n plena boda, la mejor amiga de Lucía Herrera expone sus fotos íntimas. Su prometido la llama zorra, la golpea y le arranca el vestido de novia… para casarse con la traidora.
Cinco años después, Lucía regresa con sus mellizos, Mateo y Sofía, sin saber quién es su padre. Hasta que se cruza con Adrián Valdés, un poderoso CEO que parece la versión adulta de Mateo.
—Quiero a mis hijos conmigo.
—No voy a separarme de ellos.
Mateo se planta frente a él. Sofía se aferra a la mano de su madre.
—¡No se meta con mi mami, imbécil! ¡Primero tendrá que vérselas conmigo!
Pero el padre de los mellizos también es el tío de su ex. Y para no perder a sus hijos, Lucía acepta casarse con él por contrato.
Esta vez, vuelve a la familia Valdés por la puerta grande.
El hombre que la echó de su propia boda tendrá que llamarla tía.
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Capítulo 13
Capítulo 13. ¿Tan necesitada estás de un hombre?
Lucía había invitado a Adrián a bailar casi sin pensarlo. No creía que aceptara.
Y, sin embargo, ella, que había tomado la iniciativa, había acabado dejándose llevar por él, adaptándose a sus pasos.
Sin darse cuenta, dejó de ver todo lo que no fuera el hombre que tenía delante. Bajo las lámparas de cristal, sus facciones parecían aún más atractivas.
Aquellos ojos profundos tenían algo hipnótico. La atraían sin remedio.
La última nota coincidió con el último movimiento. Adrián apretó el brazo alrededor de ella. Lucía quedó entre sus brazos y alzó la cara para mirarlo, olvidándose de todo por un momento.
Solo los aplausos a su alrededor la hicieron volver en sí. Se apartó de él por reflejo y bajó la cabeza.
—Voy a tomar algo.
Salió de la pista con cierta prisa.
Adrián la siguió con la mirada. Parecía estar huyendo. Una leve sonrisa le curvó los labios.
¿Se había avergonzado?
Lucía llegó a la mesa de las bebidas. Apenas había conseguido respirar tranquila cuando alguien le sujetó la muñeca.
Al instante, tiraron de ella con fuerza.
—¿Nicolás? ¿Qué haces?
La sorprendió verlo aparecer de golpe. La expresión furiosa de él la inquietó. ¿Qué pretendía?
Nicolás no respondió. La agarró con más fuerza y la sacó del salón hasta el pasillo.
Lucía tuvo que emplear todas sus fuerzas para soltarse.
—¿Adónde quieres llevarme? —preguntó, indignada.
Él se volvió y la miró con una frialdad furiosa.
—¡Te largas de aquí ahora mismo, Lucía! ¡No vas a arruinar nuestra fiesta!
Cuanto más enojado lo veía, más serena era la sonrisa de ella.
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo?
Lo observó con los ojos helados.
Ese mismo día, cinco años atrás, ella había quedado destrozada, hundida en el dolor. Mientras tanto, él se había casado con Natalia.
Llegó a preguntarse si alguna vez la había amado.
¿Cómo había podido tratarla con tanta crueldad?
Nicolás alzó una ceja y soltó una risa desdeñosa.
—¿Miedo? Sí. Me da miedo que alguien se entere de que fuiste mi novia. ¡Me das vergüenza!
Aunque ya no lo amaba, oírlo le dolió un instante.
Respondió con una sonrisa burlona, dispuesta a provocarlo.
—Claro. ¿Qué hombre querría que todos supieran que le pusieron los cuernos?
Nicolás recordó las fotos de su boda y la furia le encendió los ojos. Se acercó bruscamente y la agarró de los hombros.
—¡Lo haces a propósito, Lucía! ¡Estás seduciendo a mi tío a propósito! ¿Tan necesitada estás de un hombre?
Los dedos le hacían daño en los hombros. Ella lo soportó y levantó el mentón para enfrentarlo, con una sonrisa fría.
—Si quieres creerlo, adelante. Adrián es más guapo que tú y tiene mucho más encanto. Y, sobre todo, él es quien manda en los Valdés. Tú no eres nadie.
—¡Tú…!
Nicolás palideció de rabia y levantó la mano para abofetearla.
Lucía le atrapó la muñeca antes de que pudiera golpearla. Lo miró con frialdad y una burla nada disimulada.
—¿Otra vez quieres pegarme? Entiende algo, Nicolás: ya no soy la Lucía de hace cinco años, la que te amaba ciegamente.
Le soltó la mano con un movimiento brusco.
Las pupilas de él se contrajeron. Estaba tan furioso que terminó riéndose.
—¿Me amabas? Ja. Qué chiste. ¡Me engañaste hace cinco años! Si no, ¿de dónde salieron esos bastardos?
Recordaba a los mellizos del hospital. Los hijos de Lucía ya estaban tan grandes. ¡Era la prueba de que ella lo había traicionado!
La expresión de Lucía se heló.
—¿Qué dijiste? Repítelo.
—¿Dije alguna mentira? ¿No te revolcaste con un cualquiera y tuviste esos bastardos?
¡Plaf!
Apenas terminó de hablar, la bofetada de Lucía le cruzó la cara.
Ella lo miró, fuera de sí.
—¡Insúltame a mí si quieres, pero a mis hijos no los insultas!
Le temblaba el cuerpo. Nadie sabía lo que había sufrido todos esos años criando sola a los mellizos. ¡Y todo por culpa de él y de Natalia!
¿Cómo iba a permitir que insultara así a sus hijos?
La bofetada dejó a Nicolás aturdido. Se quedó mirándola con el rostro tenso, sin poder creerlo.
Lucía no quiso seguir discutiendo. Se volvió y caminó a grandes pasos hacia el salón.
Entonces él recuperó la voz.
—¡Atrévete a poner un pie ahí dentro y verás!
Ella se detuvo. Se tomó un instante para dominar sus emociones y se volvió con una sonrisa.
—Soy la acompañante de tu tío. Si desaparezco, se va a preocupar.
Sin dedicarle otra mirada, siguió adelante, sin dejarse intimidar.
Desde una esquina, Natalia lo había presenciado todo. Apretó los puños. No se imaginaba que Lucía se hubiera vuelto tan arrogante.
¿Quería que Adrián la protegiera?
¡De ninguna manera!
Cuando Lucía volvió al salón, no encontró a Adrián. Miró por todas partes, pero no lo vio. Quizá hubiera salido un momento por algún asunto.
Tomó un vaso de jugo y se lo bebió. De verdad tenía sed.
De pronto, Natalia subió al escenario y habló por el micrófono.
—Muchas gracias por acompañarnos esta noche. Ahora me gustaría proponer un juego. Necesito a alguien que me ayude.
Recorrió a los invitados con la mirada hasta detenerse en Lucía. Un destello de burla fría le cruzó los ojos.
—Usted, señorita. Por favor, suba.
Todas las miradas se volvieron hacia ella.
Lucía se sorprendió. Miró a Natalia, en el escenario, y advirtió con claridad sus malas intenciones.
Ya encontraría la forma de enfrentarse a lo que viniera. Quería ver qué tramaba.
Bajo la mirada de todos, subió con calma y seguridad.
Adrián acababa de regresar después de atender una llamada fuera del salón. Al verla subir, se detuvo en la entrada y no siguió avanzando.