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Asado, Mate Y Destino

Asado, Mate Y Destino

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / Romance / Yaoi
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: nuestros sueños

Valentín Bianchi, un omega porteño de veinticinco años, está acostumbrado al ritmo frenético de Buenos Aires. Su vida gira entre cafeterías, subtes, reuniones y el ruido constante de la ciudad.
Todo cambia cuando hereda una antigua estancia en plena pampa bonaerense. Su único objetivo es venderla cuanto antes, volver a la Capital y olvidarse del barro, las vacas y los caminos de tierra.
Pero la estancia no está vacía.
Tomás Ferreyra, un alfa gaucho nacido y criado allí, administra el lugar desde hace años. Es serio, orgulloso, amante de los caballos y defensor de las tradiciones. Para él, esa estancia no es un negocio: es su hogar.
Desde el primer encuentro, ninguno soporta al otro.
—¿Vos sos el nuevo dueño? Mirá vos... pensé que mandaban a alguien que supiera ensuciarse las botas.
—Y yo pensé que los gauchos eran más educados.
Entre mates compartidos a regañadientes, asados con los peones, cabalgatas interminables y noches bajo un cielo lleno de estrellas, ambos descubrirán que hay se

NovelToon tiene autorización de nuestros sueños para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: El primer mate y la primera caída

El patio de la estancia estaba lleno de risas.

Todos los peones habían dejado lo que estaban haciendo para ver el espectáculo.

O mejor dicho...

Para ver cuánto tardaba el porteño en caerse del caballo.

—No me miren así —protestó Valentín.

Don Ramón cruzó los brazos.

—Es que hace rato que no nos divertimos tanto.

—Gracias por el apoyo.

Tomás acarició el cuello de Moro.

—Acercate.

Valentín dio un paso.

Moro resopló.

Valentín dio dos pasos hacia atrás.

—¿Viste? No le gusto.

—Te está oliendo.

—Bueno, que deje de hacerlo.

Tomás negó con la cabeza, divertido.

—Los caballos sienten cuando alguien está nervioso.

—Entonces sabe que soy inteligente.

—No. Sabe que sos un cagón.

Las carcajadas volvieron a escucharse.

—¡Che! ¡Un poco de respeto!

—Ganátelo.

Valentín infló las mejillas.

—Ya me caés mal.

—Y recién empieza el día.

Tomás tomó la mano del omega y la apoyó con cuidado sobre el hocico de Moro.

—Tranquilo. Acaricialo.

Valentín dudó unos segundos, pero obedeció.

El caballo cerró los ojos y movió apenas las orejas.

—¿Viste? No era tan terrible.

—Bueno... capaz que no.

—Ahora subite.

—Pará, tampoco la pavada.

Tomás no respondió. En un movimiento rápido lo sostuvo de la cintura y prácticamente lo levantó.

—¡Eh! ¿Qué hacés?

Cuando Valentín quiso darse cuenta, ya estaba sentado sobre la montura.

Abrió los ojos como platos.

—¡Estoy arriba!

—Felicitaciones.

—¡Bajame!

—Ni loco.

Valentín se aferró a la montura con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.

—Tomás...

—¿Qué?

—No siento las piernas.

—Porque las estás apretando demasiado.

—¡Me voy a caer!

—No.

—¡Sí!

—No.

—¡Sí!

Moro apenas dio dos pasos.

Valentín soltó un gritito.

—¡Ay, la puta!

Los peones se doblaban de la risa.

—¡Parece un gato mojado! —gritó Nico.

—¡Callate!

Tomás caminaba al lado del caballo con absoluta tranquilidad.

—Respirá.

—Estoy respirando.

—No, estás hiperventilando.

—Es parecido.

—No.

Después de unos minutos, Valentín empezó a relajarse.

Incluso levantó un poco la cabeza para mirar el paisaje.

El viento fresco le despeinó el cabello.

Los campos parecían no tener fin.

Bandadas de pájaros cruzaban el cielo.

El aire olía a pasto recién cortado.

—Es... lindo.

Tomás sonrió.

—Te dije.

—No te emociones. Sigo prefiriendo Buenos Aires.

—Claro.

—En serio.

—Sí, sí.

—No me estás creyendo.

—No mucho.

Valentín estaba por responder cuando una liebre salió corriendo entre los pastizales.

Moro dio un pequeño salto.

—¡AAAAAH!

Valentín perdió el equilibrio.

Y cayó de espaldas sobre un montón de pasto seco.

Hubo un segundo de silencio.

Después...

—¡JAJAJAJA!

Toda la estancia estalló en carcajadas.

Incluso Tomás.

Valentín levantó un brazo desde el suelo.

—¿Se terminaron de reír?

Nadie respondió.

Seguían riéndose.

—Los odio.

Tomás se acercó y le tendió la mano.

—¿Te lastimaste?

Valentín la tomó.

Cuando sus manos se tocaron, ambos sintieron un leve cosquilleo recorrerles el cuerpo.

Duró apenas un instante.

Pero ninguno pasó por alto aquella sensación.

Tomás lo ayudó a ponerse de pie.

—¿Todo bien?

—Sí... creo.

—¿Seguro?

—Me duele el orgullo.

—Eso no tiene arreglo.

Valentín le dio un suave golpe en el hombro.

—Sos un pesado.

Tomás soltó una risa baja.

—Y vos sos más fuerte de lo que parecés.

Por primera vez desde que se conocían, Valentín le sonrió de verdad.

Una sonrisa pequeña, sincera.

Y Tomás sintió que algo en su pecho se aflojaba.

Al mediodía, Marta ya tenía la mesa preparada bajo la galería.

Había empanadas, ensaladas y un enorme asado que perfumaba todo el patio.

—¡A comer! —gritó.

Valentín se sentó sin hacerse rogar.

—Esto sí que lo entiendo.

Don Ramón levantó una ceja.

—¿Qué pasó con el café de especialidad?

—Hoy me convierto al asado.

—Así me gusta.

Mientras todos comían, Marta apareció con un mate.

—Valentín.

—¿Sí?

—¿Tomás ya te enseñó a tomar mate?

Los dos respondieron al mismo tiempo.

—No.

—Todavía no.

Marta suspiró.

—¡Qué vergüenza, Tomás!

—Recién llegó.

—No importa.

Le entregó el mate a Valentín.

—Probá.

Valentín dio un sorbo largo.

Cinco segundos después empezó a toser.

—¡Qué... qué amargo!

Las risas volvieron.

—¡Así reaccionamos todos la primera vez! —dijo Nico.

Tomás tomó el mate.

—No se toma como si fuera una gaseosa.

—¿Y cómo querés que se tome?

—Despacio.

Preparó otro y se lo alcanzó.

—Probá de nuevo.

Valentín lo miró unos segundos.

No sabía por qué, pero aceptó.

Esta vez tomó un sorbo corto.

El sabor seguía siendo intenso.

Amargo.

Muy distinto al café.

Pero había algo reconfortante en el calor del mate y en la forma en que todos compartían la ronda.

—¿Y? —preguntó Tomás.

Valentín hizo una mueca.

—Sigue siendo raro.

—Con el tiempo te va a gustar.

—¿Vos decís?

—Sí.

Valentín observó el campo, el humo del asado elevándose hacia el cielo y a los peones conversando entre bromas.

Por primera vez desde que había llegado, no sintió ganas de mirar el reloj ni de pensar en Buenos Aires.

Quizás solo fuera por un rato.

O quizás la estancia comenzaba, muy despacio, a encontrar un lugar en su corazón.

Y aunque ninguno de los dos lo sabía todavía, aquel primer mate compartido sería el comienzo de un vínculo mucho más profundo de lo que cualquiera de ellos hubiera imaginado.

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Amparo Carvajal
historia diferente que relata la libertad de poder amar, sin señalamientos, además muestra el amor tierno de la pareja de amantes.
Pollo
Okeeeeeey, recién empiezo a leer pero ya quedé enganchada, me encanta 😁
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