ADVERTENCIA
Esta historia contiene escenas fuertes en algunas partes: crueldad emocional, celos posesivos, discusiones, furia, manipulación
un alfa y un omega
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Una misión cumplida
El Alfa regresó al hospital unos minutos después de haberse encontrado con Eiden.
No sabía exactamente por qué había vuelto. Se repetía que solamente quería averiguar qué había ocurrido, pero en el fondo también deseaba comprobar que el omega estuviera bien.
Se quedó cerca de la entrada, sin atreverse a entrar.
Entonces escuchó unas voces provenientes del pasillo.
—¡No puedo creer que el doctor Black esté muerto! —exclamó una enfermera, con los ojos llenos de lágrimas.
—Era un buen médico… Ayer mismo estuvo ayudándome con unos pacientes —respondió otra, llorando—. ¿Quién pudo hacerle algo así?
—La policía ya está investigando. Dicen que alguien entró en su consultorio esta mañana.
El Alfa permaneció inmóvil.
No sintió culpa ni remordimiento. Estaba acostumbrado a escuchar noticias semejantes después de sus misiones.
Sin embargo, cuando escuchó que alguien mencionaba a los militares, recordó inmediatamente al omega de cabello amarillo.
¿Será por eso que Eiden vino corriendo?
Antes de que pudiera escuchar algo más, vio a varias personas acercarse por el pasillo. Entre ellas reconoció el uniforme militar de Eiden, aunque no pudo distinguirlo bien entre la multitud.
El Alfa retrocedió.
—No tengo nada que hacer aquí —murmuró.
Se dio la vuelta y abandonó el hospital sin entrar.
Mientras caminaba, recordó la expresión preocupada del omega cuando habían chocado en la calle.
Por alguna razón, deseó haberle preguntado qué había sucedido.
Pero ya era demasiado tarde.
Una hora después, el Alfa llegó a la guarida de la pandilla 69.
Los hombres que vigilaban la entrada le abrieron paso inmediatamente. Él atravesó el vestíbulo y se dirigió a la oficina principal, donde el jefe lo esperaba.
—¡Número 69! —exclamó el hombre al verlo—. Justo estaba esperando noticias tuyas.
El Alfa se detuvo frente a su escritorio.
—El asunto está resuelto.
El jefe sonrió satisfecho y se levantó de su silla.
—¡Excelente! Sabía que podía confiar en ti. El doctor Black llevaba demasiado tiempo burlándose de nosotros. Ahora los demás entenderán lo que sucede cuando alguien incumple sus acuerdos.
Le dio una palmada en el hombro.
—Buen trabajo.
—Solo cumplí mi misión.
—Precisamente por eso eres nuestro mejor hombre.
El jefe tomó una carpeta de su escritorio y salió de la oficina, indicándole que lo acompañara.
Ambos comenzaron a caminar por el largo pasillo de la guarida.
—Por cierto —comentó el jefe—, Vanessa me dijo que te había encontrado bastante distraído últimamente.
El Alfa no cambió de expresión.
—Vanessa habla demasiado.
El jefe soltó una pequeña carcajada.
—Ten cuidado con lo que dices. Ya sabes que esa mujer puede ser bastante intimidante.
—Lo sé.
Caminaron unos segundos en silencio.
—Dime una cosa —continuó el jefe—. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando para nosotros? ¿Diez años?
—Desde que salí del laboratorio.
—Y nunca has fallado una misión importante. Ni una sola vez.
El Alfa mantuvo la mirada al frente.
—No tengo motivos para fallar.
—Eso espero. Tenemos muchos enemigos y necesito que sigas siendo el mismo de siempre.
El jefe se detuvo frente a una ventana que daba al patio de entrenamiento.
Abajo, varios hombres practicaban combate mientras otros recibían instrucciones.
—La pandilla 69 te dio un propósito cuando nadie más podía hacerlo —dijo el jefe—. No olvides quién eres ni de dónde vienes.
El Alfa guardó silencio.
Aquellas palabras siempre habían sido suficientes para mantenerlo obediente.
Pero ahora, por primera vez, una imagen apareció en su mente: Eiden sonriéndoles a los niños del parque.
¿Qué pensaría él de mí si supiera lo que hago?
El Alfa apartó aquel pensamiento inmediatamente.
—¿Me estás escuchando? —preguntó el jefe.
—Sí.
—Bien. Porque mañana tengo otra tarea para ti. Por ahora, descansa.
—Entendido.
El jefe reanudó la marcha y continuó hablando sobre los negocios de la organización, los territorios que necesitaban controlar y los problemas con otras pandillas.
El Alfa caminó a su lado, respondiendo únicamente cuando era necesario.
Por fuera, seguía siendo el asesino frío y obediente de siempre.
Pero por dentro, algo había cambiado.
Y aunque intentara ignorarlo, no podía dejar de preguntarse qué estaría haciendo Eiden en aquel momento.
Al llegar a una intersección del pasillo, el jefe se despidió y tomó otra dirección.
El Alfa se quedó solo.
Metió las manos en los bolsillos y soltó un suspiro.
—Ese omega es un problema… —murmuró.
Pero, después de unos segundos, añadió en voz tan baja que nadie pudo escucharlo:
—Espero que esté bien.
Y siguió caminando, sin darse cuenta de que acababa de preocuparse por alguien más que por sí mismo.