Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.
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Capítulo 17 Antes de partir
El norte dejó de ser un rumor.
Los mensajeros llegaron al mediodía, con polvo en las botas y el cansancio colgándoles de los hombros. Las incursiones ya no eran “pequeñas”. No eran una invasión abierta, pero el paso del río estaba comprometido y los pueblos del borde pedían presencia visible de la Casa Ravenna.
—Necesitan a alguien de peso —dijo el capitán de la guardia, mirando a Alessandro di Ravenna con respeto nuevo—. No solo soldados. Un símbolo.
Alessandro no dudó.
—Irán refuerzos hoy. Yo salgo al amanecer.
Giovanni carraspeó.
—Mi señor, el duque aún vive.
—Y yo soy su heredero —respondió Alessandro—. La gente del norte necesita ver a un Ravenna que no se esconda tras muros.
El capitán asintió.
La decisión estaba tomada.
Luca Avenni se enteró por el silencio del pasillo.
No hubo música esa tarde.
Encontró a Alessandro en la sala de mapas, enrollando pergaminos con una calma que parecía ensayada.
—Te vas —dijo.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Al amanecer.
El aire se volvió delgado.
—No te vayas —dijo Luca, sin dramatismo.
—Tengo que ir.
—No tienes que ir tú —replicó Luca—. Hay otros.
—No hay otros que la gente reconozca como Ravenna —respondió Alessandro—. No ahora.
—No me gusta cuando dices “no ahora” —murmuró Luca—. Suena a “tal vez no vuelva”.
—Volveré.
Luca lo miró con una seriedad nueva.
—No prometas cosas que el viento puede mover.
Alessandro tragó saliva.
—No prometo. Decido.
Eso era lo más honesto que tenía.
La preparación fue breve.
Armadura ligera.
Capas de abrigo.
Provisiones.
Giovanni ajustó las correas con manos firmes.
—No cargue más de lo necesario —dijo—. El liderazgo pesa por dentro.
—Lo sé.
—No lo cargue solo.
Alessandro asintió, sin saber cómo no hacerlo.
La escena íntima no fue una despedida formal.
Fue en el pasillo, tarde en la noche.
Luca se sentó en el suelo, el arpa a un lado, sin tocar.
—¿Puedo pedirte algo? —preguntó.
—Depende.
—No te hagas el héroe innecesario.
—Eso no está en mis planes.
—No mientas —sonrió Luca, cansado—. Está en tu naturaleza.
Alessandro se dejó caer a su lado.
—Si no voy… —empezó.
—No termines esa frase —interrumpió Luca—. No quiero que el “si” se convierta en culpa.
Se quedaron en silencio.
—¿Qué harás cuando no esté? —preguntó Alessandro.
—Tocaré —respondió Luca—. Para que el castillo no olvide el ritmo de la casa.
—¿Y si el castillo me olvida a mí?
Luca negó con la cabeza.
—Yo no olvido.
Eso… fue suficiente.
El amanecer llegó sin música.
El viento cortaba la piel.
Los guardias formaron filas. Los caballos resoplaban vapor. Alessandro subió al suyo con movimientos precisos.
—No te acerques a la frontera —le dijo a Luca, con una severidad que no ocultaba el temblor bajo la voz.
—No me acercaré —respondió Luca—. Me quedaré donde el pasillo me encuentre.
Alessandro sonrió apenas.
—Eso no es un lugar.
—Lo es para mí.
No hubo abrazo.
No hubo beso.
Hubo un gesto mínimo: Alessandro tocó el borde del arpa con dos dedos, como si tocara la primera nota de una melodía que no podía llevarse.
—Vuelve —dijo Luca.
—Vuelvo —respondió Alessandro.
No fue una promesa eterna.
Fue una decisión en voz alta.
Mientras la comitiva se alejaba, el castillo respiró distinto.
Luca se quedó en el pasillo, sin tocar.
Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no pesó.
Esperó.
Porque había aprendido algo con el viento del norte:
ir no es romper el hilo,
volver es elegir sostenerlo.