"Dos apellidos enfrentados. Un amor prohibido. Una vida que lo cambiará todo."
Camila Santana siempre supo que su familia odiaba a los Santoro. Creció escuchando historias de traiciones, sangre y ruina. Por eso, cuando la envían al extranjero a los ocho años, cree que escapa de ese infierno. Pero el infierno la espera a su regreso.
Veintitrés años, fogosa y decidida, Camila vuelve a casa para encontrarse con su destino: el hijo de los Santoro. Lo que nace entre ellos es un torbellino de pasión y peligro, de caricias que saben a pecado y miradas que prometen guerra. Pero el odio de sus familias no es un rumor: es una sentencia.
Cuando un embarazo inesperado los une para siempre, Camila deberá enfrentarse a la pregunta más difícil: ¿puede el amor de dos personas vencer al odio de dos apellidos? ¿O su hijo estará condenado a heredar una guerra que no eligió?
Una historia de amor, lealtad y el valor de romper cadenas.
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Capítulo 3 La Apuesta del Diablo
La luz del restobar se reflejó en su rostro. Alto, de hombros anchos, con una mandíbula marcada y unos ojos oscuros que la perforaron como dagas. Llevaba un traje impecable y una sonrisa que era pura arrogancia. Era él. El hombre del bar de la noche anterior. Aquel que la había saludado con la copa.
Camila sintió que el mundo se detenía.
—Deberíamos apostar algo más grande —continuó él, sin apartar la mirada de ella. Su voz era imperturbable, con una pereza calculada que lo hacía ver aún más peligroso—. ¿Qué te parece, conejita?
Camila levantó la barbilla, esforzándose por no tartamudear.
—Acepto. Te ganaré. ¿Qué quieres apostar?
Él se acercó, lento, como un felino que acecha a su presa. Los dedos largos y elegantes rozaron el borde de la mesa.
—Si tú ganas —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—, puedes pedirme lo que quieras. Dinero. Casas. Autos. Lo que desees.
Camila sintió una oleada de emoción. Esto era fácil. Llevaba toda la noche ganando.
—Pero si pierdes —continuó él, inclinándose ligeramente hacia ella—, serás mía durante un mes. Las veces que yo quiera. Cuando yo quiera. Tú serás mi amante.
El silencio fue absoluto. Lina negó con la cabeza, agarrando el brazo de Camila.
—No, Cami... salgamos de aquí...
Carola casi se desmaya al escucharlo.
—Cami, vamos, por favor, salgamos...
Amelia sacó su celular para llamar a alguien, pero una mano grande se lo arrebató de un solo movimiento. Era César, el hermano del hombre de la mirada oscura.
—¿Cuál es el problema? —preguntó César, divertido—. Es solo un juego, ¿no?
Los amigos de ellos empezaron a aplaudir y vitorear. El ambiente se volvió eléctrico.
Camila, furiosa y borracha, sintió que la sangre le hervía.
—Degenerado —escupió—. Solo piensan en eso. Ridículos.
Pero entonces algo en ella se rebeló. No iba a dejar que un desconocido la intimidara.
—Pero para que te quedes con las ganas —dijo, alzando la voz y forzando una sonrisa—, acepto. Y quiero ver cómo me compras esa casa en la orilla del lago.
Carola casi salta sobre ella, pero Mariano, el otro hermano, la detuvo.
—Tranquila, primita —dijo con una sonrisa burlona—. Ella dice que va a ganar.
El hombre de los ojos oscuros tomó los dados y los colocó sobre la mesa.
—Bien, lanza —dijo, con la misma sonrisa fría.
Eran tres tiros para cada uno. El mayor puntaje ganaba.
Él lanzó primero. Seis y seis. El máximo.
Camila rodó los ojos y lanzó. Cinco y cuatro. No estaba asustada. Aún no.
Él lanzó de nuevo. Cinco y cinco. Camila lanzó confiada y obtuvo seis y cinco. La diferencia se acortaba.
Pero entonces él lanzó por última vez. Seis y seis.
Todos jadearon. Incluso si Camila sacaba el tiro máximo, ya no podía alcanzarlo. La derrota era inevitable.
—Trampa —dijo Camila, apretando los puños—. Esto es trampa.
Él soltó una carcajada. No era una risa de diversión. Era malévola, como si hubiera estado esperando ese momento toda la noche.
—Oh, claro que no. Todos lo vieron. Te gané.
Camila intentó retroceder, pero él fue más rápido. Como si ella pesara unos gramos, Rocco la levantó y la colocó sobre su hombro, como a un saco de papas.
—¡Suéltame! —gritó Camila, golpeando su espalda con los puños—. ¡Esto es un secuestro!
Pero él no la escuchó. Flanqueado por sus hermanos, que detenían a los que protestaban, Rocco Santoro cruzó el restobar con ella en vilo.
Camila se mordió el labio, sintiendo la sangre caliente en la boca. Se había metido en un lío. Pero no era solo un lío.
Cuando él la bajó frente al coche y la miró a los ojos, ella supo que su vida, desde ese momento, ya no le pertenecía.
—Bienvenida a tu nuevo mundo, conejita—dijo él, con una sonrisa de depredador.
Y Camila, en medio de la borrachera y la confusión, no pudo evitar preguntarse... ¿quién demonios era ese hombre?
El cuerpo de Rocco presionó el de Camila contra la puerta del coche. La superficie fría del metal contrastaba con el calor que emanaba de él, un calor que la envolvía como una llama voraz. Su colonia, un perfume amaderado con toques de cítrico y algo más oscuro, se mezclaba con su propio olor masculino, y Camila sintió que sus piernas se debilitaban.
—Conejita —murmuró él, con la voz tan baja que era casi un susurro—. No me digas que aún eres pura.
Sus labios rozaron el lóbulo de su oreja, y Camila sintió un escalofrío que recorrió toda su columna. Su cuerpo, traidor, perdió toda resistencia. La palabra "no" se desvaneció en su garganta antes de siquiera formarse.
Él la besó. Un beso devorador, sin piedad, que le robó el aliento y la razón. Y antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, la levantó como si pesara una pluma y la metió en el asiento trasero del coche.
El motor rugió, y el auto se perdió en la noche.
Carola corrió detrás de ellos, con el corazón en la garganta y las piernas temblorosas. El teléfono en su mano temblaba mientras debatía si llamar a los primos Santana. Sabía lo que pasaría si lo hacía: una masacre, sangre, tal vez muertos. Pero Camila estaba en ese auto, y Carola sentía que el mundo se derrumbaba.
—¡Cami! —gritó, pero el coche ya era solo un punto rojo en la distancia.