Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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El primer desliz
El día había sido largo en mi tienda. Entre telas extendidas sobre las mesas, clientas indecisas y llamadas de proveedores, intenté concentrarme en los detalles: cortes, entregas, ajustes finales.
Pero cada vez que me quedaba sola unos segundos… pensaba en él.
En su voz baja.
En la forma en que decía mi nombre.
En cómo me había mirado aquella noche, como si yo fuera lo único real en la habitación.
Mi teléfono vibró sobre el mostrador.
Y su nombre apareció en la pantalla.
Jonathan.
Sentí el golpe inmediato en el pecho.
Respiré antes de contestar.
—Hola… —mi voz salió más suave de lo que quería.
—Hola, Vic.
Ese tono.
Seguro. Controlado. Pero con algo debajo. Algo que solo yo parecía escuchar.
—Espero no interrumpir.
—Estoy… trabajando —mentí un poco. En realidad estaba apoyada contra el escritorio, sin hacer nada, esperando que volviera a escribirme algún día.
—Entonces haré que valga la pena.
El silencio se estiró entre nosotros.
—Tengo una propuesta —continuó—. Una cena. Solo tú y yo. Sin fiestas. Sin interrupciones. Sin máscaras.
Tragué saliva.
—Jonathan… no es buena idea.
—¿No lo es? —su voz bajó apenas—. ¿O es exactamente lo que quieres y eso es lo que te asusta?
Cerré los ojos.
—No juegues conmigo.
—Nunca he jugado contigo.
—Esto es complicado.
—La vida ya es complicada, Victoria. Yo solo quiero una noche contigo.
Una noche.
Las palabras se quedaron suspendidas.
—Será solo una cena —añadió—. Si en algún momento quieres irte, te llevo a casa. Sin presión.
Mi mente gritaba que no.
Mi cuerpo estaba completamente en desacuerdo.
—Está bien… —susurré finalmente—. Acepto.
Del otro lado hubo una breve exhalación, casi imperceptible.
—No te arrepentirás.
Colgué con las manos temblando.
Esa noche me preparé sin prisas.
Elegí un vestido negro que no era inocente. Se ajustaba a mi cintura, abrazaba mis caderas y dejaba mis piernas al descubierto lo suficiente como para hacerme sentir poderosa.
No era para impresionar a nadie.
Era para él.
Me miré al espejo.
No veía a la esposa correcta, elegante, impecable.
Veía a una mujer que quería sentirse deseada.
Y que estaba lista para arriesgarse.
Cuando lo vi esperándome apoyado contra su auto, el aire se me fue del cuerpo.
Traje oscuro. Sin corbata. Las mangas ligeramente ajustadas marcando sus brazos. Impecable.
Pero su mirada…
Su mirada me recorrió lenta.
Sin prisa.
Sin vergüenza.
—Estás increíble —dijo al abrirme la puerta.
—No empieces —murmuré, aunque mi piel ardía.
—Ni siquiera he empezado.
El trayecto fue silencioso, pero no incómodo. Era un silencio lleno de cosas no dichas.
En el restaurante, el ambiente era íntimo. Luz tenue. Mesas separadas. Música suave.
Nos sentamos frente a frente.
—¿Estás nerviosa? —preguntó, inclinando apenas la cabeza.
—No.
Sonrió.
—Mientes muy mal.
—Y tú eres demasiado observador.
—Contigo, sí.
La cena comenzó con conversaciones aparentemente inocentes. Mi tienda. Sus negocios. Viajes. Recuerdos.
Pero debajo de cada frase había otra conversación.
Invisible.
—¿Te sientes sola? —preguntó de pronto, con una calma peligrosa.
Mi respiración se detuvo.
—Eso no es asunto tuyo.
—Tal vez no. Pero quiero saber.
Lo miré fijo.
—A veces —admití—. Pero eso no significa que…
—Que no merezcas más.
No respondió como un hombre compitiendo.
Respondió como alguien que había estado pensando demasiado en mí.
Su mano avanzó lentamente sobre la mesa.
No me tocó de inmediato.
Esperó.
Fui yo quien movió los dedos hasta rozarlo.
El contacto fue mínimo.
Pero mi cuerpo reaccionó como si me hubiera abrazado.
—Dime que no quieres esto —dijo en voz baja.
No pude.
Porque quería.
Quería sentirme así.
Quería que alguien me mirara con hambre.
Quería dejar de ser correcta por una noche.
Después del postre, su voz cambió.
—Ven conmigo.
No fue una orden.
Fue una invitación cargada de promesa.
Se detuvo en un mirador apartado de la ciudad. Las luces brillaban a lo lejos.
El aire era fresco.
Y la tensión insoportable.
Me apoyé en el capó del auto.
Él se acercó despacio.
—Aún puedes irte —murmuró.
—¿Y tú quieres que lo haga?
Sus ojos se oscurecieron.
—No.
Su mano fue a mi cintura.
Firme.
Decidida.
Mi respiración se aceleró.
—Jonathan…
—Dime que pare.
No lo hice.
Fue mi silencio el que lo decidió todo.
Su boca encontró la mía con una intensidad distinta a la del pasillo aquella noche. No fue suave esta vez.
Fue hambre contenida demasiado tiempo.
Mis manos subieron por su pecho, sintiendo el calor bajo la tela. Me aferré a él como si necesitara sostenerme.
El beso se volvió más profundo.
Más urgente.
Mi espalda se arqueó instintivamente cuando su mano recorrió mi cintura, mi cadera, mi muslo.
—Victoria… —su voz estaba cargada, casi ronca—. Me estás volviendo loco.
—Entonces estamos iguales —susurré contra sus labios.
Esa confesión lo cambió todo.
Su boca descendió por mi cuello, lenta, deliberada, provocando un escalofrío que me hizo cerrar los ojos.
—No sé en qué momento dejé de resistirme —admití, respirando con dificultad.
—Cuando empezaste a desearlo más que a temerlo.
Tenía razón.
Mi mano se enredó en su cabello.
Lo acerqué más.
Esta vez no dudé.
Esta vez lo besé yo.
Sin culpa.
Sin freno.
Con decisión.
—Victoria... —jadeó—. No puedo esperar más.
Su mano se deslizó por mi muslo, subiendo por debajo del vestido, y sentí cómo un fuego interno se encendía. Mi corazón latía con fuerza, y un calor intenso me envolvía mientras sus dedos me provocaban, sus labios explorando cada centímetro de mi piel. Gemía suavemente, incapaz de detenerme, deseando más, queriendo que todo se desatara.
Finalmente, nos detuvimos, nuestros cuerpos pegados, respirando agitados, nuestras miradas fijas la una en la otra. Sus ojos grises me quemaban, llenos de deseo, hambre y promesas peligrosas.
El mundo podía desmoronarse después.
Pero en ese momento solo existía el calor de su cuerpo contra el mío, sus manos firmes recorriéndome como si me descubrieran por primera vez, mi piel ardiendo bajo cada caricia.
—Vamos a mi apartamento —dijo finalmente, apoyando su frente contra la mía, respirando igual de agitado que yo.
No pensé en consecuencias.
No pensé en promesas.
No pensé en mañana.
Lo miré.
Y asentí.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
No quería ser prudente.
Quería ser valiente.
Aunque esa valentía significara incendiar todo a mi alrededor.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰