Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.
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Capítulo 1: Telemetría rota
A trescientos veinte kilómetros por hora, la mente de Matteo Castelli funcionaba con la precisión aséptica de un reloj atómico.
En la recta principal del Autódromo de Monza, el rugido ensordecedor del motor V8 biturbo de Horizonte —su joya personal, un prototipo de competición en fibra de carbono desnuda y detalles en azul cobalto— vibraba a través de su columna vertebral. Matteo no pestañeaba. Detrás de la visera oscura de su casco de titanio, sus ojos color avellana registraban cada microsegundo en el cuadro digital: la temperatura de los neumáticos delanteros en noventa y ocho grados, la presión del turbo al límite y el punto de frenada exacto a escasos cincuenta metros de la curva Prima Variante.
Freno a fondo. Reducción en milésimas de segundo: sexta, quinta, cuarta, tercera. El peso inercial intentó arrancarle la cabeza hacia adelante, pero su cuello entrenado absorbió la fuerza como una columna de granito. Acelerador milimétrico en el vértice, tracción pura y salida limpia sin un solo derrape innecesario.
Perfección. Matemática. Control absoluto.
Veinte minutos después, Matteo se quitaba el mono ignífugo en el box privado, dejando a la vista un cuerpo atlético, ancho de hombros y esculpido por años de entrenamiento de alta exigencia. A sus treinta y dos años, el director ejecutivo de Castelli Automotive & Aerospace no toleraba el caos. Su vida era una ecuación que no admitía variables impredecibles ni tolerancias de fabricación.
El problema era que el mundo real no era un circuito cerrado. El mundo real estaba lleno de personas, y las personas —según la dogmática y exasperante opinión de Matteo— eran incompetentes por naturaleza.
Especialmente las mujeres que su departamento de Recursos Humanos insistía en colocar en la antesala de su despacho.
A las nueve de la mañana, Matteo cruzó el vestíbulo de la torre de cristal de Milán enfundado en un traje a medida de paño gris perla, camisa blanca de cuello italiano impecable y corbata de seda oscura. Su sola presencia congelaba las conversaciones en los pasillos: un metro ochenta y ocho de arrogancia mediterránea, facciones afiladas, mandíbula cincelada y un temperamento volcánico que hacía dimitir a directores de finanzas veteranos con una sola mirada.
Llegó a la planta cuarenta y dos. Su despacho era un templo minimalista de mármol blanco, acero y ventanales colosales con vistas a la catedral.
Sobre el escritorio de roble negro, la taza de porcelana humeaba.
Matteo se detuvo a dos metros. Entornó los párpados.
La taza no estaba alineada a noventa grados con respecto a la esquina del teclado ergonómico. Estaba a unos sesenta grados, y junto a ella descansaba una carpeta de piel... en tono pastel. Con un pósit amarillo en forma de corazón.
Una vena comenzó a latir con furia sorda en la sien derecha de Matteo.
—Alessia —llamó. No levantó la voz; su tono bajo y gélido fue suficiente para que el cristal de la mampara pareciera vibrar.
La puerta de comunicación se abrió de inmediato. Alessia, una modelo reconvertida en asistente ejecutiva que llevaba exactamente diecinueve días en el puesto —y con quien Matteo había compartido tres horas apasionadas en el ático de su casa el viernes anterior—, entró con una sonrisa dulce y un contoneo calculado que en cualquier otro hombre habría desarmado un regimiento.
—Buenos días, Matteo —ronroneó ella, apoyando una mano con manicura perfecta en el marco—. Te traje el café como te gusta.
Matteo no le devolvió la sonrisa. Ni siquiera la miró a los ojos: miró la taza.
—El café tiene leche entera. Te especifiqué en el manual de bienvenida de cuatro páginas que tomo leche vegetal sin azúcar a sesenta y cinco grados. Esta porquería está a punto de hervir y huele a lactosa común.
La sonrisa de Alessia titubeó.
—Pensé que después de lo del viernes... podríamos ser un poco más relajados con los protocolos, cariño.
El aire en el despacho cayó bajo cero de golpe.
Matteo levantó los ojos despacio. No había ternura en ellos; no había el recuerdo de las sábanas de seda negra de su ático. Solo una frialdad técnica que la desnudó de toda ilusión corporativa.
—«Cariño» es un apelativo que reservo para mi coche de carreras, Alessia, y únicamente cuando gana un podio. Tú eres mi asistente ejecutiva de tercer nivel. O lo eras, hasta hace cuarenta segundos.
Alessia palideció, abriendo los ojos de par en par.
—¿Qué? ¿Me estás hablando en serio? ¡Solo fue un café y una nota tonta!
—No fue solo un café —dijo él, rodeando el escritorio con pasos lentos y pesados, abriendo la carpeta de piel pastel con dos dedos como si tocara residuos tóxicos—. Es la cuarta vez en dos semanas que duplicas las citas en mi agenda porque estás demasiado ocupada mirándome la solapa o eligiendo qué perfume ponerte para impresionarme. Ayer cambiaste la teleconferencia con Tokio a las tres de la tarde creyendo que eran las tres de la mañana de ellos. No tienes la menor capacidad analítica para estructurar un flujo de trabajo.
—¡Me dijiste que era brillante el viernes por la noche! —exclamó ella, con la voz quebrada por la indignación.
—Te dije que tus piernas eran brillantes, que es un concepto anatómico completamente distinto al rendimiento cognitivo —replicó Matteo con una lógica tan demoledora que rozaba la crueldad—. Como todas las anteriores, confundiste una transacción hormonal con un ascenso corporativo. Creen que con abrirse de piernas pueden compensar el hecho de que no saben tabular un balance básico ni recordar tres órdenes consecutivas.
Matteo presionó el botón del intercomunicador sin pestañear:
—Seguridad. Recursos Humanos. Preparen la liquidación de Alessia con el bono habitual de confidencialidad. Tienen diez minutos para retirar sus pertenencias de la planta.
—¡Eres un monstruo insoportable, Matteo Castelli! —chilló la chica, al borde del llanto histérico—. ¡Ninguna mujer en este planeta va a aguantarte más de un mes! ¡Ninguna!
—Por suerte para mí, no necesito que me aguanten un mes. Con dos noches suele ser más que suficiente antes de aburrirme —sentenció él, sentándose en su sillón ergonómico y abriendo el portátil sin dedicarle una sola mirada más.
Alessia salió del despacho azotando la puerta de cristal con una fuerza que hizo temblar las lámparas colgantes.
Matteo suspiró, cerró los ojos y se frotó el puente de la nariz. Treinta y dos años, soltero, millonario, piloto semiprofesional invicto en su categoría y rodeado de idiotas. La teoría de Matteo era simple y la defendía con una soberbia incorregible: las mujeres eran criaturas visuales, emocionales y hormonalmente inestables, programadas para sucumbir ante su atractivo y completamente incapaces de procesar la frialdad matemática de los negocios. Una secretaria atractiva era una distracción inevitable que siempre terminaba en su cama; y una vez en su cama, su rendimiento laboral caía en picado hasta el despido. Un ciclo predecible que ya empezaba a cansarle.
La puerta principal del despacho se abrió de golpe antes de que pudiera revisar el primer correo.
Giancarlo Castelli, su padre, entró como un vendaval. A sus cincuenta y cinco años, el patriarca de la dinastía conservaba la elegancia italiana de un diplomático, pero su rostro enrojecido delataba que estaba al borde de un colapso cardiovascular.
Arrojó un fajo de hojas sobre el escritorio de Matteo.
—¡La número seis este año, Matteo! —rugió Giancarlo, apoyando ambas palmas sobre el roble negro—. ¡La número seis en ocho meses! ¡El comité sindical acaba de presentar una queja formal por despido injustificado y rotación hostil de personal!
Matteo ni se inmutó. Tomó su bolígrafo de titanio y lo alineó milimétricamente con el borde del cuaderno.
—Alessia era incompetente, papá. Confundía los husos horarios y pretendía que le diera trato de socia por haber pasado una noche en mi cama. Deberías agradecerme que mantenga los estándares de esta empresa en la cima.
—¡Lo que estás manteniendo en la cima es la reputación de ser un déspota mujeriego y desquiciado! —estalló Giancarlo, pasándose una mano por el cabello cano—. Los directores de departamento están hartos de tus cambios de humor. Si un informe tiene un milímetro de desvío en el margen, les gritas hasta hacerlos llorar. Si la secretaria es bonita, te la llevas al ático y la despides a los diez días diciendo que «no tiene cerebro para los negocios». ¡La junta directiva está perdiendo la paciencia!
—La junta directiva calla la boca porque mientras yo piloteo la división aeroespacial, las acciones han subido un veintidós por ciento —contestó Matteo con una media sonrisa displicente—. Si quieren una secretaria que dure un año, que me manden a un robot. Cualquier mujer de carne y hueso termina cayendo a mis pies antes del primer balance mensual. No es mi culpa ser irresistible, viejo. Es biología pura.
Giancarlo miró a su hijo con una mezcla de furia impotente y vergüenza ajena.
—Tu soberbia te va a costar el imperio, muchacho. Te juro por la memoria de tu abuelo que un día de estos vas a chocar contra una pared que no vas a poder esquivar a trescientos por hora.
—Esa pared todavía no ha nacido —dijo Matteo, reclinándose en el sillón con una calma insultante—. ¿No tenías un vuelo hacia Estados Unidos?
Giancarlo apretó los dientes, acomodándose la chaqueta con un tirón seco.
—Sí. Salgo para Chicago en dos horas. Tengo una reunión con la cúpula de Hayes Industries para negociar la alianza de turbinas de titanio. Y ruega a todos los santos que Arthur Hayes acepte los términos, porque si esa fusión se cae por culpa de tus escándalos en la prensa del corazón italiana, te quito el presupuesto de carreras y te desmantelo ese maldito monoplaza con mis propias manos.
Matteo alzó una ceja, burlón:
—No toques a Horizonte, papá. Podría enojarme de verdad. Buen viaje a América. Tráete un contrato firmado y, de paso, si encuentras una asistente que sepa usar una hoja de cálculo sin intentar desabotonarme la camisa, me la envías por correo urgente.
Giancarlo lo fulminó con la mirada por última vez antes de dar media vuelta y salir del despacho murmurando maldiciones en dialecto piamontés.
Matteo soltó una risa seca, desprovista de preocupación. Miró por el ventanal hacia la ciudad de Milán, encendió su tableta táctica para revisar la telemetría de la última vuelta en Monza y concluyó que no había problema en la tierra que una buena vuelta rápida y un par de órdenes bien dadas no pudieran solucionar.
No tenía la menor idea de que, a seis mil kilómetros de distancia, la pared contra la que estaba a punto de estrellarse ya estaba poniéndose las botas de cuero.