Con el alma rota y dos hijos que proteger, Catalina reconstruyó su vida desde cero… sin él.
Rubén lo dejó todo por una mentira. Pero cuando la ilusión se desvaneció, comprendió que lo que abandonó era lo único real. Regresa arrepentido, dispuesto a recuperar lo que perdió.
Sin embargo, Catalina ya no espera por nadie. Encontró la fuerza, la paz y la vida que él le negó.
¿Podrá su arrepentimiento borrar años de abandono? ¿O será demasiado tarde para volver a su lado?
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Capítulo 13: La primera noche sin miedo
Catalina
Aquella noche fue diferente.
Por primera vez en mucho tiempo, no me acosté pensando en si Rubén iba a regresar.
No me pregunté dónde estaba.
No imaginé con quién estaría.
No revisé mi teléfono esperando un mensaje.
Simplemente estaba cansada.
Muy cansada.
Después de acostar a Mateo y comprobar que Gabriel estaba mejor, entré en mi habitación.
Cerré la puerta.
Me senté en la cama.
Y respiré.
El silencio de la casa ya no me parecía aterrador.
Antes, cada rincón me recordaba a Rubén.
Ahora comenzaba a sentir que esos espacios también podían pertenecerme.
Me acosté.
Miré el techo.
Y por primera vez pensé:
“Estoy bien.”
No completamente.
Todavía había heridas.
Todavía había preguntas.
Todavía existían recuerdos.
Pero estaba bien.
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Escuché un pequeño ruido.
Me levanté inmediatamente.
Era Gabriel.
Había comenzado a llorar.
Sonreí.
—Ya voy, mi amor.
Lo cargué.
Caminé por la habitación mientras lo arrullaba.
—Mamá está aquí.
Gabriel dejó de llorar.
Lo miré.
—¿Sabes algo?
Él abrió los ojos.
—Tú me salvaste.
Lo dije sin pensarlo.
Pero era verdad.
Su nacimiento había llegado en el momento exacto en que yo sentía que mi vida se desmoronaba.
Él me había obligado a mirar hacia adelante.
Lo acosté nuevamente.
Después fui a revisar a Mateo.
Dormía profundamente.
Me acerqué y besé su frente.
—Mamá está aquí.
Regresé a mi habitación.
Esta vez no sentí miedo.
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Rubén
Yo tampoco podía dormir.
Después de aquella noche en el hospital, algo había cambiado.
No podía dejar de pensar en Catalina.
No como mi esposa.
Sino como la mujer que había tenido que aprender a sobrevivir sin mí.
Recordé todas las veces que llegaba tarde.
Las veces que ignoraba sus llamadas.
Las veces que ella me esperaba para cenar.
Las veces que Mateo quería jugar conmigo y yo estaba demasiado ocupado.
Todo parecía pequeño en ese momento.
Ahora parecía enorme.
Tomé el teléfono.
Abrí una fotografía antigua.
Catalina estaba embarazada de Mateo.
Yo estaba detrás de ella, abrazándola.
Los dos sonreíamos.
Parecíamos felices.
Me pregunté cuándo había dejado de valorar aquella felicidad.
Y entonces entendí algo.
No había sido Catalina quien había cambiado.
Había sido yo.
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Catalina
A la mañana siguiente desperté con una sensación extraña.
Había dormido profundamente.
Sin pesadillas.
Sin ansiedad.
Sin lágrimas.
Me levanté.
Preparé el desayuno.
Mateo apareció corriendo.
—¡Mamá!
—Buenos días.
—¿Hoy viene papá?
Me quedé quieta.
Antes esa pregunta me habría hecho daño.
Esta vez simplemente respondí:
—No lo sé.
Mateo asintió.
—Está bien.
Lo miré sorprendida.
—¿Está bien?
—Sí.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—Porque si viene, lo veo. Y si no viene, estoy contigo.
Sentí un nudo en la garganta.
Mi pequeño estaba aprendiendo algo que incluso yo estaba intentando aprender.
No podíamos controlar quién decidía quedarse.
Pero sí podíamos decidir seguir adelante.
Lo abracé.
—Estoy orgullosa de ti.
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Después del desayuno, recibí una llamada de mi jefa.
—Catalina, quería hablar contigo.
Mi corazón se aceleró.
—¿Pasó algo?
—No.
Me sorprendió.
—Quiero felicitarte.
—¿Por qué?
—Has mejorado muchísimo tu trabajo durante las últimas semanas.
Sonreí.
—Gracias.
—Estamos pensando en darte más responsabilidades.
Me quedé en silencio.
—¿Más responsabilidades?
—Sí. Y eso significaría un mejor ingreso.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—¿De verdad?
—Sí.
—Muchas gracias.
Colgué.
Me senté.
Miré la casa.
Miré a mis hijos.
Y sonreí.
Poco a poco estaba construyendo algo.
No era perfecto.
Pero era mío.
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Rubén
Ese mismo día fui a ver a Mateo y Gabriel.
Toqué la puerta.
Catalina abrió.
—Hola.
—Hola.
Entré.
Mateo corrió hacia mí.
—¡Papá!
Lo abracé.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Y tu hermano?
—Está durmiendo.
Me acerqué a la habitación de Gabriel.
Lo observé desde la puerta.
Era tan pequeño.
Me pregunté cuántos momentos importantes me estaba perdiendo.
Entonces Catalina apareció detrás de mí.
—Puedes cargarlo.
La miré.
—¿Seguro?
—Sí.
Entré.
Tomé a Gabriel cuidadosamente.
Lo sostuve contra mi pecho.
Él abrió los ojos.
Lo miré.
—Hola, hijo.
Sentí un nudo en la garganta.
—Papá está aquí.
Catalina permaneció en silencio.
Después dijo:
—Rubén.
—¿Sí?
—No quiero que vengas un día y desaparezcas durante una semana.
La miré.
—No lo haré.
—No me lo prometas.
Recordé sus palabras.
—Tienes razón.
—Solo hazlo.
Asentí.
—Lo haré.
Esta vez no quería hablar.
Quería demostrarlo.
---
Catalina
Después de que Rubén se fue, me quedé pensando.
No sabía qué estaba ocurriendo entre nosotros.
Ya no sentía la necesidad de odiarlo.
Tampoco sentía ganas de recuperarlo.
Era algo diferente.
Había aprendido a verlo como el padre de mis hijos.
Y eso era suficiente.
Por ahora.
Aquella noche preparé la cena.
Mateo me ayudó.
Gabriel dormía tranquilamente.
La casa estaba en silencio.
Pero esta vez era un silencio diferente.
No era el silencio de una mujer abandonada.
Era el silencio de una mujer que había encontrado paz.
Me senté junto a la ventana.
Afuera comenzaba a oscurecer.
Recordé la primera noche después de que Rubén se fue.
Había llorado hasta quedarme dormida.
Pensaba que no sobreviviría a aquella tristeza.
Pero allí estaba.
Meses después.
De pie.
Con mis hijos.
Con mi trabajo.
Con mis sueños.
Y con una fuerza que no sabía que tenía.
Sonreí.
—Lo logramos —susurré.
Mateo apareció detrás de mí.
—¿Qué logramos?
Lo abracé.
—Sobrevivir.
Él sonrió.
—¿A qué?
—A muchas cosas.
—¿Y ahora qué hacemos?
Miré a Gabriel.
Después miré a Mateo.
—Ahora vivimos.
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Rubén
Aquella noche llegué al apartamento y encontré a Valeria esperándome.
—¿Estuviste con ellos?
—Sí.
—¿Y?
—Bien.
—¿Todavía la amas?
La pregunta me dejó inmóvil.
No respondí.
Valeria se acercó.
—Necesito saberlo.
Respiré profundamente.
—No lo sé.
Ella apartó la mirada.
—Entonces sí.
—Valeria...
—No.
Se alejó.
—Creo que llevas meses intentando convencerte de que no la amas.
No respondí.
Porque quizá había algo de verdad en sus palabras.
Pero también sabía que no podía simplemente regresar.
Catalina había cambiado.
Ya no era la mujer que esperaba mi regreso.
Ahora tenía una vida propia.
Y yo tendría que enfrentar las consecuencias de haberla perdido.
---
Catalina
Esa noche me acosté temprano.
Apagué la luz.
Escuché a Gabriel respirar en su cuna.
Escuché a Mateo dormir en su habitación.
Cerré los ojos.
Y sonreí.
Por primera vez desde que Rubén se fue...
No tuve miedo de estar sola.
Porque descubrí que estar sola no significaba estar abandonada.
Tenía a mis hijos.
Tenía mi trabajo.
Tenía mi hogar.
Y, sobre todo, me tenía a mí misma.
Aquella fue la primera noche en mucho tiempo en la que dormí sin miedo.
Sin esperar que alguien regresara.
Sin temer que alguien volviera a irse.
Y sin saberlo...
Esa noche también comenzó el verdadero arrepentimiento de Rubén.
🙊a hora cual será el misterio