Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.
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Capítulo 3 El rastro de la T
Leo camina rápido, pero no corre. Correr llamaría la atención, y lo último que necesita es que alguien lo vea huyendo de un hospital con una bata de paciente bajo la chaqueta de cuero. En su cabeza, la voz del hombre del traje se repite como un eco: "Sabía que saldrías." ¿Cómo podía saberlo? ¿Acaso lo esperaban? ¿Acaso todo esto es una trampa?
El móvil vibra otra vez en su bolsillo. No lo saca. Sigue caminando, con la mirada al frente, los hombros tensos. Cada pocos segundos, como quien no quiere la cosa, lanza un vistazo a los escaparates, a los cristales de los coches estacionados, a cualquier superficie reflectante. El hombre del traje sigue ahí, a unas cuatro calles de distancia, manteniendo el paso. No se acerca, no se aleja. Solo sigue.
Leo gira en la primera calle que encuentra. Es una vía estrecha, con edificios antiguos de ladrillo visto y tiendas de ultramarinos cerradas. El asfalto está agrietado, y hay un olor a humedad que le recuerda a algo. A algún lugar. Un fragmento: una noche lluviosa, él y alguien más, corriendo bajo un toldo. Una risa. Una mano que le agarra la suya. La mano es de una mujer. No sabe cuál. La imagen se desvanece antes de que pueda atraparla.
Se detiene en la puerta de un bar que aún está abierto. Un local pequeño, con una luz amarilla y oxidada, y un viejo detrás de la barra limpiando copas. Leo entra. El hombre del traje, cuando dobla la esquina, pasa de largo sin mirar hacia adentro. No lo ha visto. O finge no haberlo visto.
El viejo de la barra levanta la cabeza. Tiene una cara arrugada por décadas de tabaco y silencio. Lo mira con desconfianza.
—¿Qué quiere? —pregunta, sin ofrecer ni un saludo.
Leo se acerca a la barra. Siente el peso de su aspecto: la barba sin afeitar, la chaqueta de cuero raída, el tatuaje asomando por el borde de la manga. Parece un fugitivo. Porque lo es.
—Un vaso de agua —dice—. Y si me deja usar su baño, se lo agradezco.
El viejo señala con el mentón un pasillo al fondo. Leo va, pero antes de entrar al baño, se detiene un segundo y mira por la ventana del bar hacia la calle. No hay rastro del hombre del traje. Se encierra en el baño, un cubículo diminuto con olor a lejía y una bombilla que parpadea igual que la del hospital.
Saca el móvil. El mensaje sigue ahí: "Confía en ti. No en ellos." Las coordenadas del tatuaje. El coche. Algo que debe ver.
Marca el número de la nota, el que encontró en el bolsillo de la chaqueta. Otra vez el tono muerto. Ni siquiera da señal de línea ocupada. Es como si ese número no existiera. Pero si no existe, ¿cómo recibió el mensaje? ¿Quién le envió esas palabras?
Apoya la frente contra la pared fría del baño y cierra los ojos. La niebla en su cabeza se arremolina, pero hay algo que empieza a emerger. Un recuerdo. No nítido, sino como un sueño del que solo quedan sensaciones. Una discusión. Una mujer llorando. Él gritando. No con odio, sino con desesperación. Y luego el sonido de un coche arrancando. Y luego… nada.
Abre los ojos y se mira al espejo del baño, una pequeña pieza rectangular con el marco de aluminio desgastado. Su reflejo le devuelve una cara que no termina de reconocer. Pero hay algo en sus ojos que no estaba hace una hora. Algo que no es miedo, sino rabia. Rabia contra el olvido. Rabia contra los que le están ocultando la verdad.
Saca la nota del bolsillo otra vez, la que encontró en la mesilla. La lee una vez más: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." La dobla con cuidado y la guarda.
Luego se arremanga la chaqueta y mira el tatuaje. La coordenada. 43°28′N 3°46′W. Memoriza los números una vez más, aunque no los va a olvidar. Algo en ese lugar lo llama. Algo que su yo del pasado quiso que encontrara.
Sale del baño, deja una moneda que encontró en el fondo del bolsillo de la chaqueta y se dirige a la puerta.
—Oiga —lo llama el viejo.
Leo se detiene.
—Se le cayó esto.
El viejo le tiende un trozo de papel arrugado. Leo no lo había visto antes. Lo toma con cuidado. En él, escrito con bolígrafo azul, hay una dirección: Calle de los Olivos, 14, 2°B. Y debajo, una palabra: "Casa".
La casa. Esa es la dirección que tenía en su móvil como "Casa". Su casa. La casa que compartía con Elena.
—¿De dónde ha salido esto? —pregunta Leo.
—Estaba en el suelo, junto a la puerta cuando usted entró. Se le debió caer.
Leo no recuerda haberlo tenido. Pero lo guarda en el bolsillo junto con la nota de la mesilla. Sale del bar. La calle está más oscura ahora. Las farolas se encienden una a una, como si alguien estuviera pulsando interruptores invisibles.
El hombre del traje ha desaparecido. O al menos no está a la vista. Leo camina otra vez, pero ahora tiene un destino. Primero el coche, en las coordenadas del tatuaje. Luego la casa, en la Calle de los Olivos. Tal vez allí encuentre respuestas. O tal vez encuentre fantasmas.
El camino hacia la zona industrial es largo, pero Leo no se detiene. Atraviesa barrios residenciales, luego calles comerciales, luego una carretera secundaria con árboles a los lados. El aire se vuelve más frío. El móvil le indica que le quedan 8 kilómetros. Sus pies duelen dentro de los calcetines, y la herida en la palma derecha arde con cada movimiento.
Entonces oye pasos detrás de él.
No es un paso normal. Es un paso rítmico, como de alguien que camina con intención. Leo se detiene. Los pasos se detienen. Camina. Los pasos reanudan.
Sin girarse, acelera el paso. Los pasos también aceleran. Ahora ya no hay duda: lo están siguiendo de nuevo. No es el hombre del traje, o al menos no es el mismo paso; este es más pesado, como de botas.
Leo echa a correr. La carretera está vacía, solo árboles a ambos lados y alguna farola aislada. Su respiración se vuelve áspera, pero sigue corriendo. La chaqueta de cuero le pesa, los calcetines resbalan sobre el asfalto, pero no se detiene. Gira en un camino de tierra que se interna entre los árboles. Las ramas le arañan la cara, pero sigue.
Los pasos detrás de él no se detienen. Son más rápidos. Más cerca.
Entonces Leo tropieza con una raíz y cae al suelo. El impacto le quita el aire. Gira sobre sí mismo, listo para enfrentar a quien sea, con los puños apretados, la herida abierta.
Pero no hay nadie.
Solo el silencio. El viento entre los árboles. El latido de su propio corazón en los oídos.
Se queda ahí, jadeando, esperando. Nada. Ni pasos, ni sombras, ni respiración ajena.
Pero cuando se levanta y se sacude la tierra de la ropa, ve algo en el tronco de un árbol cercano. Una marca. Una señal. Un símbolo tallado en la corteza: una T mayúscula, con un círculo alrededor.
La T del mensaje. La T de "Nos vemos en el sitio".
Alguien lo ha estado marcando. Alguien ha estado guiándolo o acechándolo. O quizás ambas cosas.
Saca el móvil. Las coordenadas del tatuaje están a solo 2 kilómetros. Ya casi ha llegado. Pero ahora sabe que no está solo en este viaje. Hay al menos dos personas siguiéndolo: el hombre del traje y el dueño de esas botas. Y hay una tercera, quizás, la que firma como "T".
¿T de quién? ¿Teresa? ¿Tomás? ¿O la inicial de un apellido?
La pregunta le taladra la cabeza mientras vuelve a caminar. Pero ya no corre. Ahora camina con la atención en cada sombra, en cada susurro de hojas, en cada farola parpadeante.
Cuando por fin llega a la zona industrial, el lugar es un páramo de naves abandonadas, hierbajos y cristales rotos. La dirección del GPS lo lleva hasta un almacén oxidado, con la puerta entreabierta y una luz tenue en su interior.
Empuja la puerta. Rechina. Adentro huele a polvo y a gasolina.
Y en el centro del almacén, cubierto por una lona gris, hay un coche.
Un Renault.
Sus llaves.
Abre la lona. El coche está sucio, con el parabrisas agrietado en forma de estrella. El asiento del conductor está manchado de algo oscuro. Sangre. Y en el asiento del copiloto, una caja de zapatos.
La abre con manos temblorosas.
Dentro, una fotografía. Él y Elena, abrazados, riendo. Ella tiene el cabello oscuro, los ojos claros. Es bonita. Se ve feliz. Y él también. Hay una fecha al dorso: "Hace 6 años. Nuestro primer aniversario."
Debajo de la foto, una carta. La letra es de Elena. La reconoce sin saber cómo.
Dice:
"Leo, si estás leyendo esto, es porque yo ya no estoy. Y es porque tú has vuelto a buscarme. No fue un accidente. Fue una despedida. Pero no la que tú crees. Te espero en el faro de la costa. Allí te contaré la verdad. Pero antes tienes que saber una cosa: la rubia de la foto no soy yo. Nunca fui rubia. Pregúntate quién es esa mujer. Y pregúntate por qué la tienes en el móvil."
El papel tiembla en sus manos. La carta de Elena. Una despedida. Y la rubia. La mujer del fondo de pantalla.
¿Quién es?
Y si Elena no era rubia, ¿quién es la que aparece en su móvil? ¿Y por qué la tiene como fondo de pantalla?
Una nueva pregunta, más perturbadora, brota desde el fondo de su estómago:
¿De verdad su esposa se llamaba Elena?