El frío del acero en mi garganta no dolía tanto como la mirada de mi propio hijo.
Frente a mí, con la túnica imperial empapada en sangre fresca y la espada goteando sobre el mármol, Cassian ya no era el niño de mirada dulce que alguna vez buscó mi mano. A sus veinte años, se había convertido en la bestia implacable que yo misma forjé a fuerza de golpes, exigencias y castigos.
—¿Es esto lo que querías, madre? —me preguntó, con una sonrisa rota que no alcanzaba sus ojos muertos—. ¿Estás feliz ahora? Míralo tú misma... soy el nuevo Emperador. Asesiné a mis hermanos como me ordenaste. Acabé con el duque que torturó a Rosalind hasta arrojarla al vacío desde el balcón norte. Ya no queda nadie en el trono, solo yo. Dime... ¿por fin estás orgullosa de mí?
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Capítulo 19: El choque de espadas
El séptimo día amaneció cubierto por una densa neblina gris. En los patios exteriores, el tronar de las pezuñas y el crujido del hierro marcaban el repliegue de las tres mil lanzas de la frontera.
Mi padre y mi madre montaban sus corceles oscuros junto a la puerta oeste. Aunque las tropas debían marchar para no desatar una crisis de estado con el Consejo, mis padres no nos dejaban desamparados.
—Dejo veinte de mis mejores veteranos integrados como sirvientes y guardias personales en tus aposentos, Valeria —me dijo mi padre en voz baja, inclinándose sobre su silla de montar—. Hombres leales hasta la muerte que degollarán a cualquiera que intente cruzar tus puertas de noche.
Mi madre me apretó las manos con firmeza regia.
—Y en el camino al sur ya van diez de nuestros mejores informantes de Valoria —añadió la Princesa Seraphina—. Vigilarán cada feudo del Gran Mariscal y cada movimiento del Palacio de las Espadas. Theresa cree que tiene las manos libres para devorar los fondos del ejército, pero nosotros registraremos cada moneda. En cinco años, hija mía, le quitaremos el suelo bajo los pies.
Rosalind y Cassian abrazaron a sus abuelos con fuerza contenida. Cuando la columna de acero cruzó los portones y se perdió en el horizonte, sentí un vacío helado en el estómago, pero también la certeza de que ya no éramos presas indefensas. Teníamos ojos en la sombra.
Apenas se disipó el polvo del ejército, me dirigí al Palacio Solar para una reunión urgente con la Emperatriz.
Eleanor me recibió en su sala de audiencias privada, sin doncellas cerca. Sobre su mesa de ébano descansaban los registros de abastecimiento que Kaelen acababa de transferir a Theresa.
—Kaelen fue astuto al usar a Theresa como verdugo de Cassian —dijo Eleanor con frialdad implacable mientras servía el té—. Pero cometió un error garrafal: Theresa es una mujer impulsiva y ambiciosa. En cuanto empiece a desviar los fondos mercantes para inflar la caballería de su padre en el sur, cometerá faltas administrativas graves.
—Mis padres ya enviaron espías a sus territorios —le informé, sosteniendo su mirada—. Necesito que desde el Palacio Solar vigiles cada petición de presupuesto que ella presente ante el tesoro imperial.
Eleanor sonrió de lado, con esa mirada afilada que la hacía la mujer más peligrosa de la corte.
—Cuenta con ello. El Templo y los ministros de hacienda me son leales. Si Theresa gasta una sola moneda de más sin justificarla, le pondré una soga al cuello antes de que tu hijo cumpla once años.
Mientras tejíamos la trampa en los salones de té, la tensión hervía al aire libre en el gran patio de armas del palacio central.
Rosalind había acompañado a Cassian hasta la entrada del redondel antes de seguir su camino hacia la biblioteca imperial, donde la esperaban sus lecciones de administración y finanzas feudales. Llevaba bajo el brazo dos libros pesados de comercio de Valoria.
—Ten cuidado con las fintas, Cassian —le decía la niña con una sonrisa protectora, ajustándole la capa de entrenamiento—. Te veo en el Palacio Zafiro en cuanto termines con los instructores.
Cedric, que terminaba de atarse los guantes de cuero junto a la empalizada, se acercó a saludarlos con calidez.
—Tranquila, Rosalind. Yo vigilaré que los instructores no le exijan de más —le aseguró Cedric con una sonrisa tranquila—. Ve a tus clases sin preocuparte.
Pero antes de que Rosalind pudiera dar media vuelta para marcharse, unos pasos pesados sobre la grava anunciaron el peligro.
—Vaya, miren qué conmovedora escena fraternal —soltó una voz cargada de veneno a sus espaldas.
Gilbert, el Segundo Príncipe, avanzó por la arena arrastrando una pesada espada de madera reforzada con plomo. Tenía trece años, hombros anchos para su edad y la misma arrogancia marcial de su madre, Theresa.
Gilbert se detuvo frente a ellos y barrió a los dos hermanos con una mirada cargada de asco.
—Dicen en todo el palacio que el cobarde del Tercer Príncipe corrió a llorar a las faldas de su madre para no pelear por el trono —se mofó Gilbert con una risotada—. Renunciaste a la corona como una rata asustada. Pero tu madre olvidó que mi abuelo es el Gran Mariscal. En cinco años vas a estar tragando lodo y limpiándole las botas a los reclutas en las ciénagas, hermanito.
Cassian apretó los labios con fuerza y bajó la vista, intentando contener las lágrimas que amenazaban con salir.
—Vámonos, Cassian. No vale la pena escucharlo —dijo Rosalind con frialdad, tomando a su hermano del brazo para apartarlo de la arena.
—¿Quién te dio permiso para darme la espalda, futura salvaje de ultramar? —escupió Gilbert, enfurecido por la indiferencia de la niña.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, Gilbert dio dos zancadas agresivas y lanzó un empujón brutal con ambas manos directo contra el pecho de Rosalind.
La niña perdió el equilibrio por el impacto, soltó los pesados libros de cuentas y cayó de rodillas sobre la grava afilada, raspándose las palmas de las manos.
Cassian, aterrorizado, se lanzó de inmediato a proteger a su hermana, pero Gilbert descargó otro empujón salvaje contra los hombros del pequeño de diez años, haciéndolo rodar por el suelo junto a Rosalind.
—¡Aprende cuál es tu lugar antes de que te manden al sur a patadas! —bramó Gilbert con desprecio.
Ese fue su error fatal.
El aire del patio pareció congelarse en una fracción de segundo.
Cedric se quedó inmóvil un instante al ver a sus dos hermanos menores tirados en el lodo. Una furia homicida y ciega, jamás vista en el rostro noble del Primer Príncipe, le encendió los ojos de un azul eléctrico y oscuro.
—¡Gilbert! —rugió Cedric con una voz que hizo vibrar las maderas de los establos.
Cedric cruzó la distancia entre ellos en un parpadeo. No usó la espada de práctica: descargó un puñetazo descomunal directo a la mejilla de Gilbert, con tanta violencia que la cabeza del Segundo Príncipe se torció hacia atrás y su cuerpo salió despedido contra la cerca de madera, rompiendo una tabla con un crujido sordo.
Gilbert se incorporó aturdido, escupiendo saliva y sangre, y levantó su pesada espada de madera con rabia desquiciada.
—¡Te atreviste a tocarme por esos bastardos! —bramó Gilbert fuera de sí.
Gilbert lanzó un tajo descendente y ciego, pero Cedric ni siquiera pestañeó. Dio un paso diagonal, esquivó el golpe que levantó una nube de arena, y con su propia espada de madera descargó un revés fulminante que reventó el protector de hombro de Gilbert.
El impacto dobló a Gilbert sobre las rodillas. Cedric no le dio tregua: soltó su arma, se abalanzó sobre él y lo derribó en la arena, inmovilizándolo en el suelo mientras le asestaba golpes directos y feroces.
—¡Vuelve a ponerles una mano encima! —gritaba Cedric, con la respiración entrecortada y los nudillos abiertos sobre la mandíbula de su hermano—. ¡Atrévete a volver a tocarlos, miserable!
—¡Altezas! ¡Por los dioses, deténganse! —gritaron los instructores imperiales, corriendo despavoridos desde la pista de tiro junto con media docena de guardias.
Hicieron falta cuatro hombres fornidos de la guardia para arrancar a Cedric de encima de Gilbert.
Gilbert quedó tendido de espaldas en el suelo, gimiendo con el labio partido, un ojo cerrado por la hinchazón y la túnica de gala desgarrada entre el polvo.
Cedric respiraba con violencia, zafándose del agarre de los guardias con una fuerza descomunal. Se limpió un hilo de sangre que le corría por la comisura de los labios, pero no miró a los oficiales ni al enemigo derrotado en el suelo.
Su mirada se clavó en Rosalind y en Cassian.
Cedric se soltó de un tirón y caminó directo hacia ellos. Se arrodilló sobre la tierra, recogió los libros manchados de arena de Rosalind y revisó las palmas raspadas de la niña y los hombros de Cassian con una ternura infinita.
—¿Están bien? —les preguntó con la voz aún agitada, pero temblorosa por la preocupación—. ¿Los lastimó?
Rosalind, aún con el corazón martillándole el pecho por la impresión, asintió despacio y apretó los libros contra su pecho. Cassian se aferró a la manga ensangrentada de Cedric con los ojos anegados en lágrimas de admiración y alivio.
Los instructores miraban la escena aterrados, sabiendo las consecuencias políticas de lo que acababa de ocurrir. Dos príncipes imperiales de las principales facciones acababan de liarse a golpes sangrientos en medio del patio abierto.
La noticia no tardaría ni diez minutos en llegar al despacho de Kaelen y a los oídos de Theresa. El frágil barniz de paz de la corte acababa de estallar en mil pedazos.
por fin es libre y Kaelen por fin murio
se la mujer libre que yo no puedo ser 😭😭😭
jajaja como dicen muerto el perro se acabó la rabia 🤭
y tómala maldito emperador por fin Cassian puede ser libre