—¡Qué fastidio de historia! ¿Por qué dejarían morir al villano de esa forma? —fueron mis últimas palabras antes de tragar un puñado de palomitas… y atragantarme con una de ellas.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba en mi sala, sino en el cuerpo del antagonista de esa misma historia. Un personaje destinado a morir antes incluso que el villano.
Ahora tengo una sola misión: sobrevivir.
Y si para lograrlo debo cambiar el destino, enamorar al villano no suena tan mala idea…
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ZAPATILLAS DE BALLET
Nicolás sentía la mirada de Viviana clavada en él desde el extremo del salón, tan evidente como un dedo acusador. Sin embargo, tal y como había empezado a notar en aquellos días, ella no daría un solo paso sin pensarlo tres veces. Desde la fiesta todo había cambiado, y su actitud se volvía más calculadora, como si midiera cada uno de sus gestos.
—Por primera vez en mi vida, quiero llorar, Cornelio —murmuró, lo suficientemente bajo como para que nadie lo oyera.
El sistema apareció a su lado, materializándose con aquella forma humanoide que intentaba inspirar confianza, aunque a veces parecía más un muñeco inanimado.
—Estoy aquí, joven Nicolás. ¿Qué necesitas de mí?
Él dejó caer su mochila sobre el sillón del cuarto. Había regresado de la universidad y, además de estar cansado, tenía sobre los hombros otra responsabilidad: averiguar lo que su nuevo cuerpo podía hacer realmente. Ya no era solo él… era él mezclado con los restos de la vida del Nicolás original.
—Necesito que me ayudes… ¿es posible que aprenda ballet en poco tiempo? —preguntó con cierta desesperación.
Cornelio parpadeó. Sí, parpadear era uno de los detalles que lo volvían extraño.
—Analizando cuerpo… preparando reporte… —contestó mientras unos pequeños hologramas de datos giraban a su alrededor. Al ver la expresión confundida de Nicolás, añadió—: Joven Nicolás, el reporte está listo.
—¿En serio? ¡Wow, eso fue rápido!
—Según el registro del cuerpo, el Nicolás original aprendió ballet desde los cinco años. Dejó de practicar hace cuatro, debido al cambio físico que le hicieron. Además, posee habilidades en defensa personal, cocina, combate cuerpo a cuerpo, alpinismo, atletismo y una marcada afición por los deportes extremos, aunque dejó esos últimos hace poco más de dos años.
Nicolás abrió la boca.
—Eso explica por qué me siento nervioso cuando el chofer maneja tan rápido.
Cornelio continuó con su tono neutral:
—También se añadieron nuevas habilidades que parecen provenir de tu cuerpo anterior: sistemas computacionales avanzados, manejo de situaciones peligrosas y actuación.
—¿Actuación…?
Su voz se volvió más baja, casi un susurro.
—Cierto… ahora que lo recuerdo, cuando era niño en mi otra vida tenía esa afición.
Y de golpe, algo en su pecho dolió.
Por un instante, el recuerdo se sintió demasiado real: el viejo edificio del orfanato, el aroma a sopa, las cuidadoras que intentaban hacer milagros con tan poco, las risas de los niños que él siempre iba a visitar cuando pudo permitírselo…
Un nudo se le formó en la garganta.
—¿Habrán sobrevivido los niños sin mí? —pensó, apretando los puños.
—Gracias, Cornelio… ¿puedes hacerme un favor? —preguntó, tratando de sonar tranquilo.
—Claro. Solo no me pidas que reviva muertos, eso está prohibido —respondió el sistema con total seriedad.
Nicolás lo miró, incrédulo.
—¿Para qué querría yo revivir a alguien muerto? Solo quiero que averigües si el orfanato donde crecí está… bien. Si sigue funcionando. Si no falta nada allí.
Cornelio asintió con solemnidad.
—Puedo hacerlo. Solo necesito tiempo.
Y desapareció.
El silencio quedó flotando en la habitación.
Nicolás se dejó caer sobre la cama, respirando hondo. No importaba cuánto lo intentara, algunas emociones eran demasiado humanas como para ignorarlas. Aquella mezcla de nostalgia, culpa y necesidad de saber la verdad lo perforaba como agujas frías.
Se levantó de golpe. Necesitaba moverse. Necesitaba concentrarse en algo que fuera suyo.
Buscó entre sus cosas, revisando cajas, estantes, cajones. Hasta que, debajo de la cama, encontró una caja envuelta con una cinta azul.
Las abrió.
Las zapatillas de ballet, perfectamente dobladas dentro, parecían brillar de nostalgia.
El cuerpo reaccionó antes que su mente: un vuelco en el estómago, un latido acelerado, una punzada en los pies como si recordaran movimientos aprendidos hace años.
—Supongo que… esto aún es parte de mí —susurró.
Bajó las escaleras con las zapatillas en la mano, dirigiéndose a la cocina donde Nana Liz movía una olla con dedicación.
—Nana Liz —la llamó desde la puerta.
La mujer se giró enseguida.
—Mi niño, ¿necesitas algo?
Él levantó las zapatillas.
—Necesito la llave del salón de práctica. ¿La tienes?
El gesto de la mujer cambió de inmediato.
Primero sorpresa.
Luego una emoción tan intensa que parecía a punto de derramarse por sus ojos.
—Sí… sí, mi niño. ¡Enseguida lo abro!
Nana Liz corrió por el pasillo como si se le fuera la vida en ello.
Para ella, el ballet siempre había sido una herida abierta: su niño lo había abandonado, y con ello había perdido un pedazo de su luz.
Regresó apresurada, pero con el rostro lleno de felicidad.
—Traje la llave, mi niño.
Nicolás la tomó con cuidado.
—Gracias, Nana. Gracias por no tirarla.
—No te preocupes, mi niño.
La voz de la mujer tembló—. Agradezco a Dios porque lo vas a retomar… ¿verdad?
A Nicolás se le suavizó el rostro.
—Así es. Llama al maestro, por favor.
Nana Liz casi pega un grito de alegría.
—¡Enseguida!
Cuando ella desapareció pasillo abajo, tres sirvientas que pasaban por allí se detuvieron al verlo. Él les pidió que lo ayudaran a limpiar el salón antes de que llegara el maestro al día siguiente.
—Claro, joven Nicolás —respondió una—. Pero el salón es muy grande. Iré por más ayuda.
La mujer trajo consigo a otros sirvientes, y en cuestión de minutos el murmullo de escobas, trapos y cubetas comenzó a llenar el espacio.
Y con ese murmullo, también los susurros.
—Es extraño que el joven haya decidido retomarlo de la nada —susurró una.
—¿Extraño? Estás loca. El joven jamás debió dejarlo —replicó otra.
—Lo más seguro es que haya pasado algo en la escuela… —añadió una tercera.
Y sí, no estaban equivocadas.
Si no fuera porque Rafael los había inscrito en esa competencia, quizá nunca habría reunido el valor para esto.
El día fue avanzando, y poco a poco el amplio salón comenzó a recuperar vida.
Los ventanales dejaron pasar la luz dorada de la tarde, el espejo brilló como si fuera nuevo, los pisos pulidos parecían capaces de reflejar cada movimiento.
Cuando terminaron, Nicolás agradeció uno por uno a los sirvientes, lo que los dejó desconcertados: nunca recibían agradecimientos de la familia.
Nana Liz regresó, aún visiblemente emocionada.
—El maestro vendrá mañana por la tarde, mi niño. Estaba tan feliz que casi se pone a llorar por teléfono. Dijo que el pequeño cisne… por fin vuelve al lago.
Nicolás bajó la mirada, apretando las zapatillas contra su pecho.
Había pasado tanto tiempo.
Tanto dolor, tanta confusión…
Pero quizá, solo quizá…
dejar que el original viviera un poco a través de él no estaba mal.
{Mañana será un gran día} pensó.
Y el salón, limpio y silencioso, pareció asentir.