NovelToon NovelToon
Los Protegeré

Los Protegeré

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Mundo mágico / Venganza
Popularitas:364
Nilai: 5
nombre de autor: Leandro Martin Diaz

En un pequeño orfanato una niña no sabe que será una de los pocos sobrevivientes y quién era como su madre da la vida par aque ellos puedan escapar.
Decidida y con una promesa echa a la lus de luna, jura proteger a quienes sobrevivieron y a los que la necesiten.

NovelToon tiene autorización de Leandro Martin Diaz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: La puerta del gremio

Ardentia era demasiado grande para Elia.

Lo supo apenas cruzó la puerta principal, en Valdoria podía caminar desde la Casa de las Luciérnagas hasta el río sin perder de vista la torre del campanario.

En Ardentia, las calles doblaban entre edificios altos y parecían continuar para siempre.

Había carruajes en todas partes, vendedores que gritaban sus precios, soldados que vigilaban las esquinas y personas con armas colgadas de la cintura.

Algunas llevaban espadas, otras, hachas, arcos o bastones.

Una mujer pasó junto a Elia con una capa cubierta de escamas verdes, un hombre enorme cargaba un martillo tan grande que ella tuvo que apartarse para no recibir un golpe.

Más adelante, un muchacho caminaba con una pequeña criatura peluda sobre el hombro, la criatura bostezó, mostró cuatro colmillos y volvió a esconderse bajo el cuello de su dueño.

Elia miraba todo con la boca abierta.

—Cerrá la boca.

Le dijo Tarin.

—Vas a tragarte alguna mosca.

—En Ardentia las moscas deben ser enormes.

—No les des ideas.

Dalia caminaba delante de ellos, la caravana avanzaba despacio entre la gente y sus hombres mantenían a los niños juntos para que nadie se perdiera.

Aunque ya habían cruzado las puertas, la mujer seguía vigilando los tejados, los callejones y las manos ajenas.

Elia notó que no confiaba completamente en la gente de la ciudad.

Eso le gustó.

Después de lo ocurrido en Valdoria, desconfiar le parecía más sensato que sonreírle a todo el mundo.

El primer destino de la caravana fue una plaza amplia, rodeada de tiendas y edificios de piedra roja. En el centro había una fuente con una estatua de un aventurero sosteniendo una espada hacia el cielo.

La estatua tenía una placa en la base, pero Elia no alcanzó a leerla porque un carruaje pasó delante de ella.

—¿Vamos al gremio?

Preguntó.

Dalia asintió.

—Primero vamos a dejar constancia de lo ocurrido. Después veremos dónde pueden quedarse ustedes.

—¿Nos vamos a quedar juntos?

Preguntó Nima.

Dalia guardo silencio unos segundos.

–Veremos.

Elia sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.

Tarin miró a Dalia.

—¿Qué significa “veremos”?

—En Ardentia hay refugios para los niños que llegan sin familia. Allí van a tener camas, comida y personas que puedan cuidarlos.

—Nosotros podemos cuidarnos.

Dijo Tarin.

—Algunos de ustedes sí. Los más pequeños no deberían depender de un chico de once años con un golpe en la costilla.

Tarin quiso protestar, pero llevó una mano al pecho y se quedó callado.

Elia agarró la mano de Nima.

—No nos vamos a separar.

—Nadie dijo que se van a separar.

Respondió Dalia.

—Lo pensaste.

Dalia la miró por encima del hombro.

—Pensé que necesitan un lugar seguro.

—La Casa de las Luciérnagas era segura.

Dalia no encontró una respuesta para eso.

El edificio del gremio ocupaba casi toda una esquina de la plaza. Era más grande que cualquier construcción de Valdoria, con dos pisos, ventanales altos y una puerta de madera reforzada con placas de metal.

Sobre la entrada estaba el emblema que Elia había visto desde lejos, una espada cruzada con un bastón mágico.

A ambos lados de la puerta habían colocado tablones llenos de papeles, algunos tenían dibujos de monstruos.

Otros anunciaban escoltas, búsquedas, recolección de hierbas o trabajos para reparar caminos.

Un papel mostraba la imagen de una criatura con seis patas y una recompensa de varias monedas de oro.

Elia se detuvo frente al dibujo.

—¿Eso existe?

—Existía cuando alguien dibujó el aviso.

Dijo Tarin.

—¿Y quién lo mató?

—No lo sé.

—Podríamos preguntar.

—No.

—Solo sería una pregunta.

—Elia, no.

Dalia empujó la puerta.

El interior era aún más ruidoso que la plaza, había mesas largas ocupadas por aventureros, una barra donde se servía comida y varias personas detrás de un mostrador lleno de libros y documentos.

En la pared del fondo colgaban escudos, mapas y armas rotas, un hombre con una venda en la nariz discutía con una mujer de cabello violeta, mientras un grupo de jóvenes se reía alrededor de una jarra.

Cerca de la escalera, alguien dormía con la cabeza apoyada sobre una mochila.

Elia había imaginado que el Gremio de Aventureros sería un lugar solemne, lleno de héroes que hablaban en voz baja.

En cambio, olía a sopa, cuero mojado, metal y cerveza.

—Es un poco menos impresionante de lo que esperaba.

Susurró.

—Dilo más fuerte.

Dijo Tarin.

—Seguro que alguien te escucha.

—No hace falta. Ya te escuché yo.

La voz venía de la derecha.

Una mujer alta estaba sentada sobre una mesa, limpiando una espada con un paño. Tenía el cabello negro cortado a la altura de la mandíbula y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja.

Su armadura era sencilla pero llevaba una insignia plateada en el hombro.

Elia vio el emblema y lo reconoció por las conversaciones de la caravana.

Rango Plata.

La mujer dejó de limpiar la espada.

—¿Son los sobrevivientes de Valdoria?

Preguntó.

Dalia asintió.

—Llegaron con nosotros esta mañana.

La aventurera dejó de limpiar la espada.

—¿Cuántos?

—Diecisiete.

—Creí que no había sobrevivientes.

—La información cambia cuando alguien se toma el trabajo de buscarlos.

La mujer observó a Dalia con una expresión que parecía respeto.

—Neris Val.

Se presentó.

—Rango Plata.

—Dalia Venn. Comerciante y según el día, escolta improvisada.

Neris bajó de la mesa.

—El maestro Orven está en su despacho. Llévalos con él.

—Eso pensaba hacer.

Neris miró a Elia.

—¿Y tu? ¿También eres una escolta improvisada?

Elia sostuvo la mirada.

—Soy una aventurera.

Tarin cerró los ojos.

Dalia suspiró.

Neris sonrió apenas.

—¿Ah, sí?

—Todavía no, pero lo voy a ser.

—Eso es diferente.

—No mucho.

—Depende de cuánto te guste conservar los huesos en su lugar.

Elia bajó la vista hacia la espada de Neris.

—¿Mataste muchos monstruos?

—Algunos.

—¿Más grandes que los lobos de ceniza?

La sonrisa de Neris desapareció.

—¿Viste lobos de ceniza?

Elia asintió.

—Uno entró al sótano.

Neris miró a Dalia.

—¿Ella estuvo en el ataque?

—Todos ellos.

Respondió Dalia.

—No me preguntes cómo sobrevivieron. Todavía no lo sé.

Neris volvió a mirar a Elia, esta vez con más atención.

—¿Y tu qué hiciste?

Elia recordó el agua golpeando las patas del monstruo, el fuego alrededor de sus brazos y el rayo recorriendo sus dedos.

No sabía si debía contarlo, Mara le había enseñado que algunas cosas debían guardarse hasta saber en quién confiar.

—Corrí.

Dijo.

Neris no pareció creerle, pero tampoco insistió.

El despacho del Maestro del gremio estaba en el segundo piso, antes de entrar Dalia les pidió a los niños que esperaran en el pasillo.

Elia se negó a soltar la mano de Nima, así que entró con ellos, Tarin también pasó, aunque su herida le hacía caminar más despacio.

El hombre detrás del escritorio era más joven de lo que se esperaría de un maestro de gremio, tenía el cabello castaño, algunas canas en la barba y una venda alrededor de la muñeca.

La habitación estaba llena de mapas, algunos mostraban rutas comerciales, otros señalaban zonas donde habían aparecido monstruos.

En una pared había un tablero con los nombres y rangos de muchos aventureros.

Orven levantó la vista.

—Dalia.

—Maestro.

—¿Qué ocurrió?

Dalia contó la historia habló del ataque, de las murallas rotas, de los monstruos y de los niños encontrados junto al camino.

Orven escuchó en silencio, solo interrumpió para preguntar cuántos lobos habían visto, qué dirección habían tomado y cuánto tiempo había pasado desde la caída de Valdoria.

Cuando terminó, escribió varias notas.

—Enviaré un informe a la capital.

Dijo.

—También mandaremos exploradores cuando tengamos suficientes hombres.

—¿No fueron todavía?

Preguntó Dalia.

Orven apretó la mandíbula.

—Se enviaron dos grupos. Ninguno regresó.

Elia miró los mapas.

—¿Por qué no van todos juntos?

—Porque una ciudad no puede quedarse sin defensas solo para recuperar una ciudad que quizá ya no pueda recuperarse.

—Eso es horrible.

—Sí.

La respuesta directa la sorprendió.

Orven no intentó decir que todo estaría bien, no hizo promesas diciendo que Valdoria volvería a levantarse.

No dijo que Mara podía estar viva, solo aceptó que la situación era horrible.

A Elia le pareció más honesto que las palabras del capitán.

—Necesitamos un lugar para los niños.

Dijo Dalia.

—La Casa de los Puentes todavía tiene espacio. Enviaré un mensaje para que los reciban.

—¿Todos juntos?

—Haré lo posible.

—No.

Dijo Elia.

Todos la miraron.

Elia sintió miedo, pero no bajó la cabeza.

—No quiero ir a una casa donde no conozco a nadie.

—Es un refugio.

Explicó Orven.

—Allí habrá comida, camas y personas encargadas de cuidarlos.

—Nosotros ya teníamos eso.

Orven miró a Dalia, la mujer no intervino.

—La Casa de las Luciérnagas desapareció.

Dijo el maestro del gremio.

—Lo siento.

Elia sintió que la palabra le raspaba la garganta.

—Entonces voy a hacer otra.

—¿Qué cosa?

—Una casa. Para nosotros. Para los niños que no tienen a dónde ir.

Orven se recostó en su silla.

—Eso es un proyecto enorme.

—Voy a hacerlo igual.

—¿Cómo?

Elia no tenía una respuesta, miró sus manos pequeñas con barro seco entre los dedos y un rasguño en la palma.

—Voy a ser aventurera.

Tarin murmuró algo que sonó parecido a “ahí vamos de nuevo”.

Orven no se rio.

—¿Sabés qué hace un aventurero?

—Mata monstruos, rescata personas y consigue dinero.

—También pasa hambre, se pierde, se rompe huesos y toma decisiones que pueden matar a otros. El gremio no es una escuela para héroes, es una organización que acepta trabajos y paga por ellos. Algunos aventureros son valientes, otros son imprudentes yuchos son las dos cosas.

—Yo quiero ser aventurera.

—Eso ya lo dijiste.

—Lo digo en serio.

Orven se levantó, rodeó el escritorio y se detuvo frente a ella.

No era tan alto como algunos hombres de la planta baja, pero imponía respeto, Elia tuvo que levantar la cabeza para mirarlo.

—El gremio no tiene una edad mínima fija.

Dijo.

—Cualquiera puede presentarse si está dispuesto a aceptar las condiciones, primero se evalúan sus capacidades. Después se decide qué puede hacer, qué misiones son demasiado peligrosas, pero voy a ser claro: si alguien no tiene potencial, entrenamiento o sentido común y aun así insiste en salir, el gremio no se hará responsable de lo que le ocurra.

—¿Aunque sea un niño?

—Aunque sea un niño.

—¿Aunque sepa hacer magia?

—La magia no te protege de una espada, de una caída o de tu propia estupidez.

Neris, que había permanecido junto a la puerta, soltó una pequeña risa.

—Orven suele decir eso antes de que alguien intente incendiar el patio.

Elia miró al maestro.

—¿Y si tengo potencial?

—Entonces tendrás que demostrar que también puedes aprender.

—¿Me van a dejar ser aventurera?

—Te voy a dejar presentarte a una evaluación. No es lo mismo.

Elia aceptó la diferencia, no estaba satisfecha pero era más de lo que tenía antes de entrar en el edificio.

—Quiero hacerla.

—Ahora mismo no.

—¿Por qué?

—Porque llevás varios días caminando bajo la lluvia, tienes hambre, estás agotada y acabás de sobrevivir a un ataque. Una evaluación mide lo que podés hacer, no cuánto podés hacer cuando estás a punto de desmayarte.

Elia abrió la boca para protestar, pero no encontró un argumento.

Su estómago eligió ese momento para rugir.

Neris se cubrió la boca para ocultar una sonrisa.

Orven suspiró.

—Primero van a comer, después irán a la Casa de los Puentes. Mañana, si todavía querés ser aventurera, volverás y hablaremos.

—Voy a volver.

—Eso imaginé.

Dalia llevó a los niños a una sala común del gremio, les sirvieron sopa, pan caliente y leche.

Elia comió tan rápido que Neris le tuvo que apartar el plato para evitar que se atragantara.

—Despacio.

Le dijo.

—Si como despacio, alguien puede quitármelo.

—En este lugar no.

—En Valdoria tampoco, hasta que aparecieron los monstruos.

Neris se quedó en silencio.

Elia se dio cuenta de que había hablado demasiado tarde.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte.

—Todos dicen eso cuando quieren que deje de hablar.

—Yo no.

Neris le devolvió el plato.

—Pero sí tienes que aprender cuándo mirar alrededor antes de hacer algo peligroso.

Elia comió más despacio, aunque no demasiado.

La Casa de los Puentes quedaba a unas seis calles del gremio, era un edificio ancho de paredes amarillas y ventanas verdes.

Allí vivían niños de diferentes edades, algunos sin padres y otros separados de sus familias por guerras, enfermedades o deudas.

Una mujer llamada Madre Liria recibió al grupo en la entrada, era pequeña, tenía la espalda encorvada y una voz capaz de atravesar dos habitaciones.

—¿Cuántos son?

—Diecisiete.

Respondió Dalia.

—Diecisiete son muchos.

—Lo sé.

Madre Liria miró a los niños y luego abrió la puerta.

—Entonces habrá que hacer espacio.

Elia entró sin soltar a Nima.

No era la Casa de las Luciérnagas, las paredes eran limpias, las camas estaban ordenadas y había suficiente luz, pero faltaba el olor de Mara.

No había una campana pequeña junto a la escalera, no había una escoba apoyada en la cocina, no había una voz diciendo que nadie podía tomar dos postres antes de la cena.

Nima observó la habitación donde dormirían las niñas pequeñas.

—¿Puedo quedarme con Elia?

Madre Liria miró a Elia.

—¿Tu sos la mayor?

—No. Tarin es mayor.

—Pero ella cuida a todos.

Dijo Nima.

Elia no supo qué responder.

Madre Liria no intentó separarlas.

—Pueden dormir juntas por esta noche. Mañana veremos cómo organizamos las habitaciones.

—¿Y Tarin?

—Los varones duermen en el ala de atrás.

—¿Podemos verlo?

—Después de la cena.

Elia no estaba conforme, pero aceptó, antes de subir las escaleras, miró hacia la calle.

Desde allí todavía podía verse la parte más alta del edificio del gremio.

El símbolo de la espada y el bastón sobresalía por encima de los tejados.

Al día siguiente volvería.

No importaba lo que dijera Orven, no importaba si le decían que era demasiado pequeña, demasiado débil o demasiado terca. Ella iba a convertirse en aventurera.

No por gloria.

No por las riquezas.

Lo haría por los niños que habían escapado con ella, por los que algún día encontraría en los caminos.

Por los que todavía estaban encerrados en lugares que nadie conocía.

Y también por Mara.

Esa noche, Elia acostó a Nima y esperó hasta que la niña se quedó dormida.

Después se sentó junto a la ventana, sobre el vidrio la lluvia dibujaba caminos torcidos.

Elia apoyó un dedo en el cristal.

Una gota se detuvo y comenzó a subir lentamente.

Ella la observó con concentración, la gota tembló, se estiró y cayó de nuevo.

Elia frunció el ceño.

—Mañana lo haré mejor.

Susurró.

En la habitación de al lado, alguien roncó, en el patio un perro ladró, Ardentia continuó despierta mucho después de que los niños cerraran los ojos.

Elia no sabía cuánto tardaría en volverse fuerte.

No sabía cuántos años tendría que entrenar, cuántos errores cometería o cuántas veces tendría que empezar desde cero.

Pero por primera vez, su futuro no parecía un camino que alguien más había elegido por ella.

Al amanecer regresaría al gremio y pediría que le enseñaran a convertirse en aventurera.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play