Una noche de celebración universitaria terminó convirtiéndose en una tragedia que dos jóvenes jamás pudieron comprender. Víctimas de una cruel broma organizada por estudiantes privilegiados, él terminó hospitalizado y ella despertó sola, sin recuerdos claros de lo sucedido. Mientras la familia del muchacho lo llevaba de regreso a Europa, ambos continuaron sus vidas ignorando que aquella noche había dejado una consecuencia imposible de borrar.
Siete años después, ella es una mujer independiente, trabajadora y madre de un niño de seis años, al que ha criado con todo el amor que nunca tuvo. Su mundo se derrumba cuando un accidente obliga a su pequeño a someterse a una operación urgente y el hospital informa que necesita transfusiones de un grupo sanguíneo extremadamente difícil de conseguir.
Una convocatoria de donantes llega hasta un hombre que lleva años colaborando con bancos de sangre. Sin imaginarlo, decide acudir para salvar la vida de un niño desconocido
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Capítulo 6: Sombras conocidas y un pacto de silencio
Francesco sintió una corriente helada bajándole por la espalda.
Dio dos pasos hacia la puerta de la habitación y le hizo una seña a Celeste para salir al pasillo. Emilia miró a Ricardo y a Beatriz, que se habían quedado junto a la cama acomodando los lápices nuevos de Gabriel, y los siguió de inmediato. No quería que su hijo escuchara una sola palabra sobre abogados ni acuerdos turbios.
Al cerrarse la puerta de la habitación 214, el silencio del corredor volvió a rodearlos.
—Ese estudio jurídico —dijo Francesco, con una voz baja y tensa que no ocultaba su enojo— no trabaja solo. Barrenechea es apenas el abogado de choque que mandan para tapar escándalos. El verdadero dueño detrás de Inversiones del Plata, y quien financia cada una de esas empresas pantalla, es Luciano Devereaux.
Emilia se quedó helada. Al escuchar ese apellido, un zumbido agudo le llenó los oídos.
—¿Devereaux? —repitió ella, sintiendo cómo se le erizaba la piel—. ¿Luciano Devereaux?
Celeste miró a Francesco con sorpresa y agudeza profesional:
—Exacto. La familia Devereaux maneja puertos privados y complejos inmobiliarios en toda la costa. Tienen jueces y fiscales comiendo de su mano. Pero me llama la atención... ¿cómo conoce usted tan bien la estructura de esa gente, señor De Santis?
Francesco apretó la mandíbula. No podía contarles todo porque ni él mismo tenía las respuestas completas, pero el pasado acababa de plantarse frente a sus ojos con una crudeza brutal:
—Mi familia tiene negociaciones comerciales con el grupo Devereaux en Europa. Conozco su manera de operar. Cuando cometen un delito o provocan un desastre, nunca van a juicio; compran el silencio de las víctimas antes de que la prensa se entere. Mandan autos caros, ofrecen sumas ridículas y, si la otra parte se niega, empiezan las presiones.
Emilia apretó los puños a los costados del cuerpo. La imagen de la fiesta de graduación de hacía siete años, las risas crueles de los estudiantes más ricos de la facultad y la sensación de haber sido tratada como un objeto descartable volvieron a quemarle el pecho con una furia viva:
—No voy a aceptar un solo centavo de esa gente. Ni uno.
Celeste asintió con firmeza:
—Por supuesto que no, Emi. La propuesta de ellos es pagar todos los gastos médicos del hospital privado que elijamos, más una indemnización millonaria a cambio de firmar un desestimiento penal completo y una cláusula de estricta confidencialidad. Quieren que digamos que fue un accidente fortuito y que el conductor se descompensó al volante.
—Casi matan a mi hijo —la voz de Emilia tembló de pura rabia, pero sus ojos claros brillaban con una dignidad inquebrantable—. Ricardo casi pierde el brazo intentando protegerlo. Si creen que porque venimos de una familia humilde nos van a comprar con un cheque para tapar su porquería, no tienen idea de con quién se están metiendo. Quiero que la fiscalía investigue. Quiero saber quién manejaba esa camioneta y quiero que pague en la cárcel.
Francesco la miró fijamente.
Ver la entereza de esa mujer, parada en el pasillo de un hospital público, dispuesta a enfrentarse a uno de los clanes más poderosos del país sin dar un paso atrás, le despertó una admiración que lo desarmó por completo. En su mundo, la gente medía el poder por el tamaño de las cuentas bancarias; Emilia lo medía por la justicia y el amor a su hijo.
—Hacerles frente no va a ser fácil, Emilia —advirtió Francesco con suavidad, dando un paso más cerca de ella—. Luciano Devereaux no está acostumbrado a que nadie le diga que no. Va a usar sus contactos para trabar las pericias del choque.
—Que lo intente —intervino Celeste, con una sonrisa fría de abogada que huele sangre en el expediente—. Yo no le tengo miedo a su apellido. Ya pedí las copias de seguridad de las cámaras de tránsito a la central de monitoreo antes de que las borren. Y si tocan a un solo testigo, les meto una denuncia por encubrimiento agravado que va a salir en todos los diarios.
En ese momento, la puerta del cuarto se abrió y Nicolás Ferrari salió con una carpeta médica bajo el brazo. Al ver al trío conversando en voz baja, se acercó despacio, guardándose el estetoscopio en el bolsillo:
—Gabriel está impecable. La presión se mantiene estable y la hemoglobina subió dos puntos gracias a la transfusión. Le acabo de retirar la vía central. Si sigue respondiendo así durante el fin de semana, el lunes podríamos pensar en darle el alta para que continúe la recuperación en su casa con el yeso.
Emilia dejó escapar un suspiro hondo, como si por fin pudiera soltar el aire que tenía retenido en el pecho:
—Gracias a Dios... Gracias, Nicolás.
—Agradécele a su cuerpo, que es fuerte como un roble, y a la sangre del señor De Santis —respondió el pediatra, dedicándole una mirada cálida a Francesco antes de volverse hacia Celeste con una media sonrisa—. Aunque veo que la doctora Vélez ya está armando una trinchera en el pasillo. ¿Te acordaste de tomar un café hoy, Celeste, o te alimentás únicamente de códigos procesales?
Celeste rodó los ojos con picardía, aunque sus mejillas tomaron un leve tono rosado:
—Me alimento de hacer cumplir la ley, Ferrari. Algo que a ustedes los médicos a veces se les olvida cuando firman altas apurados.
—Cuando quieras te doy una clase sobre prioridades clínicas —retrucó él con una chispa divertida en la mirada, demostrando una complicidad cotidiana que a Emilia logró sacarle una pequeña sonrisa en medio de tanta angustia.
Nicolás se despidió con un gesto amable y volvió hacia la estación de enfermería.
Francesco miró su reloj pulsera. Eran casi las doce del mediodía y su teléfono corporativo no paraba de vibrar en silencio en el bolsillo del saco. Sabía que las presiones desde Milán y los llamados de su hermano Máximo iban a arreciar en cualquier momento, pero la sola idea de alejarse de ese hospital y dejar a Emilia desprotegida frente a las maniobras de Devereaux le resultaba insoportable.
—Emilia —dijo él, captando su atención con tono sereno—. Me tengo que retirar por unos compromisos de trabajo, pero quiero pedirle algo.
Ella levantó la vista, encontrándose con esa mirada azul que le transmitía una seguridad inexplicable:
—Dígame.
—Si ese abogado o cualquier persona vinculada a Inversiones del Plata se acerca a usted, a su trabajo o a su casa para presionarla, llámeme de inmediato. Tienen mi número en la tarjeta.
Emilia frunció un poco el ceño, agradecida pero manteniendo esa independencia que siempre la había caracterizado:
—Francesco, ya hizo más que suficiente por nosotros. Le salvó la vida a Gabriel. No tiene por qué meterse en nuestros problemas legales ni enfrentarse a gente peligrosa por nuestra culpa.
—No lo hago por compromiso, Emilia —respondió él, bajando un tono la voz, y por una fracción de segundo sus dedos rozaron suavemente el brazo de ella, provocándole un cosquilleo cálido que la dejó sin palabras—. Lo hago porque quiero. Gabriel es un chico extraordinario. Y usted... usted no merece pelear sola contra esa gente.
Emilia sintió que el corazón le daba un vuelco extraño en el pecho. No supo qué contestar; solo pudo asentir en silencio, conmovida por la mirada limpia y protectora del italiano.
Francesco saludó a Celeste con una inclinación de cabeza y caminó hacia los ascensores.
Al salir a la calle, el sol del mediodía caía pesado sobre el asfalto. Francesco subió a su auto, cerró la puerta y marcó un número internacional en el tablero digital.
La llamada se conectó al tercer tono.
—Francesco —atendió Antoine desde París—. ¿Cómo fue la firma del puerto? Máximo me dijo que lograste cerrar el contrato esta mañana.
—El contrato está cerrado, Antoine. Pero surgió algo mucho más grave —dijo Francesco, encendiendo el motor sin arrancar todavía—. La camioneta que casi mata al nene que recibió mi sangre pertenece a Inversiones del Plata.
Un silencio pesado cayó al otro lado de la línea. Antoine conocía los secretos de la familia De Santis y la historia de aquella noche universitaria tan bien como él:
—Devereaux...
—Luciano Devereaux está detrás de la empresa. Ya mandó a sus abogados a ofrecer millones para callar a la madre del chico antes de que se investigue el accidente —continuó Francesco, con la voz cargada de una furia fría—. Antoine, necesito que contactes a tu gente en la fiscalía europea y rastrees todo lo que se archivó sobre aquella fiesta de graduación hace siete años. Los nombres de los becados, los informes médicos que mi padre mandó a sellar... todo.
—Francesco, si abres esa caja, tu familia se te va a venir encima —advirtió Antoine con tono grave—. Tu madre no va a permitir que remuevas el pasado.
Francesco miró hacia el cuarto piso del hospital, donde una ventana abierta dejaba ver una cortina blanca moviéndose con el viento:
—Mi familia ocultó la verdad durante siete años para salvar las apariencias, Antoine. Pero esta vez casi destruyen la vida de un nene inocente. Averigua todo lo que puedas sobre esa noche. Porque no pienso parar hasta saber qué fue lo que nos hicieron.