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La Vida Que Nos Falta

La Vida Que Nos Falta

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro / Amor prohibido
Popularitas:717
Nilai: 5
nombre de autor: Y.Valeri

Victoria tenía dieciocho años cuando conoció a Stefano.
Él tenía veintidós, una sonrisa imposible de ignorar y demasiadas verdades que decidió callar.

Para ella fue su primer gran amor. Para él, una historia que nunca debió comenzar.

Victoria creyó conocer al hombre del que se estaba enamorando, hasta que descubrió que Stefano guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo. Intentó alejarse. Volvió. Lo perdonó. Y cuando finalmente creyó haber aceptado la verdad, descubrió que apenas conocía una parte de ella.

Lo que siguió fueron años de encuentros, despedidas y decisiones que terminaron llevándolos por caminos distintos.

Victoria creció. Amó. Construyó una vida que ya no dependía de Stefano.

Pero algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.

A veces solo esperan el momento en que ambos tengan suficiente vida encima para entender lo que realmente perdieron.

NovelToon tiene autorización de Y.Valeri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La primera mentira

A las cuatro y diez, Stefano todavía no había llegado.

Victoria miró el reloj de la cafetería y decidió que a las cuatro y quince se iba.

A las cuatro y doce lo vio cruzar la calle.

—Te quedan tres minutos —dijo cuando se sentó.

Stefano dejó las llaves sobre la mesa.

—¿Para qué?

—Para convencerme de no irme.

—¿Y si te compro algo de comer?

—Dos minutos y cincuenta segundos.

—Qué presión.

Victoria quiso mantener la cara seria.

No pudo.

—Eres un idiota.

—Pero llegué.

—Cinco días tarde.

La sonrisa de Stefano desapareció.

—Lo sé.

Victoria esperó.

Él parecía cansado. No como después del trabajo. Había algo distinto en sus ojos, una tensión que no estaba allí la semana anterior.

—¿Vas a decirme qué pasó?

Stefano tomó aire.

—No puedo hablar de todo.

—¿Por qué?

—Porque no todo es mío para contarlo.

Victoria se recostó en la silla.

—Eso no significa nada.

—Significa que hay asuntos de mi familia que no dependen solo de mí.

—¿Y yo qué soy?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Stefano levantó la mirada.

Victoria sintió calor en la cara.

—Olvídalo.

—No.

—Stefano...

—No quiero olvidarlo.

Él estiró la mano sobre la mesa.

Victoria la miró, pero no la tomó.

—¿Qué somos? —preguntó ella.

Stefano guardó silencio.

Ese silencio debió ser una respuesta.

Pero a los dieciocho años una aprende a llenar los silencios con lo que necesita escuchar.

—Me importas —dijo él finalmente.

—Eso tampoco responde.

—Quiero estar contigo.

Victoria lo miró.

—¿Solo conmigo?

Stefano no apartó los ojos.

—Cuando estoy contigo, estoy contigo.

Años después Victoria recordaría aquella frase con una precisión dolorosa.

En ese momento le pareció romántica.

Sonrió.

—Hablas bonito cuando quieres salirte con la tuya.

—¿Funcionó?

—Un poco.

Y lo perdonó.

No porque hubiera entendido.

Porque quería seguir.

Los siguientes meses fueron los más fáciles.

O al menos así los recordaría durante mucho tiempo.

Stefano dejó de desaparecer varios días seguidos. Si iba a llegar tarde, buscaba la forma de avisar. Victoria aprendió qué tardes podía verlo y cuáles no. Él empezó a conocer a dos de sus amigas de la universidad, aunque nunca se quedaba demasiado cuando estaban ellas.

—Tu novio es raro —le dijo una de ellas después de conocerlo.

Victoria levantó la cabeza.

—No es mi novio.

Su amiga sonrió.

—Claro.

—No hemos dicho eso.

—¿Se besan?

Victoria siguió escribiendo.

—No es asunto tuyo.

—Entonces sí.

—Cállate.

—¿Conoces a sus amigos?

Victoria dejó el lapicero.

—¿Qué tiene que ver?

—Nada. Pregunto.

—He conocido gente de su trabajo.

Era mentira.

No una mentira completa. Había saludado una vez a un hombre que Stefano conocía. Nunca supo de dónde.

—¿Y su casa?

—¿Qué pasa con su casa?

—¿Has ido?

Victoria cerró el cuaderno.

—¿Por qué te interesa tanto?

Su amiga levantó ambas manos.

—Está bien. Ya.

Victoria no volvió a pensar en la conversación hasta esa noche.

¿Había ido a la casa de Stefano?

No.

¿Conocía a sus padres?

No.

¿Sabía exactamente dónde trabajaba?

Más o menos.

¿Conocía a sus amigos?

No.

Se sintió absurda.

Llevaban casi tres meses viéndose y, si alguien le hubiera pedido describir la vida de Stefano cuando no estaba con ella, habría tenido muy poco que decir.

Al día siguiente se lo mencionó.

—Quiero conocer tu casa.

Stefano estaba manejando.

Sus dedos se tensaron apenas sobre el volante.

—¿Mi casa?

—Sí.

—¿Para qué?

Victoria giró hacia él.

—¿Necesito una razón?

—No. Solo me sorprendió.

—Yo ya te he contado todo de la mía. Sabes cómo se llama mi mamá, sabes a qué hora llega mi papá, sabes hasta qué vecina me cae mal.

—La señora de las plantas.

—Exacto. Y yo no sé nada de donde vives.

Stefano sonrió.

—Vivo en una casa normal.

—Qué alivio. Pensé que en una cueva.

—A veces parece.

—Entonces llévame.

La sonrisa desapareció.

—Hoy no puedo.

Victoria miró por la ventana.

—Claro.

—Victoria.

—No dije nada.

—Pero ya te conozco.

Ella volvió la cabeza.

—Ese es el problema. Tú me conoces. Yo no sé si te conozco a ti.

Stefano frenó en un semáforo.

—Sí me conoces.

—Entonces dime por qué nunca puedo verte un domingo.

—Ya hablamos de eso.

—No. Tú respondiste cualquier cosa y yo lo dejé pasar.

El semáforo cambió.

Stefano avanzó.

—Los domingos estoy con mi familia.

—¿Qué familia?

—Mi familia.

—Otra vez.

—Mis padres. Mis hermanos. Gente que depende de mí.

Victoria se quedó con la última frase.

—¿Quién depende de ti?

—Victoria, por favor.

—No. Tú dijiste...

—No quiero discutir manejando.

—Perfecto. Estaciónate.

Stefano la miró.

—¿Hablas en serio?

—Sí.

Él soltó aire por la nariz, pero dobló en la siguiente calle y estacionó.

Victoria cruzó los brazos.

—Habla.

Stefano apagó el motor.

—Hay cosas complicadas en mi familia.

—Eso ya lo dijiste.

—Y no quiero meterte en problemas que no son tuyos.

—¿Tienes problemas con alguien?

—No.

—¿Debes dinero?

—No.

—¿Estás metido en algo raro?

Stefano soltó una risa incrédula.

—No.

—Entonces ¿qué?

Él la miró durante unos segundos.

—No estoy listo para hablar de eso.

Victoria abrió la puerta.

—Pues yo no estoy lista para seguir haciendo como que no pasa nada.

—Victoria.

—Me voy.

—Estamos lejos de tu casa.

—Sé tomar un bus.

Stefano se pasó una mano por la cara.

—No hagas esto.

Victoria volvió a mirarlo.

—Yo no estoy haciendo nada. Tú eres el que lleva tres meses decidiendo qué parte de tu vida puedo conocer.

Salió del carro.

Stefano no la siguió inmediatamente.

Eso la enfureció más.

Caminó hasta la esquina.

Escuchó la puerta del carro cerrarse detrás de ella.

—Victoria.

Siguió caminando.

—Espera.

—No.

Stefano la alcanzó.

—Tienes razón.

Ella se detuvo.

—Deja de decirme que tengo razón si después no vas a hacer nada.

Él abrió la boca.

No dijo nada.

Victoria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y eso la hizo todavía más furiosa.

—Me voy.

—Te llevo.

—No.

—Por favor.

—No quiero estar contigo ahora.

Esa vez Stefano la dejó ir.

Pasaron dos días sin hablar.

El tercero, Victoria encontró un sobre pequeño dentro de uno de sus libros.

No tenía nombre.

Dentro había una nota.

“Café. Mañana. Cuatro. Sin excusas.”

Victoria reconoció la letra.

Miró alrededor del aula como si Stefano pudiera estar escondido entre las filas.

No estaba.

Fue al día siguiente.

Por supuesto que fue.

Stefano ya estaba sentado cuando llegó.

—Sin excusas —dijo Victoria, dejando la nota sobre la mesa.

—Sin excusas.

—Empieza.

Él bajó la mirada.

—He manejado mal esto.

—Sí.

—Y hay algo que debí decirte desde el principio.

El estómago de Victoria se cerró.

—¿Qué?

Stefano metió una mano en el bolsillo de la chaqueta, pero antes de sacar nada se detuvo.

—No sé cómo vas a tomarlo.

—Eso normalmente significa que voy a tomarlo mal.

—Probablemente.

Victoria dejó de respirar por un segundo.

—¿Tienes novia?

—No.

La respuesta fue demasiado rápida.

Ella lo observó.

—Entonces ¿qué?

Stefano sacó la billetera y la dejó sobre la mesa.

Al abrirla, una fotografía pequeña se deslizó y cayó junto a la taza de Victoria.

Ella bajó la mirada.

Era un bebé.

Muy pequeño.

Ojos oscuros. Una manta clara. Una mano cerrada cerca de la cara.

Victoria sonrió por reflejo.

—Qué lindo. ¿Quién es?

Stefano no respondió.

La sonrisa de Victoria desapareció.

Levantó los ojos.

—Stefano.

Él tragó saliva.

—Mi hijo.

Victoria creyó haber escuchado mal.

—¿Tu qué?

—Mi hijo.

Miró otra vez la fotografía.

Después a él.

—Tú no tienes un hijo.

La frase salió absurda. Infantil.

Como si negar algo pudiera cambiarlo.

Stefano no intentó corregirla.

—¿Cuántos años tiene?

—Meses.

—¿Cuántos?

Él tardó demasiado.

—Seis.

Victoria sintió un vacío en el estómago.

Seis meses.

Ella conocía a Stefano desde hacía tres.

Volvió a mirar la fotografía.

Hizo la cuenta aunque no necesitaba hacerla.

Cuando Stefano había detenido el carro en aquella calle, ese niño ya existía.

Cuando le pidió su número, ya existía.

Cuando la besó por primera vez, ya existía.

Durante cada llamada, cada café, cada domingo en que él estaba “con su familia”, el bebé había estado ahí.

—Tres meses —dijo Victoria.

—Lo sé.

—Me dejaste estar contigo tres meses sin decirme que eras papá.

—Victoria...

Ella levantó una mano.

—No.

Stefano calló.

Victoria tomó la fotografía.

El bebé no tenía la culpa de nada.

Eso fue lo peor.

No había nada que odiar en esa cara.

Solo una verdad que Stefano había decidido esconder.

Victoria dejó la foto sobre la mesa con cuidado.

—¿Quién es la mamá?

Por primera vez desde que lo conocía, Stefano no tuvo una respuesta preparada.

Y Victoria comprendió que todavía faltaba otra verdad.

Una mucho más grande.

1
Yara
/Proud/
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