Mauricio y Celine no tuvieron el mejor comienzo, así que les tocará a ellos vencer los obstáculos que el destino les ha puesto para determinar que final quieren para su matrimonio. intrigas, secretos, envidias y más
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Capitulo 3: La mansión
El caos duró apenas unos minutos.
Pero para Mauricio parecieron horas.
Los médicos rodearon a Don Augusto en medio del salón mientras los invitados observaban desde lejos. Algunos fingían preocupación. Otros aprovechaban para murmurar.
Porque cuando un hombre poderoso mostraba debilidad, los buitres siempre aparecían.
—La presión está bajando —dijo uno de los médicos.
—Necesitamos espacio.
Julián ordenó despejar el área de inmediato.
Celina permanecía inmóvil junto al altar, sintiéndose completamente fuera de lugar.
Aquella noche debía haber sido imposible.
Y sin embargo estaba ocurriendo.
La obligaron a aceptar un matrimonio.
Le colocaron un anillo.
Y ahora se encontraba rodeada por una familia que parecía esconder más secretos que afecto.
—Ven conmigo.
La voz de Mauricio la hizo sobresaltarse.
Ella levantó la vista.
Él estaba frente a ella.
Su expresión seguía siendo fría, pero algo en sus ojos había cambiado.
Tal vez preocupación.
Tal vez agotamiento.
—¿A dónde? —preguntó ella.
—A mi casa.
Celina sintió que el estómago se le encogía.
Aquellas dos palabras sonaron mucho más aterradoras de lo que deberían.
Mi casa.
Porque ahora también era la suya.
O al menos eso esperaba todo el mundo.
—No quiero ir.
Mauricio soltó una pequeña risa amarga.
—Créeme. Yo tampoco quiero llevarte.
La sinceridad inesperada la dejó sin respuesta.
—Pero parece que ninguno de los dos tiene opción.
Una hora después, el automóvil negro avanzaba por una carretera privada iluminada por faroles antiguos.
Celina observaba por la ventana.
Había intentado distraerse contando árboles.
Luego luces.
Luego kilómetros.
Nada funcionó.
Los nervios seguían allí.
Mauricio conducía en silencio.
Ni siquiera encendió la radio.
Durante casi veinte minutos ninguno habló.
Hasta que finalmente ella preguntó:
—¿Es verdad lo que dicen de ti?
Él giró apenas la cabeza.
—Depende de quién lo diga.
—Los rumores.
—¿Cuáles?
Celina tragó saliva.
—Que eres peligroso.
Mauricio soltó una carcajada seca.
—Interesante.
—No respondiste.
—Porque no sé cuáles de todos los rumores escuchaste.
Ella volvió la mirada hacia la ventana.
—Dicen que has arruinado empresas.
—Es verdad.
—Dicen que has despedido familias enteras.
—También.
—Dicen que no tienes corazón.
Mauricio guardó silencio unos segundos.
—Eso es discutible.
Celina no supo qué pensar.
Cada respuesta parecía confirmar las historias.
Pero al mismo tiempo no encontraba crueldad en su voz.
Solo cansancio.
Mucho cansancio.
Entonces la vio.
La mansión.
O mejor dicho...
La casona.
Una enorme construcción de piedra oscura apareció detrás de una reja de hierro forjado.
Parecía más un castillo moderno que una vivienda.
Torres.
Jardines inmensos.
Fuentes iluminadas.
Ventanales gigantes.
Celina abrió los ojos.
—Dios mío...
—Bienvenida a la prisión —dijo Mauricio.
El portón comenzó a abrirse lentamente.
Ella lo observó.
—¿Por qué la llamas así?
—Porque aquí nadie es libre.
La respuesta le provocó un escalofrío.
El coche avanzó.
Y por primera vez comprendió algo.
Mauricio no parecía feliz.
Ni poderoso.
Ni privilegiado.
Parecía atrapado.
Exactamente igual que ella.
La puerta principal se abrió antes de que llegaran.
Varias personas los esperaban.
Mayordomos.
Empleados.
Guardias.
Todos alineados.
Todos impecables.
Como si la llegada de los recién casados fuera un evento histórico.
Una mujer de cabello gris se adelantó.
—Bienvenido, señor Mauricio.
Luego miró a Celina.
Y sonrió con dulzura.
—Bienvenida a casa, señora DoCampo.
Celina sintió un nudo en la garganta.
Nadie la había recibido así antes.
Ni siquiera en la casa donde creció.
—Gracias —susurró.
La mujer sonrió.
—Soy Elena. Llevo trabajando aquí treinta años.
Mauricio asintió.
—Prepara la habitación azul.
Elena parpadeó sorprendida.
—¿La habitación azul?
—Sí.
—Pero esa es la habitación de invitados.
—Exactamente.
Elena comprendió al instante.
Y no hizo más preguntas.
Media hora después, Celina estaba sola en una habitación enorme.
El cuarto era más grande que la sala de la casa donde había vivido toda su vida.
Las paredes estaban decoradas con tonos suaves.
Había una terraza privada.
Una cama inmensa.
Y un vestidor completo.
Pero aun así se sentía vacía.
Porque el lujo no podía comprar tranquilidad.
Se acercó al espejo.
Y observó el moretón que aún permanecía oculto bajo el maquillaje.
La marca que le había dejado su padre.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¿Qué estoy haciendo aquí...? —susurró.
La puerta sonó suavemente.
Toc.
Toc.
—¿Puedo pasar?
Era Mauricio.
Ella dudó.
—Sí.
Él entró.
Por primera vez estaban completamente solos.
Sin familiares.
Sin médicos.
Sin invitados.
Sin testigos.
Solo ellos.
Y el silencio.
Mauricio observó la habitación.
Luego la miró a ella.
—Necesitamos hablar.
Celina cruzó los brazos.
—Supongo.
—Voy a dejar algo claro desde el principio.
Ella esperó.
—No quería este matrimonio.
—Yo tampoco — dijo cortante
—Perfecto.
Celina arqueó una ceja.
—¿Perfecto?
—Sí. Porque significa que al menos estamos de acuerdo en algo.
Por primera vez desde que se conocieron, una pequeña sonrisa apareció en los labios de ella.
Muy pequeña.
Pero real.
Mauricio la vio.
Y algo extraño ocurrió.
Por un segundo olvidó todos los problemas de aquella noche.
—Escucha —continuó él—. No voy a obligarte a nada.
Ella lo observó con atención.
—¿Nada?
—Nada.— reafirmó
—¿Ni siquiera a compartir habitación?
—Ni siquiera eso.
Celina se quedó callada.
Aquello no era lo que esperaba escuchar, pero era un alivio
—Entonces... ¿qué haremos?
Mauricio caminó hasta la ventana.
Miró los jardines oscuros.
Y respondió:
—Sobrevivir.
Ella sintió que aquella palabra tenía más significado del que aparentaba.
Sobrevivir.
No convivir.
No enamorarse.
No formar una familia.
Sobrevivir.
Como si algo estuviera por venir.
Como si él supiera algo.
Entonces recordó las palabras del abuelo.
"No confíes en nadie... ni siquiera en ella."
—Mauricio...
—¿Sí?
—¿Por qué tu abuelo me miró así?
El hombre se tensó.
Apenas un instante.
Pero ella lo notó.
—No lo sé.
—Mientes.
Mauricio giró lentamente.
Sus ojos se clavaron en los de ella.
—Y tú también escondes algo.
El silencio volvió a caer.
Pesado.
Incómodo.
Peligroso.
Porque ambos sabían que era cierto.
Los dos estaban ocultando heridas.
Los dos estaban ocultando secretos.
Y ninguno estaba preparado para descubrir los del otro.
Entonces alguien golpeó la puerta con urgencia.
Toc. Toc. Toc.
—¡Señor Mauricio!
Era Elena.
Su voz sonaba alarmada.
Mauricio abrió.
—¿Qué ocurre?
La mujer estaba pálida.
Completamente pálida.
—Acaban de llamar del hospital.
—¿Y?
Elena tragó saliva.
—Don Augusto despertó...
Mauricio respiró aliviado.
— Menos mal....ahora mismo salgo para el hospital.
Miró a Celine antes de irse, ella se sintió pequeña bajo aquella mirada, pero no preguntó no dijo nada más.
Y él se marchó.
— ¿Necesita algo señora DoCampo? — le pregunto la amable Elena.
— No, estoy bien así...o eso creo.
Elena entonces salió cerrando la puerta tras de sí.
Y una vez más, Celine rompió a llorar.
¿Sería su matrimonio repentino con Mauricio DoCampo una bendición o una maldición en su vida?