Ariel murió… y despertó como un omega condenado.
Un “villano” acusado de traición y asesinato, aunque no recuerda nada.
Su destino: un matrimonio con un alfa violento… una sentencia de muerte.
Hasta que aparece Kael, un delta temido que lo protege…
como si ya lo hubiera perdido antes.
Porque en cada vida…
Kael lo ha estado buscando.
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CAPÍTULO 21 – CUANDO EL PASADO INTENTA REGRESAR
Ariel había aprendido a reconocer los días tranquilos.
No porque fueran perfectos…
sino porque ya no vivía en alerta constante.
Las risas pequeñas.
El roce de Kael al pasar.
La rutina imperfecta del hogar.
Todo eso le había enseñado algo nuevo:
La paz no siempre es silencio.
A veces… es ruido seguro.
Por eso, cuando sintió esa mirada clavarse en su espalda en el mercado…
lo supo.
Algo se había movido.
No fue una palabra.
Fue una sensación.
Antigua.
Fría.
Como una sombra que nunca se había ido del todo.
El aire se volvió más pesado.
Su nombre llegó en murmullos.
Luego otro.
Y otro.
—Ese es…
—¿No era el omega problemático?
—Dicen que ahora tiene hijos…
Ariel no bajó la cabeza.
Siguió caminando.
Consciente de cada paso.
Antes… esas voces lo habrían borrado.
Lo habrían hecho desaparecer por dentro.
Ahora pensó en Kael.
En su casa.
En las respiraciones pequeñas que lo esperaban.
Y siguió.
Cuando regresó, Kael lo supo sin que Ariel dijera nada.
—No estás respirando igual —dijo, dejando lo que hacía.
Ariel se quedó quieto un segundo.
Luego habló.
—El pasado me alcanzó otra vez.
Kael no preguntó de inmediato.
Lo abrazó.
No para esconderlo.
Para sostenerlo.
—¿Qué dijeron?
Ariel dudó.
Porque había palabras que todavía dolían demasiado al salir.
—Que no debería ser padre… —dijo al fin—. Que alguien como yo no cambia.
Kael se separó lo justo para mirarlo.
—Eso es mentira.
Ariel bajó la mirada.
—Yo también lo creí… durante mucho tiempo.
El documento llegó dos días después.
Frío.
Preciso.
Cruel en su neutralidad.
Cuestionaba su estabilidad.
Su historia.
Su derecho a formar una familia.
No decía “villano”.
Pero lo insinuaba en cada línea.
Ariel sostuvo el papel largo rato.
—Tal vez tengan razón… —murmuró—. Tal vez todo esto fue un error.
Kael se puso frente a él.
Firme.
—No vuelvas a hablar así.
No alzó la voz.
No lo necesitaba.
—No después de todo lo que has construido.
Ariel levantó la mirada, quebrado.
—¿Y si nos quitan a los niños?
Ahí estaba.
El miedo real.
El que no se podía ignorar.
Kael tomó su rostro entre las manos.
—Escúchame —dijo—. Nadie va a tocar lo que es nuestro.
Una pausa.
—No porque yo sea fuerte…
sino porque tenemos la verdad.
La audiencia fue tensa.
El aire pesado.
Las miradas afiladas.
Ariel entró con el cuerpo rígido…
pero la cabeza en alto.
Kael caminó a su lado.
No como guardia.
Como pareja.
Como igual.
Cuando le dieron la palabra, el corazón de Ariel golpeó con fuerza.
Pensó en huir.
Por un segundo… volvió a ser ese alguien que sobrevivía escapando.
Pero no lo hizo.
—Sí —dijo—. Fui señalado.
Su voz no tembló.
—Fui juzgado sin pruebas.
Cargué con historias que no eran mías.
Respiró.
Esta vez, no para contenerse.
Para sostenerse.
—Pero también aprendí.
Una pausa.
—A amar.
A quedarme.
A no repetir el daño que me hicieron.
Las miradas cambiaron.
No todas.
Pero algunas.
Y eso bastaba.
—No pido olvido —continuó—. Pido justicia.
Su voz se afirmó.
—La oportunidad de ser quien soy ahora…
no quien otros decidieron que era.
El silencio que siguió fue distinto.
Menos hostil.
Más incómodo.
Más real.
Kael habló después.
—Yo elegí a Ariel.
Simple.
Claro.
—Y lo sigo eligiendo.
Su mirada no vaciló.
—Confío en él con mi vida…
y con la de nuestros hijos.
No hubo más.
No hacía falta.
Cuando salieron, Ariel temblaba.
No de debilidad.
De todo lo que había contenido.
Kael lo sostuvo.
Fuerte.
Presente.
—Estoy aquí.
Ariel dejó escapar una risa entrecortada.
—No corrí…
Había algo de incredulidad en su voz.
—No corrí.
Kael apoyó su frente en la suya.
—Porque ya no estás solo.
La resolución llegó días después.
Favorable.
Sin ruido.
Sin disculpas.
Pero con algo más importante:
Reconocimiento.
Esa noche, Ariel observó a sus hijos dormir.
Se sentó en el suelo, agotado, dejando caer la cabeza contra la cama.
—Tenía tanto miedo de fallarles…
Kael se sentó a su lado.
—No fallaste.
Su voz fue suave.
Pero firme.
—Les mostraste cómo enfrentar el mundo…
sin volverse igual de cruel.
Ariel apoyó la cabeza en su hombro.
—Gracias por quedarte… incluso cuando dudé de mí.
Kael besó su cabello.
—Amarte también es resistir contigo.
Ariel cerró los ojos.
El pasado no desapareció.
Pero algo había cambiado.
Ya no lo perseguía.
Ya no lo definía.
Ya no decidía por él.
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”