En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.
Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.
Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.
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CAPÍTULO 3: LA FIRMA Y LA SOMBRA
El despacho principal de Don Stefano Moretti parecía una fortaleza dentro de la mansión. Muros recubiertos de caoba oscura, estanterías repletas de volúmenes de derecho comercial e historia italiana, y una imponente mesa de centro de nogal donde ya reposaban dos carpetas de cuero negro con los sellos de ambos clanes.
Cuando Matteo y Elena cruzaron el umbral, el ambiente se volvió aún más denso. Don Vincenzo Romano permanecía sentado en un sillón de orejas, con las manos apoyadas en la empuñadura de plata de su bastón, mientras Don Stefano permanecía de pie junto al ventanal, sosteniendo una pluma estilográfica de oro. A un costado, el abogado de la familia Moretti terminaba de revisar las últimas páginas del documento legal.
—Aquí están los novios —dijo Stefano con una sonrisa calculada que no se reflejaba en su mirada
—. Todo está listo, Vincenzo. Las cláusulas de cesión territorial del muelle tres, los permisos de importación compartidos y las garantías bancarias en Suiza ya han sido verificadas por los asesores de ambas partes.
Don Vincenzo asintió lentamente, dirigiendo sus ojos pequeños y astutos hacia Elena.
—Una mujer hermosa y con carácter, Stefano. Justo lo que la casa Romano necesita para garantizar un linaje fuerte —dijo el patriarca Romano con voz cavernosa—. Acércate, muchacha.
Elena avanzó con paso sereno, aunque el brazo de Matteo, sobre el que aún apoyaba la mano, se sentía rígido como el hierro. Al llegar frente al escritorio, soltó a Matteo y mantuvo la espalda erguida.
—Don Vincenzo —saludó Elena con una leve inclinación de cabeza—. Es un honor tenerlo en nuestra casa.
—El honor será nuestro cuando lleves el apellido Romano, Elena —respondió el anciano, extendiendo una mano llena de anillos para que ella la estrechara. Su tacto era áspero y frío, la piel curtida por décadas de poder absoluto—. Tu padre y yo hemos invertido mucho tiempo en erradicar las diferencias entre nuestros hombres. Este documento es la llave para un imperio invencible. Pero tú eres el candado que mantendrá la puerta cerrada.
—Entiendo mi responsabilidad, Don Vincenzo —contestó Elena, midiendo cada palabra con precisión matemática.
—Excelente —intervino Stefano, golpeando suavemente la mesa con los nudillos—. Procedamos.
El abogado desplegó los contratos sobre la madera barnizada. No se trataba únicamente de un acta de compromiso civil, sino de un protocolo interno de las Familias: una escritura donde se estipulaban las cesiones de derechos comerciales, las compensaciones en caso de ruptura de la tregua y la transferencia de activos a la cuenta mancomunada que se crearía a nombre del nuevo matrimonio.
Stefano estampó su firma con un trazo firme y enérgico, seguido por Vincenzo, quien firmó con pulso lento pero decidido. Luego, el abogado extendió la pluma hacia Matteo.
Matteo dio un paso al frente. Tomó la estilográfica de oro y leyó rápidamente el párrafo final, donde su nombre quedaba ligado de forma irrevocable al de Elena Moretti. Firmó con su trazo estilizado y conciso, el mismo con el que autorizaba transferencias millonarias o transferencias de propiedad. Al terminar, levantó la mirada hacia Elena y le ofreció la pluma.
Elena sostuvo la pluma entre sus dedos largos. La tinta negra parecía una gota de veneno a punto de caer sobre el papel blanco. Durante una fracción de segundo, el tiempo pareció detenerse en la estancia. Su hermano Marco, desde el rincón más oscuro del despacho, la observaba con los brazos cruzados y una expresión de anticipación contenida. Su madre, en la puerta, contenía el aliento.
Es el fin de tu libertad, Elena, se dijo a sí misma. Pero también es la única forma de proteger lo que quieres.
Con trazo elegante y firme, Elena escribió su nombre al lado del de Matteo.
—Consumado está —declaró Stefano con satisfacción no disimulada—. A partir de este momento, cualquier atentado, sabotaje o falta de respeto entre un Romano y un Moretti será considerado un acto de alta traición castigado con la muerte por ambas casas.
Don Vincenzo se puso de pie con dificultad, apoyándose en su bastón. Miró a su hijo y luego a su nueva nuera.
—La boda se celebrará en la Catedral de San Patricio en exactamente treinta días —anunció el viejo Romano—. La recepción será en nuestra propiedad de Long Island. Mañana mismo, las modistas y los organizadores empezarán a trabajar. Elena, tu seguridad a partir de este instante será coordinada de manera conjunta entre la gente de tu padre y la escolta personal de Matteo.
Elena frunció imperceptiblemente el ceño.
—¿Escolta conjunta? Mi padre ya tiene hombres suficientes para custodiarme.
—A partir de hoy, tu vida no solo es valiosa para los Moretti, signorina —dijo Matteo, interviniendo con voz pausada—. Es el activo más valioso de los Romano. Mi hombre de confianza, Gabriel, asumirá la jefatura de tu esquema de protección a partir de mañana por la mañana.
Elena apretó los labios pero no protestó. Sabía que argumentar frente a los tres hombres más poderosos de la sala en ese momento solo demostraría debilidad.
Una hora más tarde, la comitiva de los Romano abandonaba la propiedad Moretti bajo un torrencial aguacero. El convoy de sedanes negros avanzaba a velocidad constante por las carreteras secundarias de Long Island, serpenteando entre los bosques de pinos que bordeaban la costa.
En el interior del vehículo principal, la atmósfera era pesada. Don Vincenzo viajaba en el asiento delantero junto al chófer, mientras Matteo ocupaba la parte trasera en compañía de Gabriel Vance, su guardaespaldas y ejecutor personal desde hacía más de una década. Gabriel era un hombre de cuarenta años, de rostro anguloso, cicatriz en la mandíbula y mirada impenetrable, veterano de las guerras de clanes de los noventa.
—¿Qué te ha parecido la muchacha, Matteo? —preguntó Vincenzo sin girar la cabeza, observando los limpiaparabrisas ir y venir contra el cristal frontal.
—Tiene carácter —respondió Matteo en voz baja, mirando por la ventana—. No es una niña asustada. Sabe en lo que se está metiendo y no va a ponérnoslo fácil.
—El carácter en una mujer es una virtud siempre que sepa mantenerlo bajo control —dijo el patriarca con frialdad—. No permitas que sus humores o sus ideas románticas interfieran con las operaciones. Los Moretti están acorralados por la fiscalía federal; esa es la única razón por la que Stefano aceptó dárnosla. Si ven la menor grieta en ti, usarán a esa chica para filtrarse en nuestras finanzas.
—No habrá grietas, padre.
En ese momento, el teléfono encriptado de Gabriel comenzó a vibrar en su bolsillo táctico. El guardaespaldas atendió la llamada, escuchó en silencio durante apenas cinco segundos y su rostro se endureció de inmediato.
—Matteo —dijo Gabriel con voz baja y urgente, tapando el micrófono con la palma de la mano—. Tenemos un problema en la ruta de regreso. El equipo de vanguardia reporta un bloqueo no programado en el paso elevado de la ruta 25. Dos camiones de carga cruzados.
Antes de que Matteo pudiera responder, un estruendo seco resonó a la distancia, amortiguado por la lluvia y el blindaje del automóvil.
—¡Frenos! —gritó Gabriel.
El chófer pisó el pedal a fondo. Los neumáticos del sedán blindado chirriaron violentamente sobre el asfalto mojado, derrapando varios metros antes de detenerse a escasos centímetros de la parte trasera del primer vehículo del convoy, que había colisionado contra un árbol atravesado en mitad de la carretera.
—¡Nos están emboscando! —exclamó el chófer, echando mano a la funda de su pistola bajo la chaqueta.