En el mundo moderno, Yang Zhang lo tenía todo: diecisiete años, un cuerpo alto (de más de un metro ochenta y ocho), músculos definidos de atleta y la imponente masculinidad del capitán del equipo de baloncesto escolar. Era el escudo de sus amigos y el orgullo de sus padres, dos dentistas de costumbres metódicas. Sin embargo, en un parpadeo, un brutal accidente vehicular destruye su vida y se lleva a sus padres en las llamas.
En el instante previo a la muerte, una entidad fría y enigmática llamada el "Sistema" interviene para salvar su alma. Cuando Zhang abre los ojos, descubre que ha sido transmigrado a un mundo místico de cultivo y clanes marciales, adoptado como el único heredero del sabio líder del Clan Yang.
Pero el cambio no es solo de mundo: al mirarse en el reflejo del agua, Zhang descubre con estupor que ya no posee su cuerpo alto y robusto de deportista. Ahora habita la figura de un joven de facciones delicadas, tez de porcelana, contextura pequeña, delgada y frágil.
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Capitulo 7- La Academia
Tras el regreso del viaje de cacería y las semanas de preparación en sus respectivos territorios, llegó finalmente el momento esperado por todos los jóvenes cultivadores del reino: la partida hacia la afamada Academia Wuyen.
El trayecto en caravana tomó doce largos días cruzando valles y caminos de montaña. Al llegar, la imponente arquitectura de la institución —con sus grandes arcos de piedra blanca, sus jardines de meditación y sus torres de entrenamiento recortadas contra el cielo— recibió a las comitivas de los distintos clanes.
Apenas a la mañana siguiente de su instalación en los dormitorios, el sol ni siquiera había despuntado sobre el horizonte cuando unos golpes firmes sobre la madera de la puerta sobresaltaron a Zhang.
—Zhang... despierta. Son las tres y cuarenta de la mañana —resonó la voz baja y serena de Chen Liu al otro lado.
Zhang abrió los ojos con pesadez, refregándose el rostro de porcelana con las manos pequeñas antes de levantarse a abrir. Al destrabar el cerrojo, se encontró con el segundo amo del Clan Chen de pie en el pasillo, luciendo su uniforme azul impecable y el cabello largo recogido con pulcritud.
—Hace meses que no te veo y me vienes a despertar a las tres y cuarenta —bostezó Zhang, estirando los brazos con pereza—. Chen, ¿siquiera duermes?
—Nos están esperando en la sala principal del tribunal marcial —respondió Chen Liu, mirándolo con esa ligera mezcla de seriedad y atención silenciosa que lo caracterizaba—. Tienes diez minutos.
—Está bien, voy volando —sonrió Zhang, despeinándole el flequillo con descaro antes de correr a cambiarse.
En el gran salón de la academia, el instructor Wuyen Wu los aguardaba con una expresión austera. Frente a él, alineados con solemnidad, se encontraban los profesores del primer nivel: Wuyen Cho, Wuyen No y Wuyen Hisu.
—Los he convocado a esta hora para evaluar su condición física real antes de asignarles su primera misión de campo —comenzó Wuyen Wu sin rodeos—. Síganme al patio de entrenamiento de élite.
El recinto era monumental: un área cerrada de ciento ochenta por ciento veinte metros, equivalente al tamaño de dos grandes campos de fútbol. El suelo de tierra apisonada estaba diseñado para desgastar la pisada de cualquier corredor.
—Daremos inicio con la prueba de resistencia básica —anunció el profesor Wuyen Cho, un hombre de complexión robusta y mirada perspicaz—. Correrán alrededor del perímetro. No se detendrán hasta que yo lo ordene.
Zhang miró la inmensidad de la pista y luego a Chen Liu. Por dentro, el espíritu competitivo del antiguo capitán de baloncesto se encendió de inmediato.
—¿Hacemos una apuesta a ver quién se cansa primero? —le murmuró Zhang a Chen Liu con una sonrisa pícara.
Chen Liu se limitó a ajustar el cinto de su túnica, pero un destello de desafío cruzó por sus ojos oscuros antes de echarse a correr a su lado.
Comenzaron la marcha. Los primeros quince minutos fueron un calentamiento fluido. A la media hora, el ritmo constante que mantenían habría hecho colapsar a cualquier estudiante promedio. Sin embargo, pasaron dos horas completas de carrera ininterrumpida.
Wuyen Cho, que observaba desde el centro con los brazos cruzados, no podía dar crédito a lo que veía. Por lo general, los jóvenes de diecisiete años terminaban jadeando y con las piernas temblando tras cuarenta minutos. Pero frente a sus ojos, Zhang —con su figura menuda y sus túnicas azules revoloteando— avanzaba con la ligereza de una pluma, impulsado por el flujo inagotable de la Recámara Azul. A su lado, Chen Liu corría con una zancada firme y ritmada, sin que una sola gota de sudor le empañara la frente.
—¿De dónde salieron estos dos monstruos...? —pensó el profesor, completamente sorprendido.
—¡Suficiente! ¡Pueden parar! —exclamó Wuyen Cho alzando la mano.
Ambos redujeron el paso hasta detenerse en la línea central.
—Por fin... pensé que nos dejaría aquí hasta el mediodía —comentó Zhang, exhalando un suspiro y limpiándose el cuello con la manga—. ¿Estás bien, Chen?
Chen Liu apenas moduló un soplo de aire por la nariz, asintiendo con la cabeza con total compostura.
—Tienen diez minutos de descanso. Luego pasaremos al duelo de espadas —ordenó Wuyen Cho, entusiasmado por probar la habilidad marcial de los jóvenes—. Lucharán contra mí, uno a uno. Chen Liu, tú primero.
El segundo hijo del Clan Chen dio un paso al frente, tomando una espada de práctica de madera pesada que le ofrecieron en el mostrador.
El combate comenzó de inmediato. El choque de las armas resonó en el patio con violencia. Durante cinco minutos, Chen Liu sostuvo un intercambio impecable contra el instructor, mostrando la técnica elegante y pulida de la casa Chen. De pronto, en un movimiento rápido, Wuyen Cho logró desarmarlo, haciendo volar la espada de madera por el aire.
Aprovechando la apertura, el profesor se abalanzó para dar el golpe final, dando la victoria por sentada. Sin embargo, lo que Wuyen Cho no sospechaba era que Chen Liu guardaba un recurso secreto.
Con un movimiento fluido de su muñeca, Chen Liu desprendió una pequeña daga oculta bajo la manga de su túnica y la detuvo a milímetros de la garganta del profesor.
Wuyen Cho se congeló en el sitio, sintiendo la brisa fría del metal contra su piel.
—Gana... Chen Liu —admitió el profesor con una sonrisa de pura satisfacción—. Excelente uso del factor sorpresa.
—¡Me toca a mí! —gritó Zhang, saltando a la pista con los ojos encendidos de entusiasmo.
—Ven cuando quieras, Zhang —lo desafió Wuyen Cho, reacomodando su guardia.
Zhang no esperó. En lugar de adoptar una postura tradicional, canalizó un destello de energía azul en las plantas de sus pies. Se lanzó hacia adelante a una velocidad tan atronadora que su figura pareció desdibujarse en el aire, dejando tras de sí un halo de luz azulina.
Wuyen Cho pestañeó, pero para cuando intentó reaccionar, sintió el frío de la hoja de madera asentada suavemente sobre su frente. El combate había durado menos de tres segundos.
El profesor se quedó inmóvil, mirando al joven de rostro de porcelana que le sonreía a pocos centímetros con una soltura pasmosa.
—¿De... de dónde sacaste semejante velocidad? —alcanzó a preguntar el instructor, impresionado.
—Es el control de energía que me enseñó mi padre, Yang —respondió Zhang con modestia, guardando la postura—. Y un poco de práctica.
—Increíble... Simplemente increíble —alabó Wuyen Cho—. La última prueba de hoy será la navegación en espada voladora. ¿Traen sus propias armas espirituales?
—Disculpe, no sabia que tendriamos que usarla hoy, como es el primer dia —respondió Chen Liu — No la traje.
—Yo tengo la mía aquí —dijo Zhang.
Sin necesidad de portar una funda visible, Zhang llevó dos dedos al centro de su pecho. Con un leve destello de qi, extrajo su estilizada espada mística directamente del espacio espiritual de su alma. Un hechizo de nivel avanzado que dejó a Wuyen Cho sin palabras una vez más.
Tras prestarle una espada auxiliar a Chen Liu, ambos jóvenes se elevaron sobre sus armas, cruzando el cielo sobre el perímetro del campo con la soltura de quienes habían nacido para volar.
Al aterrizar suavemente sobre el suelo de tierra, Zhang se acercó a Chen Liu y le dio un leve golpe de hombros con complicidad.
—Grandes movimientos con la daga oculta, Chen —le dijo sonriendo.
Chen Liu lo miró en silencio por un segundo, apretando ligeramente los labios.
—Tus movimientos... también fueron respetables, Yang Zhang —respondió Chen Liu en voz baja.
Zhang abrió los ojos con sorpresa y luego soltó una carcajada limpia que resonó en el patio.
—¡Vaya! Dijiste mi nombre completo sin dudar. Parece que por fin te estás acostumbrando a mí.
Chen Liu desvió la mirada con las orejas ligeramente sonrojadas, mientras Wuyen Cho los observaba a lo lejos, convencido de que la nueva generación de los Cinco Clanes estaba a punto de cambiar la historia del reino para siempre.