrente, fingiendo una inspección minuciosamente detallada de los neumáticos para darnos privacidad.

No pude evitar soltar una risotada sutil, acomodándome la falda.

—Pobre hombre, Dorian —dije con diversión—. Creo que Mendoza ya se sabe de memoria el tiempo que tardas y la paciencia que requiere este auto.

—Mendoza cobra lo suficiente como para no hacer preguntas y disfrutar de un cigarrillo bajo la lluvia —contestó él con una sonrisa arrogante y peligrosa, atrayéndome hacia su regazo de un solo tirón—. Además, el problema no es Mendoza. El problema es que me tienes completamente desquiciado.

Sin darme margen a réplica, me despojó del abrigo y subió la falda de mi vestido con una brusquedad dominante. La camioneta blindada se convirtió en un santuario de calor y penumbra. Me obligó a ponerme a horcajadas sobre él, ajustando mi cuerpo al suyo mientras el vehículo temblaba ligeramente bajo el peso de nuestro movimiento.

Dorian era insaciable. Me tomaba ahí mismo, en el cuero del asiento trasero, mientras la llovizna resbalaba por las ventanillas polarizadas y la ciudad continuaba su ritmo al otro lado del cristal. Sus manos grandes me sujetaban las caderas con una firmeza que me dejaba marcas rosadas durante días, imprimiéndole un ritmo profundo y obsceno que me obligaba a enterrar el rostro en su hombro para ahogar mis gemidos, consciente de que Mendoza estaba a pocos metros.

—Suéltalo, Valeria —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo con crudeza mientras sus embestidas se volvían más intensas—. Que se entere la calle entera si es necesario de cómo te tengo.

Para cuando Mendoza regresó y dio dos golpecitos discretos en la ventanilla delantera para avisar que el tiempo había concluido, yo me estaba reorganizando el cabello con manos temblorosas y los labios hinchados, mientras Dorian se abrochaba la camisa con una serenidad exasperante y victoriosa, mirándome a través del espejo como el cazador que ha obtenido su presa.

El impacto de este ritmo de vida era evidente. Mi cuerpo acusaba el agotamiento de una pasión desmedida, pero mi rostro irradiaba una frescura y una altivez que volvían a Adrián loco de la rabia.

Llegar a casa al anochecer se había convertido en un espectáculo digno de estudio. Adrián me esperaba en la sala, consumido por la paranoia, sumado a la rabia que le producía saber que yo pasaba el día entero trabajando por mi cuenta. Me observaba caminar hacia la escalera con las piernas pesadas por el esfuerzo, huelo a un perfume que no era el mío y con esa sonrisa leve y misteriosa que no podía borrarme del rostro.

—¿De dónde vienes, Valeria? —me abordó una de esas noches, cruzándose en mi camino con la mirada desorbitada—. Hueles a madera... a un perfume de hombre. ¿Qué demonios estás haciendo por las tardes? ¿O es que en tu nuevito y flamante trabajo también te pagan por esto?

Me detuve en el primer escalón, mirándolo desde arriba con una piedad fría.

—Vengo de trabajar, Adrián. Y si mi aroma o mi empleo te molestan, te sugiero que te acostumbres o mejor que no te acerques —respondí con una tranquilidad desarmante, dejándolo solo con sus sospechas mordiéndole las entrañas.

Él no tenía pruebas, solo la certeza interna de que su esposa dócil se le había escapado de las manos para siempre, que ahora ganaba su propio dinero y que alguien más la estaba disfrutando de maneras que él jamás intuyó.

El viernes por la mañana, mientras me preparaba en mi habitación, mi teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Dorian:

«Esta noche es la gala de la Cámara de Comercio Inmobiliario. Sé que tu ilustre esposo insiste en que lo acompañes para salvar las apariencias de ese matrimonio de papel. Ponte el vestido más espectacular que tengas, Valeria. Quiero verte brillar... y quiero buscar el momento exacto para volverte a quitar la ropa frente a sus narices.»

Sonreí ante la pantalla. La tormenta estaba a punto de desatarse en el salón principal, y yo estaba más que lista para jugar.

1
Melody
Me engancho esta muy buena sigue adelante 🥰
Paula Nuñez: "¡Awww, mil gracias por leer y apoyar! 🥰 Se vienen muchas sorpresas en los próximos capítulos, no te los pierdas. ❤️"
total 1 replies
Jose Rozo
la verdad ya me arte de esta historia que pereza
Paula Nuñez: ¡Lamento que la historia haya tomado un rumbo que no te gusta! Gracias por haber leído hasta aquí de todos modos.
total 1 replies
Jose Rozo
ya me esta aburriendo el papel de la protagonista ese estado de sumisión es cansancio que pereza leer historias así
Paula Nuñez: ¡Gracias por tu comentario! Es comprensible sentir frustración, pero a veces los personajes necesitan tocar fondo o pasar por situaciones difíciles para poder reaccionar. Su historia apenas comienza a dar un giro. ¡Ojalá le des una oportunidad a lo que viene!
total 1 replies
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play