Ximena Reyes creyó que su matrimonio con Víctor Rivas era lo único que le quedaba después del accidente que la dejó en cama. Pero la verdad era mucho más cruel: su esposo no solo tenía una amante, también había escondido un hijo con ella, había tomado control de su empresa y estaba esperando el momento perfecto para deshacerse de Ximena sin dejar pruebas.
Encerrada en su propia casa, vigilada, debilitada y sin poder mover las piernas, Ximena parecía no tener salida.
Hasta que entendió algo.
Víctor podía quitarle el teléfono, sus documentos, su dinero y hasta su cuerpo.
Pero no podía quitarle la cabeza.
Con ayuda de su mejor amiga Nadia, un médico frío que parece saber más de lo que dice y las grietas que empiezan a abrirse entre sus enemigos, Ximena decide dejar de suplicar.
Si su esposo quería verla muerta, primero tendría que verla levantarse.
Y esta vez, cada mentira, cada golpe y cada traición iba a cobrarse con intereses.
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Capítulo 3
Capítulo 3
Nadia respondió de inmediato.
“¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Se lo vas a contar a tus papás? Lo del expediente del bebé solo los va a frenar un rato. En cuanto lo arreglen, van a volver a intentar meter al niño.”
Al ver la palabra papás, mi primera reacción fue negarme.
Mis padres ya estaban grandes.
Si les contaba que Víctor me engañaba con Yareli, que tenían un hijo, que intentaban metérmelo a la casa y que además había algo raro con mis terapias, mi mamá terminaba en urgencias por la presión.
Y aunque supieran, ¿qué podían hacer?
La familia ya no tenía los ahorros de antes. Yo misma los había vaciado para ayudar a Víctor a levantar la empresa.
Mis papás solo me dirían que me divorciara.
Que saliera de ahí.
Que dejara todo.
Pero si yo me iba así, con mi cuerpo roto y sin pruebas, les entregaba a esos dos todo lo que construí.
Respiré hondo.
Escribí:
“No les digas nada. Primero necesito revisar la empresa.”
La rabia me ardió en los ojos mientras tecleaba.
Nadia contestó:
“Sí. Eso hay que revisarlo ya. El capital inicial lo pusiste tú, ¿no? ¿Cuatro o cinco millones?”
“Sí.”
“Entonces ni madres que se queden con eso. Dime qué necesitas.”
Miré hacia la entrada de la casa hogar. Víctor seguía lejos, hablando por teléfono.
“Le dije a Víctor que voy a arreglar el expediente al Registro Civil/DIF. Nos vemos ahí. Necesito que me ayudes a planear.”
En ese momento llegó el chofer.
—Señora, el señor Víctor me pidió llevarla al Registro.
—Sí, Toño. Gracias.
Guardé el celular.
El chofer me ayudó a subir al coche. Durante el camino fingí revisar mi teléfono.
—Toño, ¿me prestas tu celular? El mío no tiene batería y necesito hacer una llamada rápida.
—Claro, señora.
Me lo entregó sin sospechar.
Yo nunca había hecho algo así.
Nunca había metido mano en un teléfono ajeno. Nunca había instalado nada, nunca había rastreado a nadie.
Me sudaban los dedos.
Abrí ajustes, activé la ubicación compartida y mandé el enlace a mi propio número. Todo con el corazón golpeándome en la garganta.
Luego fingí marcar.
Esperé unos segundos.
—No contestó —dije, devolviéndole el teléfono—. Gracias.
—No hay problema.
Toño siguió manejando.
Yo me quedé mirando por la ventana, intentando que no se me notara el temblor.
Al llegar al módulo, el lugar estaba lleno. Familias formadas, niños llorando, funcionarios llamando turnos.
Perfecto.
—Toño, esto va a tardar muchísimo —dije cuando me empujó hasta la entrada—. Regresa a la empresa. Cuando termine te llamo.
—¿Está segura, señora?
—Sí. Aquí hay mucha gente.
El chofer obedeció.
Apenas se fue, Nadia apareció al otro lado de la sala. Llevaba lentes oscuros y una cara de enojo que no le cabía en el cuerpo.
—Vámonos a la cafetería de al lado —dijo.
Nos sentamos en una mesa del fondo.
Nadia no perdió tiempo.
—En el camino hablé con un abogado. Me dijo que, en tu situación, lo primero es saber cómo está la empresa. Si Víctor ya vació cuentas o maquilló estados financieros, aunque le metas demanda, podrías quedarte sin nada.
—¿Cómo va a estar vacía? —Me alteré—. La empresa vende bien. Hay contratos, clientes, pagos todos los meses.
—El abogado habló de contabilidad falsa, Xime. Facturas infladas. Proveedores inventados. Préstamos simulados. Si Víctor lleva tiempo preparando esto, puede hacer que en papel la empresa no valga nada.
Sentí un zumbido en los oídos.
La empresa.
Mi empresa.
La que pagué con el dinero de mis padres.
La que levanté con años de trabajo.
Antes de que pudiera responder, mi celular vibró sobre la mesa.
Bajé la mirada.
Era la ubicación del teléfono de Toño.
El punto se había detenido en un hotel.
Hotel Gran Vista.
Nadia también miró.
—¿Qué es eso?
No contesté.
Toño era el chofer personal de Víctor. Si seguía el teléfono de Toño, durante el día podía saber dónde estaba Víctor.
Y en ese momento estaba en un hotel.
Me incorporé.
—Llévame ahí.
—¿Qué?
—Ahora.
Diez minutos después, Nadia estacionó frente al Hotel Gran Vista.
No tuvimos que buscar demasiado.
El coche de Víctor estaba en la entrada.
Y él estaba ahí.
Con Yareli.
La llevaba abrazada por la cintura. Ella se pegaba a él, riéndose, con la cabeza inclinada hacia su hombro.
Entraron juntos al hotel.
A plena luz del día.
Como si yo ya estuviera muerta.
—¡Hijos de la chingada! —Nadia abrió la puerta del coche—. Los voy a sacar de ahí a golpes.
La agarré de la muñeca.
Mis dedos estaban helados.
—No.
—Xime...
—Llévame a casa.
Me miró.
Yo no podía explicar nada.
Tenía la cara vacía, el cuerpo frío, la garganta cerrada.
Si Nadia entraba, todo explotaba.
Y yo todavía no tenía pruebas suficientes.
Tampoco tenía piernas para escapar de lo que viniera después.
—Por favor —dije—. Llévame a casa.
Nadia golpeó el volante, pero obedeció.
Durante el camino no hablé.
Cuando llegamos a la entrada de Lago Azul, Nadia insistió en acompañarme.
—Voy contigo.
—No.
—No me digas que no.
—No quiero que me veas así.
Ella se quedó callada.
No era orgullo.
Era vergüenza.
La clase de vergüenza que una sabe que no debería sentir, pero siente de todos modos.
Pedí al guardia del residencial que me empujara hasta la casa.
Nadia se quedó en el coche, con los ojos rojos de rabia.
Lina abrió la puerta.
—Señora, ya volvió. El doctor Valdés está esperando para la terapia.
Me quedé helada.
—¿Qué?
La sangre se me fue de la cara.
—Se supone que hoy no había terapia. Víctor la pospuso.
El doctor Valdés salió desde la sala de rehabilitación.
Llevaba bata blanca y una sonrisa tranquila.
Ese día me pareció un demonio.
—Señora Rivas, la señorita Yareli llamó hace un rato. Dijo que usted ya estaba bien y que podía venir.
Yareli.
La misma que acababa de entrar a un hotel con mi esposo.
La misma que, aun estando con él, no se olvidó de mandarme al verdugo.
El miedo me subió tan rápido que empecé a empujar las ruedas hacia atrás.
—No. Hoy no. Me siento mal. Lina, súbeme. Estoy cansada.
Lina dio un paso hacia mí.
No alcanzó.
La puerta principal se abrió de golpe y entró mi suegra.
—Cada día más malagradecida —soltó—. Víctor te paga la rehabilitación para que mejores y tú haciendo berrinches.
—Señora, la señora Ximena...
—Tú cállate —le gritó a Lina—. Hazte a un lado.
Mi esperanza se murió ahí.
Yo no podía caminar.
No podía levantarme.
No podía correr.
Era carne sobre ruedas.
El doctor Valdés tomó mi silla y me empujó hacia la sala de terapia.
Yo temblaba tanto que los dientes me chocaban.
En mi cabeza aparecía una sola imagen: Víctor y Yareli entrando al hotel, abrazados, mientras quizá hablaban de qué hacer conmigo.
¿Qué habían planeado esta vez?
El doctor cerró la puerta.
Me ayudó a pasar a la camilla, boca abajo.
—No quiero —dije—. No quiero terapia.
—Relájese. Esto le va a ayudar.
Abrí los ojos cuando vi la aguja.
No era como las otras.
Era más larga.
Más gruesa.
—Doctor Valdés... ¿por qué esa aguja es así?
—No se preocupe, señora. Va a pasar rápido.
La clavó en mi columna.
El dolor me partió.
Grité como nunca había gritado en mi vida.
—¡Señora! —Lina golpeó la puerta desde afuera—. ¿Está bien?
—Está en tratamiento —dijo mi suegra desde el pasillo—. No estés molestando.
La voz de Lina se alejó.
Y yo quedé ahí.
Como un animal amarrado.
La aguja entró otra vez.
Y otra.
Cada punzada parecía rasparme el hueso, cortar nervios, abrirme por dentro. El dolor no era de terapia. No era de curación.
Era de destrucción.
Lloré.
Supliqué.
El doctor no se detuvo.
Al final, el dolor me apagó.
Antes de perder la conciencia, solo pude pensar:
Víctor.
Yareli.
No se van a morir tranquilos.
Los voy a mandar al infierno.
Soñé que estaba en casa de mis padres.
Mi mamá cocinaba. Mi papá leía el periódico. Diego se quejaba de la universidad. Yo caminaba. Mi bebé seguía dentro de mí.
Era feliz.
Luego desperté.
La luz me pegó en la cara.
Lina estaba junto a mi cama con una toalla húmeda y los ojos llenos de lágrimas.
—Señora, despertó.
Intenté hablar.
La garganta me ardió como si tuviera vidrios.
—No hable —dijo rápido—. Desde ayer en la tarde tuvo fiebre. Toda la noche estuvo ardiendo. Tome agua.
Me ayudó a incorporarme y me acercó el vaso.
El agua me raspó, pero me devolvió un poco al cuerpo.
—Lina... ¿qué pasó?
La mujer bajó la cabeza.
—Perdóneme. No pude detenerlo. El doctor dijo que como usted no mejoraba, iba a cambiar el método. Después de la sesión le subió la fiebre y se desmayó. El señor se enojó mucho y lo corrió.
Lo corrió.
La frase me dejó inmóvil.
El doctor que acababa de hacerme eso ya no estaba.
Víctor lo había echado.
No por mí.
Para borrar el rastro.
El miedo me atravesó.
Empujé a Lina y traté de sentarme mejor, de pasarme a la silla.
Necesitaba comprobarlo.
Necesitaba negar lo que estaba pensando.
Pero apenas moví la espalda, un dolor brutal me subió por toda la columna.
Mi cuerpo perdió fuerza.
Caí de nuevo sobre la cama.
—¡Señora!
No la escuché.
Me incorporé otra vez.
Caí.
Volví a intentarlo.
Volví a caer.
Una y otra vez.
Diez veces.
Más.
Hasta que ya no me quedó nada.
Quedé tirada sobre la cama, sudando frío, con las piernas como dos cosas ajenas pegadas a mi cuerpo.
Entonces grité.
—¡Víctor Rivas, te voy a matar!
La casa entera debió escucharme.
No tardó en abrirse la puerta.
Víctor entró.
Yareli venía detrás.
—Xime, despertaste —dijo ella, corriendo hacia mí con cara de preocupación—. ¿Estás bien?
La miré.
Todo el odio que tenía dentro salió de golpe.
Levanté la mano con la poca fuerza que me quedaba y le di una bofetada.
El golpe sonó seco.
Yareli cayó hacia un lado, con la mano en la mejilla.
Sus ojos cambiaron.
La máscara de niña buena se rompió.
—¿Me pegaste?
—¿Y qué? —grité—. Si no hubieras llamado a ese doctor, yo no estaría así. Todo esto es por tu culpa, maldita.
Quise volver a pegarle.
No alcancé.
Víctor me agarró la muñeca.
—¿Ya vas a empezar otra vez?
La bofetada me cayó en la cara.
Más fuerte.
Mucho más fuerte.
El mundo se me fue de lado.
Caí sobre la cama, aturdida.
Mis papás me habían cuidado veintisiete años como si fuera algo precioso. Nunca me tocaron un dedo. Nunca.
Y ahora el hombre por el que perdí un hijo, por el que terminé medio paralizada, el hombre por el que vacié la casa de mis padres, me acababa de golpear.
La oscuridad me tragó.
Lo último que escuché fue a Lina llorando.
—Señor, ¿cómo puede pegarle? Es su esposa...
Esposa.
En mi conciencia apagándose, solté una risa muda.
Esa palabra ya no le pertenecía a Víctor.
Dormí mucho.
Cuando volví a abrir los ojos, era de noche.
El techo estaba negro.
Por un momento quise creer que todo había sido una pesadilla.
Luego tragué saliva y la garganta me ardió.
Moví la mano hacia mis piernas.
Nada.
Casi nada.
No era un sueño.
Yo, Ximena Reyes, estaba en un infierno.
Y lo peor era que, hasta ese día, todavía pensaba en dinero.
En la empresa.
En no divorciarme para no entregarles lo que era mío.
Qué estúpida.
Antes que cualquier peso, antes que cualquier acción, antes que cualquier casa, tenía que salvar mi vida.
Me quedé un rato respirando en la oscuridad.
Cuando junté fuerzas, me arrastré hacia el buró.
Necesitaba mi celular.
Necesitaba llamar a Nadia.
Abrí el cajón.
Vacío.
Busqué debajo de los papeles.
Nada.
El celular no estaba.
El sudor frío me cubrió la espalda.
Sin teléfono no podía contactar a nadie.
Sin teléfono no podía pedir ayuda.
Sin teléfono, esa casa dejaba de ser una casa.
Era una tumba.