Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.
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Capítulo 3
Capítulo 3: Cinco minutos en la biblioteca
—¡Xime! ¿Qué te pasó? Estás empapada.
Lucía se levantó tan rápido que casi tira su mezcal. Andrea no se levantó; recorrió a Ximena de arriba abajo con los ojos, se detuvo en los nudillos rojos y le acercó una silla con el pie.
Desde la banqueta de Reforma, a las 21:57, Ximena les había mandado un solo mensaje: ¿Siguen en la Media Luna? Esperó el Uber bajo una marquesina y, diez minutos de trayecto después, a las 22:20, empujaba la puerta del bar con el abrigo chorreando.
—Un whisky en las rocas —le dijo al mesero antes de sentarse—. Doble.
Se los contó en orden, como si diera una clase. El iPad, los siete recibos, la puerta, la kimura, Paola por encima del hombro, la sábana, la carta sobre la cama. No subió la voz ni una vez.
Lucía se tapó la boca con las dos manos a la mitad y ya no se las quitó.
—Esto parecía película de artes marciales —dijo Andrea al final.
—No fui a pelear. —Ximena le dio un trago largo al whisky—. Fui a cerrar.
—¡Esa pinche víbora! —Lucía golpeó la mesa—. Iba a tu casa a comer, Xime. Tu tía le hacía chilaquiles.
—Y él, ¿qué? ¿Tres meses? —Andrea negó despacio—. Qué poca madre. Ojalá le hayas dejado el brazo como popote.
Ximena se rio. Se rio de verdad, con los hombros, y durante un momento fue fácil.
Luego pensó en las noches de agosto, cuando Emilio se quedaba hasta la una ayudándole a escanear fotos de archivo para su artículo, con los pies sobre su sillón y una pizza fría entre los dos.
¿Eso también era actuado?
Dejó el vaso en la mesa. No lo dijo en voz alta.
—Amiga, es que tú nunca pides ayuda —dijo Lucía—. Nos hubieras llamado. Te acompañábamos, le jalábamos las greñas a esa…
—Desde los nueve aprendí a no dar lata.
Las dos se quedaron calladas. Sabían la historia, pero ella casi nunca la contaba. Sus papás en la autopista a Puebla. Los tíos de Atlixco, que la querían para barrer la tienda.
La tía Chayo, que manejó toda la noche para ir por ella y se paró en la puerta a decir nadie se la lleva.
—¿Y tu tía? —preguntó Andrea—. ¿Ya sabe?
—Todavía no. —Ximena giró el vaso sobre la servilleta—. Le va a doler más que a mí. Ella ya tenía el vestido para la boda.
—¿Cuál boda? ¡Si llevaban tres meses!
—Mi tía no cuenta meses, cuenta nietos. —Ximena bajó la voz y la hizo temblorosa, dramática—. Mija, dame un nieto antes de que cierre los ojos.
Lucía soltó una carcajada.
—Y yo, en mi cena de doctorado —siguió Ximena—, con la boca llena de mole, le dije que sí con la cabeza.
Andrea se atragantó con la cerveza. Lucía se dobló sobre la mesa. Ximena se rio con ellas hasta que le dolió el estómago, y fue lo más parecido a llorar que hizo esa noche.
A las 23:15 le vibró el celular. Número desconocido.
Contestó con el altavoz apagado y un dedo en el otro oído.
—Buenas noches, doctora Oropeza. Disculpe la hora. Le llamo en nombre del señor Aldama, el padre de Emilio.
Ximena se enderezó en la silla.
—¿Emilio le pidió que me llamara?
—No, doctora, no llamo de parte de Emilio. El señor desea ofrecerle una disculpa en persona. Cinco minutos. Solo si usted acepta.
La voz era correcta, sin prisa, sin un gramo de presión. Eso la puso más alerta.
—Lo voy a pensar.
—Entiendo. Quedo a sus órdenes en este número.
Colgó. Lucía ya tenía los ojos del tamaño de platos.
—¿El papá? ¿El papá de Emilio?
—Es una trampa —dijo Andrea—. Te va a pedir que no hagas escándalo. O te va a ofrecer dinero. O te va a amenazar bonito, que es como amenazan esos.
—¿Qué querrá? —Lucía se mordió la uña del pulgar—. ¿Y si es para que regreses con el hijo?
Ximena miró la pantalla del celular. Un señor que manda a su asistente a llamar a las once de la noche, a la ex de su hijo, para pedirle perdón. No sabía qué era eso. Por eso mismo quería verlo.
—Voy a ir —dijo—. Pero en mi terreno.
Lo armaron entre las tres en diez minutos, con servilletas. La Biblioteca Central de la USI: pública, con cámaras, a cinco minutos de su casa, llena de alumnos a media mañana. Ximena llevaría los audífonos puestos y una videollamada de WhatsApp abierta con las dos.
—Yo grabo desde mi lado —dijo Andrea—. Tú eres parte de la conversación, así que se puede. Igual que lo de hoy. Tú tienes el audio del hotel, ¿verdad?
Ximena se tocó el bolsillo del abrigo.
—Lo tengo.
—Guárdalo en tres lados. —Andrea anotó algo en la servilleta—. Y una palabra. Si la dices, llamamos a la policía, a tu tío Neto y a Regina a Nueva York, en ese orden.
—Azul maya —propuso Lucía.
—¿Por qué azul maya?
—Porque nadie la dice en una plática normal. Salvo tú, en clase.
A las 23:41, Ximena escribió la respuesta y la mandó sin releerla.
Biblioteca Central de la USI. Diez en punto. Sola no voy.
—¿Sola no voy? —leyó Lucía por encima de su hombro—. Suena a amenaza.
—Es una amenaza —dijo Andrea, y chocó su vaso con el de Ximena.
Al día siguiente, una tesista se le echó a llorar a la mitad de la asesoría y Ximena llegó a la biblioteca a las 10:07. Siete minutos tarde.
Llevaba los audífonos puestos, la videollamada abierta dentro de la bolsa y una tira de cinta blanca sobre los nudillos de la mano derecha.
En la mesa junto a la ventana del vestíbulo, un hombre se puso de pie.
Alto. Traje gris oscuro. Canas apenas en las sienes.
Ximena se detuvo a dos pasos de la mesa. Era él. El del elevador.
—Doctora Oropeza. —Él no le tendió la mano; esperó a que ella decidiera—. Leonardo Aldama. Gracias por venir.
—Usted estaba en el hotel.
—Llegué cuando usted salía. Subí a hablar con mi hijo.
Lo dijo sin adornos, como quien entrega un dato. Ximena se sentó frente a él, con la bolsa sobre las piernas.
En el oído, Lucía susurró: ¿Ya llegó? ¿Es él? Ximena no contestó.
Lo miró con calma. Cara cuadrada, piel tostada de sol, cejas gruesas, una mandíbula que no pedía permiso. Emilio era delgado, pálido, de facciones finas, casi bonito. No había nada de uno en el otro.
Emilio saldrá a su mamá, pensó.
—¿A qué vino, señor Aldama?
—A pedirle una disculpa. —Él puso las dos manos sobre la mesa—. Él fue el que falló. No usted. No le voy a pedir que calle nada ni que perdone nada. Usted puede decidir lo que quiera.
Ximena esperó el pero. No llegó.
—Mi hijo no la merecía —dijo él.
Por un segundo no supo qué hacer con las manos. Las dejó quietas sobre la bolsa.
—No es algo que un padre diga muy seguido —dijo al fin.
—Lo conozco lo suficiente. Y a usted la escuché en agosto.
—¿Perdón?
—Su clase abierta. El rebozo, la ropa de las mujeres en la Colonia. —Él miró un momento hacia la ventana—. Me senté hasta atrás. Cerró con una tinta de Aurelio Montaño que casi no tenía tinta.
Ximena se quedó quieta. Esa clase la había dado para cuatro colegas y un auditorio de alumnos obligados a ir.
—También leí su artículo sobre la grana cochinilla. Cómo el rojo de un insecto de Oaxaca terminó vistiendo a medio Madrid.
—Nadie lee ese artículo. Ni mi comité lo leyó completo.
—Yo sí. Dos veces.
Hablaron de Montaño. Ella dijo que lo que más le gustaba de él era lo que no pintaba, que dejaba media hoja en blanco y el ojo la llenaba de niebla por su cuenta. Él dijo que así se negociaba también: el que deja espacio obliga al otro a mostrarse.
Ella le contestó que eso era una manera muy de empresario de ver una acuarela. Él sonrió por primera vez, apenas, con un lado de la boca.
En los audífonos, Lucía murmuró:
—¿Ya se van a casar o qué?
Ximena tosió para no reírse. Del otro lado se oyó a Andrea: Lu, cállate.
—¿Está bien? —preguntó él.
—Alergia. Los libros viejos.
Él asintió como si le creyera. Luego se agachó, sacó de una bolsa de papel una caja forrada de tela azul, del tamaño de un libro grande, y se la ofreció con las dos manos.
—No, señor Aldama. Con la disculpa es suficiente.
—Si no lo acepta, la disculpa queda incompleta.
Ximena dudó. Afuera, un grupo de alumnos pasó riéndose frente a la ventana. Tomó la caja. Pesaba menos de lo que parecía.
Levantó la tapa.
Dentro, sobre papel de algodón, había una tinta con aguada de acuarela. Un pescador de pie en una barca mínima, la línea de la caña apenas insinuada, y todo lo demás niebla. Blanco trabajado. Blanco que respiraba.
Ximena conocía el catálogo de Montaño casi de memoria. Esta pieza no estaba en ningún catálogo. Abajo, a lápiz, con la letra torcida del pintor: Pescador en la niebla. Estudio.
Un estudio nunca publicado de Aurelio Montaño. En cualquier subasta de la ciudad valdría más de un millón de pesos.
Levantó la vista hacia él. Él miraba la caja, no a ella.
Fue entonces cuando lo vio. En la tela azul de la tapa, justo donde él la había sostenido todo ese tiempo, quedaba la marca húmeda de unos dedos.
A Leonardo Aldama le sudaban las manos.