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Renacida En El Abismo

Renacida En El Abismo

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Romance oscuro
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier

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Capítulo 3: Frágil, pero sin miedo.

Caminar tras Lucien era una experiencia extraña. A cada paso que daba, el suelo vibraba levemente bajo mis pies descalzos, y el aire se volvía más denso, más cargado de una energía antigua y poderosa que parecía fluir desde las profundidades mismas de la tierra. Los demonios que nos acompañaban marchaban en silencio, detrás de mí, lo suficientemente cerca para recordarme que no tenía escapatoria, pero lo bastante lejos para no tocarme, como si una barrera invisible los mantuviera alejados. La orden de su señor resonaba en mi mente: Ella es mía. Y por la forma en que bajaban la mirada al pasar cerca de mí, sabía que ninguno se atrevería a olvidarlo.

El camino se abría entre formaciones rocosas gigantescas, paredes de piedra negra talladas por siglos de oscuridad y fuego. A los lados, abismos profundos se perdían en la nada, donde solo se veían destellos rojizos que brillaban como ojos vigilantes. No había caminos fáciles, ni senderos suaves; todo era áspero, duro, diseñado para desafiar a cualquiera que se atreviera a cruzarlo. Yo, acostumbrada a suelos lisos y calles pavimentadas, tropezaba a menudo, mis pies cortándose con las piedras afiladas, sintiendo cómo la sangre brotaba en pequeñas heridas. Cada vez que eso pasaba, me detenía un instante, tratando de recuperar el equilibrio, y cada vez, Lucien se giraba.

No decía nada. No se acercaba. Pero sus ojos, esas llamas oscuras que parecían verlo todo, se clavaban en mí con una intensidad que me quemaba. En su mirada leía dos cosas claras: una impaciencia que apenas lograba contener y una fascinación que crecía con cada paso que yo daba a pesar del dolor. Para él, debía ser incomprensible. En su mundo, la debilidad era una sentencia. Los seres de aquí eran fuertes, duros, hechos para resistir el calor, la roca y la crueldad de la vida en las profundidades. Y yo… yo era una cosa pequeña, blanda, humana, que se lastimaba solo con caminar, y sin embargo, seguía adelante.

En un momento, tropecé más fuerte, y una punzada aguda me subió por el tobillo. Me detuve, apretando los dientes para no gritar, y me agaché para ver el daño. Tenía la piel rasgada, manchada de polvo y sangre, y ardía con fuerza. Sentí ganas de llorar, no solo por el dolor, sino por la frustración. ¿Qué hacía yo ahí? ¿Por qué no me había quedado muerta y en paz?

—Te detienes mucho —dijo esa voz profunda, resonante, que siempre parecía llegar antes que su dueño.

Levanté la vista. Lucien estaba parado a unos metros, mirándome con los brazos cruzados sobre su pecho ancho, su silueta imponente recortada contra las llamas que brotaban de una grieta cercana. Sus subordinados se habían detenido también, manteniendo la cabeza baja, sin atreverse a respirar siquiera con fuerza.

—Me he lastimado —respondí, secándome una lágrima traicionera que se me escapaba sin querer. No por dolor, me repetí, solo por rabia.

Él dio un paso hacia mí, luego otro, hasta que estuvo lo bastante cerca para que pudiera sentir el calor que irradiaba su cuerpo, mucho más intenso que el fuego que nos rodeaba. Se agachó frente a mí, y por primera vez vi esa altura inmensa desde abajo, viendo los detalles de su rostro: la piel grisácea con esas marcas que palpitaban, la mandíbula fuerte, los labios que siempre parecían esconder una amenaza o un deseo.

Miró mis pies, vio las heridas, la sangre oscura que se mezclaba con el polvo del abismo. No hubo lástima en su mirada, ni compasión. Había curiosidad pura.

—Te rompes —dijo, como si estuviera descubriendo algo nuevo y extraño—. Tu piel se abre con nada. Tu cuerpo es débil, frágil… como el cristal. Un golpe, una caída, y te haces pedazos. Y aun así… sigues caminando. Sigues aquí.

Levantó la mano, y esperé el tacto duro, el dolor, pero sus dedos rozaron mi tobillo con una sorprendente suavidad. El calor de su piel se mezcló con el dolor de la herida, y sentí una sensación extraña, como si su calor la estuviera secando, cerrando la piel poco a poco, sin magia visible, solo con la fuerza de su propia esencia.

—En este lugar, lo que no puede defenderse, muere —continuó, sus ojos fijos en los míos, profundos y penetrantes—. Lo que es débil se convierte en alimento, en juguete, en nada. Y tú eres la cosa más débil que he visto en tres mil años de existencia.

Sus palabras debían haberme dolido, debían haberme hecho sentir pequeña, insignificante. Pero algo en su tono, en la forma en que me miraba, hizo que el miedo se transformara en algo distinto. Reto.

Enderecé la espalda, olvidando el dolor, y sostuve su mirada, fija, clara, sin apartar los ojos ni un segundo.

—Soy frágil, sí —respondí, y mi voz salió firme, sin temblar—. Mi cuerpo se rompe, me duele, me canso. Pero eso no significa que sea débil, Lucien. Morí una vez, caí en este lugar del que nadie sabe nada, me desperté sola y asustada, y aun así, estoy aquí. No me he arrastrado, no he suplicado, no me he escondido. Puedo ser pequeña, puedo ser humana… pero no tengo miedo.

Hubo un silencio absoluto. Los demonios detrás de nosotros contuvieron la respiración. Nunca nadie le hablaba así al Príncipe de las Sombras. Nunca nadie lo desafiaba, ni siquiera con palabras. Esperé que se enfadara, que me golpeara, que me dijera que estaba loca. Pero lo que vi fue algo completamente distinto.

Una sonrisa lenta, verdadera, se abrió paso en su rostro. No era la sonrisa depredadora de antes, ni la sonrisa fría de un gobernante. Era una sonrisa de asombro, de placer oscuro, de alguien que acaba de encontrar lo que buscaba sin saber que lo estaba buscando.

—No —murmuró, su voz bajando de tono, volviéndose más íntima, más peligrosa y más fascinada—. No, no tienes miedo. Y eso, pequeña humana… eso es lo que te hace más peligrosa que cualquier monstruo que viva en estas profundidades.

Sin previo aviso, pasó sus brazos por debajo de mis rodillas y mi espalda, y me levantó en el aire como si no pesara nada, como si fuera una pluma. Un grito de sorpresa se me escapó, y me aferré instintivamente a sus hombros, sintiendo la dureza de su cuerpo, la fuerza inmensa que había en cada músculo. Quise protestar, decirle que podía caminar, pero me callé al ver la determinación en su rostro.

—Ya has caminado suficiente —dijo, poniéndome contra su pecho, donde escuché el latido lento, pesado y fuerte de su corazón, un sonido que parecía el ritmo mismo de la tierra—. No permitiré que te rompas antes de que te tenga completamente para mí. Si vas a caminar por este reino, lo harás sin dolor, sin miedo… y siempre, siempre, llevada por mí.

Se giró hacia sus subordinados, y su voz volvió a ser la de un rey, cortante y absoluta:

—¡Seguidme! Nadie se acercará a menos de diez pasos. El que respire demasiado cerca, pierde la lengua.

Y comenzó a caminar de nuevo, conmigo entre sus brazos, alto, orgulloso, como si llevara el tesoro más grande que existiera en el universo. Yo me quedé quieta, pegada a su cuerpo, sintiendo su calor, su fuerza, esa oscuridad que lo rodeaba y que, de alguna forma extraña, ya no me parecía tan aterradora.

Miré hacia adelante, hacia las torres inmensas de piedra negra que se alzaban frente a nosotros, el castillo que sería mi hogar. Era un lugar hecho de sombras y fuego, gobernado por un ser obsesivo y poderoso, lleno de peligros y secretos. Pero mientras sentía el brazo fuerte de Lucien rodeándome, protegiéndome contra todo lo que pudiera salir a nuestro paso, entendí que tenía razón: era frágil, sí. Pero no tenía miedo. Y esa era mi mayor fuerza.

Y quizás, solo quizás… era también la razón por la que él ya no podía dejarme ir.

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