Cinco años de matrimonio empañados por la distancia y un embarazo fallido llevan a Victor y Victoria al inevitable divorcio. El acuerdo es pacífico y la separación, inminente. Cada uno toma su propio camino; sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que el frío y reservado Victor Song descubra que desatarse del pasado es imposible cuando la mujer que dejó ir sigue siendo la única que desea.
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La Primera Mañana De Soledad
Mis ojos se abrieron y lo primero a distinguir, fue el hecho de que estaba postrado en el suelo y no en mi cama. La rigidez en mi cuerpo me sofocó momentáneamente, orillándome a tragarme la queja cuando me levanté.
La habitación ya estaba iluminada por la luz natural del día. Todo estaba en silencio, como si yo fuera la única alma existente en ese sitio. Era consciente de que hoy era el primer día rumbo a mi libertad completa. Aquella que tanto había estado anhelando desde hace poco más de cinco años.
Pero ahora el supuesto regocijo era solo un viejo deseo inalcanzable.
El dolor de cabeza apareció tan pronto como recordé el cien por ciento del día de ayer. Con las ligeras sospechas cosquilleando en mis dedos, avancé hasta al baño para mirarme en el espejo, y tal como lo esperaba, mis ojos estaban terriblemente rojos e hinchados.
Sabía que anoche había llorado como un puto bebé llorón. La culpa en mi corazón era mucho más monstruosa que la vergüenza de haber sido escuchado por Victoria, pero, aun así, debía admitir que me sentía más ligero que ayer.
Me metí en la ducha y me lavé con más calma que prisa. La idea de una metamorfosis me hizo suspirar con gracia, como si realmente pudiera considerarla una nueva aspiración. Incluso, casi me vi seducido ante el pensamiento de unas vacaciones en el otro lado del mundo, pero tan pronto como salí de la ducha, mi teléfono comenzó a sonar, dejándome claro que no iba a ser tan fácil.
—Diga.
—El abogado me dijo que ya han firmado el divorcio… Espero que no te arrepientas más tarde por la estupidez que has cometido.
—Mamá.
—¡Mamá, un carajo! Te dije muchas veces que Victoria era la mujer que necesitabas, te pedí que le dieras una oportunidad, pero lo mandaste a la mierda —suspiró—. Como sea, tienes que venir a casa. Tu padre se ha sentido un poco mal estos días, y también tenemos que hablar sobre las cláusulas del contrato.
—Estaré ahí cuando termine el trabajo.
Mi madre tarareó una respuesta y luego cortó la llamada. Me pellizqué la nariz, sintiendo que el cerebro se me escapaba, mientras una sensación más asfixiante me atormentaba. Era un mal presentimiento que empezaba a hurgar en mi pecho con notoria ansiedad.
Terminé de arreglarme y salí de la habitación, siendo recibido por más silencio que empezaba a volverme loco. En otro momento, mi paz se habría visto atormentada por los llamados de Victoria y su tarareo. La cocina era su lugar seguro cuando no estaba en los asuntos de su empresa. Podría estar cocinando tanto como deseara y me usaría como rata de laboratorio para sus experimentos; sin embargo… Su ausencia brillaba más que el mismo sol.
—¡Victoria! ¡Victoria, llegaré tarde hoy!
La esperanza se fue marchitando conforme pasaron los segundos y no obtuve respuesta. Guardé silencio y me detuve un momento con el propósito de poner atención al más mínimo indicio de que ella estaba en casa, mas solo conseguí hundirme en un mutismo todavía peor.
En nuestros cinco años de matrimonio, ella siempre me informaba cuándo salía de casa e incluso cuánto tardaría. Su aviso solía resultarme totalmente innecesario e insufrible. A veces deseaba despertar y no encontrarla. Hoy tenía lo que pedía… Pero se sintió como la mierda en mi pecho.
—Ya no es tuya, Victor… ¡¿Pero qué mierda dices?! ¿Siquiera fue tuya alguna vez?
Me restregué la palma en la frente, mordiéndome la lengua para dejar de pensar estupideces que sonaban peor en voz alta. Me dirigí a la cocina y mis pasos se fueron deteniendo, sintiéndose pesados conforme se formaba el nudo en mi estómago.
Una taza de café estaba servida en medio de la barra y junto a esta, estaba una nota. Me acerqué casi trotando, pero volviéndome avergonzado, apenas reaccioné. Mi corazón alborotado se aplacó de pronto con un deje de decepción cuando la nota solo avisaba que estaría afuera. Sin hora de llegada. Sin el deseo de un buen día.
—Idiota.
Me reí de mi ingenuidad y oculté mi vergüenza en el café. Entendí que debía dejar de perder mi tiempo en banalidades baratas, y mejor preocuparme por los siguientes proyectos de la compañía. Las festividades de aniversario tenían más importancia de la merecida, solo porque en esos mismos eventos asistían las personas mejor calificadas para colaborar en grandes proyectos. Así que, no había mejor distractor que sofocarme en estas actividades.
El camino a la oficina suponía un espacio de reflexión. Escuchar las noticias en la radio pretendía un momento de desconexión con la tormenta en mi cabeza, mas era imposible cuando su aroma seguía impregnado en el asiento del costado. Tan insistente y fresco como el amanecer luego de una noche lluviosa.
Victoria había estado en este mismo auto en más de una ocasión cuando teníamos que asistir a eventos públicos, o incluso cuando le daba algún aventón. Los dos compartimos el mismo espacio por cinco años, pero justo ahora empezaba a notar los malditos detalles.
—Me estoy volviendo loco.
Detuve el auto y salí al segundo siguiente. Leo ya estaba esperando en la puerta del elevador con su tranquilidad de siempre, llevando la tableta electrónica con aquella agilidad adquirida. Su presencia en este punto era parte de la rutina. Una rutina de la que ya debería estar más que acostumbrado.
—¿Todo bien?—preguntó—. Luces terrible.
—Gracias por la honestidad, Leo —bufé, entrando al cubículo cuando se abrió la puerta—. ¿Qué hay para hoy?
Leo se acomodó a mi lado, tecleando en la pantalla mientras el movimiento del elevador nos envolvía.
—La señora Briggs ha cancelado la reunión remota que tendría a las tres de la tarde.
—¿Razón?
—Su hija tuvo un accidente por la madrugada.
—Dile a Tom que prepare algún presente. No podemos perder la oportunidad de firmar un contrato con los Briggs.
—De acuerdo —asintió—. Su madre me llamó esta mañana y me pidió que liberara la agenda a partir de las dos de la tarde.
La llamada de esta mañana volvió a mi memoria como un picahielo siendo insertado en mi cerebro. Suspiré, sacando toda la presión de entender que no importaba un carajo que tan alto fuera mi puesto en este sitio o qué tanto esté haciendo por el negocio, porque al final del día, era claro que la última palabra la tendría mi señora madre.
—Reúne toda la documentación importante. Mientras más rápido acabe toda esta mierda, mejor.
Leo asintió y el elevador se detuvo. Las puertas se corrieron, pero a diferencia del diario común, esta vez fuimos recibidos por la ausencia de gente en el pasillo. Crucé miradas con el sujeto a mi lado, pidiéndole callarse cuando noté el reflejo en uno de los objetos de decoración.