Tras años de haber estado perdida, Valentina Rojas aparece misteriosamente en la estación de policía asegurando que apenas recordó quien era. Ante esto sus tíos, quienes se habían quedado con toda la fortuna de sus padres, la buscan, pero solo para ser el reemplazo de su hija en un matrimonio acordado con los Alcorta, ya que todos saben que Dante Alcorta, su futuro esposo, se había vuelto loco después de un accidente.
Valentina acepta el matrimonio y al llegar a la mansión lo primero que hace es descubrir que en realidad Dante no está loco como todos creen y que todo se trata de una conspiración para apoderarse de toda la herencia Alcorta, pero valentina no permitirá esto, porque lo que nadie sabe, es que Valentina desde un inicio tenía planeado aceptar ese matrimonio y su regreso no fue una coincidencia. ¿Quién es realmente Valentina? ¿Por qué acepto el matrimonio con Dante?
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Capítulo 21
Capítulo 21
Sebastián Sanmartín se quedó mirando a Valenntina como si acabara de escuchar una pavada enorme.
Ella había dicho que conocía demasiado bien esos guiones. Que incluso podía marcarles las fallas.
Y eso, para él, era casi una ofensa.
-¿Vos sabés quién es A. Vega? -le preguntó, todavía con una sonrisa, pero ya sin la paciencia de antes-. Es la guionista de las tres películas más premiadas de los últimos años. Tres Óscar a mejor guion. Tres. No una casualidad.
Valenntina apoyó el codo sobre la mesa y giró apenas la copa entre los dedos.
-Justamente por eso te digo que “Selva del Sur” pudo estar mejor.
Sebastián abrió los ojos.
-¿Me estás cargando?
-No. La parte de la selva está bien escrita, pero no llega a ensuciarte la piel. Falta más miedo, más hambre, más bicho, más barro. La protagonista dice que tiene terror, pero el guion no deja que el espectador se quede sin aire con ella.
Él se incorporó un poco.
-Esa película hizo llorar a medio mundo. La sensación de estar ahí adentro era una locura. La selva, la humedad, la desesperación... A. Vega sabía demasiado bien de lo que hablaba. Para mí hasta lo vivió.
Valenntina bajó la vista, como si el comentario le hubiera resultado gracioso.
-Capaz.
-¿Capaz? -Sebastián ya estaba molesto-. No podés hablar así de mi ídola. Una cosa es opinar y otra es tirarla abajo.
-No la estoy tirando abajo.
-Sí, la estás tirando abajo. Decís que sus guiones tienen defectos como si cualquiera pudiera escribir algo así.
-Todo guion tiene defectos. El problema es que cuando alguien se vuelve ídolo, a la gente le cuesta verlos.
-¿Y vos con qué derecho los ves?
Valenntina levantó la mirada.
-Con el derecho de haberlos escrito.
Por un momento no hubo ruido alrededor. Sebastián parpadeó una vez, dos.
-¿Qué?
Valenntina sacó el celular, abrió una carpeta oculta y le mostró unas fotos. Tres certificados. Tres trofeos. Los nombres de las películas. La firma de entrega. Todo demasiado real para ser una broma armada en dos minutos.
Sebastián agarró el teléfono con cuidado.
-No... pará. No puede ser.
-Puede.
-A. Vega sos vos.
-Sí.
-¿Vos escribiste “Selva del Sur”?
-Y las otras dos.
-Pero... -Sebastián miró las fotos, después a ella, después otra vez las fotos-. Nunca fuiste a ninguna entrega.
-Estaba ocupada.
-¿Ocupada?
-Trabajando.
Sebastián sintió que la cabeza se le quedaba sin lugar para acomodar tanta información.
Valenntina lo dijo como si hablara de haber faltado a una cena familiar. Como si tres premios internacionales pudieran llegar por correo y listo.
-Los certificados y los trofeos me los mandaron después -agregó ella-. Escribí esos guiones hace años, para pasar el tiempo. Usé cosas que conocía, las cambié un poco, las mandé sin pensar demasiado. En realidad me daba miedo que me los rechazaran.
Sebastián soltó una risa seca.
-Tenías miedo de que te rechazaran y terminaste ganando tres Óscar.
-El talento a veces trae problemas.
-Sos insoportable.
-Ya sé.
Él dejó el teléfono sobre la mesa con una delicadeza casi ridícula. La miró como si la estuviera conociendo de nuevo.
Hasta hacía un rato, Valenntina era la mujer que le gustaba. Ahora, además, era A. Vega. La guionista que él venía admirando desde hacía años.
Y lo peor era que ella seguía sentada ahí, tranquila, como si nada.
-No sé si pedirte un autógrafo o enojarme porque hablaste mal de vos misma -murmuró.
-Podés hacer las dos cosas.
Sebastián se rió, todavía medio atontado.
Cuando la cena terminó, él no pudo evitar sacar una foto. No de frente. Valenntina caminaba delante de él, con el vestido elegante que le habían elegido para la noche, el pelo suelto, la espalda derecha. La imagen salió preciosa sin esfuerzo.
La subió a sus redes con una frase:
“Hay pasados que no se alcanzan, pero todavía queda futuro.”
En menos de cinco minutos, los comentarios explotaron.
“¿Nueva novia?”
“¿Quién es? Dale, Sanmartín, no te hagas el misterioso.”
“Por fin alguien te domó.”
Sebastián contestó apenas uno:
“El pasado no se persigue. El futuro se espera.”
Del otro lado de la ciudad, Dante Alcorta vio la publicación con el celular en la mano y la cara quieta.
La foto era de espaldas, pero él no necesitaba verla de frente.
Era Valenntina.
Y Sebastián, ese desubicado, la había subido como si tuviera derecho.
Dante escribió debajo:
“No te da.”
Sebastián respondió enseguida:
“¿Celoso porque te casaste temprano?”
Dante clavó los ojos en la pantalla.
“Boludo.”
Después salió del post y llamó a Valenntina.
Ella atendió recién al tercer tono.
-¿Qué pasa?
-¿Dónde estás?
-Comiendo.
-Ya es tarde.
Valenntina miró la hora.
-No son ni las diez.
-Para volver sola, es tarde. Mandame la ubicación. Te paso a buscar.
Sebastián, que estaba a su lado, alcanzó a escuchar la voz masculina por el parlante.
-¿Tu papá te está apurando para que vuelvas?
Valenntina no llegó a contestar.
Del otro lado, Dante se quedó helado un segundo.
-¿Quién habló?
-Sebastián.
-Mandame la ubicación.
-No hace falta. Vine en auto.
-Entonces llamo a un chofer.
-No quiero dejar mi auto tirado.
-Afuera hay cualquier clase de enfermo dando vueltas.
-Estoy bien.
-Valenntina.
Ella suspiró.
-Dante, manejo y vuelvo. Corto.
Le cortó.
Dante se quedó con el celular pegado a la oreja.
Después caminó hasta la ventana y miró hacia la entrada de la casa. Parecía un padre esperando a su hija en una primera salida. Y lo peor era que él mismo se daba cuenta.
Valenntina llegó antes de las diez.
Entró a la casa y lo encontró en la sala, sentado con una taza de té que ya debía estar fría.
-¿No dormías? -preguntó.
Dante dejó la taza.
-Una mujer casada, aunque sea de nombre, debería cuidar un poco las apariencias.
Valenntina se cambió los zapatos con calma.
-¿Apariencias?
-Salís con un hombre, volvés tarde, él te sube fotos...
-No sabía que había subido una foto.
En ese momento le sonó el celular.
Era Sebastián.
Valenntina atendió.
-¿Llegaste bien?
-Sí.
-Te tendría que haber acompañado.
-No hacía falta.
-Bueno. Descansá. Buenas noches.
-Buenas noches.
Cuando cortó, el silencio de la sala estaba más pesado que antes.
Dante la miró.
-Sebastián Sanmartín es un mujeriego.
-Ajá.
-Novias tuvo incontables. La que más le duró, un mes. La que menos, una hora.
-Qué eficiente.
-No es gracioso.
-No me estoy riendo.
-Como amigo, te aviso. No quiero que te use para entretenerse.
Valenntina por fin sonrió.
-Sebastián es el nieto de Lucio. Para mí es un chico de la familia.
Dante levantó una ceja.
-Si él te escuchara decir eso, escupe sangre.
-Es la verdad. No tengo interés romántico en él.
La tensión en el cuerpo de Dante aflojó apenas. Muy poco, pero aflojó.
-Él sí lo tiene.
Valenntina lo miró con una expresión de “no empieces”.
Dante le mostró la publicación.
Ella vio la foto y la frase.
-Primera vez que conoce a su ídola. Se emocionó.
-¿Ídola?
-A. Vega.
Dante tardó un segundo en entender. Después, otro en reaccionar.
-Vos sos A. Vega.
-Sí.
Él la miró de arriba abajo, como si de pronto le faltaran piezas para armarla.
Médica escondida. Hacker de primer nivel. Guionista premiada.
-¿Cuántas identidades tenés?
-Las necesarias.
-Eso no es una respuesta.
-Es la única que hay.
Al día siguiente, Dante viajó a Estados Unidos por asuntos de la rama internacional del Grupo Alcorta. Antes de irse había intentado convencerla de que lo acompañara, pero Valenntina se negó sin pensarlo.
Había pasado demasiados años entrando y saliendo de países ajenos. Le gustaba respirar aire de casa.
Con Dante fuera, la mansión quedó más tranquila.
Valenntina abrió la computadora y empezó un guion nuevo. El título provisional era “Médicos de la Patria”. La historia seguía a un equipo médico argentino enviado a África, con Lucio Álvarez como inspiración principal. Ella se escribió a sí misma como una asistente que, desde un costado, veía cómo esos médicos trabajaban hasta quedarse sin fuerzas.
En medio día armó la estructura completa.
Si le dedicaba una o dos horas por jornada, en un mes podía tenerlo terminado.
Pero el guion no era lo más importante.
Lo importante era su misión.
Esa tarde entró al sistema externo del Grupo Alcorta.
La seguridad, para ella, no era difícil. Pero los archivos centrales estaban en una red interna aislada. Desde afuera podía tocar los bordes, no el corazón.
Y el corazón era lo que necesitaba.
Poco después, Lorena Vidal apareció en la casa.
Desde el asunto del collar falso y los dos millones, Lorena había evitado a Valenntina como si pisara vidrio. Esta vez venía con una sonrisa ensayada.
-Valenntina, estás muy sola en casa, ¿no? Dante se fue al exterior y vos recién llegás a Buenos Aires. Capaz te convendría estudiar afuera un tiempo.
Valenntina cerró la computadora.
-¿Estudiar afuera?
-Sí. Dante tiene educación, posición, mundo. Aunque en la familia nadie diga nada, afuera siempre hay gente mirando. Si estudiás unos años, te va a hacer bien. Bruno conoce al rector de una universidad privada muy importante. Puede arreglarte el ingreso.
Lorena lo decía con suavidad.
La idea real era otra.
Mandarla lejos cuatro años. Hacer que Dante viajara a verla. Quitarle tiempo para pelear el poder de la familia.
Bruno sabía que Dante ya había recuperado media rama internacional y tarde o temprano iría por lo que Iván todavía retenía. Después vendría la parte local.
Y Bruno, que años atrás había perdido la prueba de sucesión contra Dante, no estaba dispuesto a volver a correrse.
Valenntina escuchó todo sin interrumpir.
Después se levantó y fue hasta el placard.
Lorena sonrió para sus adentros. Pensó que estaba buscando valijas.
Valenntina volvió con un certificado y se lo dejó sobre la mesa.
-No necesito volver a estudiar.
Lorena bajó la vista.
Doctorado. Royal College de Estados Unidos.
El sello era auténtico.
Su sonrisa se le congeló.