Faltaban veintitrés días para mi boda cuando descubrí que el príncipe Cassiel planeaba matarme después de convertirse en emperador.
Esa misma noche, mi padre apareció muerto.
Solo tenía una forma de escapar de mi prometido: casarme con su hermano mayor.
Killian, el príncipe maldito que todo el Imperio temía.
Creí que estaba eligiendo al menor de dos monstruos.
Hasta que llegué al Norte y miles de soldados se arrodillaron ante mi esposo.
—Bienvenido a casa, mi rey.
Entonces se arrodillaron ante mí.
—Bienvenida, mi reina.
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Capítulo 3: Cásate conmigo.
Encontrar al hombre más temido del Imperio resultó sorprendentemente sencillo.
Lo difícil fue convencer a sus guardias de que no estaba loca.
—Lady Alamea Aster solicita una audiencia con el Príncipe Killian.
El hombre frente a mí no se movió.
Era enorme, llevaba una armadura oscura y tenía una cicatriz que atravesaba su ceja izquierda. Me observó durante varios segundos antes de dirigir la mirada hacia mi vestido negro de luto.
—Su Alteza no recibe visitas.
—Dígale que soy la prometida del Príncipe Cassiel.
Su expresión cambió apenas.
—Eso disminuye considerablemente sus posibilidades de ser recibida.
Apreté los labios.
Killian se alojaba en la Fortaleza de Vhal, una antigua residencia imperial situada en los límites occidentales de la capital. Había llegado allí antes del amanecer, después de abandonar la mansión por una salida utilizada por los sirvientes.
Cassiel había colocado guardias imperiales alrededor de mi casa.
Por mi seguridad, supustamente...
—Entonces dígale que soy la hija de Helena Aster.
Esta vez el guardia reaccionó.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Espere aquí.
Desapareció tras las enormes puertas.
No tuve que esperar demasiado.
Cuando regresó, se apartó.
—Su Alteza la recibirá.
Atravesé las puertas.
El interior de la fortaleza era completamente diferente al Palacio Imperial. No había mármol blanco ni enormes tapices. Las paredes eran de piedra oscura, las chimeneas ardían a pesar de que todavía no había comenzado el invierno y todos los hombres que encontré en los corredores estaban armados.
Aquello no parecía una residencia.
Parecía un lugar preparado para soportar un asedio.
El guardia se detuvo frente a una puerta aún más grande.
—Entre, por favor.
—¿No anunciará mi presencia?
—Él ya sabe que está aquí.
Aquello no fue inquietante en absoluto.
Entré.
Killian estaba de espaldas.
Mi primera impresión fue que los rumores habían omitido un detalle bastante importante.
Era enorme.
No únicamente alto. Había algo en la anchura de sus hombros y en la forma en que ocupaba el espacio que hacía que la habitación pareciera demasiado pequeña.
Vestía completamente de negro. Su cabello, también negro, rozaba ligeramente el cuello de la camisa y una espada descansaba sobre la mesa.
Killian observaba un mapa extendido frente a él.
—Cierra la puerta.
Su voz era grave.
Obedecí.
El sonido de la puerta al cerrarse me recordó que acababa de encerrarme voluntariamente con un hombre acusado de asesinar a cuarenta soldados.
Magnífico.
Killian levantó finalmente la mirada.
Sus ojos eran grises.
No el gris suave de un cielo nublado, sino uno tan pálido que por un instante comprendí de dónde provenían algunas de las historias sobre él.
Me examinó sin ningún intento por disimularlo.
—Alamea Aster.
No era una pregunta.
—Príncipe Killian.
Una sombra de diversión cruzó su rostro.
—Hace doce años que nadie pronuncia ese título con tanto entusiasmo.
No había pronunciado absolutamente nada con entusiasmo.
—Necesito hablar con usted.
—Eso supuse cuando apareció frente a mi fortaleza antes del amanecer.
Killian se apoyó contra la mesa.
—Aunque debo admitir que esperaba que la prometida de mi hermano llegara acompañada por un ejército.
—No soy su prometida por elección.
—Curioso. Según recuerdo, llevas comprometida con él desde que eras una niña.
Aquello dolió más de lo que debería.
Saqué la carta de mi padre.
—Mi padre murió ayer.
La expresión de Killian cambió.
La diversión desapareció.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Las noticias importantes viajan rápido.
—Mi padre dejó esto.
Coloqué la carta sobre la mesa.
Killian no la tomó.
Sus ojos permanecieron sobre mí.
—Antes de morir estaba investigando la muerte de mi madre.
Silencio.
—Y dejó su nombre.
Eso consiguió una reacción.
Muy pequeña, pero la vi.
Killian tomó finalmente la carta.
Mientras leía, su rostro se volvió imposible de interpretar.
—¿Qué sabe sobre Helena Aster?
—Más de lo que deberías estar preguntando en voz alta.
—Era mi madre.
—Precisamente.
Me acerqué.
—Cassiel sabe que mi padre estaba investigando su muerte.
Killian levantó los ojos.
—¿Cómo sabes eso?
Respiré profundamente.
No había forma elegante de explicarlo.
—Porque ayer escuché a Cassiel hablando con mi prima sobre cómo planeaban asesinarme.
Por primera vez desde que había entrado, conseguí sorprenderlo.
Killian dejó lentamente la carta sobre la mesa.
—¿Mi hermano planea asesinar a su futura esposa?
—Después de casarse conmigo.
—Eso es mucho más considerado.
Lo miré incrédula.
—¿Le parece divertido?
—Me parece muy propio de Cassiel.
Comenzó a caminar hacia una mesa lateral.
—Necesita mi patrimonio, las tropas de mi familia y mi posición dentro del Consejo —continué—. Después de convertirse en Emperador, dejaré de serle necesaria.
Killian sirvió una bebida.
—Entonces no te cases con él.
Lo observé.
—Qué extraordinaria solución. No puedo creer que no se me hubiera ocurrido.
Killian bebió mientras me estudiaba por encima de la copa.
—Quizá sí eres la futura emperatriz perfecta.
Decidí ignorarlo.
—Mi compromiso fue firmado por nuestros padres y ratificado por el emperador. Ahora que mi padre está muerto, romperlo requeriría autorización de la Corona.
—Autorización que por supuesto mi padre jamás concederá.
—Exactamente.
—Entonces tienes un gran problema.
—Por eso estoy aquí.
Killian dejó la copa.
Había llegado el momento.
Durante el trayecto hasta aquí había repetido aquellas palabras tantas veces que habían perdido todo sentido. Sin embargo, frente a él parecían una completa locura.
Tal vez lo eran.
—Cásese conmigo.
El silencio fue absoluto.
Killian me miró.
Yo lo miré.
Una madera crepitó dentro de la chimenea.
Entonces él rio.
No fue una carcajada. Apenas un sonido grave acompañado por una sonrisa que consiguió irritarme más de lo esperado.
—¿He dicho algo gracioso?
—Ha dicho muchísimas cosas, pero esa ha sido particularmente buena.
—Hablo en serio.
—Eso es lo preocupante.
Se acercó.
Tuve que levantar ligeramente la cabeza cuando se detuvo frente a mí.
—¿Quieres que me robe a la prometida de mi hermano?
—Quiero dejar de ser su prometida.
—Podrías huir.
—Me encontraría.
—Probablemente.
—Podría pedir protección a otra familia.
—Las familias nobles te devolverían a Cassiel antes de la cena.
—También lo sé.
Killian inclinó ligeramente la cabeza.
—Has pensado bastante en esto.
—No dormí mucho.
—Y decidiste que casarte con un hombre al que todo el Imperio considera un monstruo era tu mejor opción.
—No mi mejor opción. Mi única opción.
Sus ojos se endurecieron.
Había cometido un error.
—Entonces busca otra.
Killian dio media vuelta.
—Puedo demostrar que fue incriminado.
Se detuvo.
El aire de la habitación pareció cambiar.
—Ten cuidado con lo que dices ahora, Alamea.
Era la primera vez que pronunciaba mi nombre sin título.
Saqué del interior de mi capa otra hoja que había encontrado doblada dentro de la carta.
—Mi padre investigaba Vhalen.
Killian se volvió.
—Encontró nombres. Fechas. Pagos realizados por miembros de la Corte semanas antes de la masacre. No entiendo todo lo que significan, pero usted probablemente sí.
Extendí el documento.
Esta vez Killian lo tomó inmediatamente.
Lo observé leer.
Su mandíbula se tensó.
—¿Dónde conseguiste esto?
—Ya se lo dije.
—¿Quién más sabe que existe?
—Nadie.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Ahora sí tienes un problema.
—Tenemos.
Killian levantó una ceja.
—Todavía no estamos casados.
—Podríamos solucionarlo.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Esta vez no parecía divertida.
Parecía peligrosa.
—Supongamos que acepto. ¿Qué obtengo?
—La Casa Aster.
—No la quiero.
—Su ejército.
—Tengo uno.
—Dinero.
—Tengo suficiente.
Aquello comenzaba a resultar irritante.
—Entonces dígame qué quiere.
Killian dejó el documento sobre la mesa.
—La verdad.
No necesité preguntar sobre qué.
Vhalen.
Su caída.
Mi madre.
Todo parecía estar conectado.
—Entonces ayúdeme a encontrarla.
Nos observamos durante varios segundos.
Finalmente, Killian extendió la mano.
—Un año.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Permaneceremos casados durante un año. Tú tendrás mi protección. Yo tendré acceso a todo lo que tu padre descubrió. No interferirás con mis asuntos en el Norte y yo no interferiré con los tuyos aquí en el Sur.
Miré su mano.
—¿Y después?
—Si ambos seguimos vivos, discutiremos el divorcio.
No era exactamente la frase que una joven soñaba escuchar antes de casarse.
Pero mi futuro esposo anterior planeaba asesinarme, así que mis estándares habían sufrido algunos ajustes.
Puse mi mano sobre la suya.
—Acepto.
Los dedos de Killian se cerraron alrededor de los míos.
Durante un instante sentí algo extraño.
Una corriente helada recorrió mi brazo.
Killian soltó mi mano inmediatamente.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurrió?
—Nada.
Mintió.
Antes de que pudiera insistir, abrió la puerta.
—Ronan.
El guardia de la cicatriz apareció y lo reverenció.
—Mi rey.
Me quedé inmóvil.
¿Mi rey?
Killian ni siquiera reaccionó.
—Busca al sacerdote. Y despierta a los testigos.
Ronan miró primero a Killian.
Después a mí.
—¿Debo preguntar?
—No.
—Excelente.
Desapareció.
Miré a Killian.
—¿Por qué lo llamó...?
—No importa.
—Estoy bastante segura de que lo llamó rey.
—Los norteños tienen malas costumbres.
Aquella respuesta no aclaró absolutamente nada.
Killian regresó hacia la mesa.
—Hay otra cosa.
—¿Cuál?
Sus ojos encontraron los míos.
—Una vez que hagamos esto, Cassiel vendrá por ti.
—Ya viene por mí.
—No de esta manera.
Su voz perdió cualquier rastro de humor.
—Mi hermano puede tolerar perder una mujer. Lo que no tolerará será que yo sea quien se la quite.
Sentí un escalofrío.
—Entonces será mejor que nos casemos antes de que descubra dónde estoy.
⬩➤
Tres horas después era esposa de Killian Valtheris.
Y antes del mediodía estábamos entrando juntos en el Palacio Imperial.
La noticia había viajado más rápido que nosotros.
Las puertas del salón del trono se abrieron y decenas de rostros se volvieron en nuestra dirección.
El emperador estaba de pie.
Rosie parecía haber visto un fantasma.
Cassiel parecía querer convertirse en asesino mucho antes de lo planeado.
—Alamea.
Su voz resonó por todo el salón.
Avanzó hacia nosotros.
—Ven aquí.
Por costumbre, mi cuerpo estuvo a punto de obedecer.
Killian colocó una mano sobre mi cintura.
No fue un gesto cariñoso.
Fue una advertencia.
Cassiel se detuvo.
—Quita tus manos de mi prometida.
Sentí cómo los dedos de Killian se afirmaban ligeramente sobre mi cintura.
Su voz fue tranquila cuando respondió.
—Cuida tus palabras, hermano.
Cassiel palideció.
Killian me acercó un poco más hacia él.
—Estás hablando con mi esposa.
gracias me dejas sin palabras, hermosa y misteriosa historia ❤️❤️❤️🥰🥰🥰