En un siglo XVIII alternativo, donde la magia se oculta tras el abanico de la etiqueta y el filo de la espada, Elowen de Valois es una anomalía. Hija de un marqués que la desprecia y heredera de una magia de sangre que tiñó su cabello de blanco y sus ojos de rubí, es vendida como un mueble al Duque de Oakhaven.
Los rumores dicen que el Duque es un monstruo deforme que oculta su rostro tras una máscara de plata, un hombre que desprecia la compañía femenina y que vive recluido en una fortaleza de piedra. Sin embargo, Elowen no es una damisela en apuros. Armada con un intelecto afilado, un conocimiento letal sobre venenos y una belleza sobrenatural que ella misma considera una maldición, entra en la boca del lobo con un solo objetivo: sobrevivir y reclamar su libertad. Lo que no sabe es que su esposo guarda secretos que podrían derrocar imperios, y que la "fiera" es, en realidad, el hombre más poderoso —y peligroso— del reino.
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21
Caelum caminaba en silencio, sus botas de cuero apenas produciendo sonido sobre el agua estancada. Sus ojos ámbar, que normalmente veían en la penumbra, estaban nublados por el gas "Ceguera de Plutón". Pero no estaba perdido.
—Tres pasos al frente, Caelum. Luego gira a la izquierda. Hay un guardia apoyado contra la pared de piedra —la voz de Elowen en su mente era su único mapa.
Elowen caminaba detrás de él, con una máscara de tela empapada en un antídoto neutralizador.
Ella era sus ojos. A través de la conexión mental, le enviaba proyecciones visuales en tiempo real de lo que ella veía: el calor de los cuerpos de los soldados enemigos, las trampas de presión en el suelo y las grietas en el techo.
Caelum se movió con una precisión aterradora.
Sin necesidad de ver con sus propios ojos, lanzó su mano hacia la oscuridad y cerró sus garras sobre la garganta del guardia que Elowen le había señalado. Un movimiento seco, y el hombre cayó sin un grito.
A mitad del camino, en una cámara subterránea que servía de intersección, los esperaba un emisario.
No era un soldado, sino el Barón Valerius (primo de su padre), uno de los nobles más influyentes de la capital. Llevaba una linterna sorda y una bandera de tregua.
—Duquesa Elowen —susurró el Barón, ignorando la figura imponente y ciega de Caelum—. El Consejo de Nobles sabe que Alistair ha perdido la razón. La ciudad se quema y el pueblo tiene hambre. No queremos una masacre.
Elowen dio un paso al frente, dejando que la luz de la linterna iluminara su cabello blanco y sus ojos rojos, que brillaban con una intensidad depredadora.
—¿Y qué propone el Consejo, Barón?
—Entréguenos al Duque —dijo Valerius, señalando a Caelum—. El pueblo teme a la bestia. Pero a usted... a usted la ven como la salvadora. Si entrega a Caelum, el Consejo la coronará a usted como Emperatriz Regente.
Podrá gobernar sin la sombra de un monstruo a su lado. Se le dará el título, el palacio y el control total de las arcas imperiales.
En el vínculo mental, Caelum sintió una punzada de amargura.
—Elowen... —pensó él— ...siempre fuiste demasiado brillante para estar atada a un despojo como yo. Quizás tengan razón.
—Cállate, lobo tonto —le respondió ella con una ferocidad que le cortó el aliento mental—. Mira lo que voy a hacer.
Elowen fingió dudar. Bajó la mirada y suspiró, acercándose al Barón.
—Es una oferta tentadora. Sería mucho más fácil reconstruir el imperio sin el miedo que inspira mi esposo.
¿Tienen los documentos de la regencia listos?
El Barón sonrió, creyéndose victorioso.
—Están en la cámara superior, custodiados por mis mejores hombres. Solo tiene que poner su sello y darnos la señal para que los Guardianes de la Llama arresten al Duque mientras él no puede ver.
—Bien —dijo Elowen, con una sonrisa gélida—. Llévennos ante ellos.
Caelum se dejó llevar, fingiendo ser un prisionero dócil, pero su rabia interior estaba hirviendo, contenida solo por la mano de Elowen que apretaba la suya con una fuerza .
Al llegar a la cámara superior, diez nobles y una veintena de guardias esperaban. En el centro, sobre una mesa de mármol, descansaba el acta de regencia.
—Aquí está, Duquesa —dijo el Barón—. Firme y el imperio será suyo.
Elowen se acercó a la mesa, tomó la pluma y la mojó en el tintero. Pero en lugar de firmar, lanzó el tintero contra la cara del Barón.
El líquido no era tinta, sino un compuesto alquímico inflamable que estalló en llamas azules al contacto con el aire.
—¡Ahora, Caelum! —gritó ella mentalmente.
Caelum, guiado por la visión compartida de Elowen que le marcaba los objetivos con puntos rojos en su mente, se desató.
Se transformó en una masa de sombras y colmillos. No necesitaba ojos cuando tenía el alma de Elowen guiando sus manos.
Saltó sobre la mesa, despedazando el acta de regencia con sus garras y lanzándose sobre los guardias con una furia multiplicada por el insulto que acababan de proferir contra su unión.
—¡A tu derecha, el que tiene la ballesta! —instruyó Elowen.
Caelum giró y le arrancó el brazo al ballestero antes de que pudiera disparar.
En pocos minutos, la cámara estaba en silencio, sembrada de los cuerpos de los nobles que habían intentado sembrar la discordia.
Caelum volvió a su forma humana, aunque todavía bajo el efecto del gas. Respiraba con dificultad, con la sangre enemiga goteando de sus dedos.
Elowen se acercó a él, rodeando su cintura y pegando su frente a la suya.
—¿Cómo pudiste pensar, ni por un segundo, que aceptaría una corona que no fuera compartida contigo? —le reprochó ella a través del vínculo.
—Me han llamado monstruo tantas veces que a veces olvido que para ti soy algo más —respondió él, tomándola por la nuca y besándola con una pasión desesperada, rodeados por los restos de la traición—. Perdóname, mi Luna.
—No te perdono, te castigo —pensó ella con una sonrisa pícara, a pesar de la situación—.
Y mi castigo será que, cuando estemos en ese trono, no tendrás ni un minuto de paz de mi parte.
Caelum soltó una carcajada ronca, recuperando el sentido del humor. El efecto del gas empezaba a disiparse gracias a un vial que Elowen le obligó a beber.
—Vamos —dijo Caelum, cuya vista empezaba a aclararse—. Alistair debe estar esperándonos en el salón del trono. Si los nobles han intentado traicionarlo, significa que él ya no tiene amigos. Solo le queda su locura... y nosotros.
Elowen tomó su daga y ajustó su cinturón.
—Que sepa el imperio que no venimos a pedir permiso. Venimos a tomar lo que es nuestro.
Salieron de los túneles y se encontraron en los jardines traseros del palacio. La batalla final estaba a solo unos pasos, y el olor a humo y a cambio soplaba con fuerza desde el corazón de la capital.