Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.
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Capitulo 3
El sol se había alzado apenas sobre las montañas cuando Mey despertó con el sonido de los pájaros y el aroma de pan caliente que subía desde la cocina. Se sentó en la cama, estiró los brazos y frotó sus ojos mientras un leve escalofrío recorría su cuerpo.
La ventana seguía cubierta por una tenue capa de escarcha y el aire frío se colaba por los bordes. Era el primer día de clases en Santa Rosa del Valle, y aunque en la ciudad eso significaba prisa, ruido y uniforme apretado, aquí todo parecía más lento, casi sereno.
Pero esa calma no duró mucho. Mientras se preparaba, Mey notó que su nariz comenzaba a gotear. Al principio fue apenas una molestia, pero a medida que se vestía con su abrigo y bufanda, la sensación en su garganta también apareció: una picazón constante que se acompañaba de estornudos y tos suave. “Genial, justo hoy me voy a enfermar”, pensó, mirando su reflejo en el espejo. Sus ojos marrones lucían apagados y la punta de su nariz empezaba a enrojecerse.
Aun así, bajó a desayunar. Su abuela le sirvió una taza de manzanilla con miel y le acarició la frente.
—No estás caliente, pero estás un poco congestionada. Abrígate bien, hijita.
—Sí, abuela. Es solo un resfrío.
Tomó la mochila y salió con su madre hacia la pequeña escuela del pueblo, que estaba a solo diez minutos caminando. Por el camino, los árboles se mecían suavemente y algunos niños los saludaban con curiosidad. Mey sentía que todos la miraban, como si ser la "nueva" fuera una etiqueta escrita en su frente. El frío le hacía lagrimear los ojos, y con cada paso, su ansiedad aumentaba.
La escuela era un edificio de dos pisos, pintado de blanco con detalles celestes. Tenía un jardín al frente y murales coloridos en las paredes exteriores. En la puerta principal, una señora de cabello recogido la recibió con una sonrisa amable. Era la directora.
—Tú debes ser Mey. Bienvenida, querida. Tu salón es el tercero de secundaria, aula 2. Adelante.
Con un nudo en el estómago, Mey entró al pasillo, buscando el aula. Al llegar frente a la puerta de madera con el número 2, respiró hondo y empujó suavemente. El murmullo del salón se detuvo al instante.
Todos la miraron. Había unos 18 alumnos, la mayoría sentados en parejas. Al fondo, junto a la ventana, estaba él. Tenía el cabello negro, un poco despeinado, piel clara y unos ojos tan intensos que Mey sintió que el aire se le escapaba del cuerpo. Se llamaba Elian, aunque ella aún no lo sabía.
La profesora, una mujer de rostro serio pero voz suave, la invitó a pasar.
—Chicos, tenemos una nueva compañera.
Preséntate, por favor.
Mey tragó saliva y se puso frente al salón. Respiró hondo, nerviosa. Pero justo cuando abrió la boca para hablar, sintió un cosquilleo en la nariz. No tuvo tiempo de reaccionar. Estornudó fuerte y un moco claro se le escapó hacia el labio. Se quedó helada.
Un segundo de silencio. Y luego, las risas.
Primero un par. Luego casi todos. Algunos se tapaban la boca para no reír. Otros lo hacían sin pudor. Y entre ellos, Elian también soltó una carcajada. No fue malintencionada, pero fue suficiente para que Mey sintiera que el suelo se abría bajo sus pies.
La profesora le alcanzó un pañuelo rápidamente.
—Vamos, no pasa nada. Es solo un resfrío.
Mey asintió, limpió su cara con vergüenza y bajó la mirada. Le asignaron un asiento cerca del pizarrón, junto a una chica de cabello rizado que le sonrió con compasión. Se llamaba Dana.
Durante toda la clase, Mey no pudo concentrarse.
Las risitas que de vez en cuando escuchaba a sus espaldas la hacían encogerse en su asiento. Se sentía humillada, expuesta. Cada estornudo que no podía contener era una nueva razón para que sus compañeros soltaran otra broma.
Elian, quien la había impresionado al entrar, ni siquiera la miraba ahora. Solo hablaba con su grupo de amigos, riéndose de cosas que Mey intuía eran sobre ella.
Cuando por fin sonó la campana del recreo, Dana le tocó el brazo.
—Oye, no les hagas caso. Siempre se burlan de los nuevos. Además, estuviste enferma, no es tu culpa.
Mey forzó una sonrisa, pero no tenía ganas de hablar. Salieron al patio y se sentaron en una banca cerca de una bugambilia florecida. Dana hablaba de la escuela, de los profesores, de los bailes que hacían en fiestas patronales. Pero Mey apenas escuchaba. Seguía viendo, a lo lejos, a Elian reír con su grupo.
“¿Por qué me tuvo que pasar esto justo hoy?” pensó, apretando el borde de su bufanda. Se sentía invisible y, al mismo tiempo, demasiado visible.
Cuando volvieron al salón, trató de evitar las miradas. Se concentró en copiar lo del pizarrón y mantenerse lo más callada posible. Al sonar la última campana del día, fue la primera en salir.
Su madre la esperaba fuera, pero al verla, supo que algo andaba mal.
—¿Todo bien, hija?
Mey no pudo contener las lágrimas. Se abrazó a su madre y le contó todo durante el camino a casa. La mujer la escuchó con paciencia, sin interrumpirla.
—Ay, mi amor. Es difícil ser nueva. Pero no dejes que una mala experiencia te haga pensar que así será siempre. Elian no debió reírse, pero tal vez ni se dio cuenta del daño que te hizo.
Mey no contestó. Solo asintió y miró al suelo.
Esa noche, escribió en su cuaderno:
"Día 2. Odio este pueblo. Bueno, no todo. Pero hoy fue el peor día de mi vida. Me enfermo justo hoy, y para colmo se me escapa un moco frente a todos. Todos se rieron. Hasta él. El chico lindo. Ya no me parece tan lindo. Tal vez solo era una ilusión. Me siento triste. Pero mañana será otro día. Espero que algo bueno pase. Por lo menos una cosa pequeña. No quiero odiar este lugar para siempre."
Y con ese pensamiento, cerró el cuaderno, se tapó hasta la cabeza con la colcha tejida por su abuela, y trató de dormir esperando que el día siguiente fuera, al menos, un poco mejor.