Valentina Reyes tiene diecisiete anos, un promedio perfecto y un padre que camina con muletas. En Colonia Lomas del Paraiso, Guadalajara, la vida huele a paredes humedas y a los tamales que Don Tomas prepara antes del amanecer para vender en el tianguis. Valentina no se queja. Valentina sobrevive.
Santiago Montero Del Valle tiene diecisiete anos, un Porsche que no le importa y un padre que no sabe como hablarle. En la mansion de Puerta de Hierro, la vida huele a silencio. Santiago no pide ayuda. Santiago rompe cosas.
Una tarde en el Parque Metropolitano, un nino cae al lago. Los dos se lanzan al agua sin pensarlo. Cuando despiertan... estan en el cuerpo del otro.
Ella abre los ojos en una cama king size, rodeada de lujo y frialdad. El despierta en un cuarto diminuto donde un hombre cojo le dice "mija, ya esta el desayuno" con una sonrisa que nunca ha visto en su propia casa.
Valentina, atrapada en el cuerpo de Santiago, descubre que el dinero no compra lo que ella siempre tuvo: una familia que te abraza. Santiago, en el cuerpo de Valentina, descubre que en una casa donde gotea el techo puede existir mas amor del que jamas imagino.
Pero el intercambio tiene reglas que nadie les explico. Y mientras ella enfrenta a los enemigos corporativos de Grupo Montero y el descubre que las manos callosas de Don Tomas esconden un imperio en construccion, algo mucho mas peligroso que la magia empieza a crecer entre ellos.
Porque cuando vives la vida del otro... es imposible no enamorarte.
Una historia de risas, lagrimas, venganza dulce y un padre que le enseno al mundo que caminar distinto no significa caminar menos.
Yo se lo que es ser tu. Y aun asi, te elijo.
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Capítulo 3
Cap 03: Cuarenta y ocho horas
El domingo se fue en llamadas.
Santiago marcó veintitrés veces. Valentina contestó veintitrés veces. Cada llamada era un nuevo desastre.
—No puedo peinarme —dijo Santiago desde el baño de Valentina, con el cabello enredado en un cepillo—. Tu pelo tiene vida propia.
—Usa el peine de dientes anchos, no el cepillo. Está en el segundo cajón.
—Hay tres peines aquí.
—El verde.
Santiago jaló. El peine se rompió.
—Se rompió.
—¿Cuál?
—El verde.
Valentina cerró los ojos del otro lado de la línea. Respiró.
—Usa el rosa.
Quince minutos después, Santiago logró hacerse una coleta que parecía hecha por alguien con los ojos cerrados. En el espejo con grieta, Valentina —o más bien su cara bajo el control de Santiago— lo miraba con una expresión que la verdadera Valentina jamás haría: ceño fruncido, mandíbula apretada, como si el pelo le hubiera hecho algo personal.
A las once de la mañana, el tema fue la ropa.
—¿En serio usas falda para ir a la escuela?
—Es el uniforme. La falda tableada azul marino.
—La encontré. ¿Cómo se pone?
—¿Cómo que cómo se pone? Es una falda. Te la pones.
—Me la puse al revés.
—La cremallera va atrás.
—Eso no tiene ningún sentido.
A las tres de la tarde, fue la vida de Santiago.
—Tu escuela se llama Prepa 7 —dijo Santiago—. Es pública. Estoy en el grupo 3-C. No hables con nadie a menos que te hablen primero. No mires a nadie a los ojos más de tres segundos.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—Santiago, necesito más contexto.
—Digamos que tengo una reputación. Si alguien te busca pleito, no te pongas nerviosa. Bueno, no te pongas nervioso. La contraseña de la moto es 2741. ¿Sabes andar en moto?
—No.
—El chofer te lleva. Di que la moto está en el taller.
Valentina anotó todo en una libreta que encontró en el escritorio de Santiago. La letra de él era grande e irregular; la de ella, sobre las mismas hojas, era pequeña y precisa.
—Los de tu salón van a notar que hablas diferente —dijo Valentina.
—Di que traigo gripa. La gripa explica todo.
* * *
El lunes a las seis de la mañana, Santiago se despertó con el chirrido del ventilador. Se puso el uniforme de Valentina —la falda tableada (cremallera atrás, esta vez), la blusa blanca, los zapatos que no eran tenis sino unos mocasines gastados que encontró debajo de la cama. Los tenis remendados estaban ahí también, pero Valentina le había dicho que los mocasines eran para el Instituto.
Salió al pasillo. Don Tomás ya se había ido. Asun le dejó una telera con frijoles envuelta en una servilleta y un billete de veinte pesos en la mesa.
Bajó los tres pisos. La calle estaba medio oscura todavía. Caminó hasta la parada del camión.
El camión tardó veinte minutos. Subió, pagó, y se quedó de pie agarrado del tubo durante una hora y cuarto. El calor adentro era sofocante. Una señora con bolsas de mandado le pegó en la rodilla al pasar. Un hombre de traje barato se le recargó en el hombro y se quedó dormido.
Santiago Montero, que en su vida había pisado un camión, que tenía chofer y tres coches en el garaje, se agarró del tubo con las manos pequeñas de Valentina y apretó los dientes.
Al bajarse frente al Instituto Británico, el contraste lo golpeó desde el otro lado. Antes él era parte del paisaje de Audis y Suburbans. Ahora bajaba de un camión con olor a diésel, con los mocasines gastados y la mochila de tela. Las alumnas que bajaban de las camionetas lo miraron —miraron a "Valentina"— con esa expresión que él conocía bien porque la había visto toda su vida, solo que nunca desde este ángulo.
En la segunda clase, la profesora de física lo llamó al pizarrón. Santiago miró la ecuación como si estuviera escrita en otro idioma. Se quedó parado frente a la clase con el marcador en la mano durante quince segundos que se sintieron como quince minutos. Alguien se rio. Él quiso voltear y decir algo —algo que habría dicho en Prepa 7, con su voz, con su cuerpo— pero esta garganta no producía esos sonidos y este cuerpo no imponía esa presencia.
—¿Valentina? ¿Necesitas ayuda? —dijo la profesora.
—Me duele la cabeza —murmuró Santiago.
Lo mandaron a sentarse.
En el receso, abrió la mochila de Valentina. Dentro de la tapa, pegadas con cinta adhesiva, había hojas de apuntes escritas con letra diminuta. Cada materia tenía su sección. Cada tema tenía sus fórmulas, sus ejemplos resueltos, sus notas al margen. Algunas notas decían cosas como: "Repasar antes del examen — recordar la fórmula alternativa" y "Pregunta frecuente del profe: derivada del seno."
Santiago pasó los dedos por las hojas. Cada línea era evidencia de horas de trabajo. Noches sin dormir. Camiones de madrugada. Todo eso para estar aquí, en una escuela donde las demás bajaban de camionetas y no tenían que pegar sus apuntes con cinta porque no les alcanzaba para un iPad.
Cerró la mochila y se quedó mirando el escritorio.
* * *
A la misma hora, en Prepa 7, Valentina bajó de la Suburban de los Montero y caminó hacia la entrada.
El chofer la había dejado en la puerta. Todo el patio la miraba. Alguien silbó. Dos tipos junto a la reja se irguieron como si hubiera llegado un oficial.
"Santiago Montero" había llegado.
Valentina caminó sin apurar el paso. Espalda recta, mirada al frente. El cuerpo de Santiago era diferente al suyo en todo —más alto, más pesado, cada paso cubría más distancia— pero ella encontró un ritmo rápido. No sonrió. No saludó.
En el pasillo del tercer piso, un chico más grande que Santiago —lo cual ya era decir bastante— se plantó frente a ella.
—¿Qué onda, Montero? Dicen que andas muy callado últimamente.
Valentina lo miró. Tres segundos. Ni uno más.
—No tengo tiempo para esto. Permiso.
Pasó a su lado. Escuchó murmullos detrás. Un tipo le dijo al otro: "¿Santiago Montero acaba de decir 'permiso'?"
En el salón del 3-C, un chico delgado con lentes —Diego— se le acercó con una sonrisa cautelosa.
—Güey, ¿estás bien? Te ves raro.
—Gripa —dijo Valentina.
—Ah. ¿Quieres una pastilla? Mi mamá me puso como diez en la mochila.
Valentina miró a Diego. Se notaba que era sincero. Había algo en su cara que le recordaba a las personas del camión: gente que no tenía mucho pero ofrecía lo que podía.
—Gracias, Diego. Estoy bien.
Diego la miró con los ojos muy abiertos. Valentina no entendió por qué hasta después: Santiago nunca decía "gracias."
El resto de la mañana fue sencillo. Las clases de Prepa 7 eran tres niveles más fáciles que las del Instituto Británico. Valentina resolvió un examen de matemáticas en diez minutos mientras los demás seguían leyendo las instrucciones. El profesor la miró con sospecha.
* * *
Esa noche, a las once, los dos estaban acostados en camas que no eran suyas.
Santiago llamó primero.
—Tu papá hizo una cosa hoy —dijo. Su voz —la voz de Valentina— sonaba cansada.
—¿Qué cosa?
—Cocinó una salsa. No sé qué era. Oscura, espesa, olía a chocolate y a chile. Dijo que estaba probando una receta nueva.
—Es mole. Mi papá lleva meses perfeccionando esa receta.
—Estaba buenísimo.
Valentina sonrió. Del otro lado de Guadalajara, en la cama enorme de Santiago, con el aire acondicionado zumbando.
—¿Cómo te fue en el Instituto? —preguntó.
—Me llamaron al pizarrón y no supe nada.
—¿Física?
—Sí.
—Hay apuntes pegados dentro de la mochila.
—Los vi. —Pausa—. Valentina.
—¿Qué?
—¿Cuántas horas al día estudias?
—Las que hagan falta.
Santiago no dijo nada durante unos segundos.
—Tu casa —dijo después— es más chica que el clóset de mi cuarto. Y tu familia está ahí adentro, todos juntos, y de alguna forma no se sienten apretados. En mi casa hay ocho cuartos y no hay nadie.
Valentina se quedó callada.
—¿Cómo estuvo la Prepa? —preguntó Santiago.
—Fácil. Las clases son simples.
—Claro, para ti.
—Un chico quiso provocarme. Le dije "permiso" y me fui.
—¿Le dijiste "permiso"?
—Sí.
—¿A un tipo de Prepa 7?
—¿Qué tiene?
Santiago soltó algo que podría haber sido una risa o un quejido.
—Mañana me van a preguntar si me pegaron en la cabeza.
—Ah, otra cosa. Tu amigo Diego me ofreció una pastilla para la gripa. Me cayó bien.
—Diego es buena gente.
—Lo noté.
Silencio. El ventilador chirriaba de un lado. El aire acondicionado zumbaba del otro. Dos habitaciones en extremos opuestos de Guadalajara, conectadas por una llamada y un intercambio que ninguno de los dos podía explicar.
—Valentina.
—¿Qué?
—Tu cama es horrible. El colchón tiene un hoyo en el centro.
—Lo sé.
—Pero... no sé. Se duerme bien.
Valentina no contestó. Santiago tampoco dijo más.
—Buenas noches —dijo ella.
—Buenas noches.
Valentina colgó. En la habitación de Santiago, el silencio era tan profundo que podía escuchar el reloj digital cambiando de minuto. Se acostó y miró el techo blanco, perfecto, sin una sola mancha.
Del otro lado de la ciudad, Santiago se quedó acostado en la cama angosta, mirando el techo con su mancha de humedad familiar. En la mesita de noche estaban los tenis remendados de Valentina. Los tomó. La suela estaba casi transparente de lo gastada, pero los cordones eran nuevos y estaban atados con un nudo doble, limpio, simétrico.
Los dejó en su lugar. Apagó la luz.
En la oscuridad, con el chirrido del ventilador como única compañía, cerró los ojos. La almohada olía a un shampoo barato que no conocía, y las sábanas estaban tibias del calor del día.
Santiago Montero se durmió en la cama de Valentina Reyes. Y por primera vez en mucho tiempo, no tardó en quedarse dormido.