Mateo Rivera es el capitán del equipo de fútbol: impulsivo, extrovertido y el centro de atención donde sea que va.
Izan Vogel es el capitán del equipo de natación: metódico, reservado y obsesionado con el control perfecto de su vida.
Para ellos, el instituto siempre ha sido un terreno de juego dividido en dos mundos que nunca deberían cruzarse. Pero cuando un recorte de presupuesto los obliga a compartir instalaciones y organizar juntos la Gala del colegio, la rivalidad entre ambos explota.
Lo que empieza como una tregua forzada a regañadientes se convierte rápidamente en una tensión difícil de ignorar. Entre vestidores vacíos, competencias decisivas y miradas que dicen más de lo que admiten, descubrirán que la distancia más peligrosa no está en el marcador, sino entre los dos.
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CAP 3: Cuatro paredes
Perspectiva de Izan
El antiguo depósito del gimnasio era un espacio reducido que apenas medía tres metros por dos. Apiladas hasta el techo había colchonetas desgastadas, cajas de cartón con trofeos viejos y balones desinflados. Era el único rincón libre que el colegio nos había asignado para trabajar sin interrupciones.
Eran las cuatro y cinco de la tarde. Yo llevaba diez minutos ajustando los costos de la lista de proveedores sobre una mesa desplegable bastante inestable cuando la puerta de madera chirrió y Mateo entró, trayendo consigo dos vasos de café para llevar.
—Llegas cinco minutos tarde —dije sin levantar la vista de las hojas que tenía enfrente.
—Te traje esto para evitar que me dieras un discurso —contestó, dejando uno de los vasos justo al lado de mis anotaciones—. Negro, sin azúcar. Supuse que así es como toman café las personas sin sentimientos.
Le dediqué una mirada rápida, pero termine tomando el vaso. El calor del cartón me alivió el frío que siempre se acumulaba en las manos después de estar cerca de la piscina.
—Gracias —murmuré a regañadientes, dando un sorbo.
Mateo no buscó una silla; simplemente se acomodó sobre una caja de madera reforzada, quedando demasiado cerca de donde yo estaba parado. El espacio era tan estrecho que cada vez que alguno de los dos se movía para revisar un documento, el roce de sus hombros o el contacto casual de sus piernas contra las mías se volvía inevitable.
Durante casi una hora estuvimos repasando presupuestos de iluminación, contratos de comida y listas de invitados. Contra todo pronóstico, Mateo demostró una capacidad de gestión que yo no esperaba. Tenía buenas ideas, conocía a casi todos los estudiantes del comité y sabía cómo negociar precios sin complicarse tanto como yo.
—Ves que no soy solo una cara bonita que sabe patear un balón —dijo Mateo con una sonrisa inclinada, notando cómo pasaba en limpio una de sus propuestas sobre mi libreta.
—Nunca dije que fueras una cara bonita —respondí en automático, concentrado en la caligrafía del papel.
El silencio que siguió fue repentino y denso. Levanté la mirada despacio y me encontré con los ojos oscuros de Mateo fijos en mí, brillando con una chispa de diversión que me hizo poner la espalda rígida.
—Así que piensas que soy feo, Vogel —susurró, inclinándose un poco hacia adelante y apoyando los codos sobre la mesa.
La distancia entre nosotros se redujo a unos pocos centímetros. Podía percibir el aroma fresco de su perfume y el ritmo acelerado con el que mi propio corazón empezaba a golpear contra mis costillas.
—Dije que no lo dije —corregí, intentando mantener la voz firme a pesar de la cercanía.
—Eso no suena para nada a un no —replicó él, bajando el tono hasta convertirlo en un murmullo profundo.
Antes de que la tensión pudiera resolver hacia algún lado, la sirena del cambio de clase resonó en los altavoces del pasillo, rompiendo el momento de golpe. Me eché hacia atrás al instante, recogiendo mis carpetas de la mesa con torpeza.
—Es suficiente por hoy. Continuamos mañana —dije a toda prisa, saliendo del depósito antes de que él tuviera tiempo de responder.