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Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Amante arrepentido / Amor-odio / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: El tablero de tres

El papel timbrado con sellos notariales quemaba en las manos de Elena como si estuviera forjado en hierro caliente.

La brisa de la mañana agitaba los mechones dorados alrededor de su rostro, pero ella no apartaba la vista de las manos de Alexander. Debajo de las vendas blancas, toscamente enrolladas, se asomaban líneas de costras oscuras, raspaduras vivas y la piel amoratada. Y sobre su pecho, balanceándose con el pulso agitado de su respiración, la pequeña resina manchada de tierra confirmaba lo imposible: él había descendido a los espinos del parque, en medio de la tormenta de anoche, para recuperar lo que ella había arrojado al abismo.

El choque emocional fue violento. Una parte de Elena —aquella niña que curaba raíces en una isla desierta— sintió una punzada de compasión que casi la desarma. Pero la mujer que dirigía Laboratorios Morel apretó los dientes, cerrando las compuertas de su piedad.

—¿Te metiste en los matorrales bajo la lluvia por esto? —preguntó ella, señalando el amuleto con un leve cabeceo, con la voz templada para disimular la sacudida en su pecho.

Alexander bajó la mirada a la piedra opaca y soltó una respiración áspera.

—Te dije que no iba a perderlo dos veces —respondió en un murmullo, sin levantar el mentón para buscar conmiseración—. No espero que lo entiendas. Ni siquiera espero que te importe. Solo lee la cláusula cuatro del anexo técnico.

Elena abrió la carpeta con dedos firmes. Pasó la primera hoja notarial hasta dar con el párrafo resaltado: «Foster Cargo Logistics cede de manera irrevocable la potestad operativa exclusiva de sus seis hangares criogénicos y doce aeronaves de fuselaje ancho modificadas con certificación bio-médica internacional a la dirección ejecutiva de Laboratorios Morel. Dicha cesión carece de compensación accionaria, canon de arrendamiento o derecho a veto por parte del directorio de origen».

Era una rendición incondicional. En los términos del comercio global, Alexander le acababa de entregar el control del aire sin pedir un solo centavo de rescate.

Elena cerró la carpeta con un golpe seco que resonó en el silencio de la explanada.

—Si firmo esto, Alexander, no habrá marcha atrás —sentenció ella, clavando sus ojos esmeralda en él sin pestañear—. La logística de distribución del Catharanthus-M quedará bajo mi mando absoluto. No serás un socio; serás un proveedor subordinado a las decisiones de mi junta directiva. Tú responderás ante mí. Y al menor intento de sabotaje, manipulación o juego sucio, ejecutaré las cláusulas de penalización y liquidaré tus rutas internacionales en los tribunales europeos.

Alexander la miró fijamente. Lejos de indignarse o mostrar el viejo destello de orgullo herido, sus labios dibujaron una sonrisa tenue, cansada pero extrañamente pacífica.

—Será el mayor honor de mi carrera responder ante ti, doctora Morel —dijo él con una sinceridad aplastante—. Firma cuando quieras. Mis abogados ya tienen la orden de no objetar una sola coma de tus modificaciones.

Dio medio paso hacia atrás, respetando el espacio como un soldado que recibe una orden de retirada.

—Que tengas un buen día, Elena.

Se dio la vuelta y bajó las escalinatas hacia un taxi de línea que lo esperaba a unos metros, sin mirar atrás, dejándola sola frente al complejo farmacéutico con el documento en la mano y el corazón latiendo a un compás desordenado.

Una hora después, en el despacho principal del último piso, Lucía Álvarez se quitaba las gafas de lectura y miraba a Elena como si estuviera presenciando un fenómeno paranormal.

—He revisado el contrato tres veces con lupa —dijo Lucía, arrojando la pluma sobre la mesa de cristal—. Es completamente legal, vinculante y ciego. Alexander Foster acaba de regalarte una infraestructura que a Vance Global le habría costado quinientos millones y tres años de trámites gubernamentales poner en marcha. O tu exmarido sufrió un derrame cerebral anoche, o estamos ante el caso de locura por arrepentimiento más caro de la historia judicial.

Elena permanecía de pie frente al ventanal panorámico, contemplando el horizonte de la ciudad con los brazos cruzados.

—No está loco —murmuró Elena en voz baja—. Está desesperado. Cree que desmantelando su propia empresa puede expiar lo que hizo.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Lucía con cautela—. Aceptar este contrato significa que vas a tener que verlo en las mesas técnicas de coordinación. No puedes operar una flota aérea sin cruzarte con el dueño de los hangares.

Antes de que Elena pudiera responder, las puertas del despacho se abrieron suavemente.

Bastián Vance entró con la distinción innata que parecía envolverlo en cada paso. Llevaba un traje azul petróleo impecable, la camisa de cuello abierto y un ramo diminuto de orquídeas blancas silvestres en la mano, un detalle sutil y exquisito que depositó sobre la mesa baja con una sonrisa cálida dirigida exclusivamente a Elena.

—Buenos días, damas —saludó Bastián, con esa voz grave y aterciopelada que de inmediato llenaba el espacio de una seguridad reconfortante—. La prensa europea amaneció con titulares deslumbrantes sobre el discurso de anoche. Y según me dijeron en el vestíbulo, el señor Foster estuvo rondando por aquí temprano como un fantasma en pena.

Lucía intercambió una mirada cómplice con Elena y, con la agilidad propia de una buena amiga, recogió sus expedientes.

—Los dejo solos para que revisen los anexos técnicos. Tengo una audiencia en tribunales —dijo la abogada, guiñándole un ojo a Elena antes de desaparecer por la puerta.

Bastián se acercó a Elena junto al ventanal. No invadió su espacio; se detuvo a medio paso, con las manos en los bolsillos, mirando hacia la bahía junto a ella.

—¿Te molestó? —preguntó él en voz baja, con un tono en el que no había reproche ni celos mezquinos, solo un genuino instinto de protección.

—No —respondió Elena, suspirando mientras le alcanzaba la carpeta roja que descansaba sobre el alféizar—. Me trajo esto.

Bastián abrió el legajo. Sus ojos azul plata escanearon las cláusulas con la velocidad de un veterano de las finanzas internacionales. Al llegar a los términos de la cesión de la flota refrigerada, sus cejas se arquearon ligeramente en un gesto de auténtica sorpresa.

Cerró la carpeta con lentitud y soltó una risa seca, desprovista de burla.

—Tengo que reconocerle el mérito a Foster —dijo Bastián, apoyando el hombro contra el marco del ventanal para mirar a Elena a los ojos—. Esperaba que contraatacara intentando bloquear los permisos portuarios o sobornando a los distribuidores locales. Pero esto... esto es brillante a nivel táctico. Sabe que las flores, las cartas o las súplicas no van a conmoverte. Así que te ofrece exactamente lo único que tu ambición científica no puede rechazar: velocidad para salvar vidas.

—¿Crees que debería rechazarlo? —preguntó ella, buscando en la mirada de Bastián una respuesta que ella misma no lograba definir—. El consorcio Vance podría construir esa infraestructura...

—Tardaríamos tres inviernos en tener las aeronaves calibradas con los estándares de la Unión Europea, Elena —la interrumpió Bastián con absoluta honestidad, demostrando por qué era un titán corporativo que ponía la eficacia por encima del ego—. Y en esos tres inviernos, miles de pacientes con carcinomas terminales no van a tener acceso a tu molécula. Acepta la flota. Tómala toda. Si él quiere desangrar su monopolio para darte alas, seríamos unos idiotas si no aprovechamos el viento a favor.

Elena lo miró fijamente, fascinada una vez más por el temple de ese hombre. Cualquier otro heredero millonario se habría sentido amenazado por la intromisión de un exesposo que regalaba fortunas; Bastián, en cambio, analizaba el impacto médico y humano con una frialdad majestuosa.

—¿No te preocupa que esté intentando volver a meterse en mi vida? —preguntó ella con un hilo de picardía, dando un paso sutil hacia él.

Bastián acortó la distancia que quedaba entre ambos. Levantó una mano y, con la misma calidez con la que la había tocado la noche anterior, rozó con los nudillos la piel suave del pómulo de Elena. Su mirada se volvió oscura, intensa y tan cargada de magnetismo que a Elena se le detuvo el pulso por un segundo.

—Me preocuparía si creyera que todavía eres la niña deslumbrada por un espejismo, Elena —susurró Bastián, bajando la voz hasta convertirla en una caricia íntima que le erizó la nuca—. Pero sé quién eres. Sé lo que vales. Y confío en ti infinitamente más de lo que jamás temeré de Alexander Foster.

Elena sintió cómo un calor dulce y arrollador le inundaba el pecho. La cercanía de Bastián, su olor a cedro y sándalo, la fuerza tranquila de su cuerpo tan cerca del suyo... todo en él la invitaba a bajar la guardia. Durante años había vivido encerrada en la frialdad de los laboratorios y la soledad del desprecio; estar al lado de Bastián era como colocarse al sol después de una década de invierno.

Sin pensarlo demasiado, empujada por un impulso genuino que le encendió las mejillas, Elena se inclinó ligeramente hacia adelante y apoyó los labios en la comisura de la mejilla de él, dejando un beso suave, pausado, que rozó peligrosamente la esquina de sus labios.

—Gracias, Bastián —murmuró ella sobre su piel, sintiendo cómo el cuerpo del suizo se tensaba por la sorpresa antes de relajarse en un suspiro hondo.

Bastián no la soltó; apoyó su mano grande en la curvatura de su cintura, sosteniéndola allí un segundo más, con los ojos brillando en plata líquida y una sonrisa seductora curvándole la boca.

—Cuidado, doctora Morel —advirtió él con un susurro ronco, apenas a un milímetro de sus labios—. Si sigues agradeciéndome de esta forma, voy a empezar a buscar excusas para comprarte el mundo entero antes del mediodía.

Elena soltó una risa limpia, sintiendo las mariposas revolotear con violencia en su vientre. Por primera vez en mucho tiempo, no pensaba en el pasado; sentía un deseo real, fresco y deslumbrante de descubrir hasta dónde podía llegar con ese hombre.

Tres días después, en la sala de operaciones del hangar principal del aeropuerto internacional, el ambiente era una olla a presión.

La primera reunión de enlace logístico entre Laboratorios Morel, Vance Global y Foster Cargo Logistics había convocado a ingenieros aeronáuticos, químicos biomédicos y abogados de las tres firmas. En la cabecera de la enorme mesa ovalada, Elena presidía la sesión vestida con un traje sastre gris perla de corte impecable, el cabello recogido en una coleta alta que dejaba a la vista su porte aristocrático y una tableta electrónica en la que revisaba los mapas de ruta.

A su derecha, Bastián Vance se sentaba con las piernas cruzadas con naturalidad, aportando las directrices de la regulación farmacéutica suiza con una autoridad silenciosa.

Y en el extremo opuesto, en el sector reservado a la dirección técnica de la flota, estaba Alexander.

Llevaba un traje oscuro sencillo, sin la ostentación de los gemelos de oro que solía presumir. Tenía el rostro más despejado, pero la tensión en su mandíbula era evidente. Sus manos aún llevaban vendas elásticas en las palmas, aunque nadie se atrevía a preguntar el motivo.

Durante dos horas, la reunión fluyó con una precisión militar. Elena no dudó en dar órdenes directas: modificó los horarios de despegue hacia Fráncfort, exigió duplicar los sensores de temperatura en las bodegas criogénicas y rechazó dos propuestas de los técnicos veteranos de Foster Logistics con argumentos científicos tan demoledores que nadie se atrevió a refutarla.

Alexander no despegó los ojos de ella en toda la mañana.

Verla dirigir la sala con esa elocuencia implacable, ver cómo hombres con cuarenta años de experiencia en la aviación bajaban la cabeza con respeto ante sus órdenes, le provocaba una mezcla devastadora de admiración ciega y dolor punzante. Esa era su esposa. La mujer que él había recluido en un departamento vacío; la científica a la que no consideró digna de una conversación de cinco minutos.

Pero la verdadera tortura para Alexander no era el trabajo: era la dinámica entre Elena y Bastián.

A cada momento, Bastián se inclinaba hacia ella para susurrarle comentarios que hacían que Elena sonriera de lado, con esa complicidad reservada a quienes comparten algo más que balances comerciales. Cuando el mozo trajo agua a la mesa, Bastián ya tenía preparado el termo pequeño con la infusión tibia que Elena prefería, alcanzándoselo con un roce natural en el brazo que ella correspondió con una mirada cálida, casi íntima.

A Alexander se le cerraba la garganta. Ver esa ternura cotidiana —una ternura que él jamás se molestó en ofrecerle— era como si le clavaran esquirlas de vidrio en el pecho.

—Señor Foster —la voz fría y melodiosa de Elena cortó sus pensamientos de golpe.

Alexander parpadeó, volviendo a la realidad de la mesa.

Elena lo miraba desde la cabecera con una ceja arqueada, sosteniendo un lápiz digital entre los dedos.

—Le pregunté si la recertificación de los compresores de nitrógeno líquido del Boeing 777 estará lista para el viernes a medianoche. La primera carga piloto hacia el laboratorio de Ginebra no admite demoras por fallas mecánicas.

El jefe de mantenimiento de Alexander comenzó a titubear:

—Doctora, el proceso habitual de calibración suele tardar al menos setenta y dos ho...

—Estará listo el viernes a las diez de la noche —cortó Alexander con voz firme y ronca, silenciando a su propio empleado sin mirarlo, manteniendo la vista clavada en los ojos verdes de ella—. Yo mismo supervisaré el sellado de los tanques y volaré en la cabina de tripulación de esa nave para asegurar que la cadena de frío no sufra variaciones.

Un murmullo de sorpresa recorrió la bancada de ingenieros: el presidente ejecutivo de la mayor aerolínea del país ofreciéndose como técnico de vuelo para una carga médica.

Elena sostuvo su mirada por unos segundos que se sintieron eternos. Vio la determinación implacable en los ojos grises de Alexander, pero también vio la súplica muda de un hombre que buscaba cualquier migaja de utilidad en su mundo.

—Muy bien —dijo Elena con tono profesional, apartando la vista hacia la pantalla central—. Que conste en actas. Si no hay más puntos que tratar, la sesión queda levantada.

Los ejecutivos comenzaron a levantarse, recogiendo papeles y despidiéndose en voz baja.

Bastián se puso de pie, rodeó la mesa y se colocó detrás de Elena, ayudándola a recoger su abrigo con una galantería sin esfuerzo.

—Tengo una reserva para almorzar en el club náutico —dijo Bastián lo bastante alto para que resonara en la sala que se vaciaba—. Necesitas despejarte de las turbinas y los balances por un par de horas.

Elena sonrió, levantando el rostro hacia él con una complicidad luminosa.

—Me parece una idea maravillosa, Bastián.

Mientras salían juntos de la sala, los dedos de Bastián rozaron la cintura de Elena con una posesividad dulce y segura.

Alexander se quedó solo junto a la mesa vacía.

Sus manos vendadas se apoyaron con fuerza sobre la madera pulida hasta que los nudillos le crujieron de dolor. El aire en el hangar se sentía tan asfixiante como el de aquella cueva en la selva, pero esta vez nadie vendría a salvarlo.

Sabía que Elena estaba empezando a enamorarse de Vance; lo veía en el brillo de sus ojos, en su postura relajada, en esa risa que él mismo había extinguido durante años. Y sin embargo, mientras apretaba el amuleto oculto bajo su camisa, una chispa oscura y tenaz se negó a apagarse en su alma: Bastián Vance podía tener su presente, pero él estaba dispuesto a bajar a los infiernos tantas veces como hiciera falta con tal de pelear por su futuro.

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Marisa Lorena Ojeda
Bastian es muy dulce espero y esté siendo sincero con Elena🥰
Marisa Lorena Ojeda
hasta ahora se lee muy entretenida, muy buena escritura fácil de leer
Marisa Lorena Ojeda
Alexander agua y ajo, aguantarse y a joderse 🤣🤣🤣
Marisa Lorena Ojeda
🤣🤣🤣🤣🤣toma esto Alexander, por narcisista y arrogante presumido obteniendo todo del abuelo y el papito, a cambio Elena se ganó todo con su esfuerzo
Marisa Lorena Ojeda
Empezó interesante vamos a ver cómo continúa
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